Cumbres de deseo
Capítulo 8
Estás saliendo con Draco Angelis? –le preguntó muy asombrada Contessa desde la puerta.
El pelo rojizo tenía que haber chocado con aquel vestido azul eléctrico que se había puesto, pero lo cierto era que en ella funcionaba bien. Probablemente porque su seguridad y firmeza hacían que nadie se atreviese a criticar su vestuario.
Rebel tampoco lo habría hecho. Se quedó en silencio mientras la otra mujer iba hasta la cocina y dejaba en la encimera la botella de champán que tenía en la mano.
–En tu correo electrónico no me has explicado con detalle por qué no ibas a ir a Chamonix, pero supongo que esto tiene algo que ver, ¿no? Dime que no es verdad…
Dio un grito ahogado al ver el anillo que llevaba Rebel. Se acercó corriendo y tomó su mano.
–¿Un anillo de compromiso? ¿Te has comprometido? ¿Con Draco?
Rebel se mordió el labio y asintió.
–¿Cuándo? ¿Y por qué? Maldita sea, cuéntame qué está pasando, Rebel. Ni siquiera sabía que conocías a ese tipo, ¡mucho menos que estuvieses saliendo con él!
–Ha ocurrido, sin más.
–Un anillo así no ocurre, sin más. Llevas varias semanas muy esquiva. ¿Por qué no me cuentas qué está pasando?
Rebel no conocía a Draco lo suficientemente bien como para saber cómo reaccionaría si se enteraba que le había hablado a alguien de su acuerdo. Y había demasiado en juego como para arriesgarse a dar un paso en falso.
–Porque no puedo. Lo siento.
Contessa frunció el ceño.
–Tiene algo que ver con tu padre, ¿verdad? ¿Y con el dinero que te dio?
Chasqueó los dedos.
–Querías que te lo devolviese, pero no me dijiste por qué. ¿Tiene Draco algo que ver con eso?
Rebel sintió vergüenza, se puso nerviosa.
–Por favor, no puedo hablar de ello. Y siento tener que echarte así, pero Draco llegará en cualquier momento.
En ese mismo instante sonó el telefonillo.
–¿Qué ocurre? ¿No quiere que tengas amigos? –inquirió Contessa–. ¿O es que ahora te avergüenzas de mí?
–No seas absurda. ¿Cómo voy a avergonzarme de ti? Es que… vamos a salir, eso es todo.
Contessa estudió el vestido verde con pedrería y los zapatos de plataforma que Rebel llevaba puestos.
–Eso ya lo veo –comentó antes de suspirar–. Ten cuidado, Rebel. Para mí eres mucho más que una clienta. No quiero que te hagan daño. Un hombre como Draco puede darte mucho, pero sacará de ti más de lo que tú quieras darle.
Rebel frunció el ceño.
–Sé muy bien lo que quiere de mí y no pretendo darle nada más.
–El mundo de los agentes deportivos es muy pequeño. Es un hombre discreto, eso es cierto, pero conozco a varias mujeres con las que ha salido y todas han terminado emocional y profesionalmente rotas.
–En ese caso, me alegro de que seas tú la que lleves mi carrera – respondió Rebel, obligándose a sonreír.
–¿Y qué hay de tu corazón?
–Eso está controlado. Sé que estás preocupada, pero confía en mí, sé lo que hago –le aseguró.
El telefonillo volvió a sonar.
Rebel sonrió a Contessa. Sabía que no podía engañar a su amiga y manager, pero la dejó marchar. Después fue al dormitorio a por el bolso negro y salió también.
Cuando llegó abajo Contessa todavía estaba allí y se había encontrado con Draco, que iba muy elegante.
–Buenas noches, Arabella.
A ella se le encogió el estómago al oírlo decir su nombre de manera tan sensual. Intentó ignorar la sensación y bajó las escaleras hasta llegar a la altura de Contessa.
–¿Vas a presentarme a tu amiga, glikia mou? –le preguntó él en voz baja, profunda.
El apelativo cariñoso hizo que Rebel recordase que Draco era de origen griego, que no sabía casi nada de él, salvo las circunstancias que rodeaban a la situación en la que se encontraban y que, además, tenía la sensación de que le ocultaba algo.
–Es mi manager, Contessa Stanley. Contessa, te presento a Draco Angelis.
Draco le ofreció la mano.
–Encantado de conocerte.
–Igualmente –respondió Contessa.
Draco sonrió e incluso Contessa se mostró sorprendida con la transformación.
–Al parecer, tengo que daros la enhorabuena –añadió esta.
–Gracias. Soy un hombre muy afortunado –contestó él, mirando a Rebel con adoración.
Contessa siguió mirándolo fijamente, luego se aclaró la garganta y se volvió hacia Rebel.
–Te llamaré mañana. Que tengas buena noche.
Y sin volver a mirar a Draco fue hasta su coche.
Draco la vio alejarse con expresión divertida.
–¿No le caigo bien por algún motivo en particular?
Rebel cerró la puerta del edificio y se puso a su lado.
–Es manager deportiva y sospecha que tienes algo que ver con el hecho de que mis patrocinadores me hayan abandonado. También piensa que acabas utilizando y dejando, tanto emocional como profesionalmente, a todas las mujeres con las que sales.
Él se puso serio. La agarró de la muñeca y la fulminó con la mirada.
–No le habrás hablado de nuestro acuerdo, ¿verdad?
–Por supuesto que no –replicó ella zafándose–. Aunque es de mi confianza.
Él siguió mirándola unos segundos.
–Bien.
Luego fue hasta su coche y abrió la puerta del acompañante para que Rebel subiese antes de sentarse frente al volante. Estaba tenso.
Después de varios minutos de silencio, Rebel lo miró y le hizo la pregunta que le daba vueltas en la cabeza.
–¿Por qué le dijiste a Rex Glow que no me patrocinase?
–No lo hice –le respondió él–. Ya habían tomado la decisión de dejar de patrocinar a varios deportistas cuando empecé a trabajar con ellos. Tu nombre era uno más de la lista.
Rebel sabía por Contessa que aquello era cierto.
–¿Y no hiciste nada para impedirlo?
Él se encogió de hombros.
–No te conocía. Y tú tampoco te estabas esforzando mucho en convencerlos de tu dedicación. Cambiaste de disciplina después de casi cinco años. Y desde entonces nunca has estado más allá del quinto puesto.
–Sé que piensas que cambié por capricho, pero no fue así. La decisión no fue fácil, sobre todo, teniendo en cuenta la intensidad de los entrenamientos.
Draco cambió de carril de repente y la mirada de Rebel se posó en sus fuertes muslos. Los recordó entre los de ella y tuvo que girar el rostro encendido hacia la ventanilla.
–¿Creciste esquiando? –le preguntó Draco varios minutos después.
Ella le respondió solo para quitarse de la cabeza las tórridas imágenes que la habían invadido. Y tal vez también porque quería que supiese que no era solo una mujer que buscaba el placer.
–Sí. Mi madre era saltadora. Nunca fue más allá de los campeonatos juveniles, pero le fue muy bien en torneos de aficionados. Ella me enseñó a saltar cuando tenía diez años. Me encantaba, pero se me daba mejor el esquí de fondo, por eso lo elegí como disciplina profesional.
–Eso tiene sentido. No tanto el cambio de disciplina.
–Dejó de gustarme el esquí de fondo.
–Supongo que el motivo es más emocional que profesional.
Ella deseó odiarlo por haber hecho aquel comentario con cierta ironía, pero no pudo porque era la verdad.
–¿Cuenta la muerte de mi madre? –le preguntó, dolida.
Él espiró, su gesto era de arrepentimiento.
–Cuenta. Por desgracia, la muerte y las tragedias llegan sin que nos demos cuenta –murmuró.
Luego pareció sumirse en sus pensamientos. Siguió conduciendo y no volvió a hablar hasta que casi habían llegado al restaurante.
–Pero no cambiaste de disciplina hasta varios años después de haber perdido a tu madre. Por aquel entonces habías ganado varias competiciones de esquí de fondo.
Aquel comentario contenía muchas preguntas, pero si Rebel las respondía estaría exponiendo su estado de angustia a un hombre despiadado.
Decidió dar una respuesta que no fuese demasiado reveladora.
–Estaba intentando demostrar algo.
–¿A quién?
–A mí misma. A mi padre.
Él apretó los labios con desaprobación.
–¿Te parece mal? Piense lo que piense la gente, un deportista profesional necesita más apoyo que el de sus agentes y entrenadores. Yo pensé que podía funcionar sin él y lo hice durante un tiempo, pero a largo plazo no me funcionó. Así que decidí hacer algo diferente. Es probable que para ti eso no signifique nada, pero yo me sentía más realizada saltando.
Draco aparcó el coche en una calle tranquila, entre otros deportivos y todoterrenos. El restaurante escogido para aquella noche también era exclusivo. Un discreto equipo de seguridad velaba porque se pudiese cenar sin la incómoda presencia de los medios, aunque siempre se filtraba algo de información.
La ayudó a salir del coche y cerró la puerta. Después, se quedó justo delante, acorralándola contra el coche.
Rebel lo miró esperando ver desaprobación en su mirada, pero lo cierto es que encontró comprensión. Draco parecía casi incómodo mientras la miraba.
–Entiendo la necesidad de sentirte realizada con lo que haces, pero debería ir de la mano intentar ser lo mejor posible. Tienes el potencial necesario para ser la número uno, pero llevas demasiado tiempo permitiendo que las emociones se interpongan en tu camino.
–No pienses que me conoces –replicó ella.
Draco bajó la vista a sus labios.
–Todo lo que me has contado hasta ahora confirma la opinión que tengo de ti.
Ella tragó saliva e intentó olvidarse del dolor de su corazón y del nudo que tenía en la garganta.
–Mientras que yo no sé nada del hombre del que se supone que estoy locamente enamorada. Tal vez debiéramos rectificar eso antes de que dé un paso en falso.
–Lo haremos durante la cena –respondió él, clavando la vista en su pecho, que subía y bajaba con fuerza.
Draco se apartó y terminó de recorrerla con la mirada antes de tomar su mano y darle un beso en el dedo en que llevaba el anillo.
–Estás increíble, por cierto.
Rebel contuvo la respiración, se le aceleró el corazón.
–Gracias. Tú tampoco estás nada mal –le dijo, mirándolo de arriba abajo también.
Su sonrisa no era tan encantadora como la que le había dedicado a Contessa, pero sí más genuina.
–Ahora que ambos hemos dejado claro que nos gusta cómo va vestido el otro, vamos a cenar.
Entrelazó los dedos con los de ella y la condujo al moderno restaurante italiano. Nadie los recibió a la entrada y a pesar de que su presencia no pasó desapercibida, las miradas fueron discretas.
Aunque Rebel se olvidó incluso de aquello cuando Draco empezó a contarle su historia. Le sorprendió enterarse de que había crecido en Grecia y que solo llevaba cinco años viviendo en Inglaterra, y todavía más que, al igual que ella, había perdido a su madre en la adolescencia. Y que había sido campeón de esquí de fondo.
–Me conozco a todos los esquiadores que han conseguido el título en los últimos cincuenta años.
Él arqueó una ceja.
–¿Me estás acusando de mentir?
Ella bajó la vista al vaso de agua y se encogió de hombros.
–Competía con el apellido de soltera de mi madre, Christou.
Rebel levantó la cabeza.
–El único Christou que recuerdo… ¡Drakos Christou! ¿Cinco veces campeón del mundo?
No se dio cuenta de que le había tomado la mano hasta que le acarició el pulgar con el suyo. Intentó apartarla, pero Draco la tenía agarrada con fuerza. Y como a Rebel le gustó, la dejó.
–Sí –admitió él, sonriendo de medio lado.
Rebel intentó no mostrarse impresionada.
–Vaya. Estás… diferente.
Había competido con el pelo más largo y barba, y había estado más delgado. No era de extrañar que no lo hubiese reconocido.
–¿Por qué cambiaste de apellido?
La atmósfera se tensó ante aquella pregunta.
–Mi padre no aprobaba mi elección de carrera. Él habría preferido que participase en el negocio inmobiliario familiar y lo sucediese. Me dejó claro que no volvería a ser su hijo hasta que no entrase en razón y dejase el esquí.
–Pero no lo hiciste.
–No hasta que no me vi obligado.
–Te entrenaste para la última competición, pero te lesionaste la rodilla antes de poder ganarla.
Él le agarró la mano con fuerza.
–Mi entrenador me había presionado demasiado porque había apostado por mí.
–No me digas. ¿Y qué fue de él?
–Tuvo que enfrentarse a la justicia, pero ya era demasiado tarde.
–Aquella lesión de rodilla terminó con tu carrera.
Draco bajó la vista a sus manos unidas, aflojó la suya y la apartó. Rebel echó de menos el contacto, cosa que la sorprendió, quitó también la mano de la mesa y la bajó a su regazo.
–Entre otras cosas, pero la lección más importante que aprendí es que siempre hay que ir más allá de la superficie. Yo sabía que había cosas que no estaban bien, pero hice caso omiso porque estaba decidido a ganar aquel campeonato.
Rebel sintió ganas de reconfortarlo, pero lo vio tan rígido que se contuvo. El resto de la cena transcurrió casi en silencio y ella se sintió aliviada cuando Draco pidió la cuenta. Estaba volviendo a entrar en su coche cuando le sonó el teléfono. Lo sacó y vio que eran mensajes de felicitación, algunos enviados por personas a las que casi no conocía.
Tuvo que hacer clic en uno de los documentos adjuntos para ver el primer titular: ¡El superagente y la estrella del deporte se comprometen!
Dio un grito ahogado.
–¿Sabías que había paparazzi?
Él se encogió de hombros y arrancó el coche.
–Por supuesto.
Por un instante, Rebel se quedó sin habla. Guardó el teléfono en el bolso con manos temblorosas y se dijo que era una tonta. Había bajado la guardia.
–Ya imagino –comentó en voz baja.
–Se puede decir que esta noche ha sido un éxito. Ponte el cinturón, Arabella.
Ella obedeció y después guardó silencio. De todos modos, no había nada más que decir.
Draco la dejó en la puerta de casa con instrucciones para que estuviese preparada el sábado cuando su conductor pasase a recogerla. Rebel se limitó a asentir a todo y después se apresuró a entrar en casa.
Subió las escaleras intentando contener las emociones que se habían alojado en su pecho. Se quedó de piedra al llegar al último escalón y ver la figura que la esperaba en la puerta.
El tiempo y la edad le habían pasado factura al hombre que lo esperaba en el pasillo, pero Rebel lo reconoció de todos modos.
–¿Papá?
Este se puso recto y abrió mucho unos ojos que su esposa siempre había insistido en que eran del mismo color que los suyos.
–Arabella.
Lo estudió con la mirada y se dio cuenta de que había perdido peso y pelo, y que iba sin afeitar.
–¿Qué… estás haciendo aquí?
Teniendo en cuenta que llevaba dos semanas llamándolo todos los días, la pregunta era absurda, pero la sorpresa de encontrárselo allí después de tanto tiempo no le permitía pensar con claridad.
–He venido por esto.
Levantó un periódico de aquella misma tarde y en él aparecía la fotografía de Draco besándole la mano.
–Llevo varias semanas llamándote y no me has contestado, ¿y ahora vienes por una fotografía?
–Tienes que terminar con lo que tengas con él, Arabella. Ahora mismo.
Ella se acercó más y le hizo un gesto a su padre para que le dejase abrir la puerta.
Entró en su piso y no volvió a respirar hasta que no oyó sus pisadas detrás.
Miró por encima del hombro y preguntó:
–¿Te apetece una taza de té?
–Arabella…
–Voy a poner agua a hervir. Ya que estás aquí, quédate a tomar un té.
Corrió a la cocina, se quitó los zapatos a patadas y puso el agua a hervir. Su padre la siguió. Miró a su alrededor y dejó el periódico en la encimera antes de sentarse en un taburete.
Rebel intentó controlar los nervios buscando dos tazas y preparando el té.
–Explícame esto –le pidió él, señalando el periódico.
–¿Podemos olvidarlo un instante, por favor? –le pidió–. ¿Dónde has estado? ¿Cómo estás?
–He estado fuera. Bien.
Siguió evitando su mirada y según iban pasando los segundos a Rebel se le fue rompiendo el corazón otra vez.
–Lo siento, papá –susurró–. No sé cuántas veces más puedo decírtelo.
Él espiró.
–No importa, Arabella. Nunca ha importado. Eres mi hija. Perdonarte nunca ha sido un problema, el problema es esto –continuó, señalando la fotografía–. Hablamos hace unos días, ¿y ahora haces esto?
Ella agarró la taza con fuerza.
–Lo dices como si hablásemos largo y tendido con frecuencia. Tal vez tú supieses dónde estaba yo y qué hacía, pero yo no sabía nada de ti. Hasta hace dos semanas habían pasado varios años sin saber de ti. Así que para mí no ha ocurrido todo de repente, papá, han pasado años. Años durante los que, al parecer, has estado siguiéndome. ¿Cómo si no ibas a saber que me estaba quedando sin patrocinadores?
–Tenía que hacerlo.
–¿Porque era tu deber? Eso era lo que decías en la carta, ¿no? ¿Era tu deber depositar un dinero robado en mi cuenta bancaria?
Él levantó la cabeza.
–¿Lo sabes?
–Por supuesto que lo sé. Según Draco no has ocultado muy bien las pistas.
Él apartó la taza de té y se puso en pie.
–¿Te está amenazando? ¿Por eso te has comprometido con él?
Fue hacia la puerta.
–Iré a verlo.
–¡No puedes! –exclamó Rebel, siguiéndolo.
–¿Por qué no?
–Porque… ya es demasiado tarde. He utilizado el dinero y Draco lo sabe. Si vas a verlo acabaremos los dos en la cárcel.
–Tú no sabías que el dinero era robado.
–Eso no importa, si Draco nos denuncia, yo me convertiré automáticamente en tu cómplice.
Su padre tragó saliva con dificultad.
Ella apoyó una mano en su hombro.
–¿Por qué robaste el dinero, papá? –le preguntó, sabiendo que en el fondo seguía siendo el mismo hombre honrado y trabajador con el que había crecido–. Tenías que saber que no saldrías impune, y que el escándalo también me salpicaría a mí cuando te descubriesen.
Él se alejó y volvió al taburete.
–Pensé que podría vender nuestra vieja casa y devolver el dinero antes de que se diese cuenta.
–¿Por qué? ¿Por qué es esto tan importante para ti? –le preguntó Rebel.
–Le prometí a tu madre que cuidaría de ti. Fue una de las últimas cosas que le dije antes de…
Se interrumpió.
Rebel contuvo un sollozo.
–Ya no está, papá, pero yo sigo aquí.
Su padre levantó la cabeza lentamente y la miró con tristeza:
–Tú me la quitaste. Y después empezaste a convertirte en una copia exacta de ella.
A Rebel se le encogió el corazón.
–Y me odias por eso, ¿verdad?
Su padre negó con la cabeza y su mirada se llenó de dolor.
–No te odio. Jamás podría odiarte, pero… no soporto mirarte. Ni podía hacerlo cuando tenías veinte años y te marchaste de casa, ni puedo hacerlo ahora.
Rebel dejó escapar el sollozo al sentir que moría una parte de ella.
–¿Qué vamos a hacer, papá?
–No lo sé. Siempre has sabido lo que pensaba de que esquiases. Siempre he sabido que no terminaría bien. Y no lo ha hecho, ¿verdad?
Ella quiso contradecirlo, pero no pudo.
Además, al ver a su padre, todavía tan dolido después de tanto tiempo, supo que no podía hacerle sufrir también por algo que se había visto obligado a hacer por ella.
Con el corazón en la garganta, negó con la cabeza.
–Ya te he dicho que es demasiado tarde.
Pasó un minuto antes de que él se pusiese en pie. Se detuvo a su lado, junto a la puerta de la cocina, pero no hizo ademán de tocarla ni de mirarla.
–Adiós, Arabella.
Ella se echó a llorar en cuanto la puerta se hubo cerrado tras de él. Y no se quedó dormida hasta casi el amanecer, de puro agotamiento.
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