Cumbres de deseo
Capítulo 14
Rebel pensó que solo había dormido unos minutos antes de despertar. Probablemente porque así había sido. No habían vuelto a hacer el amor desde la primera vez la noche anterior, pero ya había estado amaneciendo cuando se habían ido a dormir.
–Muévete, Arabella. No creo que quieras que el sol caliente más cuando empieces a correr.
Ella se puso una almohada sobre la cabeza. Draco estaba junto a la cama, con una bandeja en una mano y la ropa de deporte de Rebel en la otra. Iba vestido con unos pantalones cortos y una camiseta ajustada. Ella sintió calor al verlo, se le secó la boca e intentó apartar la mirada mientras se sentaba y aceptaba el desayuno.
Pero después lo miró de arriba abajo y lo vio sonreír.
–Por mucho que me devores con los ojos no te vas a librar del entrenamiento. De hecho, por cada minuto más que te quedes en la cama me tendrás que hacer un salto de altura extra.
A ella le encantaba el salto de altura, así que se planteó quedarse allí un rato más. El gesto de Draco le hizo darse cuenta de que no era lo adecuado.
–Desayuna –le dijo este, poniéndole el cuenco con cereales en el regazo–. Volveré dentro de diez minutos.
Volvió en cinco, justo cuando Rebel iba a salir de la cama. Se quedó inmóvil.
–¿Puedes… darte la vuelta, por favor?
–No. Ponte esto para entrenar. El resto del tiempo no vas a necesitar ropa. Vete acostumbrando.
Rebel se mordió el labio y frunció el ceño.
–Si hubiese sabido que tu isla era nudista, habría probado suerte en el gulag.
Él sonrió y dejó la ropa a su lado.
–Cuando termine contigo desearás no haber dicho eso. Arriba.
Rebel pensó que había hecho el amor con él y que, aun así, la idea de que la viese desnuda le daba vergüenza.
Apretó los labios, apartó las sábanas y se puso en pie. Iba a tomar los pantalones cuando Draco la agarró de la muñeca y la atrajo hacia él.
Se había puesto serio y la miraba con deseo.
–Antes tienes que darme los buenos días.
Ella quiso resistirse, pero ya lo estaba abrazando por el cuello y poniéndose de puntillas para darle un beso en los labios.
Draco la agarró del pelo y le sujetó la cabeza mientras el beso aumentaba de intensidad, y con la otra mano le masajeó el trasero.
Cuando por fin se separaron ambos respiraban con dificultad.
–Buenos días, sargento instructor.
–Buenos días, Arabella, mou –respondió él sin sonreír–. Ya te puedes vestir.
Temblando, Rebel se giró y se puso los pantalones, estaba terminando de subírselos cuando notó que Draco le tocaba justo encima del glúteo derecho.
Se quedó inmóvil. Se le había olvidado la cicatriz.
–¿Qué es esto?
Ella no lo miró.
–Un accidente –respondió, intentando hacerlo con naturalidad.
–¿Mientras entrenabas? –volvió a preguntar él.
La cicatriz no era grande, pero la herida había sido profunda, aunque no tanto como la que llevaba en el corazón, de la que no le podía hablar porque entonces la odiaría.
–No, es de hace mucho tiempo –respondió mientras se ponía la camiseta–. Ya estoy lista, podemos empezar.
Los ojos de Draco estaban llenos de preguntas y Rebel contuvo la respiración y esperó que lo dejase pasar. No quería que la magia que había descubierto la noche anterior con él se terminase tan pronto. Y se terminaría si Draco le obligaba a desvelarle su secreto.
Pero lo vio sonreír de medio lado.
–Esa invitación es muy difícil de rechazar.
La tomó de la mano y la condujo al ascensor, donde tocó el botón del tercer piso.
Ella miró los demás botones.
–¿Hay siete pisos?
Él asintió y la hizo retroceder hasta la pared.
–Adivina qué hay en el séptimo –murmuró, dándole un suave beso en la frente.
Y a Rebel abrazarlo por la cintura le pareció la cosa más natural del mundo.
–Umm… ¿La guarida de Draco el Dragón?
Él hizo una mueca.
–Casi. Estoy deseando enseñártelo.
El ascensor se detuvo y salieron a una terraza que rodeaba la casa y que era lo suficientemente ancha para albergar todo el piso que Rebel había tenido en Chelsea cuatro veces. Contuvo la respiración al ver las vistas. El mar Egeo parecía un tapiz cubierto de joyas que se movían y el cielo era de un azul perfecto. También era perfecta la playa de arena blanca que había debajo de la casa y los acantilados rojos que le servían de base.
–Es precioso.
Él sonrió y asintió mientras la guiaba por la terraza hacia unos escalones de piedra.
–Aquí es adonde vengo cuando quiero apartarme del mundo. La hice construir hace siete años.
–¿Antes de tu accidente?
Draco bajó las escaleras y ella lo siguió.
–Sí. Quería tener un lugar privado en el que poder entrenar y este era perfecto. Cuando me convertí en agente, me pareció un buen sitio para relajarme.
–¿Cómo de grande es la isla?
Draco llegó al final de las escaleras y se estiró. Esperó a que ella también lo hiciera y ajustó el cronómetro de su reloj.
–Cuatro kilómetros de ancho, que vas a correr dos veces en tres minutos menos de tu marca habitual. Vamos.
Pasó por debajo de un arco de buganvilla y desapareció de la vista de Rebel antes de que esta hubiese dado el primer paso, pero lo alcanzó y consiguió mantenerse a su lado. Cuando terminaron la segunda vuelta estaba sudando y tenía el rostro colorado. Estaba bebiendo agua cuando miró a Draco y estuvo a punto de atragantarse por el deseo con que la estudiaba este.
–Vamos dentro –fue lo único que le dijo él mientras le quitaba la botella de la mano y bebía también.
El séptimo piso era tal y como Rebel había sospechado. Una zona del tamaño de dos canchas de baloncesto llena de todo tipo de aparatos. Había incluso un ring de boxeo en un rincón.
Rebel giró sobre sí misma.
–Estaba equivocada. Esto es más bien como el séptimo círculo del infierno de Dante.
Él sonrió.
–El infierno está bien, te ayuda a apreciar más el cielo.
Durante las tres siguientes horas, Rebel se dio cuenta de lo mucho que disfrutaba Draco haciéndola pasar por el infierno.
No obstante, cuando este anunció que se había terminado el entrenamiento, ella hizo diez saltos verticales más.
–De acuerdo, ya me has dejado todo claro. No te pongas chula –le dijo él.
Rebel se echó a reír y se limpió el sudor de la frente.
–Sí, sargento instructor.
Luego apoyó la punta del pie contra la pared para estirar los gemelos. Iba a retroceder cuando lo notó detrás. Había sido consciente de su deseo durante todo el entrenamiento y no necesitaba mirarlo en esos momentos para saber que Draco no iba a controlarse más.
–Mantén las manos en la pared –le ordenó él.
Y entonces le quitó una zapatilla y un calcetín, y los otros. Después le bajó los pantalones cortos.
–Draco –murmuró ella sorprendida.
–¿Sí?
–Estoy sudada.
–Sí.
Draco le bajó la cremallera delantera de la camiseta, la dejó abierta y le acarició los pechos.
Rebel se estremeció mientras le acariciaba los pezones y todo su cuerpo reaccionó a aquellas atenciones. Entonces las caricias se desplazaron más abajo.
Rebel no estaba preparada para la sensación que iba a invadirla.
–¡Draco! –abrió los ojos y bajó la vista hacia la fuente del placer.
Se encontró con su mirada ardiente mientras él seguía acariciándola con la lengua.
No supo si llevaba segundos acariciándolas. U horas. El tiempo había dejado de existir, no le importaba. Solo podía procesar el éxtasis que sentía en ese momento.
Entonces Draco se incorporó.
–Eres exquisita, Arabella mou. Exquisita –le susurró al oído–. Y toda mía. ¿Por qué me dejaste creer todo lo que los medios decían de ti?
Ella intentó encontrar las palabras adecuadas para responderle.
–Umm… parecías empeñado en querer creer que era una sirena salvaje y traviesa, pero ya te dije que no lo sabías todo de mí.
Él gimió mientras la acariciaba con la mano entre los muslos.
–Ya puedes ser la sirena salvaje y traviesa conmigo. Y no vuelvas a ocultarme nada importante, ¿entendido?
A ella le dio un vuelco el corazón.
–Draco…
Él la hizo olvidarse de la sensación de culpa con sus caricias.
Luego la tomó en brazos y la llevó hasta el banco de pesas, y Rebel dejó de pensar por completo.
Casi ni oyó cómo rasgaba Draco el envoltorio del preservativo, este tomó completamente el control de la situación, la agarró por la cintura y le hizo el amor con todavía más intensidad que la noche anterior.
Las tres semanas siguientes pasaron en una rígida rutina. Entrenaban dos veces al día, seis veces a la semana. Entre entrenamiento y entrenamiento, hacían el amor, montaban picnics por la isla o comían en la casa de Draco. El primer día de descanso, Draco la llevó a dar un paseo en yate alrededor de la isla.
No hablaron de temas demasiado personales, pero poco a poco Rebel fue sintiendo más miedo al mirar su anillo de compromiso. Quería que todo lo que estaba ocurriendo entre ambos fuese real.
Un día de la última semana que iban a pasar en la isla Rebel se despertó de la siesta y fue en busca de Draco, cuyo despacho estaba en el segundo piso. Era el único lugar de la casa, además del gimnasio, al que Rebel iba vestida, ya que no quería a arriesgarse a presentarse allí desnuda mientras Draco mantenía una videoconferencia.
Oyó su voz profunda y su sensual risa y dejó de andar. Su corazón se aceleró y se llenó de una poderosa emoción que amenazó con doblarle las rodillas.
Salió a la luz del día y lo vio echar la cabeza hacia atrás y reír de nuevo. La alegría de su rostro hizo que Rebel se quedase sin aliento.
Draco la vio y le hizo un gesto para que se acercase adonde estaba él. Rebel lo hizo y miró hacia la pantalla que tenía delante.
La mujer que había al otro lado se parecía mucho a Draco.
–¿Maria?
Esta sonrió.
–Hombre, por fin conozco a la falsa prometida de mi hermano.
Rebel miró a Draco, que se encogió de hombros.
–Entre Maria y yo no hay secretos. Ya no.
–Hemos aprendido la lección, por las malas –comentó su hermana–, aunque no me habló de ti hasta que no salisteis en los periódicos.
Draco agarró a Rebel por la cadera y miró a Maria.
–Estaba intentando protegerte.
Ella puso los ojos en blanco.
–Vivo en una torre de marfil, con seguridad veinticuatro horas al día, y médicos. Un escándalo o dos le darían algo de emoción a mi vida.
Rebel se echó a reír.
–Eso mismo le digo yo siempre.
–Y seguro que te contesta echando fuego por la boca, ¿verdad?
Draco frunció el ceño y las dos mujeres se echaron a reír.
–Muy graciosas.
–Hace que las cosas sean muy fáciles, ¿verdad? –dijo Rebel.
Maria suspiró.
–Casi demasiado fáciles.
–Ya basta –dijo él–. Hasta la semana que viene, Maria.
–De acuerdo. Y sé que estás haciendo todo lo que puedes con Carla, pero recuerda que el hecho de necesitar ayuda no implica aceptarla. En cualquier caso, te quiero.
Draco se puso tenso.
–Sé buena.
Maria puso los ojos en blanco y después miró a Rebel.
–Me alegro de conocer el motivo por el que mi hermano cada vez sonríe más. Espero conocerte en persona algún día.
María se desconectó y la pantalla se quedó en blanco. Draco apagó el monitor y entonces se hizo un extraño silencio.
Rebel se aclaró la garganta.
–¿Yo soy el motivo por el que sonríes más? ¿Significa eso que me vas a dejar dormir media hora más mañana por la mañana? –bromeó, intentando que no se le notase que tenía el corazón acelerado.
–De eso nada. Maria es una romántica empedernida. Si quieres media hora más de sueño, tendrás que ganártela.
–¿Y cómo me la puedo ganar? ¿Fregando los siete pisos de tu casa?
–Además del entrenamiento, el único trabajo manual que te exijo es conmigo –respondió Draco–. Quítate ese vestido.
Ella obedeció y se arrodilló ante él. Draco se quedó inmóvil y Rebel aprovechó el momento de desconcierto para bajarle la cremallera del pantalón. Draco la ayudó poniéndose en pie.
Lo acarició lentamente, primero con la mano y después con la boca. No tardó en aprender lo que le gustaba más y jugó con él hasta conseguir que gimiese de placer.
En un momento dado Draco enterró los dedos en su pelo, pero no fue para apartarla, sino para mantenerla allí hasta que sucumbió totalmente a sus atenciones.
Después, la sentó en su regazo y le dio un beso casi reverente en la frente.
–Por esto, glikia mou, te concedo una hora más en la cama mañana.
A la mañana siguiente, Draco observó cómo dormía Arabella y se sintió agradecido de no tener que mantener la guardia alta desde tan temprano. Los sentimientos se habían apoderado de su corazón mientras él estaba ocupado haciéndole el amor a Arabella. ¿O sería que esta había superado con creces todas sus expectativas cuando él le había puesto el reto de aumentar la intensidad de los entrenamientos? ¿O las veces que había disfrutado de sus atrevidas palabras, que tanto lo hacían reír?
El modo en que había ocurrido no importaba.
El comentario de Maria acerca de su evidente felicidad lo había sorprendido, aunque era una felicidad que, en realidad, estaba envuelta en tinieblas. Estaba seguro de que Arabella le ocultaba algo.
Draco se odiaba por no planteárselo directamente, por darse un día más con la excusa de que su equipo de investigación le conseguiría la información. De todos modos, lo que Arabella le había revelado hasta entonces tenía poca importancia.
Arabella no podía hacerle daño a Maria, y con eso le bastaba.
«Pero podría hacerte daño a ti». Se le encogió el pecho y apartó la idea de su mente. Solo podrían hacerle daño si permitía que aquello durase más de lo necesario.
Hasta entonces su equipo no había averiguado nada de Tyson que él pudiese utilizar para hacerlo entrar en razón. Intentaría proteger a Carla todo lo que pudiese, pero estaba empezando a darse cuenta de que había cosas que se le escapaban de las manos.
Arabella cambió de postura entre sus brazos, abrió los increíbles ojos azules y sonrió. Lo abrazó por el cuello y le dijo:
–Gracias por esta hora extra, ha sido divina.
–De nada. Ahora, a ver si esto también te parece divino.
Inclinó la cabeza, tomó lo que era suyo y acalló el clamor de sus instintos.
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