Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Neal Stephenson · Capítulo 21 de 37

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Criptonomicon I, El Codigo Enigma

Confidencialidad

Avi se presenta puntual, conduciendo perezosamente su bastante bueno, pero no horriblemente ostentoso, deportivo nipon, que mete de un volantazo en un mosaico irregular de losetas de asfalto. Randy lo observa desde el segundo piso, mirando desde cincuenta pies casi en línea recta a través del techo solar. Avi lleva puestos los pantalones de un buen traje de un tejido apropiado para el trópico, una camisa de algodón hecha a mano, gafas oscuras de esquí y un sombrero de lienzo de alas anchas.

La casa es una estructura alta y aislada que se alza en medio de un prado californiano que se eleva desde el Pacífico, a unos kilómetros de distancia. Desde allí llega un aire frío, a impulsos, como las olas en la playa. Lo primero que hace Avi al salir del coche es ponerse la chaqueta del traje.

Saca dos enormes maletines de ordenadores portátiles del portaequipaje, entra en la casa sin llamar (no ha estado nunca en esa casa en particular, pero ha estado en otras que funcionan por principios similares), se encuentra a Randy y Eb esperándole en una de las muchas habitaciones y saca de las bolsas como quince mil dólares en equipos informáticos portátiles. Los coloca sobre la mesa. Avi le da al botón de encendido de los dos portátiles y, mientras ejecutan lentamente la rutina de arranque, los enchufa a la pared para que no se les agoten las baterías. Un conductor de corriente con enchufes cada dieciocho pulgadas ha sido atornillado implacablemente a lo largo de cada pulgada de pared, atravesando el recubrimiento de paneles, agujeros en el recubrimiento, en el papel de ilusión óptica primitivo, en los paneles de imitación madera, en los viejos carteles de los Grateful Dead e incluso en la puerta torcida.

Uno de los portátiles está conectado a una impresora portátil diminuta, que Avi carga con unas hojas de papel. El otro portátil muestra unas líneas de texto en la pantalla, luego da un pitido y se detiene. Randy se acerca y lo mira con curiosidad. Muestra un indicador de sistema:

FILO

Que Randy sabe que significa Finux Loader, un programa que permite elegir el sistema operativo.

—Finux —murmura Avi, contestando a la pregunta que Randy no había formulado.

Randy teclea «Finux» y le da a la tecla de retorno.

—¿Cuántos sistemas operativos tienes en esta máquina?

—Windows 95 para los juegos, y para cuando necesito que algún idiota use el ordenador durante un rato —dice Avi—. Windows NT para cosas de oficina. BeOS para hacking y para manipular imágenes, fotografías y demás multimedia. Finux para composición de textos a gran escala.

—¿Cuál quieres ahora?

—BeOS. Voy a mostrar muchos JPEG. ¿Hay por aquí un retroproyector?

Randy mira a Eb, la única persona en la habitación que realmente vive allí. Eb parece más voluminoso de lo que es, y quizá sea porque el pelo parece que le vaya a estallar: de dos pies de largo, rubio con ligeros tintes pelirrojos, grueso y ondulado y con tendencia a solidificarse en hebras gruesas. La única forma de contenerlo, cuando se molesta en atarlo, es usar un cordón. Eb está garabateando en uno de esos pequeños ordenadores que usan un lápiz para escribir en la pantalla. Normalmente, los hackers no los utilizan, pero Eb (o más bien, una de las difuntas corporaciones de Eb) escribió el software para ese modelo y por tanto tiene muchos por ahí.

Parece estar absorto en lo que sea que esté haciendo, pero después de que Randy le mire durante un par de segundos, percibe la mirada y levanta la cabeza. Tiene unos ojos verdes y pálidos, acompañados de una exuberante barba pelirroja, menos cuando se encuentra en una de sus fases de afeitado,

que normalmente suelen coincidir con alguna relación romántica seria.

Ahora mismo la barba tiene como media pulgada de largo, lo que indica una ruptura reciente, e implica la voluntad de aceptar nuevos retos.

—¿Retroproyector? —dice Randy.

Eb cierra los ojos, que es lo que hace durante los accesos a memoria, luego se pone en pie y sale de la habitación.

La pequeña impresora comienza a lanzar papel. La primera línea de texto, centrada en lo alto de la página, es: ACUERDO DE

CONFIDENCIALIDAD Y NO DIVULGACIÓN. Siguen más líneas.

Randy las ha visto, o similares, en tantas ocasiones que sus ojos pasan por encima de ellas y miran a otro lado. Lo único que cambia en cada ocasión es el nombre de la compañía: en este caso: EPIPHYTE(2) CORP.

—Bonitas gafas.

—Si crees que son raras, deberías ver lo que voy a ponerme después de la puesta de sol —dice Avi. Busca en una bolsa y saca un artefacto que es como un par de gafas sin lentes, con lo que parecen unas lámparas de casa de muñecas sobre cada ojo. Un cable corre hasta un juego de baterías con una pinza para sujetar al cinturón. Desliza un pequeño interruptor en las baterías y las lámparas se encienden: halógeno blanco azulado de aspecto muy caro.

Randy arquea las cejas.

—Para evitar el desarreglo horario —explica Avi—. Estoy adaptado a la hora de Asia. Y volveré allí en un par de días. Mientras esté aquí no quiero volver a la hora de la Costa Este.

—Por tanto ese sombrero y las gafas…

—Simulan la noche. Esto otro simula el día. Ya sabes, el cuerpo se guía por la luz y ajusta el reloj según lo que ve. Por cierto, ¿os importaría cerrar las persianas'?

Las ventanas de la habitación miran al oeste, lo que ofrece una vista de la pendiente cubierta de hierba de Half Moon Bay. Es la última hora de la tarde y el sol atraviesa las ventanas. Randy saborea durante un momento la vista y luego deja caer las persianas.

Eb vuelve a entrar en la habitación con un retroproyector colgando de una mano, lo que por un momento le da el aspecto de Beowulf portando el brazo cortado de un monstruo. Lo coloca sobre la mesa y lo dirige hacia la

pared. No es necesaria una pantalla, porque por encima de las ubicuas líneas de corriente, todas las paredes de la casa están cubiertas de pizarras blancas. A su vez, muchas de las pizarras están cubiertas con conjuros crípticos escritos en colores primarios. Algunos de ellos están rodeados por orlas irregulares con anotaciones que dicen ¡NO BORRAR! O simplemente

¡NO BO! o ¡NO! Frente al lugar donde Eb ha puesto el retroproyector hay una lista de la compra, un fragmento medio borrado de un diagrama de flujo, un número de fax de Rusia, un par de números IP —direcciones de Internet— y unas pocas palabras en alemán, que presumiblemente escribió el propio Eb. El doctor Eberhard Fóhr lo examina todo, descubre que nada está rodeado por un borde NO BO y lo borra.

Otros dos hombres entran en la habitación, enfrascados en una conversación sobre alguna irritante compañía en Burlingame. Uno de ellos es moreno y delgado y tiene el aspecto de un pistolero; incluso lleva un sombrero negro de cowboy. El otro es rechoncho, rubio y tiene aspecto de acabar de salir de una reunión del Rotary Club. Tienen un detalle en común: cada uno de ellos lleva un brillante brazalete plateado en la muñeca.

Randy coge los NDA de la impresora y los reparte, dos copias para cada uno, cada par preimpreso con un nombre: Randy Waterhouse,Eberhard Fórh, John Cantrell (el chico con el sombrero negro de cowboy) y Tom Howard (el americano de pelo claro). Cuando John y Tom alargan la mano para coger las páginas, los brazaletes plateados interceptan rayos de luz perdidos que penetran por las persianas. Cada uno de los brazaletes exhibe un caduceo rojo y varías líneas de texto.

—Parecen nuevos —dice Randy—. ¿Han vuelto a cambiar el texto?

—¡Sí! —dice John Cantrell—. Se trata de la versión 6.0… son de la semana pasada.

En cualquier otro sitio, los brazaletes indicarían que John y Tom sufrían alguna condición mortal, como una alergia a los antibióticos comunes. Un médico que los sacase de un coche destrozado vería el brazalete y seguiría las instrucciones. Pero estamos en Silicon Valley y las reglas son diferentes. Los brazaletes dicen, por uno de los lados:

EN CASO DE MUERTE VEA EL REVERSO PARA EL

PROTOCOLO DE BIOÉSTASIS

SIGA LAS INSTRUCCIONES Y RECIBA UNA RECOMPENSA DE $100.000

Y por el otro:

LLAME PARA PEDIR INSTRUCCIONES

1—800—NNN-NNNN

PUSH 50.000 U HEPARINA IV

REALICE RCP Y ENFRIAMIENTO

CON HIELO HASTA 1OC. MANTENGA PH 7.5

NI AUTOPSIA NI EMBALSAMAMIENTO

Se trata de una receta para congelar a una persona muerta o casi muerta. La gente que lleva esos brazaletes cree que, si se sigue la receta, se pueden congelar el cerebro y otros tejidos delicados sin destruirlos. Dentro de unas décadas, cuando la nanotecnología haya hecho posible la inmortalidad, esperan ser descongelados. John Cantrell y Tom Howard creen que hay una probabilidad razonable de que sigan charlando dentro de un millón de años.

La habitación queda en silencio mientras todos los hombres examinan los papeles, buscando con los ojos ciertas cláusulas familiares. Entre todos habrán firmado probablemente un centenar de acuerdos de confidencialidad. Aquí es como ofrecerle a alguien una taza de café.

Una mujer entra en la habitación, cargando con una bolsa de lona, y se disculpa por llegar tarde. Beryl Hagen tiene el aspecto de una tía de los cuadros de Norman Rockwell, de las que visten delantal y sostienen un

pastel. Durante veinte años, ha sido la directora financiera de doce pequeñas compañías diferentes de alta tecnología. Diez de ellas han quebrado. No fue culpa de Beryl, excepto en el caso de la segunda. La sexta fue la Segunda Aventura Empresarial de Randy. Una fue absorbida por Microsoft, otra se convirtió en una compañía independiente y de éxito por derecho propio. Beryl ganó dinero suficiente con las dos últimas para retirarse. Se dedica a asesorar y escribir mientras busca algo lo bastante interesante como para ponerla de nuevo en acción, y su presencia en la habitación sugiere que Epiphyte(2) Corp. no debe ser una absoluta tontería.

O quizá, simplemente está mostrándose amable con Avi. Randy le da un abrazo de oso, levantándola del suelo, y luego le pasa dos copias del NDA con su nombre.

Avi ha desmontado la pantalla del primer portátil y la ha colocado sobre la superficie del primer retroproyector, que proyecta una imagen en color sobre la pizarra. Es un escritorio típico: un par de ventanas y algunos iconos. Avi se da una vuelta y recoge los acuerdos de confidencialidad firmados, los repasa, devuelve la copia a cada uno y archiva el resto en el bolsillo exterior de una de las bolsas de portátiles. Comienza a teclear en el teclado del portátil y las letras aparecen en una de las ventanas.

—Como ya sabéis —murmura Avi—, Epiphyte Corp., a la que me referiré como Epiphyte(l) para ser más claros, es una corporación de Delaware, de año y medio de antigüedad. Los accionistas somos yo, Randy y Springboard Capital. Nos dedicamos a los negocios de telecomunicaciones en Filipinas. Puedo daros los detalles más tarde.

Nuestro trabajo allí nos ha hecho ver algunas nuevas oportunidades en esa parte del mundo. Epiphyte(2) es una corporación de California, de tres semanas de antigüedad. Si las cosas salen como esperamos, Epiphy-te(l) se combinará con ésta por medio de una transferencia de acciones cuyos detalles son demasiado aburridos para discutirlos ahora.

Avi pulsa la tecla de retorno. En el escritorio se abre una nueva ventana. Es un mapa en color escaneado de un atlas, alto y estrecho. En su mayor parte es de un azul oceánico. Una línea costera agreste penetra por el borde superior, con algunas ciudades identificadas por sus nombres: Nagasaki, Tokio. Shanghai se encuentra en la esquina superior izquierda.

El archipiélago de Filipinas está justo en el centro. Taiwán está directamente al norte, y al sur hay una cadena de islas que forman una

barrera porosa entre Asia y una gran masa terrestre identificada con palabras inglesas como Darwin y Great Sandy Desert.

—Probablemente para la mayoría de vosotros tenga un aspecto raro —

dice Avi—. Normalmente estas presentaciones se inician con el diagrama de una red informática, de flujo, o similar. Normalmente no miramos mapas. Estamos tan acostumbrados al trabajo en un plano totalmente abstracto que casi parece estrafalario ir al mundo real y hacer algo físicamente.

»Pero me gustan los mapas. Tengo mapas por toda la casa. Voy a sugeriros que las habilidades y conocimientos que todos hemos ido desarrollando en nuestro trabajo, especialmente en lo que se refiere a Internet, tienen aplicaciones ahí fuera. —Da un golpecito en la pizarra—.

En el mundo real. Ya sabéis, esa enorme bola húmeda donde viven miles de millones de personas.

Se producen unas cuantas risillas educadas mientras Avi pasa la mano sobre la trackball del ordenador y pulsa un botón con el pulgar. Aparece una nueva imagen: el mismo mapa, con líneas de colores brillantes atravesando el océano, saltando de una ciudad a la siguiente, siguiendo más o menos la costa.

—Los cables submarinos existentes. Cuanto más gruesa es la línea, mayor es la capacidad —dice Avi—. Ahora bien, ¿qué hay mal en esta imagen?

Hay varias líneas gruesas que corren hacia el este desde lugares como Tokio, Hong Kong y Australia, presumiblemente conectándolos a Estados Unidos. A lo largo del mar de China Meridional, que se encuentra en Filipinas y Vietnam, otra línea gruesa dobla más o menos de norte a sur, pero no conecta ninguno de esos dos países: va directamente a Hong Kong, luego sube por la costa de China hasta Shanghai, Corea y Tokio.

—Como Filipinas está justo en el centro del mapa —dice John Cantrell—, predigo que vas a señalar que casi ninguna línea gruesa llega a Filipinas.

—Casi ninguna línea gruesa llega a Filipinas —anuncia Avi con vigor.

Señala una excepción, que va desde el sur de Taiwán al norte de Luzón, luego sigue la costa hasta Corregidor—. Exceptuando ésta, en la que Epiphyte(l) está implicada. Pero no es sólo eso. Hay una escasez general de líneas gruesas en la dirección norte-sur, conectando Australia con Asia.

Muchos paquetes de datos que van de Sydney a Tokio deben pasar por California. Hay una oportunidad de mercado.

Beryl lo interrumpe.

—Avi, antes de que empieces —dice, con voz cautelosa y arrepentida

—, debo decir que tender cables submarinos de larga distancia es un negocio en el que es difícil entrar.

—¡Beryl tiene razón! —dice Avi—. La única gente que tiene los recursos para tender esos cables son AT amp;T, Cable amp; Wireless y Kokusai Denshin Denwa. Es difícil. Es caro. Se necesita una cantidad ingente de GNR.

La abreviatura significa «gastos no renovables», es decir, el trabajo de ingeniería para completar un estudio de viabilidad que será dinero malgastado si la idea no llega a puerto.

—Entonces, ¿en qué piensas? —dice Beryl.

Avi muestra otro mapa. En esta ocasión es igual al anterior, sólo que se han dibujado nuevas líneas: toda una serie de enlaces cortos de isla a isla. Una desconcertante cadena de numerosos saltos cortos por todo el archipiélago de Filipinas.

—Quieres cablear Filipinas y conectarla a la Red por medio de tu enlace con Taiwán —dice Tom Howard, en un intento heroico de cortocircuitar lo que intuye como una larga presentación por parte de Avi.

—Hablando desde el punto de vista de la información, Filipinas va a ser algo genial —dice Avi—. El gobierno tiene sus fallos, pero básicamente es una democracia, siguiendo el modelo de las instituciones occidentales.

Al contrario que la mayor parte de Asia, usan ASCII. La mayoría de ellos hablan inglés. Tienen grandes lazos con Estados Unidos. Tarde o temprano van a ser importantes jugadores en la economía de la información.

Randy le interrumpe:

—Allí ya hemos establecido una posición segura. Conocemos el ambiente económico local. Y tenemos flujo de capital.

Avi muestra otro mapa. En esta ocasión es más difícil de leer. Parece un mapa en relieve de una vasta región de altas montañas interrumpida por mesetas ocasionales. Su aparición en medio de esta presentación sin etiqueta o explicación por parte de Avi lo convierte en un desafío implícito a la perspicacia mental de los allí reunidos. Ninguno de ellos va a rendirse pronto. Randy les ve entrecerrar los ojos y mover la cabeza de lado a lado.

Eberhard Fórh, al que se le dan bien los puzzles raros, es el primero en comprenderlo.

—El sur de Asia con los océanos secos —dice—. Esa cresta alta es Nueva Guinea. Esos bultos son los volcanes de Borneo.

—Genial, ¿no? —dice Avi—. Es un mapa de radar. Los satélites militares americanos reunieron todos los datos. Se puede conseguir por casi nada.

En este mapa las Filipinas se ven no como una cadena de islas separadas sino como las regiones más altas de una inmensa meseta oblonga rodeada de profundos tajos en la corteza terrestre. Para ir de Luzón a Taiwán atravesando el fondo marino tendrías que introducirte en una profunda zanja, flanqueada por cordilleras montañosas paralelas, y seguirla al norte durante unas trescientas millas. Pero al sur de Luzón, en la zona donde Avi propone tender una red de cables entre islas, la región es poco profunda y plana.

Avi pulsa de nuevo, superponiendo un azul transparente sobre las partes que se encuentran por debajo del nivel del mar, verde sobre las islas.

Luego amplía un área en el centro del mapa, donde la meseta de Filipinas extiende dos brazos al suroeste hacia el norte de Borneo, abrazando, y casi encerrando, una masa de agua en forma de diamante, de trescientos cincuenta millas de ancho.

—El mar de Sulú —anuncia—. Sin ninguna relación con el asiático simbólico de Star Trek.

Nadie se ríe. Realmente no están allí para que les entretengan; están concentrados en el mapa. Todos los archipiélagos y mares son confusos, incluso para gente inteligente con buena imaginación espacial. Las Filipinas forman el límite superior derecho del mar de Sulú, el norte de Borneo (parte de Malasia) el inferior izquierdo, el archipiélago de Sulú (parte de Filipinas) el inferior derecho, y el límite superior izquierdo es una isla de Filipinas extremadamente larga y delgada llamada Palawan.

—Esto me recuerda que las fronteras nacionales son artificiales y tontas —dice Avi—. El mar de Sulú es una cuenca en medio de una meseta inmensa compartida por Filipinas y Borneo. Así que si cableas Filipinas, con igual facilidad puedes cablear Borneo simultáneamente, simplemente contorneando el mar de Sulú con cables cortos poco profundos. Así.

Avi pulsa de nuevo y el ordenador dibuja más líneas de color.

—Avi, ¿por qué estamos aquí? —pregunta Eberhard.

—Es una pregunta muy profunda —dice Avi.

—Conocemos el funcionamiento económico de las empresas emergentes —dice Eb—. Empezamos solamente con la idea. Para eso están los NDA, para proteger la idea. Trabajamos la idea juntos, combinando los cerebros, y obtenemos acciones a cambio. El resultado de este trabajo es software. El software se puede registrar, obtener su copyright, e incluso patentarlo. Es propiedad intelectual. Vale algo de dinero. Somos los propietarios en común, por medio de nuestras acciones. Luego vendemos más acciones a un inversor. Usamos el dinero para contratar a más gente y convertirlo en un producto, para sacarlo al mercado y demás. Así funciona el sistema, pero empiezo a pensar que tú no lo comprendes.

—¿Por qué lo dices?

Eb parece confundido.

—¿Cómo podemos contribuir nosotros a esta empresa? ¿Cómo podemos convertir nuestros conocimientos en algo que un inversor quiera comprar?

Todos miran a Beryl. Beryl asiente para mostrar su acuerdo con Eb.

Tom Howard dice:

—Avi, mira. Puedo diseñar grandes instalaciones informáticas. John escribió Ordo; lo sabe todo sobre criptografía. Randy trabaja con Internet, Eb hace cosas raras, Beryl se encarga del dinero. Pero por lo que yo sé, ninguno de nosotros sabe una mierda sobre la ingeniería de cables submarinos. ¿De qué servirán nuestros currículos cuando tengas que atraer inversión de capital?

Avi asiente.

—Todo eso que dices es cierto —concede en voz baja—. Tendríamos que estar locos para meternos a tender cables por Filipinas. Eso es trabajo para FiliTel, con la que Epiphyte(l) tiene una colaboración empresarial.

—Incluso si estuviésemos locos —dice Beryl—, nunca tendríamos la oportunidad porque nadie nos daría el dinero.

—Por suerte, no hay que preocuparse de eso —dice Avi—, porque lo están haciendo por nosotros. —Se dirige a la pizarra, coge un rotulador rojo y dibuja una línea gruesa entre Taiwán y Luzón, mientras la mano adopta un tono leproso y moteado por el relieve del fondo que se proyecta sobre su piel—. KDD, que anticipa un gran crecimiento en Filipinas, ya está

tendiendo otro gran cable aquí. —Desciende y comienza a dibujar enlaces más cortos y pequeños entre las islas del archipiélago—. Y FiliTel, que recibe fondos de AVCLA, Asia Ventare Capital Los Angeles, está cableando Filipinas.

—¿Qué relación tiene Epiphyte(l) con eso? —pregunta Tom Howard.

—En la medida en que quieren usar la red para tráfico de protocolo de Internet, necesitan routers y personal con los conocimientos adecuados de redes —dice Randy.

—Bien, déjame repetir la pregunta: ¿por qué estamos aquí? —dice Eberhard, con paciencia pero con firmeza.

Avi se enfrasca un poco con el rotulador. Rodea una isla en una esquina del mar de Sulú, centrada en un espacio entre el norte de Borneo y la larga y delgada isla de Filipinas llamada Palawan. Le pone nombre con letras de molde: SULTANATO DE KTNAKUTA.

—Kinakuta tuvo un sultán blanco durante un tiempo. Es una larga historia. Luego fue una colonia alemana —dice Avi—. En aquella época.

Borneo era parte de las Indias Holandesas Orientales, y Palawan, como el resto de Filipinas, fue primero española y luego norteamericana. Por tanto, era el territorio de Alemania en la zona.

—Alemania siempre acababa con las colonias más mierdosas —dice Eb pesaroso.

—Después de la Primera Guerra Mundial, se la entregaron a los japoneses, junto con otro buen montón de islas más al este. Todas esas islas, colectivamente, se denominaban las Mandatos porque Japón las controlaba por un Mandato de la Liga de Naciones. Durante la Segunda Guerra Mundial los japoneses usaron Kinakuta como base para atacar las Indias Holandesas Orientales y Filipinas. Tenían una base naval y un campo de aviación. Después de la guerra, Kinakuta se hizo independiente, como lo era antes de los alemanes. La población es musulmana o china en los bordes, y animista en el centro, y siempre han tenido un sultán, incluso bajo la ocupación japonesa y alemana, aunque ambos poderes controlaban realmente mientras mantenían al sultán como figura decorativa. Kinakuta tenía reservas de petróleo, pero eran inalcanzables hasta que la tecnología mejoró y los precios subieron, más o menos cuando se produjo el embargo árabe al petróleo, que también es cuando llegó al poder el actual sultán.

Ahora el sultán es un hombre muy rico, no tan rico como el sultán de Brunei, que resulta ser su primo segundo, pero rico.

—¿El sultán respalda tu compañía? —pregunta Beryl.

—No como tu piensas —dice Avi.

—¿Qué quieres decir? —pregunta con impaciencia Tom Howard.

—Dejadme expresarlo así —dice Avi—. Kinakuta es miembro de las Naciones Unidas.

Es un país tan independiente y miembro de la comunidad de naciones como Francia o Inglaterra. De hecho, es excep-cionalmente independiente por sus reservas de petróleo. Básicamente es una monarquía; el sultán hace las leyes, pero sólo después de extensas consultas con sus ministros, que establecen las políticas y preparan la legislación. Y recientemente he estado pasando mucho tiempo con el ministro de Correos y de Telecomunicaciones. He estado ayudando al ministro a preparar una nueva ley que gobernará todas las telecomunicaciones que pasen por el territorio de Kinakuta.

—¡Oh, Dios mío! —dice John Cantrell, sobrecogido.

—¡Una acción gratis para el joven del sombrero negro! —dice Avi—.

John ha descubierto el plan secreto de Avi. John, ¿te gustaría explicárselo a los otros concursantes?

John se quita el sombrero y se pasa la mano por su largo pelo negro.

Se vuelve a poner el sombrero y lanza un suspiro.

—Avi propone poner en marcha un refugio de datos —dice.

Por toda la habitación se oye un pequeño murmullo de admiración.

Avi espera a que amaine y dice:

—Una pequeña corrección: el sultán va a poner en marcha un refugio de datos. Yo propongo ganar dinero con él.

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