Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Neal Stephenson · Capítulo 20 de 37

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Criptonomicon I, El Codigo Enigma

En el aire

Cualquier medio que sirva para transportar ganado, Bobby Shaftoe lo ha probado: furgones, camiones, marchas forzadas campo a través. Los militares han conseguido inventar el equiváleme aéreo en la forma del Avión del Millar de nombres: DC—3, Sky-train, C—47, Lransporte Dakota, Gooney Bird. Sobrevivirá. Las costillas de aluminio expuestas del fuselaje intentan darle una paliza de muerte, pero siempre que consiga permanecer despierto, puede esquivarlas.

Los soldados están embutidos en el otro avión. El teniente Ethrid-ge y Root están en éste, junto con el soldado de primera Gerald Hott y el sargento Bobby Shaftoe. El teniente Ethridge reclamó su derecho sobre todos los objetos blandos del avión, los dispuso formando un refugio, cerca de la cabina del piloto, y se ató. Durante un rato fingió trabajar con papeles.

Luego intentó mirar por la ventana. Ahora se ha quedado dormido y ronca con tal estruendo que, no es broma, ahoga el ruido de los motores.

Enoch Root se ha incrustado en el fondo del fuselaje, donde es más estrecho, y lee dos libros a la vez. A Shaftoe le parece típico: supone que los libros dicen cosas completamente diferentes y el capellán estará obteniendo un gran placer enfrentándolos uno contra el otro, como esos tipos que ponen un tablero de ajedrez sobre una mesa giratoria para jugar contra sí mismos. Supone que cuando vives en una choza en lo alto de una montaña rodeado por un montón de nativos que no hablan ninguna de la aproximadamente media docena de lenguas que tú conoces debes aprender a discutir contigo mismo.

Hay una fila de pequeñas ventanillas cuadradas a cada lado del avión.

Shaftoe mira por la derecha y ve montañas cubiertas de nieve y se caga de

miedo durante un momento pensando que se han perdido en los Alpes.

Pero por la izquierda, todavía aparece el Mediterráneo, y con el tiempo da paso a protuberancias parecidas a la Torre del Diablo que se elevan desde el terreno de rocas y matorral, y luego no hay más que piedras y arena, o arena sin rocas. Arena amontonada aquí y allá, sin ningún orden en particular, formando dunas. ¡Maldición, siguen en África! ¡Deberías poder ver leones, jirafas y rinocerontes! Shaftoe se adelanta para presentar una queja ante el piloto y el copiloto. Quizá puedan jugar juntos a las cartas.

Quizá desde la parte delantera del avión se vea algo que valga la pena.

A todos los efectos, es rechazado en una amarga derrota. Comprueba inmediatamente que el proyecto de encontrar algo mejor que mirar no tiene sentido. Sólo hay tres cosas en todo el universo: arena, mar y cielo. Como marine, sabe lo aburrido que es el mar. Los otros dos son algo mejores. Hay una línea de nubes por delante de ellos: un frente de algún tipo. Eso es todo lo que hay.

Obtiene una idea general del plan de vuelo antes de que retiren la carta de vuelo y la aparten de su vista. Parece que intentan sobrevolar Túnez, lo que no deja de ser curioso, porque la última vez que lo comprobó, Túnez era territorio nazi: de hecho, el sostén de la presencia del Eje en el continente africano. El plan general de hoy parece ser cortar por los estrechos entre Bizerta y Sicilia y luego dirigirse al este hacia Malta.

Todos los suministros y refuerzos de Rommel vienen desde Italia atravesando esos dos mismos estrechos, y llegan hasta Túnez o Bizerta.

Desde allí, Rommel puede atacar al este hacia Egipto o al oeste hacia Marruecos. En las semanas que han pasado desde que el Octavo Ejército Británico le dio una paliza en El-Alamein (que está mucho más al este, en Egipto), ha estado retrocediendo en dirección oeste hacia Túnez. Desde que los americanos desembarcaron en el noroeste de África, hace pocas semanas, ha estado luchando contra un segundo frente al oeste. Y Rommel lo ha estado llevando muy bien, por lo que Shaftoe ha podido deducir al escuchar los comentarios estentóreos de los noticiarios cinematográficos, tan cargados de alegría siniestra, mientras se relataban los hechos anteriores.

Todo eso significa que bajo ellos un gran número de fuerzas deberían estar extendiéndose por el Sahara a la espera de entrar en combate. Quizás incluso se esté produciendo una batalla. Pero Shaftoe no ve nada. Sólo la

línea amarilla ocasional lanzada por un convoy, una mecha de dinamita chisporroteando en medio del desierto.

Así que habla con los pilotos. Y hasta que percibe que se cruzan miradas entre sí no comprende que está pasando. Aquellos «Asesinos»

debían haber probado a matar a sus víctimas hablándoles hasta la muerte.

Jugar a las cartas está definitivamente descartado. Esos chicos ni siquiera quieren hablar. Prácticamente tiene que meterse allí y apoderarse de los mandos de control para obligarles a decir algo. Y cuando lo hacen, hablan de forma curiosa, y comprende que esos tipos no son tipos ni colegas. Son individuos. Sujetos. Camaradas. Son británicos.

El único otro detalle que aprecia en ellos, antes de rendirse y volverse a la zona de carga, es que van jodidamente armados hasta los dientes.

Como si esperasen tener que matar a veinte o treinta personas en el camino del avión a la letrina y de vuelta. Bobby Shaftoe ha conocido a algunos de esos tipos paranoicos durante su servicio, y no le gustan demasiado. Esa forma de pensar le recuerda demasiado a Guadal-canal.

Encuentra un buen sitio en el suelo cerca del cuerpo del soldado de primera Gerald Hott y se tiende. La diminuta pistola que lleva al cinto le impide tenderse de espaldas, así que se la saca y se la mete en el bolsillo.

Sólo sirve para trasladar el centro de la incomodidad al estilete de los marine raider que lleva sujeto de forma invisible entre los hombros.

Comprende que va a tener que echarse de lado, lo que no va bien porque a un lado tiene un Colt semiautomático, en el que no confía, y en el otro, su propio revólver de seis balas de casa, en el que sí confía. Así que tiene que encontrar dónde guardarlos, junto con la munición, cargadores de repuesto y suministros de mantenimiento que los acompañan. El cuchillo V—44

«Gung Ho», para abrirse paso en la jungla, partir cocos y decapitar nipos, que lleva atado en la pantorrilla izquierda, también desaparece, al igual que la Derringer que lleva en la otra pierna para mantener el equilibrio. Lo único que se queda con él son las granadas de los bolsillos delanteros, ya que no planea tenderse sobre el estómago.

Consiguen atravesar el cabo justo a tiempo para evitar ser arrastrados por la implacable marea. Frente a ellos se ve un llano lleno de barro que forma el suelo de un cala en forma de caja. Las paredes de la caja están formadas por el cabo que acaban de atravesar, otro cabo, deprimentemente similar, a unos cientos de metros, y un acantilado que se levanta en vertical desde el barro. Incluso si no estuviese cubierto por una jungla tropical

implacablemente hostil, el acantilado sellaría el acceso al interior de Guadalcanal simplemente por la caída en vertical. Los marines están atrapados en esa cala hasta que baje la marea.

Lo que da tiempo de sobra a las ametralladoras nipos para matarlos a todos.

Para entonces todos conocen ya el sonido del arma y se arrojan sobre el barro inmediatamente. Shaftoe da un vistazo rápido a su alrededor. Los marines tendidos de espaldas o de lado probablemente estén muertos, los que están apoyados sobre el estómago probablemente estén vivos. La mayoría están tendidos sobre el estómago. El sargento está evidentemente muerto; el tirador le apuntó a él primero.

El nipo o nipos sólo tienen una ametralladora, pero parecen tener toda la munición del mundo: el fruto del Expreso de Tokio, que ha estado llegando impunemente desde que Shaftoe y el resto de los marines desembarcaron en agosto. El tirador se lo toma con calma, apuntando con rapidez a cualquier marine que intente moverse.

Shaftoe se pone en pie y corre hacia la base del acantilado.

Al fin, puede ver los destellos del cañón del ñipo. Así sabe a dónde apunta. Cuando los destellos son alargados es que está apuntado a otros y es seguro ponerse en pie y correr. Cuando se acortan, está girando para apuntar a Bobby Shaftoe…

Se ha arriesgado demasiado. Siente un dolor intenso en la parte baja derecha del abdomen. El grito de dolor es apagado por el barro y cieno cuando el peso de la malla y el casco lo lanzan de cabeza al suelo.

Quizá pierde la conciencia durante un rato. Pero no puede ser demasiado tiempo. El fuego continúa, lo que implica que no todos los marines están muertos. Shaftoe levanta la cabeza con dificultad, luchando contra el peso del casco, y ve un tronco que le separa de la ametralladora; un trozo de madera arrojado a la playa por la tormenta.

Puede correr hacia él o no. Decide correr. Está sólo a unos pasos.

Comprende, a medio camino, que va a conseguirlo. Al fin fluye la adrenalina; se lanza con fuerza y cae en el refugio del gran tronco. Media docena de balas se hunden al otro lado, y arrojan sobre su cabeza una ducha de astillas fibrosas y húmedas. El tronco está podrido.

Shaftoe se ha metido en una especie de agujero, y no puede ver ni adelante ni atrás sin exponerse. No puede ver a los otros marines, sólo

oírles gritar.

Se arriesga a echar un vistazo al nido de la ametralladora. Está bien oculto por la vegetación de la jungla, pero evidentemente situado en una cueva a unos veinte pies sobre el llano. Él no está tan lejos de la base del acantilado: podría alcanzarlo con otra carrera. Pero trepar hasta allí sería un suicidio. Probablemente la ametralladora no pudiese apuntarle, pero pueden lanzarle granadas hasta el día del juicio final o, simplemente, acabar con él con armas pequeñas cuando intente sujetarse.

Es, en otras palabras, hora de lanzar las granadas. Shaftoe se pone de rodillas, saca un tubo con rebordes de su bolsa de malla, lo apoya sobre el bozal. Intenta fijarlo, pero no puede girar la tuerca con las manos ensangrentadas. ¿A qué listillo se le ocurrió usar una puta tuerca en ese contexto? No tiene sentido preocuparse de eso ahora. En realidad, hay sangre por todas partes, pero no siente dolor. Pasa los dedos por el suelo, los llena de arena y aprieta la tuerca.

De la bolsa tan práctica sale una granada de fragmentación Mark II, conocida también como la pina, y con algo más de búsqueda, saca el Adaptador de Proyección de Granadas, MI. Mete la anterior en este último, saca el seguro, lo deja caer, y luego desliza el Adaptador de Proyección de Granadas, Mi, armado y preparado, con su carga de fruta, sobre el tubo del lanzagranadas. Al fin: abre una caja de cartuchos especialmente marcada, busca entre Lucky Strikes rotos y doblados, encuentra un cilindro, un cartucho de munición sin carga, doblado en el extremo pero sin una bala de verdad. Carga algunos en la recámara del Springfield.

Se desliza junto al tronco para poder salir y disparar desde un punto inesperado de forma que no le arranquen la cabeza con la ametralladora.

Finalmente levanta el dispositivo del profesor Franz de Copenhague en que se ha convertido su Springfield, clava la culata en la arena (en el modo lanzagranadas el retroceso te rompería la clavícula).

Apunta hacia el enemigo y le da al gatillo. El Adaptador de Proyección de Granadas, MI desaparece con un estallido terrible, dejando un rastro de piezas de ferretería ahora inútiles, como un alma que deja atrás su cuerpo. La pina se eleva hacia el cielo, dejando atrás incluso el mecanismo de seguridad, con el detonador químico ardiendo por lo que incluso tiene, cómo lo diría, una luz interior. Shaftoe ha apuntado bien. y la granada se dirige a dónde pretendía. Cree que es muy listo… hasta que la granada rebota, baja dando botes por el acantilado y vuela otro tronco

podrido. Los nipos ya habían anticipado el plan de Bobby Shaftoe, por lo que han tendido una red o tela metálica.

Descansa con la espalda en el barro, mirando al cielo, repitiendo la palabra «joder» una y otra vez. El tronco se agita como un todo, y algo similar a turba le llueve sobre la cara mientras las balas acaban con la madera podrida. Bobby Shaftoe dirige una plegaria al Todopoderoso y se prepara para una carga banzai.

Y entonces, el enloquecedor sonido de la ametralladora se detiene, reemplazado por el grito de un hombre. No reconoce la voz. Shaftoe se apoya en los codos y comprende que el grito viene de la cueva.

Levanta la vista y ve los enormes ojos azules de Enoch Root.

El capellán ha dejado el rincón al fondo del avión y está en cuclillas cerca de una de las ventanillas, sujetándose a lo que puede. Bobby Shaftoe, que se ha movido hasta quedar en una postura incómoda sobre el estómago, mira por la ventana del lado opuesto del avión. Debería poder ver el cielo, pero en lugar de eso ve cómo pasa una duna. La imagen le produce náuseas instantáneas. Ni siquiera considera la idea de sentarse.

Puntos de luz brillante surcan como locos el interior del avión, como rayos, pero —y al principio no es demasiado evidente— proyectados contra la pared del avión, como rayos de linternas. Sigue los rayos, aprovechándose de la ligera neblina de fluido hidráulico vaporizado que ha empezado a acumularse en el aire, y descubre que tienen su origen en una serie de pequeños agujeros circulares que algún cabrón ha perforado en la piel del avión mientras él dormía. El sol penetra por esos agujeros, siempre, claro, en la misma dirección; pero el avión se mueve hacia todos lados.

Comprende que ha estado tendido en el techo del avión desde que se despertó, lo que explica por qué está tendido sobre el estómago. Al comprenderlo, vomita.

Los puntos brillantes desaparecen. Muy, muy renuentemente, Shaftoe se atreve a mirar por la ventana y sólo ve gris.

Ahora cree estar en el suelo. En cualquier caso, está junto al cadáver, y el cadáver estaba atado.

Se queda tendido durante unos minutos, respirando y pensando. El aire silba al entrar por los agujeros del fuselaje, con estruendo suficiente para romperle la cabeza.

Alguien —sin duda, un demente— está de pie y se mueve por el avión. No es Root, que se encuentra en su rincón tratando una serie de laceraciones faciales que recibió durante las acrobacias aéreas. Shaftoe levanta la vista y ve que el hombre en movimiento es uno de los pilotos británicos.

El británico se ha quitado lo que llevaba en la cabeza para dejar al descubierto un pelo negro y ojos verdes. Tiene treinta y tantos años, un viejo. Un rostro huesudo y práctico en el que los diversos bultos, protuberancias y orificios parecen estar allí por alguna razón, una cara diseñada por el mismo tío que diseña lanzagranadas. Un rostro simple y de fiar, ni de lejos guapo. Está arrodillado junto al cadáver de Gerald Hott y lo examina al detalle con una linterna. Es la viva imagen de la preocupación; sus cuidados a los enfermos son intachables.

Finalmente se apoya en la estructura del fuselaje.

—Gracias a Dios —dice—, no le han dado.

—¿ A quién? —dice Shaftoe.

—A este tipo —dice el piloto, golpeando al cadáver.

—¿Y no va a examinarme a mí?

—No es necesario.

—¿Por qué no? Yo sigo vivo.

—No le dieron —dice el piloto con toda confianza—. Si le hubiesen dado, tendría el aspecto del teniente Ethridge.

Por primera vez, Shaftoe se atreve a moverse. Se apoya sobre un codo y descubre que el suelo del avión está manchado de un fluido rojo.

Había notado una neblina rosa en la cabina, y había supuesto que era producto de un escape de fluido hidráulico. Pero el sistema hidráulico parece estar perfectamente y lo que hay en el suelo no es un derivado del petróleo. Es el mismo fluido rojo que aparecía tan prominentemente en la pesadilla de Shaftoe. Fluye desde el cómodo nido del teniente Ethridge, y el teniente ya no ronca.

Shaftoe contempla lo que queda de Ethridge, que se parece extraordinariamente a lo que estaba tirado por la carnicería esa misma mañana. No desea perder la compostura en presencia de un piloto británico, y en realidad, siente una extraña calma. Quizá sean las nubes; los días nublados siempre le han resultado tranquilizadores.

—Santo Dios —dice al fin—, la veinte milímetros de los teutones es algo increíble.

—Cierto —dice el piloto—, tenemos que dejarnos ver por un convoy y luego proceder con la entrega.

A pesar de lo críptico que suena, es la afirmación más informativa que Bobby haya oído nunca sobre las intenciones del Destacamento 2702. Se pone en pie y sigue al piloto hasta la cabina, ambos esquivando con delicadeza varios menudillos que presumiblemente han salido de Efhridge.

—Se refiere a un convoy aliado, ¿no? —pregunta Shaftoe.

—¿Un convoy aliado? —pregunta el piloto con burla—. ¿Dónde coño vamos a encontrar un convoy aliado? Estamos en Túnez.

—Bien, entonces, ¿qué ha querido decir con eso de dejarnos ver por un convoy? Quiere decir que vamos a ver un convoy, ¿no?

—Lo siento mucho —dice el piloto—, estoy ocupado.

Al darse la vuelta, encuentra al teniente Enoch Root de rodillas junto a un trozo relativamente grande de Ethridge, registrando el maletín de éste.

Shaftoe compone un gesto de exagerada indignación moral y le señala con el dedo de la culpa.

—Mire, Shaftoe —grita Root—, me limito a seguir órdenes. Ocupar su puesto.

Saca un paquete pequeño, todo envuelto en un plástico grueso y amarillento. Lo examina, levanta la vista y mira reprobatoriamente a Shaftoe una vez más.

—¡Era un puto chiste! —dice Shaftoe—. ¿Recuerda? ¿Cuando creí que esos tipos saqueaban los cadáveres? ¿En la playa?

Root no se ríe. O está muy cabreado porque Shaftoe consiguiese engañarle, o no le gustan las bromas sobre el saqueo de cadáveres. Root lleva el paquete hasta el otro cuerpo, el que lleva el traje de goma. Mete el paquete en el traje.

A continuación se pone en cuclillas junto al cuerpo y cavila. Cavila durante mucho tiempo. A Shaftoe le parece que le gusta ver a Enoch cavilar, que es como observar a una bailarina exótica agitar las tetas.

La luz vuelve a cambiar al descender de las nubes. El sol se está poniendo, brillando rojizo por entre la neblina del Sahara. Shaftoe mira por una ventana y se sorprende al ver que ahora están sobre el mar. Por debajo hay un convoy de barcos, cada uno de ellos marcando una V perfecta y

blanca sobre las aguas oscuras, cada uno iluminado a un costado por el sol rojo.

El aeroplano vira y da un lento giro alrededor del convoy. Shaftoe oye el sonido distante de los disparos. Flores negras estallan y se disuelven en el cielo a su alrededor. Comprende que los barcos intentan acertarles con fuego antiaéreo. Después el avión se eleva una vez más hacia el refugio de las nubes, y la oscuridad es casi completa.

Mira a Enoch Root por primera vez en un buen rato. Éste vuelve a estar sentado en el rincón, leyendo con ayuda de una linterna. Tiene desplegados sobre el regazo un montón de papeles. Es el montón envuelto en plástico que Root sacó del maletín de Ethridge y metió en el traje de Gerald Hott. Shaftoe supone que el encuentro con el convoy y el fuego antiaéreo ha superado a Root y que volvió a sacar el paquete para echarle un vistazo.

Root levanta la vista y mira a Shaftoe a los ojos. No parece sentirse nervioso, ni culpable. Se muestra llamativamente calmado y tranquilo.

Shaftoe sostiene la vista durante un momento. Si hubiese la más mínima muestra de nerviosismo o culpa, denunciaría al capellán como espía alemán. Pero no la hay; Enoch Root no trabaja para los alemanes.

Tampoco trabaja para los aliados. Trabaja para un Poder Superior. Shaftoe asiente imperceptiblemente, y la mirada de Root se suaviza.

—Están todos muertos, Bobby —le grita.

—¿Quiénes?

—Los isleños. Los que viste en la playa de Guadalcanal.

Así que eso explica por qué a Root le molestan tanto las bromas sobre saqueadores de cadáveres.

—Lo lamento —dice Shaftoe, acercándose para no tener que gritarse

—. ¿Cómo sucedió?

—Después de que volviésemos a mi cabaña, envié un mensaje a los jefes en Brisbane —dice Root—. Lo cifré usando un código especial. Les conté que había recogido a un marine raider, que parecía que podría sobrevivir, y que si podrían venir por favor a recogerlo.

Shaftoe asiente. Recuerda haber oído muchos puntos y rayas, pero entre la fiebre, la morfina y los remedios caseros que Root le había administrado no se enteraba de mucho.

—Bien, respondieron —siguió contando Root—, diciendo: «No podemos ir hasta allí, pero tple importaría llevarlo a tal y tal sitio y encontrarse allí con otros marines raiders?» Lo que, como recordarás, es lo que hicimos.

—Sí-dijo Shaftoe.

—Hasta aquí bien. Pero cuando regresé a la cabaña después de entregarte, los nipones habían pasado por allí. Habían matado a todos los isleños que pudieron encontrar. Quemaron la cabaña. Lo quemaron todo.

Pusieron tantas trampas por todas partes que casi me matan. Apenas salí vivo de allí.

Shaftoe asiente, como sólo puede asentir alguien que ha visto a los nipos en acción.

—Me evacuaron a Brisbane, donde comencé a dar la lata con respecto a los códigos. Ésa era la única forma en que pudieron encontrarme; era evidente que habían roto el código. Y después de dar bastante la lata, aparentemente alguien dijo: «Eres británico, eres un sacerdote, eres médico, puedes manejar un rifle, conoces el código Morse, y lo más importante de todo, eres un jodido incordio… ¡así que fuera!» Y lo siguiente que sé es que me encuentro en Argel dentro de un contenedor de carne.

Shaftoe aparta la vista y asiente. Root parece comprender el mensaje, que es que Shaftoe no sabe nada más de lo que ya sabe él.

Con el tiempo, Enoch Root vuelve a rehacer el paquete, dejándolo tal y como estaba. Pero no lo vuelve a colocar en el maletín. Lo mete en el traje de goma de Gerald Hott.

Más tarde vuelven a salir de entre las nubes, cerca de un puerto iluminado por la luna, y bajan hasta estar muy cerca del océano, yendo tan lento que incluso Shaftoe, quien no sabe nada sobre aviones, siente que están a punto de calar el motor. Abren la puerta lateral del Dakota y, uno-dos-tres-AHORA, lanzan el cuerpo del soldado de primera Gerald Hott al océano. Produce lo que sería una buena rociada en la piscina municipal de Oconomowoc, pero que en el océano no se nota demasiado.

Más o menos una hora más tarde, aterrizan el mismo Gooney Bird en una pista de aterrizaje en medio de un asombroso bombardeo aéreo.

Abandonan el Skytrain en medio de la pista, cerca del otro C—47, y corren por entre la oscuridad, siguiendo a los pilotos británicos. Luego bajan por

una escalera y se encuentran bajo tierra; en un refugio, para ser exactos.

Ahora pueden sentir las bombas, pero no oírlas.

—Bienvenidos a Malta —dice alguien.

Shaftoe mira a su alrededor y ve que está rodeado por hombres vestidos con uniformes británicos y americanos. Los americanos le resultan conocidos: es el pelotón de marine raiders de Argel, que han venido volando en el otro Dakota. Los británicos le son desconocidos, y Shaftoe supone que son los hombres del SAS de los que le hablaron los tipos en Washington. Lo único que todos tienen en común es que cada hombre, en algún lugar de su uniforme, lleva el número 2702.

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