Criptonomicon I, El Codigo Enigma
Galeón
Una mañana, Randy Waterhouse se levanta temprano, se da una larga ducha caliente, se planta frente al espejo de la suite, y se afeita la cara dejándosela hecha un cristo. Estuvo considerando encomendarle el trabajo a un especialista: el barbero del hotel. Pero es la primera vez en diez años que su rostro estará visible, y quiere ser la primera persona que lo vea. Su corazón se acelera, en parte por el miedo primario a la navaja y en parte por pura expectación. Es como una escena de una de esas películas malas de antaño, cuando por fin retiran las vendas de la cara del paciente y le colocan un espejo delante.
La sensación, antes de nada, es de intenso deja vu, como si los últimos diez años de su vida no hubiesen sido más que un sueño, y ahora los hubiese recuperado para vivirlos de nuevo.
A continuación, comienza a apreciar los pequeños detalles en que ha cambiado su rostro desde la última vez que estuvo expuesto a la luz y el aire. Se sorprende ligeramente al descubrir que alguno de esos cambios no han sido del todo malos. Randy nunca se ha considerado especialmente atractivo, y tampoco le ha preocupado nunca. Pero el semblante salpicado de sangre del espejo es, sin duda, más atractivo que el que se hundió entre el pelo una década atrás. Parece el rostro de un adulto.
Ha pasado una semana desde que Avi y él decidieron todo el plan para los altos representantes de la APL: la Autoridad Postal y de Telecomunicaciones. APL es el nombre genérico que los empresarios de telecomunicaciones asignan, como si fuera un post-it, a cualquier departamento gubernamental que administre esos asuntos en el país en el
que estén de visita esa semana. De hecho, en Filipinas se llama de otra forma.
Los americanos llevaron, o al menos acompañaron, a Filipinas al siglo XX y erigieron el aparato de su gobierno central. Intramuros, el corazón muerto de Manila, está rodeado por un anillo inconexo de enormes edificios neoclásicos, muy al estilo del Distrito de Columbia. que dan cabida a diferentes partes del aparato de gobierno. La APL tiene su central en uno de esos edificios, justo al sur del Pasig.
Randy y Avi llegan pronto, porque Randy, acostumbrado al tráfico de Manila, insiste en que reserven una hora para cubrir el trayecto en taxi de unos tres kilómetros que les separa desde el hotel. Pero el tráfico se muestra perversamente ligero y acaban con veinte minutos extra. Pasean por un lateral del edificio y llegan al dique verde. Avi mira directamente al edificio de Epiphyte Corp., simplemente para asegurarse de que la línea de visión está libre. Randy ya lo ha comprobado a su satisfacción, y se limita a quedarse de pie con los brazos cruzados, mirando el río. Está lleno, de orilla a orilla, de basura flotante: algo de materia vegetal, pero en su mayoría viejos colchones, cojines, piezas de plástico, pedazos de espuma, y, sobre todo, bolsas de plástico de diversos colores brillantes. El río tiene la consistencia del vómito.
Avi arruga la nariz.
—¿Qué es eso?
Randy olisquea el aire y huele, entre otras cosas, a plástico quemado.
Hace un gesto corriente abajo.
—Campamentos de ocupas al otro lado del Fuerte Santiago —explica
—. Toman el plástico del río y lo queman como combustible.
—Hace un par de semanas estuve en México —dice Avi—. ¡Tienen bosques de plástico!
—¿Qué significa eso?
—Fuera de la ciudad, en dirección al viento, los árboles cogen del aire las bolsas de plástico y quedan totalmente cubiertos. Se mueren porque la luz y el aire no pueden llegar a las hojas. Pero siguen en pie, totalmente envueltos en bolsas de plástico, de diferentes colores, rotas, que se agitan.
Randy se quita la chaqueta, se sube las mangas; Avi no parece percibir el calor.
—Así que eso es el Fuerte Santiago —dice Avi, empezando a caminar en esa dirección.
—¿Has oído hablar de él? —pregunta Randy, siguiéndole mientras lanza un suspiro. El aire está tan caliente que cuando sale de los pulmones se ha enfriado varios grados.
—Se lo menciona en el vídeo —dice Avi mientras levanta una cinta de vídeo y la agita.
—Oh, sí.
No tardan en encontrarse frente a la entrada del fuerte, que está flanqueada por las esculturas de un par de guardias realizadas con la espumosa roca volcánica: españoles blandiendo alabardas con pantalones anchos y cascos de conquistadores. Llevan allí de pie casi medio milenio y un centenar de miles de tormentas tropicales han caído sobre sus cuerpos suavizándolos.
Avi se encuentra en un horizonte temporal mucho más corto: sólo tiene ojos para los agujeros de bala que han desfigurado los rostros de los soldados más que el agua y el tiempo. Les pone la mano encima, como un Tomás escéptico. Luego se echa atrás y empieza a farfullar en hebreo. Dos turistas alemanes, con colas de caballo y sandalias rústicas, cruzan la puerta.
—Nos quedan cinco minutos —dice Randy.
—Vale, volveremos más tarde.
Charlene no estaba del todo equivocada. La sangre sale de pequeños, invisibles e indoloros cortes en la cara de Randy, y sigue así durante diez o quince minutos después de que se haya afeitado. Momentos antes, esa sangre se veía acelerada por los ventrículos, o fluía por las partes de su cerebro que lo convierten en un ente consciente. Ahora, esa misma materia está expuesta al aire; puede alzar la mano y limpiársela. La separación entre Randy y el ambiente ha sido aniquilada.
Coge un tubo de una potente crema solar resistente al agua y se cubre la cara, cuello y la pequeña zona en lo alto de la cabeza donde empieza a perder el pelo. Se pone los pantalones caqui, los náuticos, una camisa de algodón suelta y una riñonera que contiene el receptor GPS y un par de otros elementos esenciales como un poco de papel higiénico y una cámara desechable. Deja la llave en recepción, y los empleados reaccionan con sorpresa y le sonríen. Los botones parecen especialmente encantados por su
cambio. O quizá sea que por primera vez lleva zapatos de piel: náuticos, que siempre ha considerado como elemento distintivo del pijo total, pero que hoy son un elemento más que razonable de su vestuario. Los botones se preparan para abrirle la puerta principal, pero Randy cruza el vestíbulo hacia la salida trasera del hotel, esquiva la piscina y atraviesa una hilera de palmeras hasta llegar i una baranda de piedra en la parte alta del rompeolas.
Debajo de él se encuentra el muelle del hotel, que sobresale hacia una pequeña cala que i su vez se abre hacia la bahía de Manila.
Su transporte todavía no está, así que se queda en la baranda durante un minuto. Un lado de la cala es accesible desde el Parque Rizal, algunos ocupas filipinos de mal aspecto están ganduleando en los bancos y le miran fijamente. En el rompeolas hay un hombre de mediana:dad, vestido sólo con unos pantalones cortos, mirando con intensidad felina el agua. Un helicóptero negro ejecuta giros lentos y ladéalos sobre un cielo de color blanco azúcar. Es un Huey de la era del "Vietnam, un helicóptero que además produce un silbido reptiliano y feroz al desplazarse en el aire.
Un barco se materializa entre el vapor que se eleva en la bahía. Detiene los motores y se acerca a la cala, provocando una ola frente a él, como una arruga en una alfombra gruesa. Una mujer alta y esbelta va en la proa, como un mascaron vivo, sosteniendo un pesado rollo de cuerda.
Las grandes antenas parabólicas del tejado del edificio de la APT
apuntan casi directamente hacia arriba, como bebederos para pájaros, debido a que Manila está muy próxima al ecuador. En las paredes de piedra se está soltando la masilla de los agujeros de balas y metralla rellenados tras la guerra. Los acondicionadores de aire de las ventanas, centrados en los arcos romanos del edificio, gotean agua sobre las balaustradas de piedra caliza que hay debajo, disolviéndolas lentamente. La piedra caliza está ennegrecida por una especie de limo orgánico, y está marcada por las raíces de las minúsculas plantas que han construido su hogar allí; probablemente han crecido a partir de las semillas de la mierda de los pájaros que se reúnen allí para bañarse y beber, ocupas del reino aéreo.
Una docena de personas, mitad peces gordos sentados a la mesa y mitad lacayos de pared, esperan en una sala de conferencias con artesonado. Al entrar Randy y Avi se produce una ráfaga de apretones de mano y lluvia de tarjetas, aunque la mayor parte de los nombres pasan por la memoria a corto plazo de Randy como un caza supersónico que atravesase las tristes defensas aéreas de un país del Tercer Mundo. Sólo le quedan un
montón de tarjetas de visita. Las maneja en su zona de la mesa como un vejete senil jugando al Klondike sobre una bandeja de metal. Avi, evidentemente, ya conoce a todas esas personas; parece que está autorizado a llamarles por el nombre de pila, se sabe las edades y nombres de sus hijos, sus hobbies, sus grupos sanguíneos, enfermedades crónicas, los libros que están leyendo, a qué fiestas han asistido. Todos ellos parecen encantados por esos conocimientos, y todos ellos, gracias a Dios, ignoran a Randy por completo.
De la media docena de personas importantes de la sala, tres de ellos son filipinos de mediana edad. Uno es el funcionario más importante de la APT. El segundo es el presidente de una compañía de telecomunicaciones emergente llamada FiliTel, que intenta competir contra el monopolio tradicional. El tercero es el vicepresidente de una compañía llamada 24 Jam que posee la mitad de los supermercados de Filipinas, así como bastantes de Malasia. Randy tiene problemas para distinguir entre esos hombres, pero les observa conversar con Avi, y aplicando lógica inductiva pronto es capaz de relacionar la tarjeta de visita con el rostro correspondiente.
Los otros tres son fáciles: dos americanos y un nipón, y uno de los americanos es mujer. La mujer viste zapatillas color lavanda a juego con un pequeño traje con falda, y coordinado con las uñas. Tiene aspecto de haber salido directamente del plato de uno de esos anuncios de uñas falsas y permanentes caseras. La tarjeta la identifica como Mary Ann Carson, y afirma ser la vicepresidenta de AVCLA, Asia Ventare Capital Los Angeles, que Randy vagamente recuerda como una firma de Los Angeles que invierte en Economías Asiáticas en Rápida Expansión. El hombre americano es rubio, y tiene cierto aspecto duro y cuasi militar. Parece alerta, disciplinado, impasible, rasgos que los amigos de Charlene interpretarían como hostilidad producto de la represión de un profundo desorden mental. Representa al Subic Bay Free Port. El hombre nipón es el vicepresidente ejecutivo de una compañía de electrónica de consumo ridículamente colosal. Mide como metro ochenta. Tiene un cuerpo pequeño y una cabeza grande con forma de pera vuelta del revés, pelo fuerte de color gris en las sienes y gafas de alambre. Sonríe con frecuencia, y proyecta la serena confianza de un hombre que ha memorizado una enciclopedia de dos mil páginas sobre etiqueta empresarial.
Avi no pierde tiempo en poner la cinta, que en estos momentos representa un setenta y cinco por ciento de los activos de Epiphyte Corp.
Ha hecho que la produzca una nueva empresa multimedia muy buena, y el contrato de producción representa el cien por cien de los ingresos de esa empresa durante este año.
«Los pasteles se deshacen cuando los trozos son demasiado pequeños», le gusta decir a Avi.
Comienza con una secuencia —hurtada de un telefilme ya olvidado—
de un galeón español atravesando un mar picado. El título superpuesto dice: MAR DE CHINA MERIDIONAL, 1699. La banda sonora ha sido manipulada y convertida a dolby a partir de la versión mono. Es bastante impresionante.
(—La mitad de los inversores de AVCLA tienen yate —le había explicado Avi.)
Cambio a un plano (producido por la compañía multimedia, y editado sin que se notase) de un vigía andrajoso, agotado, metido en su cofa, mirando a través de un catalejo de latón, aullando:
—¡Tierra a la vista!
Cambio a un plano del capitán español, un personaje duro y barbudo, emergiendo de su camarote para contemplar con mirada especulativa y keatsiana el horizonte.
—¡Corregidor! —exclama.
Cambio a una torre de piedra en lo alto de una isla tropical, desde la que un vigía observa al galeón en el horizonte (insertado digital-mente). El vigía se pone las manos alrededor de la boca y aulla, en español:
—¡Es el galeón! ¡Encended el fuego!
(—La familia del tipo que dirige la APT está muy interesada en la historia local —dijo Avi—, dirigen el Museo de Filipinas.) Con fuertes vítores, los españoles (en realidad, actores méxico-americanos) con cascos de conquistadores plantan fuego a una inmensa pila de madera seca que evoluciona hacia una pirámide de llamas tan potentes como para asar a un buey en un segundo.
Corte a las almenas del Fuerte Santiago (el fondo: poliuretano esculpido: al frente: un paisaje generado digitalmente), donde otro conquistador observa una luz que llamea en el horizonte:
—¡Mira! ¡El galeón! —grita.
Sigue una serie de planos de gente de Manila corriendo hacia el rompeolas para adorar la señal, incluyendo a un monje agustino que une las
manos sobre el rosario y se lanza allí mismo a una letanía en latín (—La familia que controla FiliTel dotó una capilla en la catedral de Manila.), así como una familia de mercaderes chinos descargando fardos de seda de un junco (—24 Jam, la cadena de tiendas, está dirigida por mestizos chinos).
Se inicia una narración, una voz profunda y sincera, en inglés con acento filipino (—El actor es hermano del padrino del nieto del hombre que dirige la APT). Al pie de la pantalla aparecen los subtítulos en tagalo (—La gente de la APT está muy comprometida con la lengua nativa).
—Durante el apogeo del Imperio Español, el acontecimiento más importante del año era la llegada del galeón de Acapulco, cargado de plata procedente de las ricas minas de América; plata para comprar sedas y especias de Asia, plata que convertía a Filipinas en la fuente económica de Asia. La aproximación del galeón venía precedida por una señal luminosa en la isla de Corregidor, en la entrada de la bahía de Manila.
Cambio (¡al fin!) desde las caras relucientes de avaricia de las gentes de Filipinas a una reproducción gráfica en 3—D de la bahía de Manila, la península de Batan y las pequeñas islas en la punta de Batan, incluyendo Corregidor. El punto de vista desciende y se acerca a Corregidor, donde arde un fuego falso y no muy bien recreado. Un rayo de luz amarillo, como un disparo defáser en Star Trek, atraviesa la bahía. El punto de vista lo sigue. Choca contra los muros del Fuerte Santiago.
—La señal de fuego era una tecnología antigua y simple. Con el lenguaje de la ciencia moderna, su luz era una forma de «radiación electromagnética», propagándose en línea recta sobre la bahía de Manila, portando un único bit de información. Pero, en una época hambrienta de información, ese único bit lo era todo para la gente de Manila.
Entra música funky. Cambio a plano de la Manila moderna. Centros comerciales y hoteles de lujo en Makati. Fábricas de electrónica, escolares sentados frente a pantallas de ordenador. Antenas parabólicas. Barcos descargando en el inmenso puerto libre de la bahía de Su-bic. Muchas, muchas sonrisas, y gestos con el pulgar.
—Filipinas hoy es una dínamo económica en desarrollo. A medida que crece su economía, también crece su sed de información… no bits individuales, sino cientos de miles de millones. Pero la tecnología para transmitir esa información no ha cambiado tanto como podría suponerse.
De vuelta a la imagen en 3—D de la bahía de Manila. Pero en esta ocasión, en lugar de una hoguera en Corregidor, hay una antena de microondas en una torre situada en el punto alto de la isla, disparando ondas sinusoidales azul eléctrico a toda la extensión del área metropolitana de Manila.
—La radiación electromagnética, en este caso microondas, que se propaga en línea recta, puede transmitir vastas cantidades de información con rapidez. La tecnología moderna de la criptografía permite que esa señal sea segura frente a posibles fisgones.
De vuelta al plano del galeón y el vigía.
—En los viejos días, la posición de Corregidor a la entrada de la bahía de Manila la convertía en un lugar de vigilancia natural; un lugar en el que podía reunirse información sobre los barcos que se acercaban.
Cambio al plano de una barcaza en algún sitio, arrojando al mar un grueso conjunto de cables, submarinistas trabajando con ristras de balizas color naranja.
—Hoy, la situación geográfica de Corregidor la convierte en el lugar ideal para cables de fibra óptica a gran profundidad. La información que viene por esos cables, desde Taiwán, Hong Kong, Malasia, Nipón y Estados Unidos, puede transmitirse directamente al corazón de Manila. ¡A la velocidad de la luz!
Más gráficos 3—D. En esta ocasión, una representación detallada del perfil urbano de Manila. Randy se lo sabe de memoria, porque ha reunido los datos para aquella maldita presentación recorriendo la ciudad con el maldito receptor GPS. El rayo de bits de Corregidor viene directamente de la bahía y da en la diana de la antena en lo alto de un edificio de cuatro pisos sin especificar, entre el Fuerte Santiago y la catedral de Manila. Es el edificio de Epiphyte Corp. A continuación, otras antenas retransmiten la información al edificio de la APT y otros lugares cercanos: rascacielos en Makati, edificios de oficinas del gobierno en Ciudad Quezón y una base de las fuerzas aéreas al sur de la ciudad.
El personal del hotel tiende una pasarela enmoquetada entre el rompeolas y el bote. Mientras Randy la recorre, la mujer le ofrece la mano.
El la toma y la agita.
—Randy Waterhouse —dice.
Ella tira de su mano y lo sube a bordo; no tanto como recibimiento sino para impedir que se caiga por la borda.
—Hola, Amy Shaftoe —dice—. Bienvenido al Glory.
—¿Perdóneme?
— Glory. El nombre de este bote es Glory —dice. Habla con franqueza y claridad, como si se comunicase por radio con mucho ruido—. En realidad, se llama Glory IV—añade. Su acento es más o menos del Medio Oeste, con cierto deje sureño, y también algo de filipino. Si la viese por la calle en alguna ciudad del Medio Oeste es posible que ni siquiera apreciase alrededor de sus ojos los rastros de antepasados asiáticos. Tiene el cabello castaño, con mechas rubias, lo suficientemente largo para formar una cola de caballo, no más.
—Perdóneme un segundo —dice, mete la cabeza en la cabina del piloto y habla en una mezcla de tagalo e inglés. El piloto asiente, mira a su alrededor y comienza a manipular los controles. El personal del hotel retira la pasarela—. ¡Oigan! —dice Amy con calma, y les lanza a cada uno un paquete de Marlboro.
Ellos los cogen en el aire, sonríen y le dan las gracias. Gíory IV
empieza a alejarse del muelle.
Amy pasa los siguientes minutos recorriendo la cubierta, repasando una lista mental de cosas que hacer. Randy cuenta cuatro hombres además de Amy y el piloto: dos caucásicos y dos filipinos. Todos ellos trastean con motores y equipos de inmersión en lo que Randy, a través de muchas barreras culturales y tecnológicas, reconoce como análogo a la depuración informática. Amy pasa junto a Randy en un par de ocasiones, pero evita mirarle a los ojos. No es por timidez. Su lenguaje corporal es más que elocuente: «Soy consciente de que los hombres tienen el hábito de mirar a toda mujer que esté cerca, con la esperanza de obtener placer en el disfrute de su belleza física, su pelo, maquillaje, fragancia y ropa. Lo ignoraré, con amabilidad y paciencia, hasta que lo superes.» Amy es una muchacha de largas piernas vestida con unos vaqueros manchados de pintura, una camiseta sin mangas y sandalias de alta tecnología, y se mueve con facilidad por el bote. Finalmente se acerca a él, mirándole a los ojos durante un segundo, para apartar luego la vista como si estuviese aburrida.
—Gracias por llevarme —dice Randy.
—No es nada —dice ella.
—Me siento avergonzado por no haber dado propina a los chicos del muelle. tpPuedo reembolsárselo a usted?
—Puede reembolsarme con información —dice ella sin vacilar. Amy levanta una mano para frotarse la nuca. Su codo se alza en el aire. Randy puede ver el vello de su axila, como de un mes de largo, y luego percibe el borde de un tatuaje que sobresale bajo la camiseta—. Usted está en el negocio de la información, ¿no? —Lo mira a la cara, esperando que él ría, o al menos sonría. Pero Randy está demasiado preocupado para pillar la broma. Amy aparta la vista, ahora con un gesto sardónico y astuto en la cara: «No me comprendes, Randy, lo que es totalmente típico y me parece bien.» A Randy le recuerda a las lesbianas sensatas y trabajadoras que ha conocido, bolleras urbanas que tienen gatos y practican esquí nórdico.
Ella le conduce hasta un camarote con aire acondicionado, un montón de ventanas y una cafetera. El pandado es imitación de madera como un sótano suburbano, y exhibe documentos enmarcados en las paredes: documentos oficiales como licencias y registros, y grandes fotografías en blanco y negro de personas y barcos. Huele a café, jabón y grasa. Hay un equipo sostenido por cuerdas y una caja de zapatos con un par de docenas de compactos, en su mayoría álbumes de cantautoras americanas del tipo poco convencional, incomprendidas, extremadamente inteligentes pero intensamente emocionales, que se hacen ricas vendiendo música a consumidores que comprenden lo que es ser un incomprendido [5]. Amy sirve dos tazas de café y las coloca sobre la mesa, atornillada, del camarote.
A continuación, mete la mano en los ajustados bolsillos de los vaqueros, saca una cartera de nylon a prueba de agua, extrae dos tarjetas de visita y las arroja al otro lado de la mesa, una tras otra, en dirección a Randy. Amy parece disfrutar; una sonrisita privada aparece en sus labios y se desvanece justo cuando Randy la ve. Las tarjetas muestran el logotipo de Semper Marine Services y el nombre America Shaftoe.
—¿Se llama America? —pregunta Randy.
Amy mira por la ventana, aburrida, temiendo que él vaya a emocionarse con eso.
—Sí —dice.
—¿Dónde creció?
Ella parece estar fascinada por lo que se ve tras el cristal: grandes buques de carga por toda la bahía de Manila hasta el mismo horizonte,
buques que llegan de Atenas, Shanghai, Vladivostok, Ciudad del Cabo, Monrovia. Randy infiere que contemplar grandes barcos oxidados es más interesante que hablar con él.
—Bien, ¿le importaría decirme de qué va todo esto? —pregunta Amy.
Se vuelve, se lleva la taza a los labios y le mira directamente a los ojos.
Randy se encuentra algo perplejo. Viniendo de America Shaftoe la pregunta es básicamente impertinente. Su compañía, Semper Marine Services, es un contratista del nivel más bajo en la corporación virtual de Avi —sólo una de la docena de empresas de botes y submarinistas que podrían haber contratado—, así que es como si el taxista o el portero te estuviesen interrogando.
Pero ella es lista y extraña, y precisamente porque se esfuerza en no serlo, es encantadora.
Como una mujer interesante y compatriota americana, está exigiendo su contrapartida, exigiendo que se le reconozca un status superior. Randy intenta ir con cuidado.
—¿Hay algo que le preocupe? —pregunta él.
Amy aparta la vista. Teme haberle causado una impresión equivocada.
—Nada en particular —dice—. Simplemente soy curiosa. Me gusta oír historias. Los submarinistas siempre están reuniéndose para contar historias.
Randy bebe café. America sigue hablando:
—En este negocio, nunca sabes de dónde va a salir el próximo encargo. Algunas personas tienen motivos increíblemente extraños para hacer cosas bajo el agua, que a mí me gusta escuchar —termina—. ¡Es divertido! —Que claramente es el único motivo que le hace falta.
Randy considera todo lo anterior un montón de chorradas razonablemente profesional. Decide contarle sólo lo que se ha dicho a la prensa.
—Todos los filipinos están en Manila. Ahí es a donde debe ir la información. Resulta bastante incómodo llevar información hasta Manila, porque al fondo tiene montañas y por delante la bahía de Manila. La bahía es un lugar infernal para colocar cables submarinos.
Ella asiente. Evidentemente, ya lo sabía. Randy acelera.
—Corregidor es un lugar bastante bueno. Desde Corregidor puedes lanzar un rayo de microondas con la línea de visión libre hasta el centro de
Manila.
—Así que ustedes van a extender el festón costero del norte de Lu-zón desde la bahía de Subic hasta Corregidor —dice ella.
—Eh… dos cosas sobre lo que acaba de decir —dice Randy, y se detiene un momento para situar la respuesta en el buffer de salida—. Una, tiene que ser cuidadosa con los pronombres… ¿a qué se refiere con
«ustedes»? Yo trabajo para Epiphyte Corporation, que desde su base está diseñada para actuar no por sí sola, sino como un elemento en una corporación virtual, como una especie…
—Sé qué es una epífita —dice ella—. t,El número dos?
—Vale, bien —dice Randy, algo desconcertado—. Lo segundo es que la extensión del festón del norte de Luzón será la primera de lo que esperamos sean muchas conexiones. Con el tiempo queremos tender un montón de cables hasta Corregidor.
Alguna maquinaria en la cabeza de Amy se pone en marcha. El mensaje está muy claro. Habrá trabajo más que suficiente para Semper Marine, si desarrollan bien el primer encargo.
—En este caso, la entidad que se encargará del trabajo es una corporación conjunta que nos incluye a nosotros, FiliTel, 24 Jam y una gran compañía de electrónica nipona, entre otras.
—¿Qué tiene que ver 24 Jam con todo esto? Son una cadena de tiendas.
—Son el punto de venta, el sistema de distribución, para el producto de Epiphyte.
—¿Que sería…?
—Pinoy-gramas. —Randy consigue evitar el impulso de decirle que el nombre está registrado.
—¿Pinoy-gramas?
—Funciona así. Usted es una Trabajadora Contratada en el Extranjero.
Antes de partir hacia Arabia Saudita, Singapur, Seattle o a donde sea, nos compra o alquila un pequeño dispositivo. Tiene más o menos el tamaño de un libro de bolsillo y contiene una pequeña cámara de vídeo, una pantalla diminuta y muchos chips de memoria. Los componentes vienen de todas partes: se envían al puerto franco de Subic y se ensamblan en una planta nipona. Así que cuestan casi nada. En cualquier caso, te llevas el dispositivo contigo al extranjero. Cuando te entran ganas de comunicarte
con tus familiares, lo enciendes, apuntas la cámara hacia ti y grabas un pequeño saludo en vídeo. Todo va a los chips de memoria. Se comprime mucho. Luego conectas el dispositivo a la línea telefónica y dejas que haga su magia.
—¿Qué magia? ¿Envía el vídeo por la línea telefónica?
—Exacto.
—¿No hace ya mucho tiempo que la gente manda vídeo por teléfono?
—En este caso, la diferencia está en el software. No intentamos enviar el vídeo en tiempo real; es demasiado caro. Almacenamos los datos en un servidor central, y luego nos aprovechamos de los parones, cuando el tráfico se reduce en los cables submarinos, y enviamos los datos por esos mismos cables cuando resulta barato hacerlo. Al final, los datos acaban en las instalaciones de Epiphyte en Intramuros. Desde allí empleamos tecnología inalámbrica para enviar los datos a las tiendas 24 Jam en toda el área metropolitana de Manila. La tienda no necesita más que una pequeña antena en el tejado, un decodificador y un vídeo normal tras el mostrador.
El Pinoy-grama se graba en una cinta de vídeo normal. Luego, cuando mamá vaya a comprar huevos o papá vaya a comprar cigarrillos, el empleado dirá: «Eh, tienen un Pinoy-grama», y les entregará la cinta. Se la podrán llevar a casa y tener las últimas noticias de sus niños en el extranjero. Cuando terminen, llevarán la cinta de vuelta a 24 Jam para reutilizarla.
Como a medio camino de la explicación, Amy comprende el concepto básico, mira por la ventana y comienza a intentar sacarse fragmentos del desayuno de entre los dientes usando la punta de la lengua. Lo hace con la boca educadamente cerrada, pero parece ocupar sus pensamientos más que la explicación de los Pinoy-gramas.
Randy se ve atrapado por el inexplicable y alocado deseo de no aburrir a Amy. No es que tenga esperanzas con ella, porque ha calculado que las probabilidades de que sea lesbiana son de un cincuenta por ciento y sabe que es mejor no molestarse. Ella es tan sincera, tan candida, que él se siente como si pudiese confiárselo todo, como a un igual.
Esa es la razón por la que odia los negocios. Siempre quiere contárselo todo a todo el mundo. Siempre quiere hacerse amigo de la gente que conoce.
—Bien, déjeme adivinar —dice ella—, usted es el encargado del software.
—Sí-admite Randy, un poco a la defensiva—, pero el software es el único aspecto interesante de todo el proyecto. El resto no es más que fabricar matrículas.
Eso le llama un poco la atención.
—¿Fabricar matrículas?
—Es una expresión que usamos mi socio y yo —dice Randy—. En cualquier negocio hay una parte creativa que es preciso realizar, desarrollar nueva tecnología o lo que sea. Todo lo demás, el noventa y nueve por ciento, es llegar a acuerdos, recaudar capital, ir a reuniones, mercadotecnia y ventas. A esa parte la llamamos fabricar matrículas.
Ella asiente, mirando por la ventana. Randy está a punto de contarle que los Pinoy-gramas no son más que una forma de conseguir un flujo de capital para poder pasar a la fase dos del plan de negocio. Está seguro de que decírselo elevaría su posición por encima de la de aburrido programador. Pero Amy sopla con fuerza sobre el café, como si apagase una vela, y dice:
—Bien. Gracias. Creo que esto vale por los tres paquetes de cigarrillos.
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