Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Neal Stephenson · Capítulo 25 de 37

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Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Cripta

Se supone que la terminal debe emular el diseño de una hilera de casas de troncos malayas todas juntas pared con pared. Un túnel de pasajeros recién pintado salta como una gigantesca lamprea y pega sus labios de neopreno a un lado del avión. El grupo de nipones mayores no hace ningún esfuerzo por abandonar el avión, dejando los pasillos respetuosamente libres para los hombres de negocios: «Adelante, a los que vamos a visitar no les importa esperar.»

En su marcha por el túnel de pasajeros, la humedad y el combustible de avión se condensan por igual sobre la piel de Randy y comienza a sudar.

Luego llega a la Terminal que, dejando a un lado la alusión a las casas de troncos malayas, ha sido diseñada específicamente para tener el aspecto de cualquier otra Terminal de aeropuerto nueva del mundo. El aire acondicionado le atraviesa la cabeza como una lanza. Deja las bolsas en el suelo y se detiene un momento, intentando pensar bajo una pintura de Leroy Neiman, de las dimensiones de un campo de balonvolea, que muestra al sultán en acción sobre un pony de polo. Atrapado en un asiento de ventanilla durante un vuelo corto y agitado, no ha podido ir al baño, así que va ahora y mea con tanta potencia que el urinario emite una especie de sonido tirolés.

Al retroceder, perfectamente satisfecho, es consciente de un hombre que retrocede de un urinario adyacente: uno de los hombres de negocios nipones que acaban de bajar del avión. Un par de meses antes, la presencia de ese hombre le hubiese impedido mear. Hoy, ni siquiera se dio cuenta de que estaba allí. Como alguien que padece desde hace tiempo de un riñon cohibido, Randy está encantando de haber encontrado el remedio mágico:

no se trata de convencerte de que eres un macho alfa dominante, sino más bien de perderte tanto en tus pensamientos como para no percibir a los que te rodean. El riñón cohibido es la forma que tiene el cuerpo de decirte que piensas demasiado, que debes salir del campus y conseguir un puto trabajo.

—¿Busca el emplazamiento del Ministerio de Información? —dice el hombre de negocios. Viste un traje perfecto de color gris antracita, que lleva con tanta facilidad y desahogo como Randy su camiseta de recuerdo de la quinta Conferencia Hacker, bermudas y sandalias deportivas.

—¡Oh! —espeta Randy, enfadado consigo mismo—. Me olvidé completamente de buscarlo. —Los dos hombres ríen. El nipón saca una tarjeta de visita con un diestro juego de manos. Randy tiene que abrir de un tirón su cartera, de nylon y velero, y buscarla. Intercambian tarjetas usando el sistema tradicional asiático a dos manos, que Avi le ha obligado a practicar hasta que le sale casi perfecto. Se inclinan los dos, activando el par más cercano de urinarios controlados por ordenador. La puerta del baño se abre y entra un nipo de edad avanzada, un precursor de la horda anciana.

Nipo es la palabra que emplea el sargento Sean Daniel McGee, retirado del Ejército de los Estados Unidos, para referirse a los nipones en sus memorias de la guerra sobre Kinakuta, cuyas fotocopias Randy lleva en la bolsa. Es un término terriblemente racista. Por otra parte, la gente llama continuamente teutones a los alemanes y a los norteamericanos yanquis.

Llamar nipo a una persona nipona es exactamente lo mismo, ¿no? ¿O es equivalente a llamar amarillo a un chino? Durante el centenar de horas de reuniones, y megabytes de mensajes de correo cifrado, que Randy, Avi, John Cantrell, Tom Howard, Eberhard Fórh y Beryl han intercambiando, para poner en pie Epiphyte(2), cada uno de ellos ha empleado ocasionalmente, y sin darse cuenta, la palabra japo como versión corta de japonés; de la misma forma que usaban RAM para Random Access Memory. Pero claro está, japo es también un término terriblemente racista.

Randy supone que todo está relacionado con el estado mental en el momento de emitir la palabra. Si estás intentando abreviar, no es un insulto.

Pero si estás fomentando el odio racista, como Sean Daniel McGee parece rozar ocasionalmente, es diferente.

Ese individuo nipón en particular está identificado en la tarjeta como Goto Furudenendu («Ferdinand Goto»). Randy, quien recientemente ha invertido mucho tiempo en descifrar la estructura jerárquica de ciertas importantes corporaciones niponas, ya sabe que es el vicepresidente de

proyectos especiales (signifique lo que signifique) de Goto Engineering.

También sabe que los títulos en las compañías niponas son caca de vaca y que no significan nada. El hecho de que tenga el mismo apellido que el fundador de la compañía es posible que sea algo que valga la pena tener en consideración.

La tarjeta de Randy dice que es Randall L. Waterhouse («Randy») y que es vicepresidente de desarrollo de tecnologías de red de Epiphyte Corporation.

Goto y Waterhouse salen del baño y comienzan a seguir los iconos de recogida de equipaje que hay colgados por la Terminal como si fuesen mendrugos.

—¿Acusa el desajuste horario? —pregunta Goto con una sonrisa, siguiendo (asume Randy) el guión de algún libro de texto inglés. Es un tipo guapo con sonrisa de triunfador. Probablemente ronda los cuarenta, aunque los nipones parecen tener un algoritmo de envejecimiento totalmente diferente por lo que puede que se equivoque.

—No —contesta Randy. Como genio de la informática que es, responde muy mal a ese tipo de preguntas, de forma sucinta y diciendo la verdad. Sabe que a Goto no le importa realmente si Randy acusa o no el desajuste horario. Es vagamente consciente de que Avi, de estar allí, usaría la pregunta de Goto con el fin al que estaba destinada: como punto de partida de un alegre intercambio social. Hasta que cumplió los treinta, Randy se sentía mal por su falta de habilidades sociales. Ahora le importa una mierda. Es probable que pronto se sienta orgulloso de ese hecho.

Mientras tanto, sólo por el bien de la empresa común, intenta hacerlo lo mejor posible—. En realidad, llevo varios días en Manila, así que he tenido tiempo de sobra para ajustarme.

—¡Ah! ¿Fueron bien sus actividades en Manila? —dispara Goto.

—Sí, muy bien, gracias —miente Randy, ahora que sus habilidades sociales, siendo las que son, han tenido un momento para ejercitarse—.

¿Ha venido directamente desde Tokio?

La sonrisa de Goto se congela durante un segundo, y vacila antes de decir:

—Sí.

Se trata, en el fondo, de una respuesta paternalista. Goto Engineering tiene su central en Kobe, y no volarían desde el aeropuerto de Tokio. Goto

dijo sí de todas formas, porque, durante ese momento de vacilación, comprendió que estaba tratando con un yanqui, quien, al decir «Tokio», realmente quería decir «las islas niponas» o «de donde demonios venga».

—Perdóneme —dice Randy—. Quise decir Osaka.

Goto sonríe y parece ejecutar un movimiento que parece insinuar una leve inclinación.

—¡Sí! He venido desde Osaka.

Goto y Waterhouse se apartan en la recogida de equipaje, intercambian sonrisas al pasar por inmigración y se vuelven a encontrar en la sección de transporte terrestre. Hombres de Kinakuta vestidos con brillantes uniformes blancos de aspecto seminaval, con sus galones dorados y guantes blancos, abordan a los pasajeros, ofreciendo transporte para los hoteles locales.

—¿También se hospeda en el Foote Mansión? —dice Goto. Se trata de

«el» hotel de lujo en Kinakuta. Pero ya conoce la respuesta; la reunión de mañana ha sido planeada de forma tan exhaustiva como un lanzamiento de trasbordador.

Randy vacila. El mayor Mercedes-Benz del mundo acaba de detenerse junto a la acera, con la humedad condensada no sólo empañando las ventanas sino también corriendo a chorros. Un conductor con la librea del Foote Mansión ha salido disparado de su interior para despojar al señor Goto de su equipaje. Randy sabe que no tiene más que realizar un sutil movimiento hacia el coche y le llevarán rápidamente a un hotel de lujo donde podrá tomar una ducha, ver la televisión desnudo mientras bebe una botella de vino francés de cien dólares, ir a nadar y recibir un masaje.

Lo cual es exactamente el problema. Ya puede sentir cómo comienza a debilitarse bajo el calor ecuatorial. Es demasiado pronto para reblandecerse. Sólo lleva despierto seis o siete horas. Hay trabajo que hacer. Se esfuerza por permanecer firme, y el esfuerzo le hace sudar con tanta intensidad que parece que va a mojarlo todo en un radio de varios metros.

—Me encantaría compartir el coche con usted hasta el hotel —dice—, pero primero tengo que atender un par de recados.

Goto comprende.

—Quizá podamos tomar una copa por la noche.

—Déjeme un mensaje —dice Randy. Luego Goto le saluda a través del vidrio ahumado mientras el Mercedes se aleja a siete g. Randy da un giro de ciento ochenta grados, regresa al Dunkin's Donuts Halal [11], que acepta ocho tipos de moneda, y se sacia. Luego sale y se vuelve imperceptiblemente hacia una fila de taxis. Un conductor se lanza físicamente hacia Randy y le arranca la bolsa del hombro.

—Ministerio de Información.

A la larga, puede que sea bueno, o puede que no, que el sultanado de Kinakuta tenga un gigantesco Ministerio de Información a prueba de terremotos, volcanes, tsunami y armas termonucleares con un sub-sub-sótano cavernoso atestado de ordenadores de alta potencia y conmutadores de datos. Pero el sultán está encantado con la idea. Ha contratado a unos alemanes inquietantes para que lo diseñen, y a Goto Engineering para construirlo. Nadie, evidentemente, conoce mejor los desastres naturales que los nipones, con la posible excepción de algunos pueblos ahora extintos y que por tanto no pueden hacer ofertas para trabajos de ese tipo. También saben un par de cosas sobre soportar bombardeos, al igual que los alemanes.

Hay subcontratistas, claro, y una plétora de asesores. Por alguna milagrosa hazaña de verborrea, Avi ha conseguido uno de los mayores contratos de asesoría: Epiphyte(2) Corporation se encarga de la

«integración de sistemas», lo que significa conectar un montón de basura fabricada por otras personas, y supervisar la instalación de todos los ordenadores, conmutadores y líneas de datos.

El trayecto hasta allí es sorprendentemente corto. Ciudad Kinakuta no es demasiado grande, cercada como está por empinadas cordilleras montañosas, y el sultán la ha dotado de múltiples autopistas de ocho carriles. El taxi vuela por la llanura de tierra recuperada al mar sobre la que está construido el aeropuerto, dobla alrededor del muñón del Pico Eliza, ignorando dos salidas a la Ciudad Tecnológica, y luego gira hacia una salida sin señalizar. De pronto quedan atrapados tras una fila de camiones vacíos; monstruos nipones marcados con la palabra GOTO en grandes letras mayúsculas. Hacia ellos viene un torrente de camiones idénticos, excepto que estos están completamente cargados de escombros. El taxista se mete por el arcén derecho y adelanta a los camiones durante media milla. Van subiendo; a Randy se le taponan los oídos. La carreta ha sido construida sobre el lecho de un barranco que sube por una de las

cordilleras. Pronto están rodeados por vertiginosas paredes de vegetación, que actúan como esponjas, atrapando nubes perennes de niebla, a través de la cual se ven en ocasiones destellos de colores brillantes. Randy no sabe si son flores o pájaros. El contraste entre la exuberante vegetación del bosque de las nubes y la carretera de tierra, maltratada por las descomunales ruedas de los camiones, le desorienta.

El taxi se detiene. El taxista se vuelve y le mira expectante. Randy cree por un segundo que el taxista está perdido y le mira en espera de instrucciones. La carretera termina allí, en un aparcamiento misteriosamente situado en medio del bosque de las nubes. Randy ve media docena de grandes caravanas con aire acondicionado que exhiben los logotipos de diversas firmas niponas, alemanas y norteamericanas; un par de docenas de coches y muchos autobuses. Allí están todos los elementos de una importante operación de construcción, más algunos extras, como dos monos con enormes penes en erección peleándose por el botín de un vertedero, pero no se trata de una construcción. No hay más que una pared verde al final del camino, un verde tan oscuro que es casi negro.

Los camiones vacíos desaparecen en esa oscuridad. Salen camiones llenos, apareciendo primero los faros por entre la niebla y la penumbra, seguidos por la vistosa exhibición que los conductores han creado sobre las rejillas de los radiadores, a continuación los reflejos en las piezas cromadas y vidrios, y finalmente los camiones en sí. Los ojos de Randy se ajustan y ahora puede ver que está frente a una caverna, iluminada por lámparas de vapor de mercurio.

—¿Quiere que le espere? —pregunta el taxista.

Randy mira el taxímetro, realiza una conversión rápida y llega a la conclusión de que el trayecto hasta ahora le ha costado diez centavos.

—Sí —dice, y sale del taxi. Satisfecho, el taxista se recuesta y enciende un cigarrillo.

Randy permanece de pie y contempla la caverna durante un minuto, en parte porque es todo un espectáculo y en parte porque de ella sale una corriente de aire frío, lo que resulta agradable. Luego atraviesa el área y se dirige a la caravana identificada como «Epiphyte».

El personal consiste en tres diminutas mujeres kinakutesas que le conocen perfectamente, aunque no le habían visto antes, y que parecen totalmente encantadas de verle. Van vestidas con telas sueltas de brillantes

colores sobre los jerséis de cuello alto Eddie Bauer que les protegen del frío nórdico del aire acondicionado. Todas son temiblemente eficientes y elegantes. Adondequiera que vaya en el sureste asiático, Randy se encuentra constantemente con mujeres que deberían estar dirigiendo General Motors o algo similar. Enseguida han comunicado su llegada por medio de walkie-talkies y teléfonos móviles, y le han entregado un par de gruesas botas altas, un casco y un teléfono móvil, todo cuidadosamente etiquetado con su nombre. Después de un par de minutos, un joven kinakutes con casco y botas embarradas abre la puerta de la caravana, se presenta como «Steve» y lleva a Randy hasta la entrada de la caverna.

Siguen una estrecha pasarela para peatones iluminada por una cadena de bombillas enjauladas.

Durante el primer centenar de metros más o menos, la caverna no es más que un pasillo recto apenas lo suficientemente ancho para admitir dos camiones Goto y el camino de peatones. Randy pasa la mano por la pared.

La piedra es áspera y polvorienta, no lisa como la superficie en una cueva natural, y puede apreciar laceraciones recientes realizadas por martillos neumáticos y taladros.

Por el eco sabe que algo está a punto de cambiar. Steve le guía a la caverna en sí. Es, bueno, «cavernosa». Lo suficientemente grande como para que media docena de los enormes camiones den la vuelta en círculo para recibir la carga de rocas y escombros. Randy levanta la vista, intentando encontrar el techo, pero lo único que ve es un conjunto de luces blanco azuladas de alta intensidad, como las de un gimnasio, quizá a unos diez metros de altura. Más allá sólo hay oscuridad y niebla.

Steve va en busca de algo y deja a Randy solo durante unos minutos, lo que le resulta útil porque le lleva mucho tiempo recuperar la compostura.

En algunas zonas la pared es lisa y natural; el resto es basto, señalando los agrandamientos concebidos por los ingenieros y ejecutados por los contratistas. De igual forma, parte del suelo es suave, y no del todo llano.

Algunos lugares han sido perforados y volados para hacerlos descender, otros han sido rellenados para levantarlos.

La cámara principal parece casi terminada. Aquí estarán las oficinas del Ministerio de Información. Hay otras dos cámaras más pequeñas, más hacia el interior de la montaña, que todavía están siendo agrandadas. Una contendrá la planta de ingeniería (los generadores de energía y demás) y la otra será la unidad de sistemas.

Un tipo rubio y corpulento con un casco blanco sale de un agujero en la pared de la cueva: Tom Howard, el vicepresidente de Epiphyte Corporation para tecnología de sistemas. Se quita el casco y saluda a Randy, luego le indica que se acerque.

El pasillo que lleva a la cámara de sistemas es tan grande que podría meter por él una furgoneta de reparto, pero no es recto y llano como la entrada principal. Casi todo el espacio está ocupado por un sistema de transporte de aterrador poder y velocidad, que lleva toneladas de lodo gris chorreante hacia la cámara principal para ser arrojado en los camiones Goto. En términos de coste y sofisticación aparente, tiene la misma relación con una cinta transportadora normal que un F—15 con un Sopwith Caniel. Es posible hablar, pero es imposible que te escuchen si estás cerca de ella, por lo que Tom, Randy y el kinakutés llamado Steve recorren en silencio el pasillo durante más o menos un centenar de metros hasta llegar a la siguiente caverna.

Esta es lo suficientemente grande para contener una casa modesta de un piso. La cinta pasa justo por el medio y desaparece en otro agujero; el lodo llega desde una zona aún más profunda de la montaña. Sigue habiendo demasiado ruido para hablar. El suelo ha sido nivelado con cemento y hay conductos que se levantan cada pocos metros con cables naranja colgando de las partes abiertas: líneas de fibra óptica.

Tom se dirige hacia otra abertura en la pared. Parece que de ésta parten diversas cavernas subsidiarias. Tom guía a Randy por la abertura, luego se vuelve para colocarle una mano en el brazo y sostenerlo: están en la parte alta de una escalera de madera construida en un pozo casi vertical que desciende sus buenos cinco metros o más.

—Lo que acabas de ver es la sala principal de conmutadores —dice Tom—. Cuando hayamos terminado será el mayor router del mundo.

Estamos utilizando algunas de las otras cámaras para instalar ordenadores v sistemas de almacenamiento masivo. Básicamente, el CRDB más grande del mundo, con un buffer compuesto por una cache de RAM realmente grande.

CRDB significa Conjunto Redundante de Discos Baratos; es una forma de almacenar grandes cantidades de información de forma barata y fiable, y exactamente lo que quieres tener en un refugio de datos.

—Por tanto, seguimos limpiando algunas de las otras cámaras —sigue diciendo Tom—. Hemos descubierto algo aquí abajo, y pensé que te

parecería interesante. —Se vuelve y comienza a descender por la escalera

—. ¿Sabes que los japoneses usaron estas cuevas como refugios antiaéreos durante la guerra?

Randy ha estado llevando en el bolsillo la página del mapa del libro fotocopiado. La despliega y la sostiene cerca de la bombilla. Exacto, incluye un sitio, en lo alto de la montaña, con el texto:

ENTRADA A REFUGIO ANTIAÉREO Y PUESTO DE MANDO

—¿Y como puesto de mando? —dice Randy.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Préstamo interbibliotecario —dice Randy.

—Nosotros no lo sabíamos hasta que llegamos aquí y encontramos todos esos viejos cables y basura eléctrica dispuesta por todas partes.

Tuvimos que arrancarla para poder poner lo nuestro.

Randy comienza a bajar los escalones.

—Este pozo estaba lleno de rocas —dice Tom—, pero vimos cables que bajaban, y supimos que había algo al fondo.

Randy mira nervioso al techo.

—¿Por qué estaba lleno de rocas? ¿Hubo un desprendimiento?

—No —dice Tom—, lo hicieron los soldados japoneses. Arrojaron rocas al pozo hasta que lo llenaron. Una docena de nuestros trabajadores necesitaron dos semanas para sacar, a mano, todas las rocas.

—Bien, ¿de qué eran los cables?

—Bombillas —dice Tom—, no eran más que cables eléctricos, nada de comunicaciones.

—Entonces, ¿qué intentaban ocultar allá abajo? —pregunta Randy.

Casi han llegado al pie de la escalera y ve que hay una cavidad del tamaño de una habitación.

—Míralo tú mismo —dice Tom, y le da a un interruptor.

La cavidad tiene más o menos el tamaño de un garaje para un solo coche, con un buen suelo llano. Hay una mesa, una silla y un archivador, todo de madera, cubierto de moho de cincuenta años de antigüedad. Y

también hay un baúl de metal, de color verde militar, cubierto de caracteres nipones.

—Forcé el candado —dice Tom. Se acerca al baúl y abre la tapa. Está lleno de libros.

—¿Esperabas encontrar lingotes de oro? —dice Tom, riéndose ante la expresión de la cara de Randy.

Randy se sienta en el suelo y se agarra los tobillos. Mira boquiabierto los libros que hay en el arcón.

—tpEstás bien? —pregunta Tom.

—Un deja vu muy, muy fuerte —dice Randy.

—¿Por esto?

—Sí —dice Randy—, lo he visto antes.

—¿Dónde?

—En el ático de mi abuela.

Randy encuentra el camino de vuelta por la red de cuevas hasta el aparcamiento. El aire cálido es agradable sobre la piel, pero para cuando ha llegado a la caravana de Epiphyte Corp. para devolver el casco y las botas, ya está sudando de nuevo. Se despide de las tres mujeres que trabajan allí, y una vez más se sorprende por lo atentas y lo solícitas que son. Luego recuerda que él no es un intruso cualquiera. Es un accionista y un directivo importante de la corporación que les da empleo: les paga o las oprime, elige lo que más te guste.

Se mueve por el aparcamiento, muy despacio, intentando no calentar demasiado el horno metabólico. Un segundo taxi se ha colocado junto al que espera por Randy, y los taxistas están asomados por las ventanillas disfrutando de la brisa.

Al acercarse al taxi, echa un vistazo a la entrada de la caverna.

Enmarcado entre las oscuras fauces, y empequeñecido por las formas montañosas de los camiones de Goto, hay un hombre solitario, de pelo blanco y encorvado, pero delgado y de aspecto casi atlético, vestido con un chándal y zapatillas de correr. Está de espaldas a él, mirando hacia la caverna, sosteniendo un gran ramo de flores. Parece haber echado raíces en el barro, perfectamente inmóvil.

La puerta principal de Goto Engineering se abre de golpe. Un joven nipón con camisa blanca, corbata a rayas, y casco naranja desciende los escalones y se acerca con rapidez al viejo de las flores. Cuando se encuentra todavía a cierta distancia, se detiene, junta los pies y ejecuta una inclinación. Randy todavía no ha pasado el tiempo suficiente entre los

nipones para comprender los detalles, pero le parece una inclinación extraordinariamente importante. Se acerca al viejo con una amplia sonrisa y le indica la caravana de Goto. El viejo parece desorientado —quizá la cueva no tenga ya el aspecto que solía tener— pero, después de unos momentos, devuelve una inclinación mecánica y permite que el joven ingeniero lo saque del flujo de tráfico.

Randy sube al taxi y le dice al taxista:

—Foote Mansión.

Ha estado atesorando la ilusión de que leerá las memorias lentamente y prestando atención, de principio a fin, pero a estas alturas ha demostrado correr la misma suerte que todas las ilusiones. Saca el montón de fotocopias durante el trayecto al hotel e inicia una criba despiadada. La mayoría no tiene nada que ver con Kinakuta; trata de las experiencias de McGee luchando en Nueva Guinea y Filipinas. McGee no es Churchill, pero tiene un cierto talento narrativo, que convierte en legibles incluso las anécdotas más banales. Sus habilidades como anecdotista deben haberle convertido en un éxito en el bar del club de suboficiales; un centenar de sargentos achispados deben haberle alentado a escribir parte de esa mierda si finalmente volvía al sur de Boston con vida.

Volvió con vida, pero al contrario que la mayoría de los otros soldados que se encontraban en Filipinas el día V-J, no regresó directamente a casa.

Dio un pequeño rodeo por el Sultanado de Kinakuta, que todavía era el hogar de más de cuatro mil soldados nipones. Eso explica un aspecto extraño de ese libro. En la mayoría de las memorias de guerra, el día V-E o el día V-J se produce en la última página, o al menos en el último capítulo, y a continuación nuestro narrador regresa a casa y se compra un Buick.

Pero el día V-J se produce como a unos dos tercios del libro de Sean Daniel McGee. Cuando Randy deja a un lado el material anterior a agosto de 1945

queda un montón de páginas ominosamente grueso. Está claro que el sargento McGee tenía muchas cosas que contar.

La guerra había dejado atrás a la guarnición nipona de Kinakuta, y como otras guarniciones que se habían quedado atrás, habían dedicado todas las energías que les quedaban al cultivo de verduras y a esperar la llegada de los esporádicos submarinos, que, cerca del final de la guerra, los nipones usaban para trasladar las cargas más extremadamente vitales y para transportar a ciertos especialistas desesperadamente necesarios, como mecánicos de aviación, de un sitio a otro. Cuando reciben la emisión de

Hirohito desde Tokio, ordenándoles que entreguen las armas, lo hacen cumpliendo con su deber pero (sospecha uno) con alivio.

Lo único difícil era encontrar a alguien ante quien rendirse. Los aliados se habían concentrado en planear la invasión de las islas niponas, y les llevó algo de tiempo enviar tropas a guarniciones apartadas como la de Kinakuta. El relato de McGee sobre la confusión en Manila es mordaz. En ese punto del libro, McGee empieza a perder la paciencia, y el encanto.

Empieza a despotricar. Veinte páginas más adelante, llega a Ciudad Kinakuta. Permanece firme mientras el capitán de su compañía acepta la rendición de la guarnición nipona. Dispone una guardia frente a la entrada de la caverna, donde algunos nipos intransigentes se han negado a rendirse.

Organiza el desarme sistemático de los soldados nipones, que se encuentran terriblemente demacrados, y se asegura de que se arrojan al mar los rifles y municiones mientras traen comida y suministros médicos. Ayuda a un pequeño contingente de ingenieros a tender alambre de espino alrededor del campo aéreo, convirtiéndolo en un campo de internamiento.

Randy pasa todo esto aprisa durante el trayecto al hotel. Luego, le llaman la atención palabras como «empalados», «gritos» y «atroz», así que retrocede algunas páginas y lee con más detenimiento.

El resumen consiste en que los nipones, desde 1940, sacaron por la fuerza a miles de miembros de las tribus del frío y limpio interior de la isla, los llevaron al caliente y pestilente borde, y los obligaron a trabajar. Esos esclavos habían ampliado la gran caverna donde los nipones habían construido su refugio antiaéreo y el puesto de mando; mejoraron la carretera que subía hasta lo alto del Pico Eliza, donde instalaron el radar y la estación de localización; construyeron otra pista en el campo de aviación; rellenaron más partes del puerto; y murieron a miles de malaria, tifus, disentería, hambre y agotamiento. Esos mismos nativos, o sus desconsolados hermanos, los observaban desde sus reductos en lo alto de las montañas, cuando Sean Daniel McGee y sus camaradas llegaron para quitar las armas a los nipones y concentrarlos a todos en el campo de aviación, guardados por unas pocas docenas de soldados que estaban frecuentemente borrachos o dormidos. Esos nativos trabajaron sin pausa, en la jungla, fabricando lanzas, hasta que la siguiente luna llena iluminó a los nipones dormidos como un reflector. Luego surgieron de la selva en lo que Sean Daniel McGee describe como «una horda», «una plaga de avispas», «un ejército rugiente», «una legión oscura desencadenada desde

el infierno», «una masa aullante» y con otras metáforas que no se le consentirían hoy en día. Redujeron y desarmaron a los soldados norteamericanos, pero no les hicieron daño. Lanzaron ramas de árboles sobre los alambres hasta convertir la verja en una autopista, y luego atacaron el campo de aviación con las lanzas listas. El relato de McGee dura como unas veinte páginas y, sobre todo, es la historia de la noche en que un afable sargento del sur de Boston quedó permanentemente trastornado.

—¿Señor?

Randy se asombra al comprobar que la portezuela del taxi está abierta.

Mira a su alrededor y comprueba que está bajo el toldo del Hotel Foote Mansión. La portezuela la mantiene abierta un nervudo joven botones con un aspecto diferente al de la mayor parte de los kinakuteses que Randy ha conocido hasta ahora. El muchacho encaja exactamente con la descripción que hace Sean Daniel McGee de los nativos del interior.

—Gracias —dice Randy, y se asegura de darle una buena propina.

La habitación está totalmente decorada con muebles de diseño escandinavo, pero fabricado allí a partir de árboles en vías de extinción. La vista es hacia las montañas del interior, pero cuando sale al balconcito puede ver un poco de agua, un barco que están descargando, y la mayor parte del jardín conmemorativo construido por los nipones sobre el lugar de la masacre.

Le esperan varios mensajes y faxes: en su mayor parte de otros miembros de Epiphyte Corp., notificándole que ya han llegado, y diciéndole en qué habitaciones puede encontrarles. Randy deshace el equipaje, toma una ducha, y manda la camisa a la lavandería para mañana.

Luego se pone cómodo frente a la mesa, arranca el portátil, y saca el Plan de Negocios de Epiphyte(2) Corporation.

Lagarto

Bobby Shaftoe y sus colegas están dando un pequeño y agradable paseo matutino por el campo. En Italia.

¡Italia! ¿Cómo coño va a creérselo? ¿De qué va esto? No es asunto suyo saberlo. Le han descrito su trabajo con mucha claridad. Se lo han descrito con mucha claridad porque no tiene sentido.

En los viejos días, en Guadalcanal, su oficial al mando diría algo como: «¡Shaftoe, erradique ese fortín!», y desde ese momento, Bobby

Shaftoe se convertía en agente libre. Podía caminar, correr, nadar o arrastrarse. Podía acercarse sigilosamente y lanzar una carga, o quedarse a distancia y cargarse el objetivo con un lanzallamas. No importaba, siempre que cumpliese el objetivo.

El objetivo de esta pequeña misión se encuentra más allá de la comprensión de Shaftoe. Los despiertan, a él, al teniente Enoch Root, a otros tres marines, incluyendo al encargado de radio, y a varios de los tíos del SAS, en medio de la noche, y los empujan hasta el único puerto de Malta que no ha sido destruido por la Luftwaffe. Les espera un submarino.

Suben a bordo y juegan a las cartas durante veinticuatro horas. Pasan la mayor parte del tiempo en la superficie, donde los submarinos pueden ir mucho más rápido, pero de vez en cuando se sumergen, evidentemente por muy buenas razones.

Cuando les vuelven a dejar subir a la cubierta del submarino, vuelven a estar en plena noche. Se encuentran en una pequeña cala en medio de una costa agreste y reseca; eso es todo lo que Shaftoe puede ver a la luz de la luna. Les esperan dos camiones. Abren las escotillas del submarino y sacan material: en uno de los camiones los marines de los Estados Unidos cargan un montón de sacos llenos de lo que parece todo tipo de basura. Mientras tanto, los miembros del SAS se afanan con llaves inglesas, trapos, grasa y muchos insultos en la parte de atrás del otro camión, montando algo que han sacado en cajones de otra parte del submarino. Lo cubren con una lona antes de que Shaftoe pueda echarle un buen vistazo, pero lo reconoce como algo que sería mejor que no te estuviese apuntando.

Hay un par de hombres de piel oscura y bigotes por el muelle, fumando y discutiendo con el capitán del submarino. Después de que se descargue todo el material, el capitán parece pagarles con algunas cajas más sacadas también del submarino. Los hombres abren algunas para examinarlas y parecen satisfechos.

En ese momento, Shaftoe sigue sin saber en qué continente se encuentran. Al ver el paisaje por primera vez se imaginó que era el norte de África. Cuando vio a los hombres, supuso que era Turquía.

No es hasta que el sol se eleva sobre el pequeño convoy y (tendido de espalda sobre los sacos de basura, echando un vistazo desde la lona) puede ver los carteles de la carretera y las iglesias cristianas, cuando comprende que se encuentran en Italia o España. Al final ve una señal que apunta hacia Roma y se imagina que se trata de Italia. La señal apunta en dirección

contraria al sol de mediodía, así que deben encontrarse en algún punto al sur o sureste de Roma. También se encuentran al sur de una ciudad llamada Napoli.

Pero no pasa demasiado tiempo mirando. No les animan a ello. El camión lo conduce un tipo que habla la lengua local, y que se detiene de vez en cuando para conversar con los nativos. En ocasiones parecen conversaciones amigables. En ocasiones parecen discusiones sobre la etiqueta de carretera. En ocasiones son más tranquilas y reservadas. Shaftoe comprende, lentamente, que durante esos intercambios el conductor está sobornando a alguien para que les dejen pasar.

Le resulta sorprendente que en un país activamente implicado en la mayor guerra de la historia —en un país controlado por fascistas beligerantes. Dios mío— dos camiones de soldados enemigos armados hasta los dientes puedan moverse con libertad, protegidos sólo por un par de billetes de cinco dólares. «¡Canastos! ¿Qué tipo de operación lamentable es ésta?» Tiene deseos de ponerse de pie, levantar la lona y darle a esos ítalos un buen rapapolvo. En todo caso, a este país le hace falta una buena limpieza con cepillos de dientes. Es como si a la gente no le importase. En cambio los nipos, piensa de ellos lo que quieras, al menos cuando te declaran la guerra lo dicen en serio.

Resiste la tentación de reprender a los italianos. Opina que va contra las órdenes que ha memorizado tan cuidadosamente antes de que la sorpresa de descubrir que están moviéndose por un país del Eje le aturullase el cerebro. Y si las instrucciones no hubiesen salido de los labios del coronel Chattan en persona —el tipo o individuo que es el oficial al mando del Destacamento 2702— no las habría creído.

Van a estar acampados un tiempo. Durante un tiempo van a jugar mucho a las cartas. Durante ese tiempo, el operador de radio va a estar muy ocupado. Esa fase de la operación puede que dure hasta una semana. En algún momento, es muy probable que los alemanes y, si ese día se sienten impetuosos, también los italianos, realicen esfuerzos enérgicos y concertados para matarles. Cuando eso suceda, deberán enviar un mensaje de radio, quemar el tugurio, llegar hasta cierto punto que pasa por ser una pista de aterrizaje y esperar a ser recogidos por uno de esos dispuestos pilotos británicos.

Al principio Shaftoe no creyó ni una palabra. Lo atribuyó al famoso humor británico, una especie de broma o ritual de confusión. En general no

sabe cómo tomarse a los británicos porque (por su observación personal) son las únicas personas sobre la superficie de la tierra, además de los americanos, que tienen sentido del humor. Ha oído rumores de que algunos europeos del este también lo tienen, pero hasta ahora no ha conocido a ninguno, y no tiene mucho en que basarse por el momento. En cualquier caso, nunca sabe cuándo los británicos están bromeando.

Cualquier ilusión de que pudiese ser una broma se evaporó cuando vio la cantidad de armamento que les habían asignado. Shaftoe ha descubierto que, para tratarse de una organización dedicada a disparar y volar gente a gran escala, los militares son exasperantemente reticentes a dar armas. Y la mayor parte de las armas que entregan son una mierda. Es por esa razón que los marines consideran necesario desde hace tiempo traerse sus propias armas de casa: ¡el Cuerpo quiere que maten gente pero no les da el material necesario!

Pero el Destacamento 2702 es completamente diferente. ¡Incluso los soldados llevan Winchester Trench Brooms! Y por si eso no le llamaba la atención, las cápsulas de cianuro vaya si lo hacían. Y la lección de Chattan sobre la forma correcta de volarte la cabeza («les sorprendería saber cuantos tipos por lo demás competentes estropean un procedimiento aparentemente tan simple»).

Ahora Shaftoe comprende que hay un codicilo implícito en las órdenes de Chattan: «ah, sí, y si alguno de los italianos, que realmente viven en Italia, y que dirigen el país, y que son fascistas y están en guerra con nosotros… si cualquiera de ellos nota vuestra presencia y, por cualquier razón, tiene objeciones a vuestro plan, sea lo que coño sea, entonces matadlos. Y si eso no sale bien, por favor, por lo que más queráis, mataos vosotros, porque probablemente lo hagáis de forma menos dolorosa que los fascistas. ¡No olvidéis la loción solar protectora!»

En realidad, a Shaftoe no le preocupa esta misión. Ciertamente no es peor que Guadalcanal. Lo que le molesta (decide, poniéndose cómodo sobre los sacos de basura misteriosa, mirando por una raja entre las lonas) es no comprender su propósito.

Puede que el resto de la patrulla esté muerto, o puede que no; le parece que puede oír a algunos gritando, pero no es fácil tenerlo claro entre el sonido de las olas y el incansable repiqueteo de la ametralladora. Luego

comprende que algunos deben seguir con vida o los nipos no seguirían disparando.

Shaftoe sabe que está más cerca de la ametralladora que cualquiera de sus compañeros. Es el único que tiene una posibilidad.

Es en ese momento cuando Shaftoe toma su Gran Decisión. Le resulta sorprendentemente fácil… pero claro, las decisiones realmente estúpidas son siempre las más fáciles.

Se arrastra junto al tronco hasta el punto que está más cerca de la ametralladora. Luego respira un par de veces, se pone en cuclillas ¡y salta sobre el tronco! Ahora ve con claridad la entrada de la cueva, el destello en forma de cometa de la ametralladora, teselado por la rejilla metálica de la red que Jian colocado para rechazar las granadas lanzadas en su dirección.

Todo está extraordinariamente claro. Shaftoe mira la playa y ve cadáveres.

De pronto comprende que no están disparando la ametralladora porque queden algunos de sus compañeros con vida, sino para emplear toda la munición sobrante y no tener que llevársela. Shaftoe es un soldado de batalla y lo comprende.

A continuación el cañón se dirige hacia él… le han visto. Está a la vista, totalmente expuesto. Puede entrar en el follaje de la jungla, pero la barrerán con fuego hasta que esté muerto. Bobby Shaftoe planta los pies, dirige el.45 hacia la cueva y comienza a apretar el gatillo. El tambor de la ametralladora le está apuntando.

Pero no dispara.

El.45 hace un clic. Está vacío. El silencio es total, exceptuando las olas, y los gritos. Shaftoe se guarda el.45 y saca el revólver.

No reconoce la voz que grita. No es uno de sus compañeros.

Un marine imperial nipón salta de la boca de la cueva, por encima del nivel de la cabeza de Shaftoe. La pupila del ojo derecho de Shaftoe, la mira del revólver y ese nipo quedan alineados brevemente durante un momento, durante el cual Shaftoe aprieta el gatillo un par de veces y casi con toda seguridad da en el blanco.

El marine imperial queda atrapado en la red y cae al suelo frente a él.

Un segundo nipo sale de la cueva un momento más tarde, gruñendo de forma incoherente, aparentemente estupefacto por el terror. Cae mal y se rompe una de las piernas; Shaftoe oye cómo se parte. En cualquier caso, el

nipo comienza a correr hacia el agua, cojeando grotescamente sobre la pierna mala. Ignora a Shaftoe por completo. Sangra horriblemente por el cuello y el hombro, y algunos trozos de carne se desprenden mientras corre.

Bobby Shaftoe enfunda el revólver. Debería llevarse el rifle al hombro y cargarse al tipo, pero está demasiado confundido para hacer nada por el momento.

Algo rojo parpadea en la entrada de la cueva. Mira en esa dirección y no ve nada lo suficientemente claro como para registrarlo frente al ensordecedor ruido visual de la jungla.

Luego ve cómo el destello de rojo aparece y desaparece de nuevo.

Tenía la forma de una Y afilada. Tenía la forma de la lengua bífida de un reptil.

A continuación una porción móvil de jungla viva explota en la entrada de la cueva y cae sobre el follaje. Las partes altas de las plantas se agitan y caen mientras la cosa se mueve.

Está libre por la playa. Se pega mucho al suelo, caminando a cuatro patas. Se detiene un momento y lanza la lengua en dirección al marine imperial que ahora se dirige cojeando hacia el océano Pacífico a unos cincuenta pies de distancia. La arena salta por el aire, como el humo de las ruedas de un coche de carreras, y el lagarto vuela sobre la playa. Cubre la distancia hasta el marine imperial en uno, dos, tres segundos, le da en las rodillas, le hace caer contra las olas. A continuación el lagarto arrastra al nipo muerto hacia la tierra. Lo tiende entre los americanos muertos, camina a su alrededor un par de veces, lanzando la lengua, y al final empieza a comérselo.

—¡Sargento! ¡Ya estamos aquí! —dice el soldado Flanagan. Incluso antes de despertarse, Bobby Shaftoe nota que Flanagan está hablando en un tono de voz normal y que no suena asustado ni alterado. «Aquí» no debe ser un lugar peligroso. Nadie les está atacando.

Shaftoe abre los ojos justo cuando retiran la lona de la parte abierta del camión. Mira directamente el azul cielo italiano enmarcado por las ramas retorcidas de árboles desesperados.

—¡Mierda! —dice.

—¿Qué pasa, sargento?

—Es lo que siempre digo al despertar-dice Shaftoe.

Su nuevo hogar resulta ser un viejo edificio en una granja de olivos, plantación, huerto o como se llame el sitio donde crecen olivos. Si este edificio estuviese en Wisconsin, cualquier idiota que pasase a su lado lo consideraría abandonado. Aquí, Shaftoe no está tan seguro. El tejado se ha derrumbado en parte bajo el peso agotador de las tejas rojas, y las ventanas y puertas están abiertas a los elementos. Se trata de una estructura grande, tan grande que después de varias horas de martillar pueden meter uno de los camiones dentro y ocultarlo de los fisgones aéreos. Descargan los sacos de basura del otro camión. El italiano se lo lleva y desaparece para siempre.

El cabo Benjamín, el operador de radio, se atarea trepando a los olivos y tendiendo cables de cobre por todas partes. Los individuos del SAS van de reconocimiento mientras los del cuerpo de marines abren los sacos de basura y empiezan a esparcirla. Hay varios meses de periódicos italianos.

Todos abiertos, recolocados, doblados sin orden ni concierto. Han arrancado artículos, otros artículos están rodeados por círculos o llevan anotaciones a lápiz. Las órdenes de Chattan comienzan a filtrarse en el cerebro de Shaftoe; apila los periódicos en una esquina del granero, primero los más viejos, los más recientes en lo alto.

Hay un saco lleno de colillas, cuidadosamente fumadas hasta dejar lo mínimo. Son de una marca continental que Shaftoe no conoce. Como un granjero esparciendo semillas, lleva ese saco por todas partes tirando colillas al suelo a puñados, concentrándose principalmente en las zonas donde efectivamente trabajará gente: la mesa del cabo Benjamín y otras mesas improvisadas para comer y jugar al póquer. Hace lo mismo con una ensalada de corchos de vino y chapas de cerveza. Un número igual de botellas de vino y cerveza acaba, una a una, en una esquina oscura y sin utilizar del granero. Bobby Shaftoe comprende que ésa será su tarea más satisfactoria, así que se lo toma en serio, lanzando las botellas como un quaterback de Green Bay Packer lanzaría pases en espiral a las seguras manos de los valientes extremos.

Los individuos del SAS regresan del reconocimiento y se produce un cambio de papeles; los marines salen a familiarizarse con el territorio, mientras los del SAS siguen descargando basura. Después de una hora de vagar por ahí, el sargento Shaftoe y los soldados Flanagan y Kuehl llegan a la conclusión de que ese rancho de olivos es una gran plataforma de tierra más o menos en dirección norte-sur. Al oeste, el territorio se eleva marcadamente hacia un pico cónico que se parece sospechosamente a un

volcán. Al este, cae, después de algunas millas, hacia el mar. Al norte, la plataforma termina en una zona de matorral intransitable, al sur se abre a más territorio de labranza.

Chattan quería que encontrase una posición estratégica sobre la bahía, lo más accesible posible desde el granero. Shaftoe la encuentra hacia la puesta de sol: una protuberancia rocosa en la ladera del volcán, a media hora a pie al noreste del granero y quizá a unos quinientos pies por encima de él.

Él y los marines están a punto de no encontrar el camino de vuelta al granero porque para entonces está muy bien oculto. Los SAS han puesto pantallas de luz en cada abertura, incluso sobre las pequeñas grietas del tejado derrumbado. Dentro, se han acomodado confortablemente en las zonas de espacio utilizable. Con toda la basura (ahora aumentada con plumas y huesos de pollo, restos de afeitado y mondas de naranja) parece que llevan viviendo allí desde hace un año, lo que, supone Shaftoe, es la idea.

El cabo Benjamín tiene a su disposición un tercio de todo el espacio.

Los del SAS lo llaman un cabrón con suerte. Ya ha montado el transmisor, los tubos reluciendo cálidamente, y tiene una increíble cantidad de papeles.

En su mayoría viejos y falsos, como las colillas. Pero después de la cena, cuando el sol se ha puesto no sólo aquí sino también en Londres, comienza a enviarlo en código Morse.

Shaftoe conoce el código Morse, al igual que todos los demás.

Mientras los tíos y los individuos se reúnen alrededor de la mesa, comenzando las apuestas de lo que promete ser un maratón nocturno de juego de cartas, mantienen un oído en dirección al tecleo del cabo Benjamín. Lo que oyen es basura. En cierto momento, Shaftoe se acerca y mira por encima del hombro de Benjamín, sólo para verificar que no se ha vuelto loco, simplemente para asegurarse de que tiene razón:

XYHEL ANAOG GFQPL TWPKIAOEUT

Y así sigue, durante páginas y páginas.

A la mañana siguiente cavan letrinas y luego proceden a llenarlas hasta la mitad con un par de barriles de mierda cien por cien pura y certificada según las especificaciones de calidad del Ejército de los Estados

Unidos. Siguiendo las instrucciones de Chattan, arrojan la mierda por partes, tirando un puñado de periódicos italianos arrugados después de cada porción para dar la sensación de que llegó allí de forma natural. Con la posible excepción de ser entrevistado por el teniente Reagan, éste es el peor trabajo no violento que Shaftoe ha tenido que realizar al servicio de su país.

Le da a los demás el resto del día libre, excepto al cabo Benjamín, que se queda despierto hasta las dos de la mañana enviando un galimatías caótico.

Al día siguiente hacen que el puesto de observación tenga un aspecto adecuado. Marchan a él y vuelven por turnos, arriba y abajo, arriba y abajo, marcando un camino en el suelo, y esparcen algunas colillas y contenedores de bebida junto con algo de mierda genuina y pis genuino.

Flanagan y Kuehl cargan con un baúl metálico hasta allí arriba y lo ocultan al abrigo de la roca volcánica. El baúl contiene libros con siluetas de diversos barcos mercantes y militares italianos y alemanes, y guías similares para aeroplanos, así como binoculares, telescopios, cámaras, libros de notas vacíos y lápices.

Aunque en general el sargento Shaftoe dirige el cotarro, le resulta misteriosamente difícil conseguir un momento a solas con el teniente Enoch Root. Root ha estado evitándole desde aquel agitado vuelo en el Dakota. Al final, como al quinto día, Shaftoe consigue engañarle; él y un pequeño contingente dejan a Root solo en el puesto de observación, y luego Shaftoe regresa para atraparle allí.

Root se asombra al ver regresar a Shaftoe, pero no le molesta especialmente. Enciende un cigarrillo italiano y le ofrece uno. Shaftoe descubre, irritado, que él es quien está nervioso. Root está tan tranquilo como siempre.

—Vale —dice Shaftoe—, ¿qué vio? Cuando miró los papeles que pusimos en el carnicero muerto, ¿qué vio?

—Estaban escritos en alemán —dice Root.

—¡Mierda!

—Por suerte —sigue diciendo Root—, tengo ciertos conocimientos de esa lengua.

—Oh, sí… su madre era una teutona, ¿no?

—Sí, misionera médica —dice Root—, en caso de que eso le ayude a disipar algunas de sus ideas preconcebidas sobre los alemanes.

—Y su padre era holandés.

—Correcto.

—Y los dos acabaron en Guadalcanal, ¿por qué?

—Para ayudar a los necesitados.

—Ah, ya.

—También aprendí algo de italiano por el camino. Se oía mucho en la iglesia.

—Joder —exclama Shaftoe.

—Pero mi italiano tiene una carga excesiva del latín que mi padre insistió en que aprendiese. Así que probablemente sonaría demasiado pasado de moda a los nativos. Es más, probablemente les sonaría como si yo fuese un alquimista del siglo XVII o algo así.

—¿Podría pasar por un sacerdote? Eso se lo tragarían.

—Si al final no queda alternativa —dice Root—, intentaré engañarles hablándoles de Dios y veremos qué pasa.

Los dos aspiran los cigarrillos y miran la gran masa de agua que tienen frente a ellos. Shaftoe ha descubierto que se llama la bahía de Nápoles.

—Bien, en todo caso —dice Shaftoe—, ¿qué decían esos papeles?

—Había un montón de información detallada sobre convoyes militares entre Palermo y Túnez. Evidentemente robada a fuentes secretas alemanas

—dice Root.

—Convoyes antiguos o…

—Convoyes todavía en el futuro —dice Root con calma.

Shaftoe se termina el cigarrillo, y no habla durante un rato. Al final dice:

—Jodidamente raro.

Se pone en pie y comienza a caminar de regreso el granero.

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