Cumbres de deseo
Capítulo 3
Rebel supo que se había delatado en cuanto lo vio incorporarse y situarse justo delante de ella.
Aquel hombre era el responsable de que Rex Glow hubiese dejado de patrocinarla. Eso hacía que se sintiese furiosa, pero, sobre todo, estaba muy sorprendida por la otra información que le acababa de dar.
–Dígame dónde está su padre.
En ese momento, Rebel entendió que lo llamasen el Dragón. Sus ojos grises eran lo suficientemente gélidos y letales como para haber congelado el Sáhara. Y al mismo tiempo daba la sensación de que iba a echar fuego por la nariz en cualquier momento.
–No… no sé dónde está.
–¿Y espera que la crea?
–Crea lo que quiera. Hablamos brevemente por teléfono hace un par de días. Comentamos que podíamos comer juntos, por eso he venido hoy, a darle una sorpresa…
Pensó entonces que su padre casi no había articulado palabra durante aquella conversación, que había sido ella la que lo había dicho casi todo.
–Le advierto que lo mejor es que me cuente la verdad ahora, señorita Daniels, antes de que las cosas se pongan peor, tanto para usted como para su padre –la amenazó Draco Angelis.
Ella no pudo evitar sentir miedo.
–En realidad no quedamos en nada. Y hoy he decidido sobre la marcha venir a ver si podíamos comer juntos. Llevo un tiempo sin verlo y…
–¿Cuánto tiempo?
–Esa información es privada, no es asunto suyo.
–¿No cree que la repentina desaparición de mi director financiero y su presencia aquí, en mi edificio, son de mi incumbencia?
–Supongo que se ha tomado unas vacaciones. ¿Y qué? –comentó ella.
–Teniendo en cuenta que en los cinco años que lleva trabajando para mí nunca se ha ido de vacaciones, supongo que comprenderá que me resulte sospechoso que haya decidido tomárselas ahora, sin consultarme antes. Además, tenemos un procedimiento para el absentismo laboral. Mis trabajadores no suelen faltar al trabajo sin más.
–¿Porque si no los despediría inmediatamente?
–Tal vez no inmediatamente. Antes pediría una explicación.
Ella puso los ojos en blanco.
–Así que no es solo un dragón, sino también un ogro. Enhorabuena.
Él la fulminó con la mirada gris.
–¿El tema le resulta divertido?
Rebel se enfadó.
–Tan divertido como haber descubierto que, al parecer, tiene algún problema personal conmigo a pesar de que es la primera vez que nos vemos.
Él se puso tenso, su expresión se volvió todavía más impresionante.
–No hace falta que nos conociéramos para que supiese la clase de persona que es. Y su comportamiento en la última media hora no ha hecho más que confirmar mis sospechas.
–¿No me diga? De todos modos, no sé por qué le interesa tanto mi vida privada.
–Si es del interés de mi cliente, también lo es del mío. Además, es solo cuestión de tiempo que sus irresponsabilidades afecten directamente a otro atleta –replicó Draco sin dejar de mirarla fijamente a los ojos.
La reacción de Draco Angelis era demasiado exagerada como para que Rebel pudiese creer que solo estaba pensando en un cliente.
No obstante, ella solo quería salir de allí y buscar a su padre.
–Me parece que hemos terminado, señor Angelis. Rex Glow ya no es mi patrocinador, así que yo no tengo por qué escuchar sus acusaciones infundadas acerca de mi vida. Si quiere creer todo lo que lee en las revistas, es su problema, no el mío.
Él no intentó detenerla cuando fue hacia la puerta. Y Rebel supo el motivo en cuanto intentó abrirla y no pudo.
–Abra la puerta ahora mismo.
–No he terminado con usted. Se marchará cuando me diga dónde se está escondiendo su padre.
Ella se giró y se lo encontró muy cerca. Su olor invadía todos sus sentidos un segundo después.
Aquel hombre no era solo un dragón peligroso, era una criatura muy bella, su rostro y su cuerpo eran una impresionante combinación diseñada para atrapar a sus indefensas presas.
¡Pero ella no era su presa!
–¿Siempre se precipita sacando conclusiones o estamos teniendo mi padre y yo un trato de favor?
–¿Quiere que toda la empresa se entere de que mi director financiero me ha robado?
–¿Tiene pruebas?
–No son pruebas definitivas, pero la cosa no pinta bien. Es solo cuestión de tiempo que averigüemos adónde ha ido a parar el dinero. Y el hecho de que su padre no esté respondiendo a mis llamadas y a mis correos no es precisamente prometedor.
–¿Y qué le diría si respondiese?
–Ha trabajado muy bien para mí durante cinco años. Escucharía sus explicaciones.
–¿Antes de hacer que cayese sobre él todo el peso de la ley?
–¿Piensa que debería dejarlo marchar si fuese culpable?
A ella le dio un vuelco el corazón.
–Teniendo en cuenta que todavía no sabemos si ha hecho algo malo, yo pienso que sí.
–Su cara de póker no es tan buena como piensa. Sabe dónde está. Dígame algo y me lo pensaré antes de denunciarla.
–No sé dónde está. Se lo juro –respondió Rebel.
Draco dio el último paso que los separaba y la agarró del brazo desnudo. Y ella sintió como una corriente eléctrica recorría todo su cuerpo, separó los labios e intentó tomar aire.
Draco, por su parte, inhaló profundamente. La expresión de su rostro fue de desconcierto por un instante, pero luego volvió a tornarse fría.
–Tal vez no sepa dónde está, pero sabe algo. Le sugiero que me lo cuente ahora.
Rebel negó con la cabeza. Si su padre había tomado un dinero que no era suyo y lo había depositado en su cuenta, ella no lo podría devolver. En esos momentos, no supo qué era peor, si confesar que sospechaba que su padre era culpable, o informar a Draco Angelis de que había utilizado el dinero para participar en los campeonatos de Verbier. Estaba casi segura de que este la consideraría cómplice del crimen y haría que la metiesen en la cárcel.
–Arabella, esta es tu última oportunidad.
Ella se sintió desconcertada al oír que la llamaba por su nombre. La sensación fue tan fuerte que le temblaron las rodillas y sintió calor entre los muslos.
Separó los labios, pero antes de que le diese tiempo a hablar Draco la agarró del otro hombro y le advirtió:
–Piensa bien lo que vas a decir.
Rebel respiró hondo.
–No –respondió con firmeza.
–¿A qué estás respondiendo con ese no? –le preguntó él.
–No voy a responder a más estúpidas acusaciones. Ni voy a permitir estar prisionera en este despacho. Ni que me toque. No a todo. Ahora, déjeme marchar o me pondré a gritar.
–Grita todo lo que quieras. La habitación está aislada.
–Qué casualidad. ¿Hace esto con frecuencia?
–¿El qué?
–Traer aquí a mujeres y retenerlas en contra de su voluntad.
El juró entre dientes en un idioma que Rebel no entendía.
–Nunca ha venido a mi despacho una mujer en contra de su voluntad.
–Entonces, ¿admite haber seducido a mujeres en su despacho durante la jornada laboral?
Él sonrió.
–Veo que das por hecho que soy yo el que seduce.
–Así que no solo tiene que aguantar que hagan espectáculos en sus oficinas, sino que además vienen a seducirlo a su despacho. Pobrecillo. No sé cómo consigue trabajar.
–Tienes la lengua muy suelta, Arabella –la tuteó.
Ella volvió a estremecerse, pero luchó contra la sensación.
–Y una mente muy ágil, así que si piensa que va a ocurrir algo que no sea que me voy a marchar de aquí inmediatamente, está muy equivocado.
–Veo que eres una mujer muy segura de ti misma.
–Si me desnudase aquí y ahora, ¿me rechazaría?
–No lo harías. En realidad, eres más recatada de lo que quieres hacer ver.
Rebel no pudo evitar ruborizarse.
–En cualquier caso, nunca lo sabrá.
–Por supuesto que sí. Si quiero, te desnudarás ante mí en un futuro muy próximo. Dónde y cuándo yo decida, cuando sepa que nadie nos va a interrumpir.
–Me va a tener que decir dónde compra las bolas de cristal. Me había quedado sin ideas para los regalos de Navidad.
Él le soltó un brazo y Rebel estaba a punto de suspirar aliviada cuando vio que Draco le ponía la mano en la nuca y hacía que levantase el rostro. Se le aceleró el corazón y le ardió la sangre en las venas.
Draco inclinó la cabeza y bajó la vista a sus labios. Estaba a punto de besarla y ella no se podía mover ni podía apartar la mirada de unos labios que se acercaban a los suyos cada vez más.
–No necesito bolas de cristal para lidiar con el sexo opuesto, pero nos estamos alejando del tema del que estábamos hablando. Cuéntame lo que sabes, Arabella.
–Por última vez, aparte las manos de mí. No sé dónde está mi padre…
El pitido del intercomunicador que había sobre el escritorio la acalló. Draco se puso tenso y apretó la mandíbula, molesto con la interrupción.
–Señor Angelis, siento molestarlo, pero Olivio Nardozzi ha vuelto a llamar. No quiere dejar un mensaje ni esperar, dice que le prometió que le devolvería la llamada hace quince minutos.
Draco levantó la cabeza, pero no la soltó, ni apartó la mirada de sus labios mientras contestaba:
–Dígale a Olivio que hablaré con él en dos minutos. Que espere en línea o que yo lo llamaré.
–Sí, señor Angelis.
Volvió a hacerse el silencio en la habitación. Draco no parecía tener prisa por hablar, ni por hacer nada que no fuese retenerla allí.
–¿Otro de sus angelicales y comprensivos clientes? –se burló ella.
–Llegará el día en que esa boca te meterá en un buen lío –respondió él.
–Se acaba su tiempo, señor Angelis.
Él la agarró con más fuerza y luego la soltó de repente. Antes de que a Rebel le diese tiempo a escapar, Draco apoyó ambas manos en el cristal que había a sus espaldas.
–Tienes hasta las seis de esta tarde para decirme lo que sabes acerca de mi dinero. Estoy seguro de que no vas a querer que vaya a buscar una respuesta.
Ella quiso retarlo, pero se mordió la lengua, era más sensato batirse en retirada.
Notó que Draco le metía una tarjeta de visita en la cinturilla de los pantalones de licra, el dorso de sus dedos le rozó la piel y sus músculos se tensaron al notarlo.
Entonces lo vio retroceder. Un momento después la puerta estaba abierta.
–Supongo que ya puedo marcharme.
Él levantó el teléfono y marcó varios números.
–Si mi equipo de seguridad no te retiene, te puedes marchar, pero ambos sabemos que eres culpable de algo, Arabella. Haz lo correcto y llámame.
Se sentó detrás del escritorio y empezó a hablar por teléfono:
–Olivio, perdona que te haya hecho esperar. Espero que me hayas llamado porque has reconsiderado mi oferta –dijo en tono encantador y cercano.
Rebel salió de allí y tomó el ascensor. Dio por hecho que podía marcharse cuando se encontró con el jefe de seguridad en la planta baja y este le dio sus pertenencias. Las tomó y volvió a salir al débil sol del mes de febrero.
La suave brisa le aclaró un poco las ideas, pero no podía dejar de pensar en la tarjeta de visita que le quemaba la piel, y en que el dinero que había utilizado para conseguir participar en el campeonato había sido robado a un hombre que la tenía en muy baja estima.
Se sacó la tarjeta y clavó la vista en ella.
Deseó romperla y tirarla al suelo, pero supo que era una tontería.
Buscó el teléfono en su bolso mientras se alejaba del edificio de Draco.
–Contessa, ¿sabes si han cargado ya los cheques del campeonato?
–Hola, ¿cómo estás? Sí, ya han cargado los cheques, esta mañana, y también el dinero de tu viaje, el alojamiento y el equipo. Iba a pasarme por tu casa esta noche con una botella de champán para celebrarlo. Sé que no bebes cuando estás entrenando, pero había pensado que un trago o dos no te harían mal… ¿Rebel? ¿Te ocurre algo?
Ella espiró, presa del pánico.
–¿Y no hay manera de recuperar el dinero?
–¿Recuperarlo? ¿Por qué? –le preguntó su manager.
–Da… da igual.
–Cuéntame qué ha ocurrido.
–Nada. Son los nervios de última hora. Ven a verme si quieres, pero sin el champán.
–Por supuesto… ¿Seguro que estás bien?
–Seguro. Luego hablamos.
Colgó e, inmediatamente, marcó el número de su padre a pesar de que sospechaba que no iba a funcionar. Se aclaró la garganta al oír que saltaba el contestador y dejó un mensaje.
Sintiéndose indefensa por primera vez en mucho tiempo, colgó. Se colocó los auriculares, subió el volumen y corrió al metro, haciendo un esfuerzo por no pensar en la tarjeta que había vuelto a meterse en la cinturilla del pantalón y manteniendo la esperanza de que no se vería obligada a utilizarla.
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