Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Neal Stephenson · Capítulo 27 de 37

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Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Por qué

El plan de negocio de Epiphyte Corp. tiene una pulgada de grueso, ni delgado ni grueso para lo que suelen ser. Las páginas interiores han sido editadas profesional y dinámicamente en el portátil de Avi. Las cubiertas están hechas con un papel duro fabricado a mano a partir de paja de arroz, fibras de bambú, cáñamo salvaje y agua cristalina de glaciar por míos artesanos arrugados que trabajan en un templo rodeado por la niebla y esculpido en roca volcánica situado en una isla que sólo es conocida por viajeros aburridos de la Costa Oeste enfundados en spandex y con buena capacidad aeróbica. Calígrafos de la dinastía Ming reconstruidos molecularmente han dibujado sobre la portada un mapa impresionista del mar de China Meridional empleando pinceles de crines de unicornio mojados en tinta manufacturada por monjes estilitas ciegos a base de trozos de carbón vegetal producido al quemar a mano fragmentos de la Cruz Verdadera.

El contenido real del plan de negocio se ajusta a una estructura lógica sacada directamente de los Principia Mathematica. Empresarios de más bajo nivel adquieren software para escribir sus planes de negocio: paquetes de texto estandarizado y hojas de cálculo, hábilmente interrelacionados de forma que sólo tengas que rellenar algunos huecos. Avi y Beryl han escrito entre los dos tantos planes de negocios que pueden hacerlo de memoria.

Los planes de negocios de Avi tienden a seguir esta línea:

MISIÓN: En [nombre de la compañía] creemos firmemente que

[hacer lo que sea que queremos hacer] e incrementar el valor de nuestras

acciones no son sólo actividades complementarias: están inextricablemente relacionadas.

PROPOSITO: Incrementar el valor accionarial [haciendo algo].

ADVERTENCIA EXTREMADAMENTE SERIA (impresa en una página distinta en letras rojas sobre fondo amarillo):

A menos que sea tan inteligente como Johann Karl Friedrich Gauss, tan astuto como un limpiabotas ciego de Calcuta, tan duro como el general William Tecum-seh Sherman, tan rico como la Reina de Inglaterra, tan emocionalmente resistente como un tan de los Red Sox y, en general, tan capaz de tomar decisiones por sí mismo como el comandante medio de un submarino cargado con misiles nucleares, no se le debería haber permitido acercarse a este documento. Por favor, deshágase de él empleando los mismos procedimientos recomendados para los desechos radiactivos de alto nivel y luego disponga que un cirujano cualificado le ampute los brazos a la altura de los hombros y le saque los ojos de las cuencas. Esta advertencia es necesaria porque en una ocasión, hace cien años, una viejecita de Kentucky invirtió cien dólares en una compañía de artículos de mercería que quebró y sólo le devolvió noventa y nueve. Desde entonces, el gobierno nos viene pisando los talones. Si ignora esta advertencia, siga leyendo por su cuenta y riesgo; es completamente seguro que perderá todo lo que posee y pasará las últimas décadas de su vida luchando con las hordas de termitas en una colonia de leprosos en el delta del Mississippi.

¿Sigue leyendo? Genial. Ahora que hemos asustado a los debiluchos, sigamos con los negocios.

RESUMEN EJECUTIVO: Reuniremos [una cifra de dinero], luego

[haremos algo] e incrementaremos el valo? accionarial. ¿Quiere detalles?

Siga leyendo.

INTRODUCCIÓN: [Esta tendencia], que todo el mundo conoce, y

[esta tendencia], que es tan increíblemente arcana que probablemente no la conocía hasta ahora, y [esta otra tendencia de aquí] que podría parecer, en primera impresión, no tener absolutamente ninguna reacción, cuando se consideran juntas nos llevan a la idea (privada, extremadamente patentada, secreta, registrada y sujeta a acuerdos de confidencialidad) que podría incrementar el valor accionarial [haciendo algo]. Necesitaremos $ [una cifra muy grande] y después de [no demasiado tiempo] podremos obtener un incremento de valor de $ [una cifra todavía mayor], a menos que [el infierno se congele en pleno verano].

DETALLE:

Fase 1: Después de prestar votos de celibato y abstinencia y desechando todas nuestras posesiones materiales a cambio de túnicas fabricadas a mano, nosotros (ver currículos adjuntos) nos trasladaremos a un modesto complejo improvisado con cajas de refrigerados en medio del desierto de Gobi, donde el terreno es tan barato que en realidad nos pagan por ocuparlo, incrementando de esa forma el valor accionarial incluso antes de haber hecho nada. Alimentándonos con una ración diaria consistente en un puñado de arroz crudo y un cucharón de agua, comenzaremos a [hacer cosas].

Fase 2, 3, 4,…, n—1: Nosotros [haremos más cosas, aumentando en el proceso el valor accionarial a muy buen ritmo] a menos que [la tierra sufra el impacto de un asteroide de miles de millas de diámetro, en cuyo caso se tendrán que reajustar ciertas suposiciones; ver las hojas de cálculo 397—

413].

Fase n: Antes de que se seque la tinta en nuestros certificados del Premio Nóbel, confiscaremos las propiedades de nuestros competidores, incluyendo a cualquiera lo suficientemente estúpido para invertir en sus patéticas compañías. Venderemos a esa gente como esclavos. Las ganancias serán redistribuidas entre los accionistas, que apenas lo notarán, porque como demuestra la hoja de cálculo 265, para entonces la compañía será mayor que el Imperio Británico en su cenit.

HOJAS DE CÁLCULOS: [Hojas y hojas de números en letra diminuta, convenientemente resumidos en gráficas que parecen todas

curvas exponenciales en dirección al cielo, aunque se les ha introducido suficiente ruido seudo aleatorio para que parezcan plausibles.]

CURRÍCULOS: Limítese a recordar el primer rollo de Los siete magníficos y no tendrá que molestarse con esta parte; tendrá que venir arrastrándose hasta nosotros sobre manos y rodillas y rogar por el privilegio de pagar nuestros salarios.

Para Randy y los demás, el plan de negocio sirve de Torah, calendario maestro, texto motivador y tratado filosófico. Es un documento dinámico y vivo. Las hojas de cálculo son palimpsestos, conectados a las cuentas corrientes y a los registros financieros de la compañía de forma que se ajustan automáticamente al entrar o salir dinero. Beryl se encarga de ese aspecto. Avi se encarga de las palabras —el plan abstracto subyacente, y los detalles concretos que dan forma a esas hojas de cálculo— que interpretan los números. La parte del plan correspondiente a Avi también muta, cada semana, a medida que recibe nuevos datos de artículos enAsian Wall Street Journal, conversaciones con miembros del gobierno en mugrientos karaokes de Shenzhen, datos remotos recogidos por satélites y oscuras revistas técnicas que analizan los últimos avances en la tecnología de fibra óptica. El cerebro de Avi también digiere las ideas de Randy y el resto del grupo y las incorpora al plan. Cada tres meses toman una instantánea del plan de negocio en su estado actual, lo maquillan un poco y lo envían a los inversores.

El Plan Número Cinco está a punto de ser enviado junto con el primer aniversario de la compañía. Un borrador preliminar ha sido enviado a cada uno de ellos hace un par de semanas en un mensaje cifrado, que Randy no se ha molestado en leer, dando por supuesto que conocía su contenido. Pero algunas pequeñas señales que ha recibido los últimos días le indican que sería mejor que se enterase de qué dice de verdad.

Arranca el portátil, lo conecta al teléfono, abre el programa de comunicaciones y marca un número en California. Esto último resulta fácil, porque se trata de un hotel moderno y Kinakuta tiene un sistema telefónico moderno. Si no hubiese sido fácil, muy probablemente hubiese sido imposible.

En un pequeño armario de cableado, mal ventilado, perpetuamente a oscuras y que huele a plástico, instalado en una oficina alquilada por Novus Ordo Seclorum Systems Incorporated, encajada entre una compañía de depósitos y una agencia de viajes chárter en el edificio de oficinas más banal imaginable de la era disco en Los Altos, California, un módem despierta y envía ruidos por el cable. El ruido viaja bajo el Pacífico como un conjunto de centelleos por un filamento de vidrio tan transparente que si el océano estuviese hecho del mismo material, podrías ver Hawai desde California. Finalmente, la información llega hasta el ordenador de Randy, que reenvía ruido como respuesta. El módem de Los Altos es uno de una media docena conectados a la parte de atrás de un mismo ordenador, una torre PC típica de marca genérica, que lleva ocho meses funcionando noche y día. Hace siete meses apagaron el monitor porque malgastaba electricidad. Luego John Cantrell (que es miembro del consejo de Novus Ordo Seclorum Systems Inc., e hizo las gestiones para colocarlo en el armario de la compañía) tomó prestado el monitor porque uno délos programadores que trabajaba en la última versión de Ordo necesitaba una segunda pantalla. Más tarde, Randy desconectó el teclado y el ratón porque, sin monitor, sólo podían permitir la entrada de información errónea. Ahora no es más que un obelisco blanco que sisea débilmente sin ningún interfaz humano excepto un ciclópeo LED verde que mira directamente a un paisaje de cajas de pizza vacías.

Pero hay un grueso cable coaxial que lo conecta a Internet. El ordenador de Randy habla con él durante unos momentos, negociando los términos de un Protocolo Punto-a—Punto, conexión PPP, y a continuación el pequeño portátil de Randy también forma parte de Internet; puede enviar datos a Los Altos, y el solitario ordenador de allí, que se llama Tombstone

[13], los enviará en la dirección general de cualquiera de las otras varias decenas de millones de máquinas de Internet.

Tombstone, o tombstone.epiphyte.com como es conocido en Internet, vive una poco gloriosa existencia como buzón de correo y caché de archivos. No hace nada que un millar de servicios en línea no pudiese hacer de forma más simple y barata. Pero Avi, que es un genio a la hora de imaginar las peores situaciones horriblemente concebibles, exigió que tuviesen su propia máquina, y que Randy y los otros repasasen el código del sistema operativo línea a línea para verificar que no hubiese agujeros de seguridad. En los escaparates de todas las librerías del Área de la Bahía,

apilados en montones, había miles de ejemplares de tres libros diferentes sobre cómo un famoso cracker había establecido control total sobre un par de servicios en línea. En consecuencia, Epiphyte Corp., no podía de ninguna forma emplear un servicio en línea para sus archivos secretos mientras afirmaba que se tomaba en serio la protección en nombre de sus accionistas. De ahí tombstone. epiphyte.com.

Randy se conecta y comprueba su correo: cuarenta y siete mensajes, incluyendo uno de hace dos días de Avi (avi@epiphyte.com) con el asunto de: epiphyteBizPlan.5.4.ordo. Plan de Negocio de Epiphyte, quinta edición, cuarto borrador, con el formato de archivo que sólo puede leer [Novus]

Ordo [Seclorum], que es propiedad total de la compañía del mismo nombre, pero cuyas partes más difíciles fueron escritas, curiosamente, por John Cantrell.

Le dice al ordenador que comience la descarga del archivo; va a llevar un rato. Mientras tanto, repasa la lista de los otros mensajes, comprobando los nombres de los remitentes, asuntos y tamaños, intentando decidir, antes de nada, cuántos de ellos puede borrar sin leer.

Destacan dos mensajes porque las direcciones terminan en aol.com, el vecindario del ciberespacio de los padres y niños, pero nunca de los estudiantes, hackers o personas que trabajan en alta tecnología. Los dos vienen del abogado de Randy, que intenta separar los asuntos financieros de Randy de los de Charlene con el mínimo rencor posible. Randy siente cómo le sube la presión arterial y miles de capilares del cerebro se hinchan ominosamente. Pero se trata de archivos muy pequeños y los asuntos parecen inocuos, así que se calma y decide no ocuparse de ellos por el momento.

Cinco mensajes tienen su origen en ordenadores con nombres extremadamente familiares: sistemas que son parte de la red de ordenadores del campus que él administraba. Los mensajes vienen de administradores de sistema que tomaron las riendas al irse Randy, tipos que ya hace mucho tiempo que le plantearon las preguntas fáciles, como «¿Cuál es el mejor sitio para pedir pizza?» y «¿Dónde has escondido la grapadora?» y ahora han llegado al punto de enviarle trozos de código incomprensible que escribió hace años acompañados de preguntas como:

«¿Se trata de un error o de algo increíblemente inteligente que todavía no comprendo?» Randy se niega a contestar esos mensajes por ahora.

Hay como una docena de mensajes de amigos, algunos de ellos enviándole chistes de la red que ya ha visto un centenar de veces. Otra docena de miembros de Epiphyte Corp., en su mayoría referente a los detalles de los itinerarios a medida que todos convergen en Kinakuta para la reunión de mañana.

Eso deja más o menos una docena de mensajes que pertenecen a una categoría especial que no existía hasta una semana antes, cuando se publicó un nuevo número de TURING Magazine, con un artículo sobre el proyecto de refugio de datos de Kinakuta y una fotografía en portada de Randy en un bote en Filipinas. Avi había realizado gestiones para colocar ese artículo y tener algo que agitar frente a los otros participantes en la reunión de mañana. TURING es una revista tan visual que no puede leerse sin la protección de gafas de soldar, y por tanto insistieron en tener una fotografía. Enviaron un fotógrafo a la Cnpta, que les resultó visualmente carente de interés. Se produjo una situación de nervios. El fotógrafo fue enviado a la bahía de Manila donde capturó a Randy de pie sobre la cubierta de un bote cerca de una gran rueda de cable naranja, y de fondo un volcán elevándose sobre la contaminación. La revista no llegará a los quioscos hasta dentro de un mes, pero el artículo lleva una semana en la web, donde instantáneamente se convirtió en tema de discusión en la lista de discusión de Adeptos al Secreto, que es donde todos los tíos chachis como John Cantrell se reúnen para discutir los ultimísimos algoritmos de hashing y generadores de números seudo aleatorios. Como Randy aparecía en la fotografía, erróneamente se han centrado en él considerándolo más responsable de lo que realmente es. Eso ha producido una nueva categoría de mensajes en el buzón de Randy: consejos no solicitados y críticas de criptofrikis de todo el mundo. Por el momento hay catorce de esos mensajes en su bandeja de entrada, ocho de ellos de una persona, o personas, que se identifica, o identifican, como Almirante Isoroku Yamamoto.

Sería tentador ignorarlos, pero el problema es que una mayoría importante en la lista de Adeptos al Secreto son como diez veces más inteligentes que Randy. Puedes entrar en la lista en cualquier momento y encontrar a un profesor de matemáticas de Rusia liándose a hostias con un profesor de matemáticas de la India, kilobyte a kilobyte, sobre un aspecto pasmosamente retorcido de la teoría de los números primos, mientras un

joven genio matemático de dieciocho años de Cambridge salta cada par de días con una explicación aún más pasmosa de por qué los dos se equivocan.

Por tanto, cuando gente así te manda un correo, Randy intenta al menos mirarlo por encima. Recela un poco de los que se identifican como Almirante Isoroku Yamamoto, o con el número 56 (que es un código que significa Yamamoto). Pero el que tengan opiniones políticas que bordean la excentricidad no quiere decir que no sepan nada de matemáticas.

Para: randy@tombstone.epiphy1e.com

De: 56@laundry.org

Asunto: Refugio de datos

¿Tiene disponible en algún sitio una clave pública? Me gustaria cruzar mensajes con usted pero no quisto que Paul Comstock los lea:) Mi clave pública por si quiere responderme es

—INICIO DE BLOQUE ORDO DE CLAVE PÚBLICA—

[lineas y lineas de galimatías]

—FIN DE BLOQUE ORDO DE CLAVE PUBLICA—

Su concepto de refugio ce ciatos es bueno pero tiene limitaciones importantes. ¿Qué pasarla si el gobierno de Filipinas corta su cable? ¿O

si el buen sultán cambia de opinión, decide nacionalizar todos sus ordenadores y leer todos los discos? Lo que se precisa no es UN refugio de datos sino una RED de refugios de datos; es más robusto, de la misma forma que Internet es las robusta que una única máquina.

Firmado

El Almirante Isoroku Yamamoto que firma este mensaje asi:

—INICIO DE BLOQUE ORDO DE FIRMA—

(lineas y líneas de galimatías)

—FINAL DEL BLOQUE ORDO DE FIRMA—

Randy cierra ese mensaje sin leerlo. Avi no quiere que hablen con s Adeptos al Secreto por temor a que más tarde les acusen de haber bado ideas, por lo que contesta a todos esos correos con un modelo — carta

redactada por un abogado de propiedad intelectual al que Avi igó diez mil dólares.

Lee otro mensaje simplemente por la dirección de envío:

De: root@pallas.eruditorum.org

En una máquina UNIX, «root» es el nombre del más divino de todos los usuarios, el que puede leer, borrar o alterar cualquier archivo, elque puede ejecutar cualquier programa, el que puede añadir cual-lier usuario o eliminar a cualquiera de los existentes. Por tanto, reci-r un mensaje de alguien que tiene como nombre de cuenta «root» es imo recibir una carta de alguien que ostenta el título de «Presidente» «General» en el membrete.

Randy ha sido root en varios sistemas direntes, algunos de los cuales valían decenas de millones de dólares, y cortesía profesional exige que al menos lea el mensaje:

He leído sobre vuestro proyecto—. ¿Por qué lo hacéis?

Seguido de un bloque de firma Ordo.

Uno debe asumir que se trata de un intento de iniciar una especie de debate filosófico. Discutir con desconocidos anónimos en Internetes un juego de idiotas porque casi siempre resultan ser —o son indistinguibles de

— quinceañeros petulantes con cantidades infinitas de tiempo libre. Y, sin embargo, la dirección «root» indica que esa persona está al cargo de una gran instalación informática, o (mucho más probable) dispone de un ordenador Firmx en su escritorio. Incluso un usuario doméstico de Finux debe estar a varios niveles por encima del diletante navegante de Internet medio.

Randy abre una ventana terminal y teclea

whois eruditorum.org y un segundo después recibe un bloque de texto de InterNIC:

eruditorum.org (Societas Eruditorun)

seguido de una dirección de correo: un apartado en Leipzig, Alemania.

A continuación aparecen unos números de contacto. Todos tienen el prefijo del área de Seattle. Pero los tres dígitos a continuación, después del prefijo, le resultan familiares, y los reconoce como una pasarela a un servicio de reenvío, muy popular entre los que se mueven mucho, que rebotará tus llamadas, correos, faxes, etc. a allí donde te encuentres en ese momento. Avi, por ejemplo, lo usa continuamente.

Bajando, Randy encuentra:

Ultima actualización del registro en 1 8—Nov—98.

Registro creado en l-Mar—90.

El «90» destaca. Es una fecha prehistórica en lo que a Internet se refiere. Indica que la Societas Eruditorum iba muy por delante.

Especialmente tratándose de un grupo con sede en Leipzig, que hasta más o menos esa fecha era parte de la Alemania Oriental.

Servidores de dominio:

NS.SF.LAUNDRY.ORG

…seguido de la dirección IP de laundry.org, que es un servicio para convertir los paquetes de datos en anónimos y que muchos Adeptos al Secreto emplean para que nadie pueda seguir sus comunicaciones.

El resultado no prueba nada, pero aun así, Randy no puede limitarse a asumir que el mensaje viene de un quinceañero aburrido. Probablemente debería dar alguna respuesta. Pero teme que la tomen como una invitación para alguna oferta empresarial: probablemente alguna empresa sarnosa de alta tecnología que busca capital.

Muy probablemente, en la última versión del plan de negocio habrá alguna explicación de por qué Epiphyte(2) está construyendo la Cripta.

Randy puede limitarse a cortarla y pegarla en respuesta a root@pallas.eruditorum.org. Será algo vaporoso para agradar a los accionistas, y por tanto alienante. Con suerte, desanimará a esa persona y no le molestará más. Randy pincha dos veces en el icono ojo/pirámide de Ordo, y éste abre una pequeña ventana de texto en la pantalla donde le invita a teclear comandos. Ordo también dispone de un encantador interfaz gráfico, pero Randy lo desprecia. Nada de menús y botones para él. Escribe

› descifrar e p i p h y t e B i z P 1 a n. 5. 4. o r d o

El ordenador responde con

Verifique su identidad: introduzca la frase de paso o «bio» para optar por la verificación biométrica.

Antes de que Ordo descifre el archivo, debe tener la clave privada: todos sus 4096 bits. La clave está almacenada en el disco duro de Randy.

Pero los tipos malos podrían meterse en las habitaciones del hotel y leer el contenido del disco duro, por lo que la clave en sí está cifrada. Para poder descifrarla. Ordo precisa la clave para la clave, que es (en la única concesión de Cantrell a la comodidad del usuario) una frase: una cadena de palabras, más fácil de recordar que 4096 dígitos binarios. Pero debe ser una frase larga o sería demasiado fácil descubrirla.

La última vez que Randy cambió su frase de paso, estaba leyendo otras memorias de la Segunda Guerra Mundial. Teclea:

con gritos roncos de BANZAI, los nipos borrachos surgieron de las trincheras, sus espadas y bayonetas relucian bajo los rayos de nuestros reflectores…

y pulsa «enter». Ordo responde

frase de paso incorrecta

reescriba la frase o «bio» para optar por la verificación biométrica.

Randy maldice y lo intenta unas cuantas veces más, con ligeros cambios de puntuación. No va.

Por la desesperación y la curiosidad, prueba:

bio

Y el software responde:

no ha sido posible localizar el archivo de configuración biométrica.

Hable con Cantrell :/—

Lo que no es, por supuesto, parte normal del software. Ordo no viene con verificación biométrica, ni sus mensajes de error identifican a John Cantrell, o a cualquier otro, por su nombre. Aparentemente, Cantrell ha escrito un módulo plug-in, un pequeño añadido, y lo ha distribuido entre sus amigos de Epiphyte(2).

—Genial. —Randy coge el teléfono y marca el número de la habitación de John Cantrell. Al tratarse de un hotel nuevo y moderno, le responde un buzón de voz en el que John se ha molestado en grabar algo informativo.

—Le habla John Cantrell de Novus Ordo Seclorum y Epiphyte Corporation. Para aquellos que hayan llamado empleando mi número telefónico universal y por tanto no tienen ni idea de en dónde me encuentro, me alojo en el hotel Foote Mansión en el sultanado de Kinakuta; por favor, consulten un atlas de calidad. Son las cuatro de la tarde, jueves, 21 de marzo. Probablemente me encuentro en el Bomba y Arpeo.

El Bomba y Arpeo es el bar con tema pirata del hotel y no es tan cutre como suena. Está decorado (entre otros recuerdos que bien podrían estar en un museo) con varios cañones que parecen auténticos. John Cantrell está sentado en una esquina, con aspecto de encontrarse tan en casa como puede estarlo un hombre con sombrero de cowboy. Frente a él tiene el portátil

abierto sobre la mesa junto a una bebida con ron que le han servido en una sopera. Una pajita de medio metro de largo la conecta con la boca de Cantrell. Sorbe y teclea. Observándole incrédulos hay un grupo de hombres de negocios chinos de aspecto feroz sentados en la barra; cuando ven que Randy entra, arrastrando su portátil, cuchichean. «¡Ahora hay dos!»

Cantrell levanta la vista y sonríe, algo que no puede hacer sin parecer diabólico. El y Randy se dan la mano triunfantes. Aunque en realidad sólo han estado dando vueltas por ahí en aviones 747, se sienten como Stanley y Livingstone.

—Bonito bronceado —dice Cantrell maliciosamente, aunque sin bigote que retorcer. Randy, pillado con la guardia baja, comienza a hablar y se detiene dos veces, y al final agita la cabeza reconociendo la derrota. Los dos hombres ríen.

—El bronceado es de los barcos —dice Randy—, no por disfrutar de la piscina del hotel. Llevo dos semanas apagando fuegos por todas partes.

—Espero que nada que afecte al valor accionarial —dice Cantrell socarrón.

Randy dice:

—Tú pareces alentadoramente pálido.

—Todo está bien en mi parte —dice Cantrell—. Tal y como predije; un montón de Adeptos al Secreto quieren trabajar en un refugio de datos de verdad.

Randy pide una Guinness y dice:

—También predijiste que muchos de ellos resultarían ser escurridizos e indisciplinados.

—A esos no los contraté —responde Cantrell—. Y con Eb encargándose de las cosas raras, hemos podido superar los pocos obstáculos que nos hemos encontrado.

—¿Has visto la Cripta?

Cantrell arquea una ceja y le dedica una imitación perfecta de la mirada paranoica.

—Es como ese bunker de la fuerza aérea de Colorado Springs —dice.

—¡Sí! —Randy ríe—. Cheyenne Mountain.

—Es demasiado grande —anuncia Cantrell. Sabe que Randy está pensando justo lo mismo.

Por tanto, Randy decide jugar a ser el abogado del diablo.

—Pero el sultán lo hace todo a lo grande. Hay grandes retratos suyos en el gran aeropuerto.

Cantrell niega con la cabeza.

—El Ministerio de Información es un proyecto serio. El sultán no lo concibió. Fueron los tecnócratas.

—Por lo que sé, Avi le hizo un poco la pelota…

—Como sea. Pero la gente que está detrás, como Mohammed Pragasu, son todos del estilo de la escuela empresarial de Stanford. Graduados de Oxford y la Sorbona. Los alemanes han diseñado hasta los topes de las puertas. La caverna no es un monumento al sultán.

—No, no es un proyecto vanidoso —admite Randy, pensando en la helada sala de máquinas que Tom Howard está construyendo a un millar de pies por debajo de'ese bosque de las nubes.

—Por tanto, debe haber alguna explicación racional a por qué es tan grande.

—¿Podría estar en el plan de negocio? —aventura Randy.

Cantrell se encoge de hombros; él tampoco lo ha leído.

—El último que leí de principio a fin fue el Plan Uno. Hace un año —

admite Randy.

—Era un buen plan de negocio —dice Cantrell [14]

Randy cambia de tema.

—He olvidado mi frase de paso. Necesito hacer esa cosa biométrica.

—Aquí hay demasiado ruido —responde Cantrell—, actúa escuchando tu voz, haciendo un Fourier y recordando unos números clave.

Lo haremos más tarde en mi habitación.

Sintiendo la necesidad de explicar por qué no se ha mantenido al día con el correo, Randy dice:

—He estado totalmente obsesionado, relacionándome con los de AVCLA en Manila.

—Cierto. ¿Cómo va eso?

—Mira. Mi trabajo es muy simple —dice Randy—. Tenemos ese enorme cable nipón desde Taiwán hasta Luzón. Un router en cada extremo.

Luego está la red de cables cortos entre islas que los de AVCLA están tendiendo en Filipinas. Cada segmento de cable, como ya sabes. Se inicia y termina en un router. Mi trabajo consiste en programar los routers, asegurándome de que los datos tendrán siempre un camino libre desde Taiwán hasta Kinakuta.

Cantrell aparta la vista, temiendo que vaya a aburrirse. Randy prácticamente se lanza sobre la mesa, porque sabe que no tiene nada de aburrido.

—¡John! ¡Eres una importante compañía de tarjetas de crédito!

—Vale. —Cantrell lo mira a los ojos, ligeramente acobardado.

—Almacenas tus datos en el refusio de datos de Kinakuta. Precisas descargar un terabyte de datos cruciales. Inicias el proceso… tus datos cifrados pasan volando por Filipinas a un ritmo de un gigabyte por segundo, hasta Taiwán y de ahí a Estados Unidos. —Randy se detiene, traga Guinness, aumentando el dramatismo—. Entonces, un ferry zozobra al salir de Cebú.

—¿Y?

—Y en menos de. diez minutos, cien mil filipinos levantan el teléfono simultáneamente.

Cantrell llega al punto de darse un golpe en la frente.

—¡Oh, Dios mío!

—¡Ahora lo comprendes! He estado configurando esta red de forma que pase lo que pase los datos sigan fluyendo a la compañía de tarjetas de crédito. Quizás a velocidad reducida… pero fluyen.

—Bien, comprendo que eso te mantenga ocupado.

—Y por esa razón sólo llevo a buen ritmo lo de esos routers. Y por cierto, son buenos routers, pero no tienen la capacidad suficiente para alimentar una Cripta de ese tamaño, o justificarla económicamente.

—Lo esencial de la explicación de Avi y Beryl —dice Cantrell— es que Epiphyte ya no es la única compañía portadora hasta la Cripta.

—Pero estamos tendiendo el cable desde aquí a Palawan…

—Los lacayos del sultán han estado haciendo negocios —dice Cantrell—. Avi y Beryl se muestran vagos, pero comparando notas con Tom y leyendo las hojas de té, he llegado a la conclusión de que hay otro cable, quizá dos, viniendo hacia Kinakuta.

—¡Guau! —dice Randy. Es lo único que se le ocurre—. ¡Guau! —Se bebe la mitad de la Guinness—. Tiene sentido. Si van a hacerlo una vez con nosotros, pueden hacerlo de nuevo con otros portadores.

—Nos usaron como palanca para atraer a otros —dice Cantrell.

—Bien… entonces, la pregunta es: ¿sigue siendo necesario el cable desde Filipinas? ¿O deseado?

—Sí —dice Cantrell.

—¿Lo es?

—No. Quiero decir que sí, que ésa es exactamente la pregunta.

Randy lo medita.

—En realidad, podría ser positivo para tu parte de la operación. Más entradas a la Cripta implican más negocios a la larga.

Cantrell arquea las cejas, algo preocupado por los sentimientos de Randy. Randy se recuesta en la silla y dice:

—Ya hemos debatido anteriormente si tenía sentido que Epiphyte estuviese tonteando con cables y routers en Filipinas.

Cantrell responde:

—El plan de negocio siempre ha defendido que tendría sentido económico tender un cable hasta Filipinas incluso si la Cripta no existiese.

—El plan de negocio estaba obligado a decir que la red intra-Filipinas podía convertirse en un negocio independiente y sobrevivir —dice Randy

—, para justificar que lo hiciésemos.

Ninguno de los dos precisa decir más. Se han estado concentrando intensamente el uno en el otro durante un buen rato, apartándose del resto del bar con sus posturas, y ahora, de forma espontánea, los dos se recuestan, se estiran y empiezan a echar vistazos a su alrededor.

Casualmente eligen el mejor momento, porque Goto Furudenendu acaba de entrar con un pelotón de lo que Randy supone son ingenieros civiles: hombres nipones muy cuidados, de aspecto sano y como de treinta y tantos.

Randy los invita con una sonrisa, luego llama al camarero y le pide algunas de esas grandes botellas de cerveza nipona.

—Esto me lo ha recordado: los Adeptos al Secreto van tras de mí —

dice Randy.

Cantrell sonríe, mostrando algo de admiración por esos locos de los Adeptos al Secreto.

—La gente inteligente y furiosamente paranoica es la columna vertebral de la criptología —dice—, pero no siempre entienden de negocios.

—Quizá los entienden demasiado bien —dice Randy. Siente algo de molestia residual porque vino al Bomba y Arpeo a responder la pregunta planteada por root@eruditorum.org («¿Por qué lo hacéis?») y todavía no conoce la respuesta. Es más, sabe menos que antes.

Luego se les unen los hombres de Goto y resulta que justo en ese momento aparecen Eberhard Fóhr y Tom Howard. Se produce una explosión combinatoria de intercambio de tarjetas y presentaciones. Parece que el protocolo exige mucha bebida social. Inadvertidamente. Randy ha desafiado la amabilidad de esos tipos pidiéndoles cerveza, y deben demostrar que no se les puede ganar en semejante juego. Se unen mesas y todo se vuelve increíblemente jovial. Eb también debe pedir cerveza para todos. Muy pronto, las cosas han degenerado en karaoke. Randy se pone en pie y canta Me and Yon and a Dog Named Boo. Se trata de una buena elección, porque es una canción relajante y tranquila que no exige demasiada expresividad emocional. Ni, ya puestos, habilidad para la canción.

En cierto momento, Tom Howard pasa un brazo fornido sobre el respaldo de la silla de Cantrell para poder gritarle mejor al oído. Sus brazaletes eutropianos gemelos, grabados con el mensaje «Hola Doctor, por favor, congéleme de la siguiente forma», brillan y son bastante evidentes.

Randy se pone nervioso porque cree que los nipones van a darse cuenta y van a empezar a hacer preguntas extremadamente difíciles de contestar.

Tom le está recordando algo a Cantrell (por alguna razón, siempre se refieren a Cantrell de esa forma; algunas personas han nacido para que las llamen por su apellido). Cantrell asiente y dedica a Randy una mirada rápida y algo furtiva. Cuando Randy se la devuelve, Cantrell baja la vista disculpándose y se dedica a retorcer nervioso la botella de cerveza entre las manos. Tom sigue dedicando a Randy una mirada de interés. Todas esas miradas hacen que Randy, Tom y Cantrell acaben en el extremo de la barra más alejado de los altavoces del karaoke.

—Así que conoces a Andrew Loeb —dice Cantrell. Queda claro que está consternado por ese hecho pero también algo impresionado, como si acabase de descubrir que Randy en una ocasión había matado a un hombre

a golpes con las manos desnudas y que nunca se hubiese molestado en comentarlo.

—Cierto —dice Randy—. Tan bien como alguien puede conocer a un tipo así.

Cantrell está prestando una diligencia excesiva al proyecto de arrancar la etiqueta de la botella y por tanto es Tom quien recoge el testigo.

—¿Hicisteis negocios juntos?

—En realidad no. ¿Puedo preguntar cómo sabéis esas cosas? Es decir, para empezar, ¿cómo sabéis siquiera que Andrew Loeb existe? ¿Por lo del digibomber?

—Oh, no… fue después. Andy se convirtió en una figura importante en algunos de los círculos que Tom y yo frecuentamos —dice Cantrell.

—Los únicos círculos en los que puedo imaginarme a Andy serían fanáticos de la supervivencia con métodos primitivos y personas que creen haber sufrido abusos en rituales satánicos.

Randy lo dice sin pensar, como si su boca fuese un teletipo mecánico que imprime una predicción meteorológica. El comentario queda como colgando.

—Eso ayuda a rellenar algunas lagunas —dice Tom al fin.

—¿Qué pensaste cuando el FBI registró su cabaña? —pregunta Cantrell, a quien le ha vuelto la sonrisa.

—No sabía qué pensar —dice Randy—. Recuerdo que vi el vídeo en las noticias… los agentes saliendo de esa choza con cajas de pruebas, y pensé que mi nombre debía estar en alguno de esos papeles. Que de alguna forma acabaría implicado en el caso.

—¿El FBI llegó a ponerse en contacto contigo? —pregunta Tom.

—No. Creo que una vez que lo examinaron todo, llegaron con rapidez a la conclusión de que no era el digibomber, y lo tacharon de su lista.

—Bien, no mucho después de que pasase eso, Andy Loeb se presentó en la Red —dice Cantrell.

—Me resulta imposible de creer.

—Para nosotros también lo fue. Es decir, todos habíamos recibido copias de sus manifiestos… impresos sobre papel reciclado gris, que era como las hojas de pelusa que sacas del filtro de la secadora.

—Empleaba una tinta orgánica, con base de agua, que escamaba como si fuese caspa negra —dice Tom.

—Bromeábamos diciendo que teníamos polvo de Andy sobre la mesa

—dice Cantrell—. Así que cuando un tipo llamado Andy Loeb se presentó en la lista de correo de Adeptos al Secreto, y el grupo de noticias de Eutropia, enviando todas esas diatribas larguísimas, nos negamos a creer que fuese él.

—Pensamos que alguien había conseguido escribir unas parodias realmente brillantes de su estilo —dice Cantrell.

—Pero cuando siguieron llegando, día tras día, y empezó a meterse en largos diálogos con la gente, se hizo evidente que era él —se queja Tom.

—¿Cómo lo justificó siendo un ludita?

Cantrell:

—Dijo que siempre había considerado los ordenadores una fuerza que alienaba y atomizaba la sociedad.

Tom:

—Pero como resultado de ser por un tiempo el sospechoso digibomber número uno, a la fuerza había sido consciente de Internet, que había cambiado los ordenadores conectándolos.

—¡Oh, Dios mío! —dice Randy.

—Y que había estado reflexionando sobre Internet mientras hacía lo que sea que Andrew Loeb hace —continuó Tom.

Randy:

—Ponerse en cuclillas, desnudo, en ríos de montaña helados mientras estrangula roedores con las manos desnudas.

Tom:

—Y comprendió que los ordenadores podían ser una herramienta para unir la sociedad.

Randy:

—Y apuesto a que él era justo el tío para unirla.

Cantrell:

—Bueno, no está muy lejos de lo que dijo.

Randy:

—Ya, ¿vais a decirme que se ha convertido en un eutropiano?

Cantrell:

—Bueno, no. Más bien descubrió un cisma en el movimiento Eutropia que nosotros no conocíamos, y ha creado su propio grupo separado.

Randy:

—Creía que los eutropianos eran individualistas hasta la médula, libertarios puros.

—¡Bueno, sí! —dice Cantrell—. Pero la premisa básica del eutropianismo es que la tecnología nos ha convertido en poshumanos. El Homo Sapiens más la tecnología es a todos los efectos una especie totalmente nueva: inmortal, omnipresente debido a la RED, y camino de la omnipotencia. Ahora bien, los primeros en decir esas cosas fueron libertarios.

Tom dice:

—Pero la idea ha atraído a todo tipo de personas… incluyendo a Andy Loeb. Se presentó un día y empezó a hablar de mentes colmena.

—Y por supuesto, fue flameado hasta quedar frito por la mayoría de los eutropianos, porque el concepto para ellos es anatema —dice Cantrell.

Tom:

—Pero siguió con el tema, y después de un tiempo, hubo personas que empezaron a estar de acuerdo con él. Resultó que había una facción bastante sustancial entre los eutropianos a los que no les importaba especialmente el libertarismo y a los que la idea de la mente colmena les resultaba atractiva.

—¿Ahora Andy es el líder de esa facción?—pregunta Randy.

—Supongo que sí —dice Cantrell—. Se separaron y formaron su propio grupo de noticias. Hace como seis meses que no sabemos nada de ellos.

—¿Cómo supisteis de la conexión entre Andy y yo?

—De vez en cuando todavía se presenta en el grupo de Adeptos al Secreto —dice Tom—. Y últimamente se ha hablado mucho de la Cripta.

Cantrell dice:

—Cuando se enteró de que tú y Avi estabais metidos en el asunto, envió una enorme diatriba… veinte o treinta K de frases unas tras otras. No demasiado elogiosas.

—Ya, Jesús. ¿Qué coño le pasa? Ganó el caso. Me arruinó por completo. Uno pensaría que tendría cosas mejores que hacer que preocuparse de agua pasada —dice Randy. golpeándose el pecho—. ¿No tiene trabajo?

—Hace algo de derecho —contesta Cantrell.

—¡Ja! Me lo imagino.

—Nos ha estado atacando —dice Tom—. Sucios capitalistas.

Atomizamos la sociedad. Hacemos que el mundo sea un lugar más seguro para los traficantes de drogas y los cleptócratas del Tercer Mundo.

—Bien, al menos hay algo en lo que sí tiene razón —dice Randy. Está encantado de tener una respuesta, al fin, a la pregunta de por qué están construyendo la Cripta.

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