Criptonomicon I, El Codigo Enigma
Hijos de Ondn
Una red de conductos de aire, del tamaño de túneles, tan vasta e inabarcable como la Internet global se ramifica por entre las gruesas paredes y los techos del hotel y produce ruidos apagados y atenuados que sugieren que en las profundidades ocultas del sistema hay zonas de pruebas de aviones a reacción, herreros de la edad de hierro, miserables prisioneros cargados de cadenas resonantes y montones de serpientes contorsionándose. Randy es consciente de que el sistema no es un bucle cerrado —que de alguna forma está conectado a la atmósfera de la Tierra—
porque del exterior se cuelan ligeros olores callejeros. Por lo que sabe, podría llevarles una hora colarse en la habitación.
Después de vivir allí durante un par de semanas, los olores terminan sirviéndole como un despertador olfativo. Duerme al olor de las emisiones diesel, porque las condiciones de tráfico en Manila exigen que los barcos carguen y descarguen sólo por la noche. Manila se extiende a lo largo de una cálida y tranquila bahía que es una reserva infinita de bochorno, y la atmósfera es tan espesa, opaca y caliente como un vaso de leche extraída directamente de la ubre de una vaca, por lo que comienza a relucir con la salida del sol. Ante esa señal, los regimientos y divisiones de gallos de pelea de Manila, aprisionados en jaulas improvisadas en cada tejado, balcón y patio, empiezan a cantar. La gente empieza a despertar y a quemar carbón. El humo del carbón produce el olor que despierta a Randy.
La condición física de Randy es meramente decente. De forma rutinaria su médico le aconseja que pierda diez kilos, pero no es nada evidente de dónde van a salir esos diez kilos: no tiene ni barriga cervecera
ni michelines. Los controvertidos kilos parecen estar distribuidos por igual sobre su torso de barril. O al menos, eso se dice cada mañana, de pie frente al enorme espejo de su suite. La casa de Randy y Char-lene en California está prácticamente libre de espejos y ya no recordaba su aspecto. Ahora comprueba que se ha vuelto atávicamente peludo, y su barba destella, porque está salpicada de pelo gris.
Cada día se desafía a afeitarse la barba. En los trópicos es conveniente tener la mayor cantidad de piel expuesta al aire, para así eliminar el sudor.
Una noche en que Avi y su familia habían venido a cenar, Randy había dicho:
—Yo soy la barba, Avi es el traje.
Era una forma de explicar su relación empresarial y, desde ese momento, Charlene se había disparado. Recientemente Charlene ha terminado un artículo académico de construyendo las barbas. En particular, su objetivo era la cultura de las barbas en la comunidad de alta tecnología del norte de California: el grupo de Randy. Su artículo comenzaba echando por tierra, en cierta forma, la idea de que las barbas son más «naturales» o más fáciles de mantener que el afeitado; llega a publicar estadísticas del departamento de investigación de Gillette que comparan la cantidad de tiempo que pasan los hombres con barba y sin barba en el baño cada día, que demuestran que la diferencia no es estadísticamente significativa.
Randy tenía muchas objeciones a la forma en que se habían compilado esas estadísticas, pero Charlene no las aceptaba.
—Es contra intuitivo —dijo.
Charlene estaba deseosa de llegar al fondo de su argumento. Fue a San Francisco y compró varios cientos de dólares en pornografía en una boite dirigida a fetichistas del afeitado. Durante un par de semanas, Randy no podía llegar a casa por la noche sin encontrarse a Charlene tumbada frente al televisor con un enorme cuenco de palomitas y un dictáfono en la mano, mirando un vídeo que mostraba una hoja de afeitar recorriendo carne húmeda y jabonosa. Grabó algunas largas entrevistas con verdaderos fetichistas del afeitado que describieron con lujo de detalles la sensación de desnudez y vulnerabilidad que les ofrecía el afeitado, y lo erótico que era, especialmente cuando se golpeaba o zurraba en la parte recién afeitada.
Construyó una detallada comparación entre la iconografía de la pornografía dirigida a los fetichistas del afeitado y los anuncios de
productos para el afeitado que aparecían en la televisión nacional durante los partidos de fútbol americano, y demostró que eran básicamente indistinguibles (en realidad, podías comprar cintas de vídeo piratas con los anuncios de cremas y maquinillas en los mismos lugares que vendían la pornografía directa).
Consiguió estadísticas sobre las variaciones raciales en el crecimiento de la barba. Los indios americanos no tenían barba, y los asiáticos apenas.
Los africanos eran un caso especial porque afeitarse todos los días les provocaba dolorosos problemas en la piel. «La capacidad de dejarse crecer una barba poblada como elección parece ser un privilegio concedido por la naturaleza sólo a los hombres blancos», escribió.
Las señales de alarma, las luces rojas y los cláxones se dispararon al unísono en la cabeza de Randy cuando llegó a esa frase.
«Pero esa afirmación asume una categorización engañosa.
"Naturaleza" es un discurso construido socialmente, no una realidad objetiva [ aquí aparecían muchas notas a pie de página]. Eso es aún más cierto en el caso de una "naturaleza" que concede barbas pobladas a la población específicamente minoritaria de los hombres europeos del norte.
El Homo sapiens evolucionó en zonas climáticas en las que el pelo facial tenía poca utilidad práctica. El desarrollo de una rama de la especie caracterizada por machos de barbas muy pobladas es una respuesta adaptativa a los climas muy fríos. Esos climas no invadieron de forma
"natural" los hábitats de los primeros humanos; más bien, los humanos invadieron las regiones geográficas donde prevalecían tales climas. Esa trasgresión geográfica fue estrictamente un acontecimiento sociocultural y por tanto todas las adaptaciones físicas a ese acontecimiento deben situarse en la misma categoría; incluyendo el desarrollo de un pelaje facial abundante.»
Charlene publicó los resultados de un sondeo que había organizado en el que se pedía su opinión a unos centenares de mujeres. En esencia, todas ellas decían que preferían a los hombres bien afeitados por encima de los que llevaban barba. Inmediatamente, demostró que llevar barba no era más que un elemento de un síndrome muy relacionado con el racismo y las actitudes sexistas, y con el patrón de incapacidad emocional tan a menudo lamentada por las compañeras femeninas de los machos blancos, especialmente de aquellos orientados hacia la tecnología.
«El límite entre el Yo y el Ambiente es un constructo social. En las culturas occidentales se supone que tal límite es claro y definido. La barba es un signo externo de ese límite, una técnica de distanciamiento. Afeitarse la barba (o cualquier otra vellosidad corporal) es aniquilar simbólicamente el límite (esencialmente falso) que separa el Yo de lo Otro…»
Y así seguía. El artículo fue recibido con entusiasmo por los críticos y fue aceptado inmediatamente para su publicación en una importante revista internacional. Charlene va a presentar un trabajo relacionado en el congreso La Guerra como Texto: «El no afeitado como significante en las películas de la Segunda Guerra Mundial.» Sólo por la calidad de su trabajo sobre las barbas, tres diferentes universidades de la Ivy League luchan por el privilegio de contratarla.
Randy no quiere trasladarse a la Costa Este. Peor aún, lleva una barba tupida, lo que le hace sentirse sumamente incorrecto cuando sale con ella.
Le propuso a Charlene que quizá debería enviar una nota de prensa declarando que se afeita el resto del cuerpo cada día. Ella no lo consideró muy gracioso. Randy comprendió, a mitad de camino sobre el océano Pacífico, que todo el trabajo de ella era básicamente una elaborada profecía sobre el fatídico futuro de su relación.
Ahora está considerando afeitarse la barba. Ya puestos, es posible que siga con la cabeza y la parte superior del cuerpo.
Tiene el hábito de caminar mucho y de forma enérgica. Para los niveles de los nazis del ejercicio físico que infestan California y Seattle, no es más que una mejora marginal con respecto a (digamos) sentarse frente a la tele fumando sin parar cigarrillos sin filtro mientras se come grasa de un tarro. Pero él ha continuado caminando con obstinación mientras sus amigos han seguido las modas del ejercicio y las han dejado. Para él se ha convertido en una cuestión de orgullo, y la verdad, no va a dejar de hacerlo sólo por vivir en Manila.
Pero cono, hace calor. Aquí estaría muy bien no tener nada de pelo.
De la desafortunada Primera Aventura Empresarial de Randy con el software de recolección de alimentos sólo salieron dos cosas buenas.
Primero, le metió en el cuerpo el miedo a cualquier tipo de negocio, al menos hasta que tuviese como mínimo una vaga idea de dónde se metía.
Segundo, desarrolló una amistad duradera con Avi, su antiguo compañero de juegos, ahora establecido en Minneapolis, que había demostrado integridad y un gran sentido del humor.
Como sugerencia de su abogado (que para entonces era uno de sus acreedores más importantes), Randy se declaró en bancarrota personal y se trasladó a la California central con Charlene. Ella había obtenido su doctorado y había conseguido un trabajo de profesora asistente en una de las Tres Hermanas. Randy se matriculó en otra de las Hermanas con la idea de conseguir un máster en astronomía. Ese hecho lo metamorfoseó en estudiante de postgrado, y los estudiantes de postgrado no existen para aprender cosas sino para aliviar a los profesores numerarios de la pesada carga de educar a la gente y realizar investigaciones.
Un mes después de su llegada, Randy resolvió algunos problemas triviales de informática para otros estudiantes de postgrado. Una semana más tarde, el jefe del departamento de astronomía lo llamó y le dijo:
—Bien, tú eres el gurú del UNIX.
Por aquella época, Randy todavía era lo suficientemente estúpido como para sentirse halagado por aquella atención, cuando en realidad esas palabras deberían haberle congelado la sangre en las venas.
Tres años más tarde abandonó el Departamento de Astronomía sin el diploma, y sin nada que mostrar por su trabajo excepto seiscientos dólares en la cuenta corriente y conocimientos asombrosamente amplios del UNIX.
Más tarde calcularía que, según las tarifas habituales de los programadores, el departamento había extraído de él como un cuarto de millón de dólares en trabajo a cambio de un desembolso de menos de veinte mil. La única compensación era que sus conocimientos ya no parecían tan inútiles. La astronomía se había convertido en una disciplina extremadamente interconectada informáticamente, y ahora se podía controlar un telescopio desde otro continente, o en órbita, entrando comandos en un teclado, observando en tu monitor la imagen que producía.
Randy tenía ahora conocimientos soberbios en lo que se refería a redes. Años antes, la utilidad de esos conocimientos hubiese sido limitada.
Pero aquélla era la época de las aplicaciones en red, el amanecer de la World Wide Web, y la oportunidad no podría haber sido mejor.
Mientras tanto, Avi se había trasladado a San Francisco y había puesto en marcha una nueva compañía que iba a sacar a los juegos de rol del gueto de los frikis y a convertirlos en algo popular. Randy aceptó el puesto de jefe de tecnología. Intentó reclutar a Chester, pero éste ya había aceptado un trabajo con una compañía de software en Seattle. Así que se decidieron por un tipo que había trabajado para un par de compañías de videojuegos, y
más tarde contrataron a otros tipos para la parte de hardware y comunicaciones, y consiguieron fondos suficientes para construir un prototipo utilizable. Usándolo como muestra, fueron a Hollywood y encontraron a alguien dispuesto a financiarles por valor de diez millones de dólares. Alquilaron unas instalaciones industriales en Gilroy, las llenaron de estaciones de trabajo gráficas, contrataron algunos excelentes programadores y unos cuantos artistas y empezaron a trabajar.
Seis meses más tarde, se les mencionaba a menudo entre las estrellas en ascenso de Silicon Valley, y Randy salió en una pequeña fotografía en la revista Time en un artículo sobre Siliwood, la cada vez más amplia colaboración entre Silicon Valley y Hollywood. Un año después, la empresa se había estrellado y quemado por completo.
Fue una historia épica que no vale la pena relatar. La idea habitual a principios de los noventa era que los magos técnicos del norte de California se encontrarían a mitad de camino con las mentes creativas del sur de California y surgiría una nueva y brillante colaboración. Pero se fundamentaba en una creencia ingenua sobre la naturaleza de Hollywood.
Hollywood no era más que un banco especializado, un consorcio de grandes entidades financieras que contrataba talento, casi siempre por un precio fijo, ordenaba al talento crear un producto y luego promocionaba ese producto hasta la muerte, por todo el mundo, por todos los medios concebibles. La meta era encontrar productos que siguiesen generando dinero eternamente, mucho después de que el talento hubiese recibido su paga y hubiese sido enviado de vuelta a casa. Casablanca, por ejemplo, seguía sentando a la gente en las butacas décadas después de que Bogart hubiese recibido su parte y se ganase una tumba temprana a base de fumar.
Desde el punto de vista de Hollywood, los técnicos de Silicon Valley no eran más que una forma especialmente ingenua de talento. Por tanto, cuando la tecnología alcanzó cierto punto —el punto en que podía ser vendida con buenos beneficios a cierta compañía electrónica nipona— los inversores de la compañía de Avi ejecutaron un veloz golpe de estado que evidentemente había sido planeado con todo cuidado. A Randy y a los otros se les dio a elegir: podían abandonar la empresa ahora y conservar parte de sus acciones, que todavía valían una cantidad de dinero bastante decente. O podían quedarse; en cuyo caso se verían saboteados desde dentro por quintacolumnistas infiltrados en posiciones clave. Mientras
tanto, se les acosaría con abogados que reclamarían sus cabezas por las cosas que de pronto iban mal.
Algunos de los fundadores se quedaron como eunucos de la corte. La mayoría abandonó la compañía y, de ese grupo, la mayoría vendió inmediatamente sus acciones porque no les parecía que fuesen en ninguna dirección más que hacia abajo. La compañía fue destripada, transfiriendo su tecnología a Japón, y la carcasa acabó secándose y se convirtió en polvo.
Incluso hoy en día, fragmentos de aquella tecnología siguen apareciendo en los lugares más insospechados, como anuncios de nuevas plataformas de videojuegos. Verlos siempre le produce a Randy un escalofrío. Cuando todo empezó a ir mal, los nipones intentaron contratarle directamente, y llegó a ganar algo de dinero volando allí para trabajar, durante una semana o un mes, como asesor. Pero no podían mantener la tecnología en funcionamiento con los programadores que tenían, por lo que no ha llegado a alcanzar sus potencialidades.
Así terminó la Segunda Aventura Empresarial de Randy. Salió de ella con un par de cientos de miles de dólares, que en su mayoría invirtió en la casa victoriana que compartía con Charlene. No se fiaba de sí mismo con tanto dinero líquido, e inmovilizarlo en la casa le ofrecía una sensación de segundad, como alcanzar la zona de seguridad en un encuentro frenético de kabaddi.
Había pasado los años posteriores administrando el sistema informático de las Tres Hermanas. No había ganado mucho dinero, pero tampoco había sufrido demasiado estrés.
Randy siempre estaba diciéndole a la gente, sin rencor, que eran unos imbéciles. Era la única manera en que se podía hacer algo en programación. Nadie se lo tomaba de forma personal.
El grupo de Charlene se lo tomaba definitivamente de forma personal.
No les ofendía que les dijesen que se equivocaban; lo que les ofendía era la suposición subyacente de que una persona podía equivocarse o tener razón sobre cualquier cosa. Por tanto, la Noche en Cuestión —la noche de la fatídica llamada de Avi— Randy había hecho lo que hacía habitualmente, que era mantenerse apartado de la conversación. En el sentido de Tolkien, no en el sentido endocrinológico o de Blancanieves, Randy era un enano.
Los enanos de Tolkien eran personajes robustos, taciturnos y vagamente mágicos que pasaban mucho tiempo en la oscuridad creando a martillazos objetos hermosos, por ejemplo. Anillos de Poder. Considerarse a sí mismo
un enano que había colgado el hacha de guerra durante un tiempo para ir de viaje por la Comarca, donde estaba rodeado por peleones hobbits (es decir, los amigos de Charlene), había sido muy beneficioso para la tranquilidad mental de Randy en los últimos años. Sabía perfectamente que, si estuviese implicado en el mundo académico, esa gente y lo que decían le parecería trascendental. Pero de donde él venía, hacía años que nadie les tomaba en serio. Así que se limitaba a retirarse de la conversación, beber vino, contemplar las olas del Pacífico e intentar no hacer nada demasiado obvio, como negar con la cabeza o poner los ojos en blanco.
Entonces surgió el tema de la Superautopista de la Información, y Randy pudo sentir que los rostros se volvían hacia él cuales cañones de luz, haciendo que su piel se sintiese casi palpablemente caliente.
El doctor G. E. B. Kivistik tenía algunas cosas que decir sobre la Superautopista de la Información. Era un profesor de Yale cincuentón, que acababa de llegar desde algún lugar cuyo nombre había sonado realmente genial e impresionante cuando se aseguró de citarlo varias veces. Su nombre era fines, pero era británico como sólo un anglófilo no británico puede serlo. Supuestamente estaba allí para asistir a La Guerra como Texto.
Realmente estaba allí para reclutar a Charlene, y realmente «realmente»
(sospechaba Randy) para follársela. Eso último probablemente no era cierto en absoluto, sino un simple síntoma de hasta que punto se sentía agotado en ese momento. El doctor G. E. B. Kivistik había estado apareciendo en la tele con bastante frecuencia. El doctor G. E. B. Kivistik había publicado un par de libros. El doctor G. E. B. Kivistik estaba, en resumen, explotando su opinión fuertemente contraria a la Superautopista de la Información durante más tiempo en antena de lo que merecería cualquiera que no hubiese sido acusado de volar una guardería.
Un enano de paso por la Comarca probablemente asistiría a muchas cenas en las que pomposos y aburridos hobbits dirían cosas así. Ese enano lo consideraría en general un entretenimiento. Sabría que siempre podría regresar al mundo real, mucho más vasto y complejo de lo que imaginaban esos hobbits, matar unos trolls y recordarse a sí mismo qué cosas eran realmente importantes.
Al menos, eso era lo que Randy siempre se había repetido a sí mismo.
Pero en la Noche en Cuestión, no surtió efecto. En parte porque Kivistik
era demasiado grande y real para ser un hobbit; probablemente tenía más influencia en el mundo real de la que Randy tendría jamás. En parte porque otro cónyuge de académica sentado a la mesa —un tipo agradable, inofensivo y aficionado a los ordenadores llamado.Ton— decidió disentir de alguna de las afirmaciones de Kivistik y fue alegremente tiroteado por su atrevimiento. La sangre flotaba en el agua.
Randy había destrozado su relación con Charlene por el deseo de tener niños. Los niños plantean cuestiones. Charlene, como todos sus amigos, no sabía manejar las cuestiones. Las cuestiones implican desacuerdos. Los desacuerdos expresados eran una forma de conflicto. El conflicto, en abierto y en público, era una forma masculina de interacción social; el cimiento de la sociedad patriarcal que producía la habitual letanía de cosas terribles. En cualquier caso, Randy decidió mostrarse patriarcal con el doctor G. E. B. Kivistik.
—¿Cuántos barrios bajos se derribarán para construir la Superautopista de la Información? —preguntó Kivistik. Esa pregunta tan profunda fue recibida con meditabundos asentimientos en toda la mesa.
Jon se agitó en la silla como si Kivistik le hubiese metido un cubito de hielo por el cuello de la camisa.
—Qué significa tal cosa? —preguntó.
Jon sonreía, intentado no ser un hegemonista patriarcal amante del conflicto. Kivistik, en respuesta, levantó las cejas y miró a todos los demás, como diciendo «¿Quién ha invitado a este pobre don nadie intelectual?»..Ton intentó rectificar ese error táctico, mientras Randy cerraba los ojos e intentaba no hacer una mueca. Kivistik había pasado más años peleándose con gente realmente lista en Oxford alrededor de una mesa de lo quejón llevaba vivo.
—No hay que derribar nada. No hay nada que derribar —alegó Jon.
—Muy bien, en ese caso, lo expresaré de esta forma —dijo Kivistik magnánimo; no le importaba reducir el alcance intelectual de lo que decía en beneficio de gente como Jon—. ¿Cuántas salidas conectarán los guetos del mundo con la Superautopista de la Información?
Oh, mucho más claro, parecieron pensar todos. ¡Punto aclarado, Geb!
Nadie miró a Jon, el paria discutidor. Jon miró indefenso a Randy, pidiéndole ayuda.
Jon era un hobbit que hacía poco había estado fuera de la Comarca, por lo que sabía que Randy era un enano. Ahora jodia la vida de Randy pidiéndole que saltase sobre la mesa, se quitase la capa y agarrase el hacha de dos hojas.
Las palabras salieron de la boca de Randy antes de que tuviese tiempo de pensárselo mejor.
—¡La Superautopista de la Información no es más que una puta metáfora! ¡Cono! —dijo.
Se produjo el silencio en toda la mesa mientras todos ponían un rictus al unísono. Oficialmente la cena se había estrellado. Ahora lo único que podían hacer era sujetarse los tobillos, poner las cabezas entre las rodillas y esperar a que los restos de la colisión se detuviesen.
—Eso no dice demasiado —dijo Kivistik—. Todo es una metáfora. La palabra «tenedor» es una metáfora para este objeto —sostuvo un tenedor
—. Todo discurso se construye sobre metáforas.
—Eso no es excusa para usar malas metáforas —dijo Randy.
—¿Mala? ¿Mala? ¿Quién decide qué es malo? —dijo Kivistik, imitando a un estudiante de párpados caídos respirando por la boca. Se produjeron algunas risitas dispersas por parte de aquellos desesperados por aliviar la tensión.
Randy sabía a dónde se dirigía. Kivistik había ido por el habitual as en la manga académico: todo es relativo, es sólo cuestión de perspectivas diferentes. La gente había empezado a recuperar sus pequeñas conversaciones privadas, pensando que el conflicto había pasado, cuando Randy sorprendió a todos diciendo:
—¿Quién decide qué es malo? Yo lo decido.
Incluso el doctor G. E. B. Kivistik se quedó perplejo. No estaba seguro de si Randy no estaría bromeando.
—¿Perdóneme?
Randy no tenía demasiada prisa en continuar. Aprovechó la oportunidad para reclinarse con comodidad, estirarse y tomar un sorbo de vino. Se sentía bien.
—Más o menos es así-dijo—. He leído su libro. Le he visto en televisión. Le he escuchado esta noche. Yo personalmente tecleé la lista de sus credenciales cuando preparaba el material de prensa de la conferencia.
Por tanto, sé que no está cualificado para sostener una opinión sobre asuntos técnicos.
—Oh —Kivistik fingió confusión—, no me había dado cuenta de que era preciso estar cualificado.
—Creo que está claro —dijo Randy—, que si se es un ignorante en un área en particular, su opinión no tiene el más mínimo valor. Si estoy enfermo, no le pido consejo a un fontanero. Voy a un médico. De igual forma, si tengo una pregunta sobre Internet, buscaré la opinión de gente que conozca el tema.
—Es curioso como todos los tecnócratas parecen estar a favor de Internet-dijo Kivistik con alegría, obteniendo algunas risas más de la multitud.
—Acaba de hacer una afirmación que se puede demostrar que no es cierta —dijo Randy con total amabilidad—. Muchos expertos en Internet han escrito libros bien razonados criticándola duramente.
Kivistik se estaba, por fin, empezando a cabrear. Había desaparecido toda alegría.
—Por tanto —siguió diciendo Randy—, para volver al principio, Superautopista de la Información es una metáfora para Internet, porque lo digo yo. Debe haber un millar de personas en todo el mundo que sepan tanto de Internet como yo. Conozco a muchas de esas personas, y ninguna de ellas se toma esa metáfora en serio. Q.E.D.
—Oh, comprendo —dijo Kivistik, algo acalorado. Había visto una vía de escape—. Deberíamos depender de los tecnócratas para que nos digan lo que debemos pensar, y cómo debemos pensar, sobre esta tecnología.
La expresión de los otros parecía decir que aquel había sido un golpe contundente, justificadamente lanzado.
—No estoy seguro de qué es un tecnócrata —dijo Randy—. ¿Soy yo un tecnócrata? Simplemente soy un tipo que fue a la librería y se compró un par de libros de texto sobre TCP/IP, que es el protocolo subyacente en Internet, y los leyó. Y luego conseguí una cuenta en un ordenador, lo que hoy puede hacer cualquiera, y me peleé con él durante unos años, y ahora lo sé todo sobre la red. ¿Eso me convierte en un tecnócrata?
—Usted pertenecía a la élite tecnocrática incluso antes de coger ese libro —dijo Kivistik—. La habilidad de leer un texto técnico, y entenderlo, es un privilegio. Es un privilegio concedido por una educación que sólo
está disponible para los miembros de una clase social de élite. A eso me refiero cuando hablo de tecnócrata.
—Fui a una escuela pública —dijo Randy—. Y luego a una universidad estatal. A partir de ese momento, me eduqué a mí mismo.
Charlene intervino. Le había estado dirigiendo a Randy miradas de furia desde que había empezado a hablar y él la había estado ignorando.
—¿Y tu familia? —fue la gélida pregunta de Charlene.
Randy respiró hondo y reprimió las ganas de suspirar.
—Mi padre es ingeniero. Da clases en una universidad estatal.
—¿Y el padre de tu padre?
—Matemático.
Charlene levantó las cejas. Al igual que todos los demás en aquella mesa. Caso cerrado.
—Me opongo enérgicamente a que me clasifiquen, me etiqueten y me incluyan en el estereotipo del tecnócrata —dijo Randy, empleando deliberadamente el lenguaje de personas oprimidas, quizás en un intento de volver sus armas contra ellos, aunque probablemente sólo sea (eso cree, tendido en la cama a las tres de la mañana en el Hotel Manila) la incontrolable necesidad que siente de pincharlos. Algunos de ellos, por hábito, lo miran con seriedad; la etiqueta dicta que debes ofrecer todas tus simpatías a los oprimidos. Otros quedaron boquiabiertos al oír esas palabras saliendo de los labios de un conocido y convicto tecnócrata masculino blanco—. Nadie de mi familia ha tenido jamás demasiado poder-dice.
—Creo que lo que Charlene quiere decir es lo siguiente —dijo Lomas, uno de los invitados en la casa que ha venido desde Praga con su mujer.
Nina. Acaba de nombrarse a sí mismo conciliador. Se detiene lo justo para intercambiar una mirada cálida con Charlene—. Sólo en virtud de venir de una familia de científicos, eres miembro de una élite privilegiada. No eres consciente de ello; pero los miembros de las élites privilegiadas rara vez son conscientes de sus privilegios.
Randy completó el argumento:
—Hasta que llegan personas como usted a explicarnos lo estúpidos que somos, por no comentar la falta de moral.
—La falsa conciencia de la que habla Tomas es exactamente lo que hace que las élites de poder enraizadas estén tan enraizadas —dijo
Charlene.
—Bien, no me siento enraizado —dijo Randy—. Me he partido el culo trabajando para llegar a donde estoy.
—Mucha gente trabaja duro toda la vida y no llega a ninguna parte —
dijo alguien en tono acusador. ¡Cuidado! La veda está abierta.
—Bien, lamento no haber tenido la honra de no llegar a ninguna parte
—dijo Randy, sintiéndose por primera vez algo malhumorado—, pero he descubierto que si trabajas duro, te educas y conservas la inteligencia, puedes abrirte camino en esta sociedad.
—Pero ésa es una idea sacada directamente de algún libro del si— :\\o XIX de Horatio Alger —escupió Tomas.
—¿Y? Sólo porque sea una idea antigua no quiere decir que este equivocada —respondió Randy.
Una pequeña fuerza de ataque de camareros se había estado formando en las inmediaciones de la mesa, con los brazos cargados de platos, mirándose los unos a los otros intentando decidir cuándo sería el momento correcto para interrumpir la lucha y servir la cena. Uno de ellos recompensó a Randy con un plato que contenía un tipi compuesto de lonchas de atún casi crudo. Los elementos proconsenso y ante confrontación aprovecharon la oportunidad para tomar el control de la conversación y la dividieron en múltiples conjuntos de personas vigorosamente de acuerdo entre sí. Jon le digirió una mirada lacrimosa a Randy, como diciendo: ¿también fue agradable para ti? Charlene le ignoraba intensamente; estaba atrapada en un grupo de consenso con Tomas. Nina intentaba mirar a Randy a los ojos, pero él lo evitaba estudiadamente porque temía que ella quisiese ofrecerle una mirada ardiente de aproximación, y lo único que Randy quería en ese momento era alejarse. Diez minutos después, su busca se activó, y posó la mirada sobre el número de Avi.
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