Cumbres de deseo

Maya Blake · Capítulo 2 de 15

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Cumbres de deseo

Capítulo 2

 

 

Draco Angelis no era un hombre dado a la emoción ni a los impulsos. No obstante, al mirar a la mujer que tenía delante sintió ganas de volver a jurar. De hecho, hacía mucho tiempo que no deseaba hablar tan mal.

Se dijo a sí mismo que era porque el espectáculo que aquella mujer había estado dando a sus empleados en los últimos quince minutos le había hecho perder dinero. Además, realizando semejante exhibición en el despacho de Nathan Daniels aquella mujer estaba llamando la atención sobre un hecho que prefería mantener oculto. Draco siempre había mantenido a Angel International alejado de los escándalos y había conseguido ser profesional y reservado. Ninguno de sus clientes tenía derecho a hacer públicos los detalles de sus acuerdos.

Y el criterio era el mismo para su vida privada.

Pero la repentina desaparición de Nathan Daniels y el supuesto motivo de la misma hacían sospechar a Draco que pronto empezarían las especulaciones.

Y lo último que necesitaba era a aquella… sirena moviéndose de manera sinuosa en el despacho de su Director Financiero.

Con respecto a lo que su cuerpo había sentido al verla, en especial en la zona de la bragueta… Bueno, no pasaba nada por recordar de vez en cuando que era un hombre con sangre en las venas.

–¿Conducta lasciva?

Una sensual carcajada interrumpió los pensamientos de Draco y lo devolvió al presente.

–¿No le parece un poco exagerado?

Una gota de sudor corría por el lóbulo de la oreja de la mujer. Draco la siguió con la mirada, incapaz de apartarla, mientras seguía corriendo por su piel y se perdía en el valle de sus pechos. ¿Le parece que realizar semejantes movimientos delante de una ventana, a la vista de todos mis empleados, es exagerar?

–No sabía que lo que estaba haciendo pudiese distraer a nadie. ¿Le importa retroceder?

–¿Qué ha dicho?

–Ya casi he terminado. Si paro ahora, tendré que empezar desde el principio. Lo siento, pero necesito espacio para las dos últimas posiciones, así que, si no le importa…

Draco se dijo que había sido la sorpresa lo que lo había empujado a incorporarse y no el deseo de ver cómo terminaba sus ejercicios. En cualquier caso, retrocedió con la mandíbula todavía más apretada, se cruzó de brazos y miró hacia abajo mientras el flexible cuerpo de la mujer se estiraba ante él.

Esta guardó el equilibrio sobre los codos, con el torso recto. Sus ágiles piernas dejaron el suelo y mantuvo la posición perpendicular varios segundos. Draco vio cómo le vibraban los músculos del vientre mientras estaba boca abajo, recorrió con la vista su piel brillante de sudor, la musculosa perfección de su cuerpo. Y se odió por ello.

Fuese quien fuese aquella mujer, no tenía ningún derecho a estar allí.

Dio un paso al frente justo en el momento en el que ella bajaba la otra pierna y se incorporaba.

No era muy alta, solo le llegaba al pecho, pero sus ojos azules brillaban con una fuerza que hacía que pareciese mucho más alta. Tenía la barbilla decidida y su boca, que seguía sonriendo aunque con cierta cautela, le hizo pensar en cosas que no tenían lugar allí.

–¿Por dónde íbamos? –le preguntó ella con voz sensual.

–Estábamos hablando de su presencia en mi edificio.

–Ah, sí, quería saber quién soy.

–Veo que intenta obviar el tema de la violación de la propiedad.

–Porque no he cometido ese delito. Tengo derecho a estar aquí.

–Lo dudo mucho. No suelo autorizar la presencia de mujeres desnudas para que realicen ejercicios acrobáticos ante mis empleados.

Ella miró a sus espaldas y vio a un grupo de hombres que miraban con avidez varios despachos más allá. Sonrió y saludó con la mano.

Una fría mirada de Draco hizo que sus empleados se dispersasen aunque Stan Macallister, que era un tipo valiente, se atrevió a devolver el saludo.

Draco decidió que había llegado el momento de poner fin a aquella farsa, se acercó al escritorio de su Director Financiero y tomó el teléfono.

–Soy el señor Angelis. Quiero que Seguridad suba al despacho de Daniels. Hay una visita indeseada a la que hay que acompañar a la calle. Y dígale a mi jefe de seguridad que antes de que termine el día quiero un informe en mi escritorio acerca de cómo ha conseguido llegar aquí.

Colgó el teléfono con más fuerza de la necesaria.

–Vaya, ¿de verdad piensa que era necesario?

Él se giró y se la encontró delante de la ventana, con una mano en la cadera y la cabeza inclinada hacia un lado. El pelo moreno y sedoso le caía hacia un lado y lo estaba mirando con una ceja arqueada.

–Tengo una reunión con un cliente dentro de menos de media hora. La echaría de aquí personalmente, pero después no tendría tiempo de darme una ducha.

Ella cambió de expresión al oír aquello y Draco sintió una infantil satisfacción al darse cuenta de que por fin le había dicho algo que la había desequilibrado.

–Todo esto me parece ridículo. Me llamo Rebel Daniels y soy la hija de Nathan Daniels. He venido a comer con mi padre y se me ha olvidado firmar abajo, así que Stan me ha dejado entrar. Mi padre no estaba aquí cuando he llegado. He dado por hecho que estaría reunido o algo así y he decidido esperar. Solo he utilizado el yoga para intentar aliviar el estrés.

Draco se hizo varias preguntas. ¿Cómo era posible que aquella mujer hubiese conseguido subir sin firmar abajo? ¿De verdad era la hija de Daniels? ¿Por qué estaba estresada?

–¿Sus padres le pusieron Rebel? –preguntó desconcertado, sin pensarlo.

–No, aunque mi madre se preguntó cómo no se le había ocurrido a ella cuando empecé a utilizar ese nombre con quince años.

–Entonces, ¿su nombre real es…?

–Pensé que no le interesaba –respondió, dándose la vuelta e inclinándose a recoger la esterilla.

Él se obligó a apartar la mirada de su trasero y la posó en los pies desnudos, y después, la apartó completamente de ella al darse cuenta de que sus uñas de los pies, pintadas de color melocotón, lo fascinaban.

–Solo me interesa si eso me ayuda a encontrar a su padre.

Rebel levantó la cabeza y lo miró con el ceño fruncido.

–¿Qué quiere decir? ¿Mi padre no está aquí?

Draco vio a dos hombres fornidos acercándose al despacho. Su jefe de seguridad parecía muy nervioso. Y tenía motivos. Él levantó la mano cuando llegaron a la puerta.

–¿Cuándo ha hablado con su padre por última vez?

Rebel miró a los dos hombres y después a él, había nerviosismo en su mirada.

–¿Qué importa eso?

–Importa porque a mí también me gustaría hablar con él.

Ella abrió más los ojos.

–Entonces, ¿no está aquí? –insistió.

–Pensaba que eso ya había quedado claro, señorita Daniels. Ahora, ¿va a responderme o la dejo con ellos? –le preguntó, inclinando la cabeza hacia los dos hombres de seguridad.

Rebel frunció el ceño.

–¿Qué está pasando aquí? Si mi padre no está en su despacho y usted quiere que me marche, me marcharé. No tiene que ponerse así. Y no hace falta que nadie me acompañe a la puerta.

–Pero ha pasado aquí sola más de quince minutos. Quién sabe qué información ha podido obtener.

–¿Me está acusando de haber robado algo?

–¿Lo ha hecho?

–¡Por supuesto que no!

–Dejaré que sean ellos quienes juzguen eso. Estoy seguro de que la dejarán marcharse en un par de horas, en cuanto hayan tomado sus huellas, le hayan revisado la bolsa y hayan confirmado su supuesta inocencia.

Su jefe de seguridad entró, seguido de su asistente.

–Llévese la bolsa de la señorita Daniels…

–¡No puede estar hablando en serio!

–Y la esterilla de yoga. Y asegúrese que no está en posesión de nada que no le pertenezca.

–De acuerdo, está bien. Contestaré a sus malditas preguntas.

Los hombres se detuvieron.

Draco sacudió la cabeza.

–Llévense eso. Dejen los zapatos. Los avisaré cuando haya terminado con ella.

Rebel lo miró con odio.

–¿Podemos terminar cuanto antes con este ridículo interrogatorio?

Él se puso recto.

–Venga conmigo.

–¿Adónde? –replicó ella inmediatamente.

–A mi despacho.

–Esto… ¿señor? –intervino el jefe de seguridad–. Necesitamos el nombre completo de la señora para poder meterla en el sistema.

Draco la miró con una ceja arqueada.

–Me llamo Arabella Daniels –murmuró ella a regañadientes.

Y Draco tardó menos de un segundo en darse cuenta de quién era. Arabella había sido una prometedora esquiadora de fondo, hasta que había cambiado al salto. Tenía veinticinco años y, si bien llevaba los últimos años entre las diez mejores, nunca había conseguido ir más allá de la quinta posición. Probablemente debido a sus travesuras fuera de la pista.

La sorpresa inicial se convirtió en desprecio, pero Draco mantuvo la expresión neutral mientras se despedía de sus hombres de seguridad e iba hacia su despacho.

–Siéntese –le pidió una vez allí.

–No, gracias. Tengo entendido que tiene una reunión importante, ¿o era una excusa para deshacerse de mí?

–Es cierto, pero la otra parte lo entenderá. Suelo rodearme de personas razonables y sensatas.

Ella dejó de moverse y frunció el ceño.

–¿Es eso una indirecta?

–Sé quién es, señorita Daniels.

–Es lo normal, dado que le he dicho mi nombre. Teniendo en cuenta que es el jefe de esta casa de muñecas de cristal, lo normal sería que no sea tonto.

–Así que los rumores son ciertos.

–¿Qué rumores? –preguntó ella con cautela.

–Los que dicen que le gusta comportarse de manera ofensiva y rebelde.

–Y a usted parece que no le gusta que le digan las cosas tal y como son. De hecho, se comporta de manera bastante melodramática. ¿Por qué lo hace? ¿Pretende compensar alguna otra carencia? –lo dijo en tono de broma, pero cuando bajó la mirada a su cintura se ruborizó y tuvo que apartarla.

Entonces, Draco esbozó una sonrisa tensa.

–Nunca he tenido que compensar ninguna carencia en toda mi vida, señorita Daniels. Si tuviese tiempo y ganas, se lo demostraría.

–Da por hecho que yo sí que tengo tiempo para estar escuchando sus tonterías. Ahórrese las amenazas veladas, pregúnteme lo que quiera saber y permita que ambos continuemos con nuestras vidas.

–La veo un poco desequilibrada. ¿Es porque no se siente cómoda en este entorno?

Ella se quitó la goma que le sujetaba el pelo y una cascada de ondas negras le cayó sobre la espalda.

–¿Por qué iba a sentirme así? Solo porque sea usted un tipo tan poco razonable…

–¿O es porque no le parezco tan ingenuo como los hombres con los que suele relacionarse?

–No sé qué es lo que piensa saber de mí, pero si me ha traído aquí para hacerme esas preguntas tan absurdas…

–Le gusta dominar a los hombres, ¿verdad?

–Solo cuando me suplican que lo haga. ¿Quiere que lo domine? No me he traído ninguna fusta, pero seguro que podría hacer algo con los cordones de las botas.

Él bajó la vista a sus pies.

–Seguro que sí, en las circunstancias adecuadas, pero paso.

Ella arrugó la nariz y a Draco le subió todavía más la temperatura, y el enfado.

–¿Siempre espera a que las circunstancias sean las adecuadas? Qué aburrido. Si se dejase llevar por los impulsos, se sorprendería.

Draco le enseñó los dientes en una sonrisa que los medios de comunicación llamaban la sonrisa del dragón.

–Pienso que las personas como usted confunden con demasiada facilidad la precipitación con la impulsividad. Personalmente, pienso que la espera aumenta las expectativas.

Rebel lo miró a los ojos unos segundos y después apartó la vista. El color de las mejillas la delataba y era evidente que tenía el pulso acelerado, lo mismo que él.

–Todo esto es muy interesante, pero estoy completamente segura de que en realidad sabe muy poco de mí. O me hace esas preguntas tan importantes que me iba a hacer, o le pide a sus guardias de seguridad que me devuelvan mis cosas.

–Pretende competir en los campeonatos de esquí de Verbier este año. ¿No debería estar entrenándose, en vez de estar haciendo exhibiciones y saliendo a comer?

Ella respiró hondo y se giró hacia él. Su expresión ya no era de aburrimiento.

–¿Sabe quién soy?

–Mi trabajo consiste en conocer a personas como usted.

–¿Qué quiere decir con eso?

–A atletas irresponsables que intentan comprar su lugar en los primeros puestos.

Rebel se acercó hacia él, furiosa.

–¿Cómo se atreve? Es una acusación ridícula y totalmente infundada.

–Sé lo suficiente, y no voy a molestarme en averiguar más. Las personas como usted manchan la reputación de atletas con talento y dedicación. Le quedan tres patrocinadores, que deben de pensar que su fama los va a ayudar a vender sus productos. Tal vez los avise de que no será así.

El enfado de Rebel se tornó en sorpresa. Miró a su alrededor y vio que el despacho estaba decorado con trofeos y fotografías, y entonces sintió un verdadero interés por él.

–Es Draco, el súper agente.

–Soy Draco Angelis, sí.

Ella tragó saliva.

–Representa a Rex Glow.

–¿El que fue su patrocinador? Sí.

Rebel respiró hondo, pero su siguiente pregunta no fue la que él había esperado.

–¿Y mi padre trabaja para usted?

–¿Le sorprende?

Ella frunció el ceño.

–Lo cierto es que sí.

–¿Por qué? –le preguntó él, volviendo a pensar en que tenía que encontrar el motivo de la desaparición de Nathan Daniels.

–Porque… –Rebel dudó–. Digamos que nunca le gustaron los deportes de competición.

–Pues ha sido mi director financiero hasta hace dos semanas, cuando, al parecer, desapareció de la faz de la tierra –admitió él, cruzándose de brazos.

–¿Y lo está buscando porque…?

–Ha desaparecido medio millón de libras de mis cuentas. Y me gustaría hablar con él del tema –le respondió Draco con la vista clavada en la expresión de Rebel, que era de culpa y nerviosismo.

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