Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Neal Stephenson · Capítulo 22 de 37

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Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Ultra

Lawrence Pritchard Waterhouse entra en combate armado con un tercio de hoja de papel británico sobre el que han escrito algunas palabras que lo identifican como un pase para Bletchley Park. Algún oficial de clase alta ha escrito con su Mont Blanc su nombre y algunas otras cosas, las palabras TODAS LAS SECCIONES están rodeadas con un círculo, y está sellado, convertido en un beso de puta borroso con total despreocupación, lo que indica mayor Autoridad y Poder que la engañosa claridad de un falsificador.

Encuentra el camino alrededor de la Mansión hasta el sendero estrecho situado entre aquella y la hilera de garajes de ladrillo rojo (o establos, como sería probable que los llamasen sus abuelos). Le parece un lugar más que agradable para fumarse un cigarrillo. El camino está bordeado de árboles, toda una barrera. El sol se está poniendo. Todavía está lo suficientemente alto para atravesar cualquier pequeño defecto que pueda encontrar en el perímetro defensivo del horizonte, por lo que rayos rojos le golpean sorprendentemente en los ojos mientras pasea de un lado a otro.

Sabe que uno de ellos está atravesando de forma invisible el aire situado a varios pies sobre su cabeza, porque está traicionando una antena: un trozo de cable de cobre extendido desde la pared de la Mansión hasta un ciprés cercano. Refleja la luz exactamente de la misma forma que la fibra de la tela de araña con la que Waterhouse jugueteaba.

El sol se ocultará pronto; ya es de noche en Berlín, así como en la mayoría del imperio infernal que Hitler ha construido desde Calais hasta el Volga. Es hora de que los operadores de radio inicien su trabajo. La radio, en general, no dobla las esquinas. Lo que puede ser un verdadero problema

cuando estás conquistando el mundo, que tiene el inconveniente de ser esférico, lo que sitúa a la mayor parte de tus unidades militares activas más allá del horizonte. Pero si empleas ondas cortas, puedes hacer rebotar la información en la ionosfera. Funciona mucho mejor cuando el sol no está en el cielo, llenando la atmósfera con ruido de banda ancha. Por tanto, los radiotelegrafistas, y la gente que los escucha a escondidas (lo que los británicos llaman el Servicio Y) son, por igual, seres nocturnos.

Como Waterhouse acaba de comprobar, la Mansión tiene un par de antenas. Pero Bletchley Park es una araña enorme y voraz que requiere para su alimentación de una red del tamaño de una nación. Ha visto pruebas suficientes, como los cables negros que trepan por las paredes de la Mansión y el olor y el zumbido de la congregación de teletipos, para saber que la red está al menos parcialmente compuesta de cables de cobre. Otra parte de la red está fabricada con materiales más bastos como asfalto y cemento.

La puerta se abre de par en par y un hombre montado en una motocicleta penetra en el sendero, bombardeando con los dos cilindros de la máquina; el ruido hiere la nariz de Waterhouse al pasar a su lado.

Waterhouse lo sigue durante un tiempo, pero le pierde la pista después de unas cien yardas. Es aceptable; pronto llegarán más, a medida que el sistema nervioso de la Wehrmacht se despierte y el Servicio Y reciba sus señales.

El motociclista pasó a través de una pintoresca puerta que une dos edificios viejos. La puerta tiene en la parte alta una cúpula con una veleta y un reloj. Waterhouse la atraviesa y se encuentra en un patio cuadrado que evidentemente se remonta a cuando Bletchley Park era una preciada granja de Buckinghamshire. A la izquierda continua la línea de establos. En el tejado hay frontones, ahora manchados por la mierda de los pájaros. El edificio está repleto de palomas. Justo frente a él se encuentra una encantadora casa de ladrillos Ludor, lo único que ha visto hasta ahora que no es arquitectónicamente ofensivo. A su derecha hay un edificio de una planta. Información extraña sale de ese edificio: el olor a aceite caliente de los teletipos, pero no el sonido del tecleo, sino más bien un zumbido mecánico y agudo.

Se abre una puerta en el establo y sale un hombre llevando una caja enorme, pero que evidentemente pesa poco, con un asa en la parte superior.

Del interior surge un sonido de arrullos, y Waterhouse se da cuenta de que

contiene palomas. Los pájaros del hastial no son salvajes, son palomas mensajeras. Portadoras de información, hilos en la red de Bletchley Park.

Se dirige al edificio que huele a aceite caliente y mira por la ventana.

A medida que cae la noche la luz comienza a filtrarse desde allí, lo que ofrece información a los aviones de reconocimiento alemanes, por lo que un conserje recorre el patio cerrando de un golpe las contraventanas oscuras.

Al final llega algo de información a los ojos de Waterhouse: al otro lado de la ventana hay hombres reunidos alrededor de una máquina. La mayoría de ellos lleva ropas de civil, y durante bastante tiempo han estado demasiado ocupados como para preocuparse de peines, navajas de afeitar o betún.

Los hombres están completamente concentrados en su trabajo, que está muy relacionado con la gran máquina. La máquina consiste en una gran estructura de tubos de acero, como el armazón de una cama puesto de pie. En diversas posiciones de la estructura hay tambores de metal del diámetro de un plato, de una pulgada más o menos de espesor. Han enhebrado una cinta de papel en una trayectoria desconcertantemente enrollada de tambor en tambor. Parece que se necesita una docena de yardas de cinta para enhebrar la máquina.

Uno de los hombres ha estado trabajando en una correa que va alrededor de uno de los tambores. Retrocede un poco y hace un gesto con la mano.

Otro hombre le da a un interruptor y los tambores empiezan a girar a la vez. La cinta comienza a volar por el sistema. Los agujeros perforados en la cinta llevan datos; el sistema se convierte en una mancha gris al crear la velocidad la sensación de que la cinta parece disolverse en un penacho de humo.

No, no se trata de una ilusión. De los tambores en movimiento sale humo de verdad. La cinta recorre la máquina a tal velocidad que se prende fuego ante los ojos de Waterhouse y de los hombres del interior, que la contemplan con calma, como si ardiese de una forma novedosa e interesante.

Si hay una máquina en el mundo capaz de leer los datos de una cinta a tal velocidad, Waterhouse nunca ha oído hablar de ella.

Las contraventanas negras se cierran. Justo en ese momento, Waterhouse ve fugazmente otro objeto cerca de la esquina de la habitación: unos estantes de metal en el que se almacenan, en ordenadas filas, un gran número de objetos cilíndricos.

Dos motocicletas atraviesan simultáneamente el patio, corriendo en la oscuridad con los faros apagados. Waterhouse corre tras ellas un poco, dejando atrás el pintoresco y antiguo patio y entrando en el mundo de los barracones, las nuevas estructuras construidas en los últimos dos años.

«Barracones» hace que uno piense en lugares pequeños, pero esos barracones, en su conjunto, son más parecidos a ese Pentágono que el Departamento de Guerra ha estado construyendo al otro lado del río en Washington D.C. Encarnan la necesidad básica de espacio, sin pasar por ningún tamiz de consideraciones estéticas o siquiera humanas.

Waterhouse camina hasta una intersección de caminos donde le pareció oír que las motocicletas daban un giro y se detenían, cercadas por muros de impacto. Siguiendo un impulso, trepa a lo alto del muro y se sienta. La vista desde allí no es mejor. Sabe que en los barracones que le rodean hay miles de personas trabajando, pero no ve a ninguna ni tampoco señal alguna.

Todavía sigue intentando descifrar lo que vio a través de la ventana.

La cinta se movía tan rápido que soltaba humo. No tiene sentido hacerla correr tan rápido a menos que la máquina pueda leer la información igual de rápido: transformando la secuencia de agujeros de la cinta en impulsos eléctricos.

Pero ¿por qué molestarse si esos impulsos no pueden llevarse a ningún sitio? Ninguna mente humana podría manejar un flujo de datos a esa velocidad. Ningún teletipo que Waterhouse conozca podría imprimirlos.

Sólo tiene sentido si están construyendo una máquina. Un calculador mecánico de algún tipo que pueda absorber esos datos y luego hacer algo con ellos —realizar algún cálculo— presumiblemente un cálculo relacionado con el desciframiento de códigos.

Luego recuerda la estantería que vio en la esquina, las muchas filas de cilindros grises idénticos. Vistos de frente, parecían munición. Pero eran demasiado lisos y brillantes para serlo. Esos cilindros, comprende Waterhouse, están fabricados de vidrio.

Son tubos de vacío. Cientos de ellos. Más tubos en un mismo sitio de los que Waterhouse haya visto nunca.

¡Esos hombres de la sala están construyendo una máquina de Turing!

No es de extrañar, por tanto, que acepten con tanta calma que se queme la cinta. La tira de papel, una tecnología tan antigua como las pirámides, no es más que un vehículo para un flujo de información. Cuando atraviesa la máquina, la información es abstraída, transfigurada en una estructura de puros datos binarios. Que el mero vehículo arda no tiene mayor importancia. Cenizas a las cenizas, polvo al polvo; los datos han abandonado el plano físico pasando al matemático, un universo más alto y puro donde rigen leyes diferentes. Leyes, algunas de las cuales son imperfecta y oscuramente conocidas para el doctor Alan Mathison Turing, el doctor John von Neumann, el doctor Rudolf von Hacklheber y algunas otras personas con las que Waterhouse solía relacionarse en Princeton.

Leyes sobre las que el mismo Waterhouse sabe un par de cosas.

Una vez que has llevado los datos al reino de la información pura, todo lo que hace falta es una herramienta. Los carpinteros trabajan con madera y llevan una caja con tecnología para medirla, cortarla, alisarla y unirla. Los matemáticos trabajan con información y necesitan herramientas propias.

Llevan años construyendo esas herramientas una a una. Hay, por nombrar un ejemplo, una compañía de cajas registradoras y máquinas de escribir llamada Electrical Till Corporation que fabrica una estupenda máquina de tarjetas perforadas para tabular grandes cantidades de datos. El profesor de Waterhouse en Iowa estaba tan cansado de resolver ecuaciones diferenciales una y otra vez que inventó una máquina para resolverlas automáticamente almacenando la información en un tambor cubierto de condensadores y ejecutando cierto algoritmo. Dado suficiente tiempo y suficientes tubos de vacío, puede inventarse una herramienta para sumar una columna de números, y otra para llevar inventarios, y otra para alfabetizar listas de palabras. Un negocio bien equipado podría tener una de cada: monstruos de metal reluciente con el vapor saliendo de las parrillas, marcadas con logotipos como ETC, Siemens y Hollerith, cada una ejecutando su propia labor especializada. De igual forma que un carpintero tiene una tabla de encajonar, una malletadora y un martillo de encofrador.

Turing inventó algo diferente, algo extraño y radical.

Descubrió que los matemáticos, al contrario que los carpinteros, sólo necesitarían una herramienta en su arsenal, si se tratase de la herramienta adecuada. Turing comprendió que sería posible construir una meta máquina que podría ser reconfigurada de tal forma que pudiese realizar cualquier operación que uno concebiblemente pudiese realizar con información.

Sería un dispositivo proteico que podría convertirse en cualquier herramienta que pudieses necesitar. De la misma forma que un órgano cambia a un instrumento diferente cada vez que pulsas un botón de ajuste.

Los detalles eran un poco esquemáticos. No había planos para la máquina real, más bien era un experimento mental que Turing había conjurado para resolver un problema abstracto en el mundo completamente impráctico de la lógica pura. Waterhouse lo sabe perfectamente. Pero mientras está ahí sentado en lo alto del muro de impacto en la intersección de Bletchley Park hay algo que no puede sacarse de la cabeza: la máquina de Turing, si existiese de verdad, requeriría una cinta. La cinta pasaría por la máquina. Llevaría la información que la máquina necesitaría para realizar su trabajo.

Waterhouse se queda allí sentado mirando a la oscuridad y reconstruye la máquina de Turing en la cabeza. Recuerda más detalles. La cinta, recuerda ahora, no se movería por el interior de la máquina de Turing en una dirección; cambiaría frecuentemente de dirección. Y la máquina de Turing no se limitaría a leer la cinta; sería capaz de borrar marcas y realizar otras nuevas.

Está claro que no se pueden borrar los agujeros de una cinta de papel.

Y está igualmente claro que la cinta sólo puede moverse por el interior de esa máquina de Bletchley Park en una única dirección. Por tanto, por mucho que Waterhouse odie admitir ese hecho ante sí mismo, la estantería de tubos que ha visto no es una máquina de Turing. Es un dispositivo menor; una herramienta de propósito especial como un lector de tarjetas perforadas o el aparato para resolver ecuaciones diferenciales de Atanasoff.

Aun así es mayor y más diabólicamente aterrador que cualquier cosa que Waterhouse haya visto.

Pasa el tren nocturno de Birmingham, llevando munición al mar.

Mientras el sonido muere hacia el sur, una motocicleta se acerca por la puerta principal del parque. El motor funciona en vacío mientras comprueban los papeles del conductor, luego Waterhouse oye un chasquido cuando avanza y corta por el cruce. Se pone de pie en la intersección de los

muros y observa cuidadosamente cómo la motocicleta pasa a su lado y se dirige hacia un «barracón» a un par de bloques de distancia. De pronto sale luz de una puerta abierta cuando la carga cambia de manos.

A continuación la luz muere y la motocicleta emite un prolongado restallido durante el recorrido hacia la salida del parque.

Waterhouse baja al suelo y se abre camino por la carretera en la noche sin luna. Se detiene frente a la entrada del barracón y escucha el ruido del trajín durante un minuto. A continuación, después de haber reunido coraje, se adelanta y abre la puerta de madera.

El calor es desagradable, y la atmósfera es una nauseabunda síntesis de olores de máquinas y humanos, contenidos y concentrados por las maderas clavadas en todas las ventanas. Aquí hay mucha gente, en su mayoría mujeres operando enormes máquinas de escribir eléctricas.

Aunque tiene los ojos entrecerrados, puede ver que el lugar es un filtro en funcionamiento para trozos de papel, de unas cuatro o seis pulgadas cada uno, evidentemente traídos por los motociclistas. Cerca de la puerta, han sido ordenados y apilados en canastos de malla. De allí pasan a las mujeres frente a las gigantescas máquinas.

Uno de los pocos hombres en aquel lugar se ha puesto en pie y se dirige hacia Waterhouse. Tiene más o menos su edad, es decir, veintipocos.

Viste un uniforme del ejército británico. Tiene el aire del anfitrión de una boda que desea asegurarse de que incluso el más alejado y olvidado miembro de la familia recibe el adecuado saludo. Evidentemente es tan soldado como el propio Waterhouse. No es de extrañar que todo aquello esté rodeado de tanto alambre de espinos y hombres de la RAF con ametralladoras.

—Buenas noches, señor. ¿Puedo ayudarle?

—Buenas noches. Lawrence Waterhouse.

—Harry Packard. Encantado de conocerle —pero no tiene ni idea de quién es Waterhouse; está al tanto de Ultra, pero no de Ultra Mega.

—El placer es mío. Supongo que querrá echarle un vistazo a esto. —

Waterhouse le entrega el pase mágico. Los ojos claros de Packard lo repasan cuidadosamente y luego saltan para centrase en algunos puntos de especial interés: la firma al pie, el sello manchado. La guerra ha convertido a Harry Packard en una máquina de analizar y procesar trozos de papel y en este caso realiza su trabajo con calma y sin alboroto. Se excusa, gira la

manivela de un teléfono y habla con alguien; su postura y expresión facial sugieren que se trata de alguien importante. Waterhouse no puede oír las palabras por el ruido de los chasquidos y zumbidos de las pesadas máquinas de escribir, pero ve interés y perplejidad en el rostro abierto, joven y sonrosado de Packard. Packard mira de reojo a Waterhouse un par de veces mientras escucha a la persona al otro extremo de la línea. Luego dice algo respetuoso y tranquilizador al teléfono y cuelga.

—Correcto. Bien, ¿qué le gustaría ver?

—Estoy intentado comprender de forma general el flujo de información.

—Bien, aquí estamos al principio; esto es la cabecera del río. Nuestras fuentes son el Servicio Y, operadores de radio amateurs y militares que escuchan las transmisiones de radio de los germanos y nos envían esto. —

Packard coge un trozo de papel de la alforja de un motorista y se lo pasa a Waterhouse.

Se trata de un formulario con varios recuadros. En lo alto alguien ha escrito una fecha (la de hoy) y una hora (un par de horas atrás) y algunos datos más, como la frecuencia de radio. El cuerpo del formulario está en su mayoría ocupado por un amplio espacio abierto donde, con apresuradas letras mayúsculas, se ha escrito lo siguiente:

Y todo ello precedido por dos grupos de tres letras cada uno:

YUH ABG

—Este llegó de una de nuestras estaciones en Kent —dice Packard—.

Es un mensaje de Chaffinch.

—¿Uno de los de Rommel?

—Sí. Esta intercepción llegó de El Cairo. Chaffinch tiene prioridad absoluta, razón por la que este mensaje está en lo alto de la pila.

Packard lleva a Waterhouse hasta el pasillo central del barracón, entre las filas de teclistas. Elige a una chica que acaba de terminar con un

mensaje y le pasa el papel. Ella lo coloca junto a la máquina y comienza a teclear.

A primera vista, Waterhouse había pensado que las máquinas representaban la idea británica de cómo construir una máquina de escribir eléctrica: tan grande como una mesa de comedor, envuelta en doscientas libras de hierro forjado, un motor de diez caballos girando en el interior, rodeado de altas vallas y guardias armados… pero ahora que está más cerca ve que se trata de algo mucho más complicado. En lugar de un rodillo, tiene una larga y plana bobina con cinta de papel estrecha. No es el mismo tipo de cinta que vio antes, echando humo a través de la máquina. Es más estrecha, y al salir de la máquina no tiene agujeros perforados para que los lea otra máquina. En lugar de eso, cada vez que la chica pulsa una de las teclas del teclado —copiando el texto impreso en el papel— se imprime una letra en la cinta. Pero no la misma que ella tecleó.

No lleva mucho tiempo teclear todas las teclas. A continuación, arranca la cinta de la máquina. Tiene un reverso pegajoso que usa para pegarla directamente sobre el mensaje original. Se lo pasa a Packard. con una sonrisa recatada. El responde con algo entre un asentimiento y una inclinación elegante, el tipo de gesto que jamás podría realizar un americano. Lo mira y se lo pasa a Waterhouse.

La letras de la cinta dicen:

—Para obtener esas composiciones, deben descifrar el código, ¿y cambia cada noche?

Packard sonríe para mostrar su acuerdo.

—A medianoche. Si se queda por aquí… —comprueba la hora—

durante las próximas cuatro horas, verá intercepciones nuevas del Servicio Y que producirán un galimatías total cuando las pasamos por las máquinas Typex, porque los germanos habrán cambiado sus códigos a medianoche.

Al igual que el carruaje de Cenicienta que a medianoche se convertía en una cabalaza. Entonces debemos analizar las nuevas intercepciones usando las bombes y descubrir los nuevos códigos del día.

—¿Cuánto tiempo lleva?

—En ocasiones tenemos mucha suerte y hemos roto los códigos del día a las dos o tres de la mañana. Normalmente no sucede hasta mediodía o por la tarde. A veces no lo conseguimos.

—Vale, ésta es una pregunta estúpida, pero quiero tenerlo claro. Estas máquinas Typex, que se limitan a realizar una operación de descifrado mecánico, son completamente diferentes a las bombes, que son las que rompen el código.

—Las bombes, comparadas con éstas, se encuentran en un orden de sofisticación mucho mayor y muy diferente —admite Packard—. Son casi como máquinas de pensar mecánicas.

—¿Dónde están?

—Barracón 11. Pero ahora mismo no estarán en funcionamiento.

—Claro —dice Waterhouse—, no hasta que llegue medianoche y el carruaje vuelva a convertirse en una calabaza y tengamos que romper el código Enigma de mañana.

—Exactamente.

Packard se acerca a una pequeña portezuela de madera situada en una de las paredes exteriores del barracón. Junto a ella hay una bandeja de oficina con un gancho atornillado a cada extremo, y una cuerda atada a cada gancho. Una de las cuerdas cae libre en el suelo. Una portezuela de la pared está cerrada sobre la otra cuerda. Packard pone el papel con el mensaje sobre una pila de mensajes similares que han quedado acumulados en la bandeja, luego desliza la portezuela, y deja al descubierto un túnel estrecho que se aleja del barracón.

—¡Vale, tira! —grita.

—¡Vale, tiro! —responde una voz momentos después. La cuerda se tensa y la bandeja se desliza en el túnel para desaparecer.

—Va de camino al barracón 3 —explica Packard.

—Entonces, yo también —dice Waterhouse.

El barracón 3 está sólo a unas yardas de distancia, y al otro lado del inevitable muro de impacto. SECCIÓN MILITAR ALEMANA dice la puerta en cursiva. Waterhouse presume que es lo opuesto a «NAVAL» que está en el barracón 4. Aquí la proporción de hombres a mujeres parece mayor. En tiempo de guerra, es asombroso ver tantos hombres jóvenes y robustos en una misma habitación. Algunos visten uniformes de Infantería o de la RAF, otros son civiles, e incluso hay un oficial naval.

Una enorme mesa con forma de herradura domina el centro del edificio, con una mesa rectangular situada a un lado. Cada silla en cada mesa está ocupada por trabajadores atentos. Los mensajes interceptados llegan al barracón en la bandeja de madera y luego se trasladan de silla en silla según un esquema extremadamente organizado que en este momento Waterhouse apenas comprende. Alguien le explica que las bombes acaban de romper, como a la puesta de sol, los códigos del día, así que todo el volumen de mensajes interceptados ha llegado por el túnel desde el Barracón 6 durante las últimas dos horas.

Decide considerar por el momento el barracón una caja negra matemática; es decir, se concentrará en las entradas y salidas de información e ignorará los detalles internos. Bletchley Park, considerado en conjunto, es una especie de caja negra: entran letras al azar, y lo que sale es inteligencia estratégica, y los detalles internos no tienen interés para la mayoría de la gente en la lista de distribución Ultra. La pregunta que Waterhouse debe responder es: ¿sale de este lugar algún otro vector de información, oculto subliminalmente en las señales de teletipo y el comportamiento de los comandantes aliados? ¿Y ese vector apunta hacia el doctor Rudolf von Hacklheber?

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