Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Neal Stephenson · Capítulo 6 de 37

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Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Alga marina

Mujer e hijo

Ojos descoloridos

Llanto helado

El Cuarto de Marines marcha colina abajo al ritmo de John Philip Sousa, lo que debería ser natural para un marine. Pero el Cuarto de Marines lleva en Shanghai (que no es ni los salones de Montezuma ni las costas de Trípoli) demasiado tiempo, más de lo que cualquier marine debería estar en ningún sitio, y Bobby ya había visto como su sargento, un tal Frick, vomitaba por el mono del opio.

Una banda de marines se encuentra a varias manzanas de Shanghai, por delante. El pelotón de Bobby puede escuchar el retumbar de los grandes tambores y el sonido penetrante emitido por los flautines y los xilófonos, pero él es incapaz de seguir la melodía. El cabo Shaftoe es a todos los efectos su líder, porque el sargento Frick está para el arrastre.

Shaftoe marcha junto a la formación, supuestamente para vigilar a sus hombres, pero en realidad para admirar Shanghai.

Shanghai le devuelve la mirada y, en general, les regala una ovación entusiasta. Evidentemente, siempre hay algún alborotador callejero que considera una cuestión de honor dejar bien claro que no teme a los marines, y los abuchea desde una distancia segura, y también disparan petardos, lo que no ayuda a mantener la calma. Los europeos aplauden, todo un grupo de coristas rusas de Delmonte enseña los muslos y lanza besos. Pero la

mayoría de los chinos se muestran hieráticos, lo que significa —sospecha Bobby— que están muertos de miedo.

Lo peor son las mujeres que llevan niños medio blancos. Algunas de ellas se comportan con furia, con histeria, arrojándose entre las formaciones de marines sin que les importen las culatas de los rifles. Pero la mayoría se muestran estoicas: permanecen de pie sosteniendo a los niños de ojos claros y miran fijamente, buscando al culpable entre las filas. Todo el mundo ha oído lo que sucedió río arriba, en Nanjing, cuando llegaron los nipos, y saben que cuando todo acabe el único rastro que podría quedar de que ellas y sus bebes existieron sería el horrible recuerdo en la mente de algún marine americano.

Las miradas funcionan en el caso de Shaftoe: ha cazado ciervos en Wisconsin y les ha visto cojear por la nieve mientras se desangraban hasta morir. Vio a un hombre morir durante la instrucción en isla de Parris. Ha visto marañas de cuerpos en el Yangtzé, corriente abajo del lugar donde los nipones juzgaban el Incidente de China, y había visto a refugiados de lugares como Nanjing morirse de hambre en los callejones de Shanghai.

Él mismo ha matado a gente que intentaba tomar por asalto los barcos fluviales que les habían ordenado proteger. Piensa que nunca ha visto, y nunca verá, nada tan terrible como esas mujeres chinas de rostro duro sosteniendo a sus bebés blancos, sin siquiera parpadear mientras los petardos estallan a su alrededor.

Es decir, hasta que mira los rostros de ciertos marines que a su vez miran la multitud y ven sus propios rostros devolviéndoles la mirada, regordetes por la grasa infantil y llenos de lágrimas. Algunos parecen tomárselo a broma. Pero muchos de los marines que salieron esa mañana de los barracones vacíos como hombres cuerdos y responsables, para cuando llegan a las cañoneras que les esperan en el Bund se han vuelto completamente locos. No lo demuestran todavía. Pero Shaftoe puede ver en sus ojos que finalmente algo en su interior se ha derrumbado.

Los mejores hombres del regimiento están muy mal de ánimos. Los que como Shaftoe no se involucraron con las mujeres chinas dejan, aun así, muchas cosas detrás: casas con sirvientas y chicos para abrillantar los zapatos y coolies… con mujeres y opio casi por nada. No saben a dónde les envían, pero está claro que veintiún dólares al mes no les llevarán muy lejos. Volverán a ir a los barracones y tendrán que abrillantarse sus propias botas. Una vez retiradas las pasarelas del Bund, quedan aislados de un

mundo que no volverán a ver, un mundo en el que eran reyes. Ahora vuelven a ser marines. A Shaftoe no le importa, porque él quiere ser marine. Pero muchos de los hombres han llegado a la mediana edad, y no quieren serlo.

Los hombres culpables se ocultan en el interior. Shaftoe permanece en la cubierta de la cañonera, que se separa del Bund, en dirección al crucero Augusta, que les espera en medio del canal.

El Bund está atestado de curiosos en una confusión de ropas de diferentes colores, así que un grupo de uniforme le llama la atención: un grupo de soldados nipos que han venido a ofrecer a sus colegas yanquis una despedida sarcástica. Shaftoe busca en el grupo a alguien alto y voluminoso, y lo encuentra con facilidad. Goto Dengo le dice adiós con la mano.

Shaftoe se quita el casco y le devuelve la despedida. Luego, en un impulso, sólo porque le da la gana, se prepara y lanza el casco directamente hacia la cabeza de Goto Dengo. No le sale bien y Goto Dengo debe derribar como a una docena de sus compatriotas para atraparlo. Todos ellos parecen pensar que se trata de un gran honor, además de extremadamente divertido, el ser derribado por Goto Dengo.

Veinte segundos más tarde, un cometa sale volando del cosmos de carne del Bund y cae sobre la cubierta de madera de la cañonera, un gran lanzamiento. Goto Dengo está demostrando su puntería. El proyectil es una piedra envuelta en una serpentina blanca. Shaftoe corre a recogerlo. La serpentina es uno de esos pañuelos de mil puntadas (se supone; ha quitado algunos a nipos inconscientes, pero nunca se ha molestado en contar las puntadas) que se ponen alrededor de la cabeza como amuleto de buena suerte; tiene una albóndiga en el centro y escritura nipona a ambos lados.

La desata de la piedra. Al hacerlo ve, de pronto, que no se trata de una piedra; ¡es una granada de mano! Pero el bueno de Goto Dengo estaba bromeando; no ha sacado el seguro. Un bonito souvenir para Bobby Shaftoe.

El primer haiku (diciembre, 1940) de Shaftoe fue una adaptación apresurada del credo de los marines:

El rifle es mío

Hay muchos iguales a él

Este es el mío

Lo escribió en las siguientes circunstancias: Shaftoe y el resto del Cuarto de Marines se encontraban estacionados en Shanghai para proteger el Asentamiento Internacional y trabajar como músculos en las cañoneras de la Patrulla Fluvial del Yangtzé. Su pelotón acababa de volver de la Ultima Patrulla: un reconocimiento de mil millas, río arriba, pasando por lo que quedaba de Nanjing, hasta Hankow, y de vuelta. Los marines lo hacían desde la rebelión de los Boxers, la guerra civil y todo lo demás. Pero, hacia finales de 1940, con los nipos [2] controlando ahora el noreste de China, los políticos en D.C. habían tirado finalmente la toalla y habían comunicado a los marines de China que ya no debían remontar el Yangtzé.

Ahora, los marines de la vieja guardia como Frick afirmaban que podían distinguir entre bandidos organizados, muchedumbres armadas de campesinos hambrientos, bribones nacionalistas, guerrillas comunistas y las fuerzas irregulares pagadas por los señores de la guerra. Pero para Bobby Shaftoe todos eran una panda de asiáticos enloquecidos y armados que querían su parte de la Patrulla Fluvial del Yang-tzé. La Ultima Patrulla había sido un viaje desesperado. Pero ya había terminado y estaban de regreso en Shanghai, el lugar más seguro de China, y como cien veces más peligroso que el lugar más peligroso de América. Habían descendido de la cañonera seis horas antes, se habían metido en un bar, y acaban de salir ahora mismo, cuando habían decidido que ya era hora de irse a un prostíbulo. De camino, dio la casualidad de que pasaron frente a aquel restaurante ñipo.

En otras ocasiones, Bobby Shaftoe ya había mirado por la ventana del local y había observado al hombre del cuchillo intentado comprender qué hacía. Demonios, parecía como si estuviese cortando el pescado sin cocinarlo y poniendo la carne cruda sobre montoncillos de arroz para pasárselos a continuación a los clientes nipos del otro lado del mostrador, que los engullían.

Tenía que ser una ilusión óptica. El pescado debía haber sido cocinado de antemano en la parte trasera del local.

Esa situación llevaba un año incomodando a Shaftoe. Cuando él y los otros marines borrachos y calientes pasaron frente al local, redujo el paso para echar un vistazo, intentando reunir más pruebas. Podría jurar que parte

de aquel pez tenía un color rojo rubí, lo que no podía ser si estaba cocinado.

Uno de sus compañeros, Rhodes, de Shreveport, le vio mirar. Desafió a Shaftoe a entrar allí y sentarse. Luego otro soldado, Gowicki, de Pittsburg, ¡dobló el desafío!

Shaftoe apretó los dientes y consideró la cuestión. Ya se había decidido a hacerlo. Era un explorador encubierto, y formaba parte de su personalidad hacer locuras de aquel tipo; pero examinar el territorio antes de aventurarse en él también era parte de su entrenamiento.

El restaurante estaba tres cuartas partes lleno, y todos los clientes eran miembros uniformados del ejército nipón. En el bar donde el hombre cortaba pescado aparentemente crudo había una gran concentración de oficiales; si tuviese una granada, la tiraría allí. El local estaba ocupado en su mayoría por mesas alargadas en las que se sentaban los soldados, tomando sopa de tallarines. Shaftoe les prestó una atención especial, porque eran ellos los que iban a darle, en sesenta segundos, una paliza.

Algunos estaban a solas, leyendo. Un grupo, en una esquina, prestaban atención a un tipo que aparentemente contaba una historia o un chiste.

Cuanto más tiempo pasaba Shaftoe reconociendo el local, más se convencían Rhodes y Gowicki de que de verdad iba a hacerlo. Se entusiasmaron y llamaron a más marines, quienes se habían adelantado en dirección al prostíbulo.

Shaftoe vio que regresaban los otros. Eran su reserva táctica.

—¡Qué coño! —dijo y entró en el restaurante.

A su espalda, podía oír a los otros gritar entusiasmados; no podían creer que lo estuviese haciendo. Cuando Shaftoe atravesó el portal de aquel restaurante nipo pasó a formar parte de la leyenda.

Todos los nipos le miraron al atravesar la puerta. Si estaban sorprendidos no lo manifestaron. El chef tras el mostrador comenzó a entonar una especie de saludo ritual, que fue desvaneciéndose hasta apagarse cuando vio lo que había entrado. El tipo al fondo del local —un nipo de mejillas coloradas, de voz ronca— siguió contando su historia o su chiste o lo que fuese.

Shaftoe saludó sin dirigirse a nadie en particular, luego se acercó a la silla libre más próxima y se sentó.

Otros marines hubiesen esperado a tener reunido a todo el pelotón. A continuación, hubiesen invadido el restaurante en masa, tirando algunas sillas y derramando algo de sopa. Pero Shaftoe había tomado la iniciativa antes de que los otros pudiesen hacer algo así y había entrado solo, como se suponía que hacía un explorador encubierto. Pero no se trataba sólo de que fuese un explorador encubierto. También se debía a que era Bobby Shaftoe, y sentía sincera curiosidad por aquel sitio y, si podía, quería pasar allí unos minutos de calma y aprender algunas cosas antes de que empezase la diversión.

Ayudó, claro, que Shaftoe fuera un borracho tranquilo y contemplativo, no un borracho peligrosamente explosivo. Debía apestar a cerveza (los teutones de Tsingtao producían un brebaje cuyo sabor le devolvía a Wisconsin, y sentía añoranza). Pero no aullaba ni tiraba cosas.

El chef estaba ocupado montando uno de los bocaditos y fingía ignorar a Shaftoe. Los otros hombres lo miraron con frialdad durante un momento y luego volvieron a centrar su atención en la comida. Shaftoe examinó los peces crudos dispuestos sobre el hielo picado y a continuación dirigió la mirada al resto del local. El tipo al fondo hablaba a ráfagas cortas leyendo de un libro de notas. Decía como diez o veinte palabras y a continuación los miembros de su reducida audiencia se miraban entre sí y sonreían, o hacían una mueca, y en ocasiones incluso aplaudían. No recitaba como si fuesen chistes verdes. Hablaba con precisión y expresividad.

¡Coño! ¡Leía poesía! Shaftoe no entendía lo que decía, pero sí sabía, por los sonidos, que debía ser poesía. Pero no rimaba. Aunque los nipos lo hacían todo al revés.

Observó que el chef lo miraba con hostilidad. Se aclaró la garganta, lo que no tenía demasiado sentido puesto que no sabía hablar ñipo. Miró en dirección al pescado rojo rubí que había tras la barra, lo señaló y levantó dos dedos.

Todos se quedaron asombrados de que el americano hubiese realmente pedido algo. La tensión se rompió, aunque sólo un poquito. El chef se puso a trabajar y preparó dos porciones, que procedió a servirle en un pedestal de madera.

A Shaftoe le habían enseñado a comer insectos y a arrancarle la cabeza a un pollo a mordiscos, así que se imaginó que podía tragarse aquello. Cogió las porciones con los dedos, como hacían los nipos, y se las

comió. Sabían bien. Pidió dos más, de otra clase. El tipo de la esquina seguía leyendo poesía. Shaftoe se comió sus porciones y pidió algunas más.

Durante unos diez segundos, por el sabor del pescado y el sonido de la poesía, se sintió realmente cómodo en aquel lugar, y se olvidó de que simplemente estaba preparando una virulenta pelea racial.

Lo tercero que le sirvieron tenía un aspecto diferente: sobre el pescado crudo había una hojas delgadas y traslúcidas de un material húmedo y reluciente. Parecía papel empapado de aceite. Shaftoe lo contempló boquiabierto durante un rato, intentado identificarlo, pero no se parecía a ningún alimento que conociese. Miró a derecha y a izquierda, con la esperanza de que uno de los nipos hubiese pedido lo mismo, para echar un vistazo y descubrir cómo se comía. No hubo suerte.

Demonios, eran oficiales. Quizás alguno de ellos hablase un poco de inglés.

—Perdóneme. ¿Qué es esto? —dijo Shaftoe, levantando una esquina de la extraña membrana.

El chef lo miró nervioso, miró hacia la barra, sondeando a los clientes.

Se produjo una discusión. Al fin, un oficial nipo sentado al otro extremo de la barra, un teniente naval, se puso en pie y le habló a Bobby Shaftoe.

—Algas marinas.

A Shaftoe no le gustó especialmente el tono de voz del teniente: hostil y arisco. En combinación con la expresión de su cara, el mensaje parecía ser: «Nunca lo comprenderías, granjero, así que por qué no lo consideras algas marinas.»

Shaftoe cruzo con formalidad las manos sobre el regazo, miró las algas marinas durante unos segundos, y luego levantó la vista en dirección al teniente, quien todavía le miraba sin mostrar ninguna expresión.

—¿Qué tipo de «alga marina», señor? —preguntó.

Miradas elocuentes empezaron a volar por todo el local, como los semáforos antes de un encuentro naval. La lectura de poesía parecía haber terminado, y desde el fondo del local se había iniciado una emigración de soldados. Mientras tanto, el teniente tradujo la pregunta de Shaftoe a los otros, que la discutieron con todo detalle, como si fuese una importante propuesta política de Franklin Delano Roosevelt.

El teniente y el chef intercambiaron algunas palabras. A continuación, el teniente miró a Shaftoe.

—Dice que pague ahora.

El chef levantó la mano y frotó los dedos con el pulgar.

Un año de trabajo en la Patrulla Fluvial del Yangtzé había dotado a Bobby Shaftoe de nervios de titanio, además de una fe ilimitada en sus compañeros, por lo que resistió el impulso de volver la cabeza y mirar por la ventana. Ya sabía con exactitud lo que vería: marines, hombro contra hombro, dispuestos a morir por él. Se rascó el nuevo tatuaje del brazo: un dragón. Las uñas sucias al pasar sobre las costras recientes produjeron un sonido áspero en el total silencio del restaurante.

—No ha contestado a mi pregunta —dijo Shaftoe, pronunciando las palabras con precisión etílica.

El teniente lo tradujo al nipón. Más discusiones. Pero en esta ocasión fueron cortantes y firmes. Shaftoe sabía que estaban a punto de ir a por él.

Cuadró los hombros.

Los nipos eran buenos: montaron una carga organizada fuera de la puerta, hacia la acera, y se enfrentaron con los marines, antes de que cualquiera le pusiese la mano encima. El ataque de anulación impidió a los marines invadir el restaurante, lo que hubiese estropeado la comida de los oficiales y, con suerte, hubiese producido imprevisibles daños a la propiedad. A continuación, Shaftoe sintió como al menos tres personas lo agarraban por detrás y lo elevaban en el aire. Mientras sucedía todo aquello, miró a los ojos al teniente y gritó:

—¿Me está tomando el pelo con lo de las algas marinas?

En lo que se refiere a la bronca, lo único a destacar de la presente fue la forma en que lo llevaron a la calle antes de que pudiese empezar a pegar.

Aparte de eso, fue como cualquier otra pelea callejera con soldados nipos en la que se hubiese metido en Shanghai. Al final todas se reducían al músculo americano (no te elegían para el Cuarto Regimiento a menos que fueses como un armario de metro ochenta) contra los hachazos-tortazos nipones.

Shaftoe no era un boxeador. Era un luchador. Se trataba de su punto de ventaja. Los otros marines adoptaban sus posturas e intentaban luchar —al estilo del marqués de Queenberry— lo que no era mucho frente a los hachazos-tortazos. Shaftoe no se hacía ilusiones sobre su estilo de boxeo, así que bajaba la cabeza y cargaba como un toro, de camino recibía un par de golpes en la cara, pero normalmente conseguía agarrar con fuerza a su

oponente y lo llevaba al suelo. Por lo general, eso sacudía tanto al nipo que Shaftoe podía atraparlo en un a full-nel-son o una hammeríock y hacerle gritar de dolor.

Los tipos que le llevaban al exterior fueron atacados por marines en cuanto salieron por la puerta. Shaftoe se encontró enfrentándose a un oponente que era al menos tan alto como él, lo que era raro. Además, también tenía buena constitución. No era para nada como un luchador de sumo, sino más bien como un jugador de rugby… un delantero con algo de barriga. Era un hijo de puta fuerte, y Shaftoe supo de inmediato que le esperaba una buena paliza. El tipo tenía un estilo de lucha diferente al americano, que (como Shaftoe descubrió por las malas) incluía algunos movimientos ilegales: estrangulamiento parcial y potentes golpes cortos a los centros nerviosos más importantes. La separación entre la mente y el cuerpo de Shaftoe, ya ampliada por el alcohol, se abrió definitivamente hasta convertirse en un abismo ante esas técnicas. Acabó tendido en la acera, indefenso y paralizado, mirando el rostro regordete de su oponente.

Se trataba (vio) del mismo tipo que había estado leyendo poesía al fondo del local. Para ser un poeta, era muy buen luchador. O quizá viceversa.

—No es «alga marina» —dijo el enorme nipo. En la cara tenía la expresión de un escolar travieso al que la travesura le estuviese saliendo bien—. ¿Quizá la palabra en tu idioma sea «calabaza»? —Y a continuación se dio la vuelta y volvió a entrar en el restaurante.

¡Vaya una leyenda! Lo que ninguno de los otros marines sabía era que aquel no iba a ser el último encuentro entre Bobby Shaftoe y Goto Dengo.

El incidente dejó a Shaftoe con un montón de insistentes preguntas sobre temas tan diversos como las algas marinas, la poesía y los hachazos-tortazos. Después del incidente buscó a Goto Dengo, lo que no fue difícil; se limitó a pagarle a un chico chino para que siguiese al llamativo nipo por toda la ciudad y le diese informes diarios. Por ellos supo que Goto Dengo y algunos de sus camaradas se reunían todas las mañanas en cierto parque para practicar sus hachazos-tortazos. Después de asegurarse de tener en orden el testamento y escribir una última carta a sus padres y hermanos en Oconomowoc, Shaftoe fue al parque cierta mañana, volvió a presentarse al sorprendido Goto Dengo y llegó a un acuerdo para servir de saco de arena humano. Sus habilidades para la defensa personal les parecieron hilarantemente primitivas pero admiraron su resistencia, y por tanto, por el módico precio de algunos dedos y costillas rotos, Bobby Shaftoe recibió un

curso preliminar en el estilo particular de hachazo-tortazo preferido de Goto Dengo, que se llama judo. Con el tiempo, la cosa incluso llevó a un par de encuentros sociales en bares y restaurantes, en los que Shaftoe aprendió a reconocer cuatro tipos de algas marinas, tres tipos de huevas y varios estilos de poesía nipona. Claro está, no tenía ni idea de qué coño decían, pero sabía contar sílabas, lo que, por lo que podía comprender, era todo lo necesario para apreciar la poesía nipona.

Aunque no es que esos conocimientos —o cualquier otra cosa que pudiese aprender sobre su cultura— vayan a serle de utilidad ahora, cuando muy pronto su trabajo consistirá en matarlos.

A cambio, Shaftoe enseñó a Goto Dengo a no lanzar como una chica.

Muchos nipos son buenos jugadores de béisbol por lo que era gracioso, incluso para ellos, ver como su enorme amigo lanzaba con tan poca eficacia contra un bate. Pero fue Shaftoe el que enseñó a Goto Dengo a ponerse de lado, girar los hombros y lanzar. Ha prestado mucha atención durante el pasado año a los progresos del ñipo, y quizá por eso la imagen de Goto Dengo plantando los pies en los bloques de piedra del Bund, retirando el brazo, lanzando la granada envuelta en una cinta, acertando mientras permanece sobre un solo pie metido en una bota militar, permanece en la mente de Shaftoe de camino a Manila y más lejos.

A un par de días de viaje se hace evidente que el sargento Fnck se ha olvidado de cómo se limpian las botas. Cada noche las deja junto a la litera, como si esperase que un coolie viniese por la noche a limpiarlas. Cada mañana se despierta para encontrárselas todavía peor que antes. Después de unos días, comienza a recibir reprimendas de lo Más Alto, y empieza a tener muchos turnos de pelar patatas.

Ahora bien, esto por sí sólo sería perdonable. Por amor de Dios, Frick comenzó su carrera manteniendo alejados a los bandoleros de los trenes correo en High Chaparral. En 1927 lo enviaron a Shanghai sin previo aviso, y sin duda tuvo que demostrar algo de capacidad de adaptación. Vale. Y

ahora se encuentra en este deprimente crucero anterior a la Gran Guerra, y es un poco duro para él. Pero no lo acepta con la dignidad que los marines exigen a los marines. Se queja. Se deja humillar. Se enfada. Muchos otros de los marines de China ven las cosas de esa forma.

Un día, Bobby Shaftoe se encuentra en la cubierta del destructor lanzando la siempre fiable pelota de béisbol con dos de los chicos cuando ve a algunos de los veteranos reuniéndose como una masa viscosa humana

en la cubierta. Por las expresiones y los gestos comprende que se están quejando.

Shaftoe oye como dos miembros de la tripulación hablan:

—¿Qué demonios pasa con estos marines? —dice uno de ellos.

El otro mueve la cabeza con tristeza, como un médico que acabase de ver que los globos oculares de un paciente dan vueltas en sus cuencas.

—Esos pobres cabrones se han vuelto asiáticos —dice.

Y se vuelven para mirar a Shaftoe.

Esa noche, en el comedor, Bobby Shaftoe traga la comida a toda prisa, y a continuación se pone en pie y se dirige a donde están reunidos los marines veteranos.

—¡Le pido perdón, sargento! —grita—. ¡Le pido permiso para limpiarle las botas, sargento!

Frick se queda boquiabierto, dejando al descubierto un trozo de carne medio masticado.

—¿Qué ha dicho, cabo?

Todo el comedor está en silencio.

—¡Con todos los respetos le pido permiso para limpiarle las botas, sargento!

Frick no es, ni siquiera cuando está sobrio, el tipo más rápido del mundo, y es más que evidente, basta con mirarle a las pupilas, que tanto él como sus compañeros han subido algo de opio a bordo.

—Bien, yo, supongo que sí —dice.

Mira a su grupo de quejicas, que se muestran confundidos y divertidos. Se quita las botas. Bobby Shaftoe coge aquel vergonzoso calzado y vuelve un poco más tarde trayéndolo resplandeciente. Para entonces, Frick se ha animado.

—Bien, esas botas tienen muy buen aspecto, cabo Shaftoe —dice con voz ostentosa—. Que me aspen si no eres tan bueno abrillantando zapatos como lo era mi coolie.

Al apagarse las luces, Frick y su camarilla descubren que les han

«hecho la cama». Durante la noche se producen otras bromas bastante más brutas. Uno de ellos sufre un ataque en su litera y le dan una paliza; los atacantes no se identifican. A la mañana siguiente suena el aviso de inspección sorpresa y les sacan de la cama maldiciendo. La camarilla del

«se han vuelto asiáticos» pasa la mayor parte del día formando un grupo, vigilándose mutuamente las espaldas.

Como a mediodía, finalmente entra en la cabeza de Frick la idea de que todo aquello ha sido iniciado por el gesto de Shaftoe, y que Shaftoe sabía, desde el primer momento, lo que iba a suceder. Así que llama a Bobby Shaftoe a cubierta e intenta arrojarlo por la borda.

A Shaftoe lo avisa en el último momento uno de sus camaradas y gira lo justo para evitar el ataque de Frick. Frick rebota en la baranda, vira e intenta agarrar los cojones de Shaftoe. Shaftoe le mete un dedo en un ojo, lo que inmediatamente le pone firme. Se separan. Habiéndose terminado las formalidades iniciales; adoptan las posturas de boxeo.

Frick y Shaftoe boxean durante unos asaltos. Se reúne una larga multitud de marines. Para la mayoría de ellos, Frick va ganando. Frick siempre ha tenido muy pocas luces, y ahora está enloquecido, pero sabe cómo moverse por el cuadrilátero, y supera a Shaftoe en veinte kilos.

Shaftoe lo aguanta hasta que Frick le da un buen golpe en la boca y le deja un labio sangrando.

—¿A cuánto estamos de Manila? —aúlla Shaftoe. La pregunta, como es habitual, confunde y desconcierta al sargento Frick, e incluso le hace ponerse recto durante un momento.

—Dos días —le contesta uno de los oficiales del buque.

—Maldita sea —dice Bobby Shaftoe—. ¿Cómo voy a besar a mi chica con un labio hinchado?

Frick le responde:

—Tendrá que buscar una más barata.

Con eso le basta. Shaftoe agacha la cabeza y carga contra Frick, aullando como un ñipo. Antes de que Frick tenga tiempo de pensar, Bobby Shaftoe lo tiene atrapado en una de esas llaves nipo que Goto Dengo le ha enseñado en Shanghai. Va subiendo por el cuerpo de Frick hasta golpearle la nuez y luego aprieta hasta que los labios del sargento Frick se vuelven del color de una concha de ostra. A continuación cuelga a Frick de la baranda, sosteniéndole cabeza abajo por los talones, hasta que Frick se recupera lo suficiente para gritar:

—¡Me rindo!

Se organiza con rapidez un acto disciplinario. A Shaftoe se le encuentra culpable de mostrarse cortés (al limpiarle las botas a Frick) y

defender la vida de un marine (la suya propia) de un atacante enloquecido.

El atacante enloquecido va directamente a la jaula. A las pocas horas, los ruidos de Frick hacen que todos los marines sepan cómo es el síndrome de abstinencia del opio.

Por lo tanto, el sargento Frick no llega a ver la entrada en la bahía de Manila. Shaftoe casi siente pena por el pobre cabrón.

Durante todo el día la isla de Luzón permanece a babor, una masa negra apenas visible entre la neblina, con vislumbres fugaces de palmeras y playas en la parte baja. Todos los marines ya han estado allí por lo que pueden distinguir la Cordillera Central al norte, y más tarde las montañas Zamabales, que acaban descendiendo para unirse al mar en la bahía de Subic. Subic da pie a un aluvión de anécdotas picantes. El barco no se detiene ahí, sino que continua en dirección sur bordeando Batan, virando para entrar en la bahía de Manila. El barco apesta a betún, polvos de talco y loción para después del afeitado; puede que el Cuarto Regimiento de Marines se halle especializado en ir de apuestas y abusar del opio, pero siempre se les ha conocido como los marines de mejor aspecto de todo el cuerpo.

Pasan frente a Corregidor. Una isla con la forma de una gota de agua sobre una bota encerada, de suave redondez en medio pero deslizándose en pendiente hacia el agua. Tiene una cola larga, delgada y seca que se extiende a un extremo. Los marines saben que la isla está acribillada de túneles y erizada de temibles cañones, pero la única señal de esas fortificaciones es el conjunto de barracones de cemento en lo alto de las colinas, que sirven de hogar a los hombres que se ocupan de las armas. Una maraña de antenas se eleva por encima de Topside. Para Shaftoe tienen una forma familiar, porque muchas de esas mismas antenas se elevaban sobre la Estación Alfa en Shanghai, y él mismo tuvo que desmontarlas y subirlas a un camión.

Hay un enorme acantilado de piedra caliza que desciende casi hasta el mar, y en la base está la entrada al túnel donde se esconden los espías y tienen su guarida los hombres de la radio. Cerca hay un puerto, en esos momentos muy atareado, porque están descargando suministros de transportes civiles y acumulándolos en la misma playa. Es un detalle que todos los marines registran como un signo evidente de la guerra que se aproxima. El Augusta ancla en la ensenada, y todo el equipo de radio

envuelto en lonas se descarga en botes y se lleva al muelle, junto con los extraños tipos de la Marina que se ocupaban de esas cosas en Shanghai.

El oleaje muere al pasar Corregidor y entrar en la bahía. Cerca de la superficie flotan algas marrón verdoso formando remolinos y arabescos.

Los barcos de la Marina dejan largas cuerdas marrones de humo sobre el mar en calma. Al no ser alteradas por el viento, se difumi-nan en formas desiguales como cordilleras montañosas traslúcidas. Pasan frente a la gran base militar de Cavite, una zona de terreno tan baja y plana que su límite con el agua sería invisible si no fuese por la valla formada por las palmeras.

En ella se elevan unos hangares y torres de agua, y un oscuro conjunto de barracones más al interior. Manila está justo frente a ellos, todavía oculta por la neblina. Va anocheciendo.

De pronto la neblina se disuelve, la atmósfera se torna súbitamente tan clara como los ojos de un niño, y durante una hora más o menos pueden ver el infinito. Están adentrándose en un área de inmensos frentes de tormenta, con relámpagos cayendo en torno a ellos por todas partes. Nubes grises y planas, como fragmentos rotos de pizarra, se vislumbran entre nubes de yunque. Tras ellas hay nubes más altas, que llegan casi hasta la luna, reluciendo de un tono rosa y salmón a la luz del sol poniente. Detrás, más nubes anidadas entre bancos de humedad como adornos navideños envueltos en tisú, extensiones de cielo azul, más frentes tormentosos intercambiando rayos de veinte millas de largo. Cielos dentro de cielos dentro de cielos.

En Shanghai hacía frío, y desde entonces la temperatura ha ido aumentando cada día. Algunos días incluso hace calor y bochorno. Pero para cuando Manila se deja ver, una brisa cálida se levanta sobre la cubierta y todos los marines suspiran, como si todos ellos hubiesen eyaculado simultáneamente.

Manila aroma Batid

o por palmeras Muslos

de Glory

Los tejados enlosados de Manila tienen cierto aspecto mestizo, medio español y medio chino. La ciudad tiene un rompeolas cóncavo con un paseo plano en lo alto. Los paseantes se vuelven y saludan a los marines;

algunos les lanzan besos. Los invitados de una boda descienden la escalinata de una iglesia y atraviesan el bulevar hasta el rompeolas, donde se harán las fotos bajo la luz color melocotón de la puesta de sol. Los hombres visten ligeras camisas filipinas de fantasía, o uniformes del ejército de los Estados Unidos. Las mujeres llevan espectaculares vestidos largos. Los marines les gritan y les silban y las mujeres se giran, recogiéndose ligeramente las faldas para no caerse, y saludan con entusiasmo. Los marines se marean y prácticamente se caen por la borda.

A medida que el barco entra en el puerto, un banco de peces en forma de media luna surge del mar. Se aleja como una duna golpeada por el viento. Los peces son plateados y tienen forma de hojas. Cada uno de ellos golpea el agua con un sonido metálico, y los ruidos se entremezclan y resuenan como un desgarro. El creciente se desliza bajo un embarcadero, fluye en torno a los postes y desaparece entre las sombras.

Manila, la Perla de Oriente, primeras horas de un domingo por la noche, el 7 de diciembre de 1941. En Hawai, al otro lado del meridiano, apenas ha pasado la medianoche. Bobby Shaftoe y sus camaradas tienen unas pocas horas de libertad. La ciudad es moderna, próspera, habla inglés y es cristiana, de lejos la ciudad más rica y avanzada de Asia, prácticamente como estar de vuelta en Estados Unidos. A pesar de todo su catolicismo, tiene zonas que parecen haber sido diseñadas, desde sus mismos cimientos, siguiendo las especificaciones de marineros cachondos.

Llegas a esas partes de la ciudad girando a la derecha justo cuando tus pies tocan la tierra firme.

Bobby Shaftoe gira a la izquierda, se excusa amablemente ante una legión de prostitutas excitadas que pasan junto a él, y fija su curso entre las altas paredes de Intramuros. Se detiene sólo para comprar un ramo de rosas a un vendedor ambulante en el parque. El parque y los muros que se alzan sobre él están atestados de amantes que pasean, los hombres vistiendo en su mayoría uniformes y las mujeres con vestidos recatados pero impresionantes, haciendo girar los parasoles que llevan apoyados en los hombros.

Un par de tipos que conducen taxis tirados por caballos insisten en hacer negocios con Bobby Shaftoe, pero éste los rechaza. Un taxi no haría más que llevarle a su destino más aprisa, y se siente demasiado nervioso para darse prisa. Atraviesa una puerta en un muro y llega a la antigua ciudad española.

Intramuros es un laberinto de paredes de piedra dorada que se elevan bruscamente entre calles estrechas. Las ventanas de los primeros pisos a lo largo de las aceras están protegidas por enrejados negros. Los barrotes se ondulan, giran y finalizan en elegantes brotes con forma de hojas. Las segundas plantas sobresalen, exhibiendo lámparas de gas que ahora mismo están siendo encendidas por sirvientes con largos palos humeantes. De las ventanas surgen sonidos de risas y música, y cuando pasa junto a los arcos que se abren a los patios interiores, puede oler las flores de los jardines.

Ni de coña es capaz de distinguir una calle de otra. Recuerda que el nombre de la calle es Magallanes, porque Glory le explicó en una ocasión la referencia. Y recuerda la vista de la catedral desde la ventana de los Pascual. Vagabundea por la manzana un par de veces, convencido de que está cerca. Entonces oye una exaltación de risas de muchachas que vienen de una ventana del segundo piso, y se dirige hacia ella como una medusa absorbida por una tubería de entrada. Lo recuerda. Aquél es el sitio. Las chicas intercambian cotilleos, en inglés, sobre una de sus profesoras. No distingue la voz de Glory, pero cree oír su risa.

—¡Glory! —dice. Más fuerte a continuación. Si le han escuchado, no le han prestado atención. Al fin, toma fuerza y lanza el ramo como si fuese una granada sobre la baranda de madera, atravesando el hueco entre los postigos de madreperla, que entra en la habitación.

Un milagroso silencio desde el interior, y luego un vendaval de risas.

Los postigos de nácar se abren con lenta y angustiosa timidez. Una muchacha de diecinueve años sale al balcón. Viste el uniforme de una estudiante de enfermería. Tan blanco como la luz de las estrellas sobre el Polo norte. Se ha soltado el largo pelo negro para cepillárselo, y se agita lánguido con la brisa nocturna. Los restos de luz rosada de la puesta de sol hacen que su rostro resplandezca como carbón ardiendo. Durante un segundo se esconde tras el ramo, hunde la nariz en él, aspira profundamente, mirándole sobre las flores con los ojos negros. A continuación, hace descender el ramo lentamente para mostrar sus altos pómulos, su menuda y perfecta nariz, la fantástica escultura de sus labios, y los dientes, blancos pero atractivamente torcidos, apenas visibles. Sonríe.

—Jesús H. Cristo —dice Bobby Shaftoe—, tus mejillas son como un puñetero quitanieves.

Ella se lleva un dedo a los labios. El gesto de algo tocando los labios de Glory atraviesa el pecho de Shaftoe con una lanza invisible. Glory lo

mira durante un rato, hasta que su mente tiene la certeza de que posee la atención del muchacho y que no va a irse a ningún sitio.

A continuación se da la vuelta. La luz roza su trasero, sin mostrar nada, pero sugiriendo una hendidura. Entra de nuevo y los postigos se cierran tras ella.

De pronto, la habitación llena de chicas se queda en silencio, exceptuando el murmullo ocasional de la risa contenida. Shaftoe se muerde la lengua. Lo están jodiendo todo. El señor y la señora Pascual notarán el silencio y sospecharán.

Resuena el hierro y se abre una gran puerta. El mozo le indica que pase. Shaftoe sigue al anciano por el oscuro y arqueado túnel de la cochera.

Las duras suelas de sus relucientes zapatos negros resbalan sobre el empedrado. Un caballo del establo relincha al oler su loción para después del afeitado. Desde el rincón del mozo se propaga una suave melodía norteamericana, música de baile emitida por la estación de las Fuerzas Armadas.

Parras en flor crecen sobre las paredes del patio. Es un mundo ordenado, tranquilo y cerrado, casi como estar en el interior. El mozo le señala en dirección a una de las escaleras que llevan al segundo piso. Glory lo llama el entresuelo y dice que en realidad es un piso encajado entre uno y otro, pero a Bobby Shaftoe le parece normal y corriente. Sube los escalones y levanta la vista para descubrir al señor Pascual, un pequeño hombre calvo con gafas y un diminuto bigote bien recortado. Viste una camisa de mangas cortas, de estilo americano, pantalones caqui, zapatillas, y sostiene una copa de San Miguel en una mano y un cigarrillo en la otra.

—¡Soldado Shaftoe! Bienvenido-dice.

Vaya. Glory ha decidido que en esta ocasión es mejor seguir las reglas.

Se ha informado a los Pascual. Ahora, entre Bobby Shaftoe y la chica se interponen varias horas de charla social. Pero un marine nunca se desconcierta ante los reveses.

—Le pido perdón, señor Pascual, pero ahora soy cabo.

El señor Pascual se mete el cigarrillo en la boca y da la mano a Shaftoe.

—¡Bien, felicidades! La semana pasada vi a tu tío Jack. Creo que no tenía ni idea de que ibas a volver.

—Ha sido una sorpresa para todos, señor —dice Bobby Shaftoe.

Ahora se encuentran en un pasillo elevado que da la vuelta al patio. En el primer piso sólo habitan los animales y los sirvientes. El señor Pascual lo lleva hasta la puerta que da entrada al entresuelo. Allí las paredes son de piedra basta y los techos simples tablas pintadas. Atraviesan una oscura y sombría oficina donde el padre y el abuelo del señor Pascual solían recibir a los capataces de las haciendas y plantaciones familiares. Durante un momento, Bobby Shaftoe siente renacer la esperanza. Ese piso tiene algunas habitaciones que en los viejos días eran apartamentos para los sirvientes de alto nivel, tíos solteros y tías solteronas. Ahora que el negocio de la hacienda ya no es lo que era, los Pascual los alquilan a las estudiantes.

Quizás el señor Pascual lo esté llevando directamente a Glory.

Pero acaba igual que todas las ilusiones estúpidas y calentonas cuando Shaftoe se encuentra al pie de una gran escalera de madera de nara pulida.

En lo alto puede ver un techo de estaño prensado, candelabros y la imponente superestructura de la señora Pascual, contenida en el interior de un impresionante corpino que parece concebido por un ingeniero naval.

Suben por la escalera hasta la antesala, que según Glory es estrictamente para visitantes fortuitos e inesperados, pero es más elegante que cualquier otra habitación que Bobby Shaftoe haya visto. Por todas partes hay grandes jarrones y vasijas, supuestamente antiguas y supuestamente de Japón y China. Corre una brisa fresca; mira por la ventana y ve, cuidadosamente enmarcada, la cúpula verde de la catedral y la cruz celta en lo alto, justo como la recordaba. La señora Pascual tiende la mano y Shaftoe la agarra.

—Señora Pascual —dice—, gracias por recibirme en su casa.

—Por favor, siéntese —dice ella—, queremos oírlo todo.

Shaftoe se sienta en una silla elegante cerca del piano, se ajusta un poco los pantalones para no atrapar su pene en erección, y comprueba su afeitado. Probablemente todavía valdrá durante unas horas. Se oye pasar un escuadrón. La señora Pascual da instrucciones a la sirvienta en tagalo.

Shaftoe examina los cortes secos de sus nudillos y se pregunta si la señora Pascual tiene la más mínima idea de lo que pasaría si realmente se lo contase todo. Quizás una pequeña anécdota sobre el combate mano a mano con los piratas fluviales chinos en las orillas del Yangtzé serviría para romper el hielo. Por entre una puerta y al final de un pasillo puede ver una esquina de la capilla familiar, todo arcos góticos, un altar dorado y frente a él un reclinatorio gastado por las rótulas de la señora Pascual.

Se sacan cigarrillos, amontonados en un gran caja lacada como obuses de artillería en un cajón. Beben té y charlan sobre banalidades durante lo que parecen unos treinta y seis minutos. La señora Pascual quiere que le garanticen una y otra vez que todo va bien y que no habrá guerra. Es evidente que el señor Pascual cree que la guerra está a la vuelta de la esquina, y se limita a preocuparse. Los negocios han ido bien últimamente.

Él y Jack Shaftoe, el tío de Bobby, han estado pasando muchas cosas entre Manila y Singapur. Pero opina que los negocios pronto irán mal.

Aparece Glory. Se ha quitado el uniforme de estudiante y se ha puesto un vestido. Bobby Shaftoe casi se cae por la ventana. La señora Pascual vuelve a presentarlos formalmente. Bobby Shaftoe besa la mano de Glory en lo que considera que probablemente sea un gesto muy galante. Se alegra de haberlo hecho, porque Glory lleva en la palma de la mano una nota que acaba en la suya.

Glory se sienta y como es debido se le asigna su propia taza de té.

Otra eternidad de charla insustancial. El señor Pascual le pregunta por octogésima séptima vez si ya ha hablado con el Tío Jack, y Shaftoe reitera que literalmente acaba de bajar del barco y que ciertamente verá al Tío Jack mañana por la mañana. Se excusa para ir al baño, que es un viejo sistema de dos agujeros montado sobre unos pozos profundos que deben descender hasta el mismísimo infierno. Desdobla y lee la nota de Glory, memoriza las instrucciones, la rompe y arroja los trochos por el hueco.

La señora Pascual concede a los dos jóvenes amantes toda una media hora de «intimidad», lo que significa que los Pascual abandonan la habitación y regresan cada cinco minutos para ver cómo están. Se produce una ceremonia de despedida dolorosamente elaborada y larga que termina con Shaftoe de vuelta en la calle y Glory diciéndole adiós desde el balcón.

Media hora más tarde, hacen judo con las lenguas en el interior de un taxi tirado por caballos que galopa sobre el empedrado en dirección hacia los clubes nocturnos de Malate. La extracción de Glory de la residencia Pascual era algo sencillo para un marine de China totalmente decidido y un escuadrón de descaradas estudiantes de enfermería.

Pero Glory debe estar besándole con los ojos abiertos, porque de pronto se aparta de él con agilidad y le dice al taxista:

—¡Deténgase! ¡Por favor, deténgase, señor!

—¿Qué pasa? —dice Shaftoe desconcertado.

Mira a su alrededor y no ve nada excepto una inmensa y vieja iglesia de piedra que se alza muy por encima de ellos. La imagen le produce un incipiente ataque de pánico. Pero la iglesia está a oscuras, no hay filipinas vestidas de largo, ni marines en uniforme de gala, no puede ser su boda.

—Quiero mostrarte algo —dice Glory, mientras baja del taxi.

Shaftoe se ve obligado a perseguirla hasta el lugar en cuestión; la iglesia de San Agustín. Ha pasado frente a ese montón de piedras en muchas ocasiones, pero nunca se le había ocurrido que entraría en ella algún día… durante una «cita».

Ella se encuentra al pie de una enorme escalera y dice:

—¿Ves?

Shaftoe levanta la vista y mira a la oscuridad, pensando que debe haber una vidriera o dos allá en lo alto, quizás una Laceración de Cristo o un Empalamiento del Bendito Tórax, pero…

—Abajo —dice Glory, y golpea un pie en miniatura contra el primer escalón. Se trata de un único, grande, inmenso y enorme bloque de granito.

—Parece, en mi estimación, que ahí hay diez o veinte toneladas de roca —dice con autoridad.

—Vino de México.

—¡Ah, vaya!

Glory le sonríe.

—Llévame escaleras arriba.

Y por si Shaftoe estuviese considerando negarse, se arroja en sus brazos, y él no tiene más remedio que sostenerla. Le agarra el cogote con los brazos, para acercar mejor su cara a la de él, pero lo que Shaftoe recuerda es la sensación de la manga de seda sobre la piel del cuello recién afeitada. Comienza el ascenso. Glory no pesa mucho, pero después de cuatro escalones Shaftoe ha empezado a sudar ligeramente. Ella lo observa a diez centímetros de distancia, buscando signos de fatiga, y Shaftoe nota que se ruboriza. Es una suerte que toda la escalera esté iluminada simplemente por unas dos velas. Hay un encantador busto de Jesús coronado de espinas con largas gotas de sangre paralelas que descienden por su rostro, y a la derecha…

—Estas gigantescas piedras fueron extraídas de México, hace muchos, muchos siglos, antes de que los americanos tuviesen un país. Fueron traídas

en las bodegas de los galeones de Manila, como lastre. —Al pronunciarlo destaca las eses y la erres.

—Vaya por Dios.

—Cuando los galeones llegaban, sacaban las piedras, una a una, de su interior y las traían aquí, a la iglesia de San Agustín, para apilarlas. Cada piedra sobre la piedra del año anterior. Hasta que, al fin, después de muchos, muchos años, la escalera quedó terminada.

Después de un rato, a Shaftoe le parece que va a necesitar al menos el mismo número de años para llegar a lo alto de aquella maldita cosa. La parte superior está adornada con un Jesús de tamaño natural cargando con una cruz que parece al menos tan pesada como los escalones. Por tanto,

¿quién puede quejarse? Luego Glory dice:

—Ahora bájame, para que recuerdes la historia.

—¿Crees que soy un borracho cachondo incapaz de recordar una historia a menos que haya una chica bonita de por medio?

—Sí —dice Glory, y se ríe en su cara.

El la lleva de vuelta abajo. A continuación, antes de que ella se salga por cualquier otra tangente, la lleva directamente a la puerta y la sube al taxi.

Bobby Shaftoe no es de los que pierden la calma en el calor de la acción, pero para él el resto de la velada es un confuso sueño febril. Sólo unas pocas impresiones penetran en la neblina: apearse del taxi frente a un hotel del paseo marítimo; todos los otros tíos mirando boquiabiertos a Glory; Bobby Shaftoe mirándoles a ellos, amenazando con enseñarles buenos modales. Bailes lentos con Glory en el salón de baile, el muslo cubierto de seda de Glory deslizándose gradualmente entre sus piernas, su cuerpo firme presionando el suyo cada vez con mayor fuerza. Caminar por el rompeolas, cogidos de la mano, bajo las estrellas. Notar que la marea está baja. Intercambiar miradas. Llevarla en brazos hasta la delgada franja de playa rocosa.

Para cuando empiezan a follar de verdad, ya ha perdido la conciencia, y se encuentra en un sueño fantástico y libidinoso. Él y Glory follan sin la menor vacilación, sin ninguna duda, sin la más mínima inquietud en la mente. Sus cuerpos se han fundido espontáneamente, como un par de gotas que corren juntas por una ventana. Si él piensa en algo, es que toda su vida ha culminado en ese momento. Su infancia en Oconomowoc, la noche de

graduación del instituto, la caza del ciervo en la Península superior, el campo de entrenamiento de la isla de Paris, todas las peleas y reyertas en China, su duelo con el sargento Frick, son la madera tras la punta de la lanza.

Se oyen sirenas en algún sitio. Del susto recupera la conciencia.

¿Lleva allí toda la noche, sosteniendo a Glory contra el rompeolas, con los muslos de ella alrededor de su cintura? No puede ser posible. La marea no ha subido nada.

—¿Qué pasa? —pregunta Glory.

Tiene las manos alrededor del cuello de Bobby. Las suelta y las baja hasta el pecho.

Todavía sosteniéndola, con las manos formando un cabestrillo bajo su culo cálido y perfecto, Shaftoe se separa del rompeolas y se vuelve hacia la playa, mirando al cielo.

Ve reflectores que comienzan a encenderse. Y no se trata de un estreno de Hollywood.

—Es la guerra, cariño.

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