Cumbres de deseo

Maya Blake · Capítulo 4 de 15

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Cumbres de deseo

Capítulo 4

 

Draco leyó el informe por segunda vez y después lo cerró. Se preguntó por qué su director financiero no se había molestado en ocultar pistas y después se dijo que el motivo no le importaba.

Lo cierto era que se había cometido un delito. Que Daniels y su hija habían cometido un delito.

Porque Draco no tenía la menor duda de que ella también estaba metida en aquello hasta el cuello. Lo había visto en su rostro, aunque hubiese intentado ocultárselo.

Apretó la mandíbula al recordar la suavidad de su boca… su sedosa piel. Arabella no había utilizado solo la boca para distraerlo. Había utilizado todo el cuerpo. Intentó recordárselo a su propio cuerpo mientras atravesaba la ciudad a toda velocidad para dirigirse a la dirección de Chelsea que sus investigadores le habían dado.

También se sentía molesto porque había sabido que Arabella no lo llamaría en el plazo que él le había dado. Habían pasado las seis y a pesar de que tenía en sus manos todas las pruebas que necesitaba, la hija de su director financiero había mantenido el silencio.

Abrió un sobre que contenía otros problemas bien distintos. A pesar de sentirse satisfecho al saber que, por fin, después de muchos meses de duro trabajo, iba a obtener la merecida recompensa, todavía no podía creer que Olivio Nardozzi hubiese incluido aquellas condiciones ineludibles en el contrato.

Pero no había llegado hasta allí para perder.

Todos los agentes querían a Carla Nardozzi, campeona de patinaje, número uno del mundo. Era trabajadora, carismática, de una timidez casi virginal, sería la joya de la corona de su agencia… el único problema era la condición que su padre había puesto para que firmase con el grupo Angel.

–Ya hemos llegado, señor –le dijo el conductor, interrumpiendo sus pensamientos.

Draco salió del coche y miró la fachada victoriana del edificio de dos plantas. No había imaginado una casita familiar en un barrio de las afueras. Subió las escaleras que llevaban hasta la puerta y llamó al telefonillo.

La puerta se abrió medio minuto después. Draco se dijo que no le importaba que Arabella no se preocupase por su seguridad, pero al llegar delante de la puerta de su casa y ver que estaba abierta, se enfadó.

La música estaba muy alta, pero no vio los altavoces inmediatamente al entrar y llegar a un salón grande, con las paredes blancas y decorado en tonos morados y rosas.

No le dio tiempo a ofenderse con la decoración, ya que entonces vio a Arabella, que tenía la cabeza agachada y ni se molestó en mirar.

Draco apartó la vista de sus piernas cruzadas el tiempo suficiente para darse cuenta de que, al parecer, estaba haciendo las maletas para realizar un largo viaje. ¿Querría huir con el dinero robado, tal vez?

Apretó la mandíbula y esperó.

Un momento después, Rebel levantó la cabeza y clavó los ojos azules en los suyos. Su gesto fue de sorpresa.

–No eres Contessa –gritó por encima de la música.

–No.

Puso a un lado los ligeros esquíes que Draco sabía que costaban una fortuna y se puso en pie.

–Usted… Estaba esperando a… ¿Qué está haciendo aquí?

–¿Siempre abres la puerta sin preguntar quién es? –replicó él.

Rebel se encogió de hombros.

–Pensé que era Contessa, mi manager. Es la única que sabe dónde…

Se interrumpió e hizo un ademán.

–Da igual. Volvamos a mi pregunta. ¿Qué hace aquí?

–Si insistes que sigamos jugando, te daré una pista, pero antes tienes que bajar la música.

Ella levantó la barbilla y se cruzó de brazos.

–No, si no le gusta mi música, puede marcharse por donde ha venido.

Él hizo un esfuerzo para no recorrer su cuerpo con la mirada. Iba vestida con una camiseta de tirantes y pantalones cortos. Prefirió ir hacia el aparato de música y bajarla él mismo.

–¡Eh, no puede hacer eso!

Draco se giró hacia ella e intentó no reaccionar ante su olor a champú de melocotón y un delicado perfume que invadía todos sus sentidos.

–¿Te has olvidado de la hora que es, Arabella? ¿No tienes reloj?

Ella apartó la vista del aparato de música y la clavó en su rostro.

–Tengo reloj. De hecho, tengo varios. Y sé perfectamente la hora que es.

–En ese caso, imagino que pensaste que las últimas palabras que te dediqué eran una broma.

–No del todo. No parece de los que gastan bromas. Y dudo que sepa apreciar un chiste, por muy bueno que sea.

–¿Nunca te tomas nada en serio?

Rebel se encogió de hombros.

Él deseó agarrarla como lo había hecho en su despacho, pero se metió las manos en los bolsillos para contenerse. A Arabella Daniels le gustaba provocar, pero él no iba a entrar en su juego, sino que iba a ser el que ponía las normas.

–En realidad, me tomé sus palabras como una sugerencia… tal vez una invitación, pero, como ve, he decidido no aceptarla.

Draco tomó aire. ¿Por qué le sorprendía aquel comportamiento? Sabía muy bien la clase de persona que era. La misma que había reducido el sueño de su hermana a un montón de cenizas. Él había confiado el bienestar y el talento de su querida hermana Maria a alguien que había pensado que la cuidaría, pero que le había destrozado la vida.

Miró hacia donde estaban las maletas, la ropa y el material de esquí, tirados en el suelo.

–¿Vas a alguna parte?

–Lo cierto es que sí, y estaba haciendo las maletas cuando me ha interrumpido, así que…

Draco bajó la vista a los esquíes que Arabella había estado envolviendo cuando él había llegado.

–Parece un equipo nuevo. Y caro. ¿Te ha caído el dinero del cielo? – inquirió.

Ella se puso tensa.

–Eso no es asunto suyo.

Draco hizo un gesto brusco con la mano.

–Basta. Tengo pruebas irrefutables de que el dinero que tu padre ha desviado ha ido a parar a tu cuenta bancaria. Ya te he dado tiempo más que suficiente para que me contases la verdad, pero veo que prefieres seguir mintiendo. ¿Estás dispuesta a hablar del tema en serio o prefieres que vaya a la policía?

Se sacó el teléfono del bolsillo, dispuesto a marcar.

Ella bajó los brazos. Se había ido poniendo pálida según oía hablar a Draco, pero todavía había fuego en su mirada.

–No he mentido. No sé dónde está mi padre y no tengo nada que ver con el desvío del dinero –respondió con el ceño fruncido–. ¿Está seguro de que no es todo un malentendido?

Él sonrió y negó con la cabeza.

–No suelo equivocarme con el paradero del dinero de mi empresa.

Arabella palideció todavía más.

–Ya le he dicho que no sé dónde está mi padre.

–¿Has intentado llamarlo por teléfono?

–Varias veces –admitió ella, enterrando los dedos en su pelo suelto.

Draco se dio cuenta de que estaba preocupada por primera vez, y aquello lo llenó de satisfacción.

–No ha respondido a mis llamadas –añadió, como si estuviese desconcertada con la situación.

–En cualquier caso, el dinero ha ido a parar a tu cuenta.

–Sí.

–¿Vas a responder a mis preguntas ahora?

Rebel asintió.

–Faltan varias semanas para que empiece el campeonato. Y las pistas de entrenamiento de Verbier no abren hasta dentro de un mes. ¿Adónde vas?

–Tengo una amiga que tiene un chalet en Chamonix. Iba a ir a entrenarme allí.

–¿Quieres decir que ibas a huir del país con el dinero? Tal vez pretendías reunirte con tu padre y celebrar juntos que me habíais engañado.

–No –le respondió–. ¿Me creería si le digo que no sabía de dónde procedía? ¿Que intenté devolverlo nada más recibirlo?

Draco arqueó una ceja y volvió a mirar el caro equipo que había en el suelo.

–¿De verdad?

–Miré, sé lo que piensa…

–Lo dudo mucho. Pedirle al banco que devolviese el dinero era demasiado complicado, pero supongo que gastártelo fue muy sencillo, ¿verdad?

–No me lo gasté. No inmediatamente. El dinero llegó después de que Rex Glow y el resto de mis patrocinadores empezasen a abandonarme, gracias a usted, supongo. Mi padre debió de darse cuenta de lo que ocurría…

Hizo una pausa, pero ya era demasiado tarde.

–¿Quieres decir que, además de desviar mi dinero, tu padre violó la confidencialidad de su trabajo?

–¡No! No lo sé.

–Tengo la sensación de que me estás ocultando algo.

Ella estuvo en silencio unos segundos, después suspiró.

–De acuerdo, si tanto le interesa, le diré que llevaba años sin hablar con mi padre hasta que, hace un par de semanas, me llamó.

–¿Por qué no os hablabais?

–Eso no es asunto suyo –replicó Rebel–. El caso es que cuando hablamos le pregunté por el dinero, y me dijo que me lo daba sin ninguna condición. Que era mío y podía utilizarlo como quisiese. Y entonces perdí a un par de patrocinadores más…

–Y decidiste utilizarlo, sin pararte a pensar de dónde había salido semejante cantidad.

–Tal vez usted esté acostumbrado a sospechar de todo el mundo, pero el padre al que yo conocía antes de que… perdiésemos el contacto, era un hombre honesto y trabajador. No sé qué le haría usted para que…

–¿Perdona?

Su atrevimiento lo sorprendía.

–¿No pretenderás echarme a mí la culpa de lo ocurrido?

–Mi padre no está aquí para dar su versión, ¿no?

–No –murmuró Draco–, pero estás tú.

–De acuerdo, espere un momento.

Rebel se acercó al aparato de música y puso una sensual melodía de Oriente Medio. Luego volvió a acercarse a él.

–Tengo un plan en mente para que recupere su dinero.

Draco no había esperado oír aquello, pero…

–Te escucho.

–Mi manager ha recibido una oferta para que participe en un reality show después de los campeonatos. No iba a aceptar, pero veo que no tengo elección.

–No.

–¿Por qué no? –preguntó ella sorprendida.

–No quiero que te prostituyas delante de una cámara para devolvérmelo.

–No es esa clase de programas…

–Todos son esa clase de programas. Si piensas lo contrario es que eres muy ingenua, además de tonta.

–Y usted es un cerdo arrogante que piensa que puede decirme lo que tengo que hacer. No dudo de que tiene mucho poder en el mundo del deporte –comentó en tono irónico–. Ya me ha demostrado que puede dejarme sin patrocinadores, aunque todavía no acabo de entender el motivo, pero no voy a permitir que maneje mi vida privada. Si no le gusta mi propuesta, lléveme a la cárcel. Aunque no sé cómo va a recuperar el dinero si lo hace.

La pasión de Arabella despertó algo en él que llevaba mucho tiempo dormido. Llevaba mucho tiempo dedicándose únicamente a controlar su imperio. Y a asegurarse de que a Maria no le faltase de nada. El resto de emociones era superfluas.

El recuerdo de su hermana lo devolvió a la realidad.

–Aunque finjas lo contrario, estoy seguro de que te asusta la idea de ir a la cárcel. Además, ¿vas a arriesgarte a que tu padre pague por lo que ha hecho?

Ella se quedó helada al oír aquello.

–¿Mi padre? ¿No había dicho que iba a ser yo la que devolviese el dinero?

–Eso no lo absuelve de su delito. Mi empresa va a ser auditada a finales de mes. Independientemente de quién ponga el dinero, se va a descubrir lo ocurrido.

–Pero… no puedo darle medio millón de libras de aquí a final de mes.

–Lo sé –respondió Draco con satisfacción.

El rostro de Arabella se ensombreció.

–Usted puede hacer algo para evitarlo. Si quiere. Es eso lo que está intentando decirme desde que ha llegado, ¿verdad?

–Todo depende de si estás dispuesta a satisfacer mis demandas.

Ella negó con la cabeza.

–Si espera que me retire del campeonato, la respuesta es no.

–¿Tanto deseas competir?

Rebel se mordió el labio inferior un instante. Los labios le temblaron ligeramente antes de responder:

–Sí.

Draco había sacado las manos de los bolsillos sin darse cuenta, lo vio al agarrarla de los hombros. Arabella tenía los huesos delicados y la piel muy suave.

–¿Y estás dispuesta a escucharme cinco minutos?

–Si insiste, pero tengo un entrenamiento a las cinco de la mañana, así que, si no le importa, empiece ya, señor Angelis.

–Draco.

–¿Cómo?

–Para lo que tengo en mente, necesito que empieces a llamarme por mi nombre. Inténtalo.

–No.

Él puso la mano bajo su barbilla para que lo mirase a los ojos.

–Di mi nombre, Arabella.

–Prefiero que me llamen Rebel.

–Me parece que ya hemos dejado claro que tus preferencias no están en mi lista de prioridades. Te llamaré Arabella, y tú me llamarás por mi hombre.

–Está bien… Draco.

–Una vez más, con sentimiento.

–Esto es absurdo… Draco.

La sensualidad con la que dijo su nombre hizo que Draco estuviese a punto de perder el control y le recordó que su libido estaba viva y bien viva.

Después se preguntó si se había vuelto loco, pero entonces se recordó por qué lo hacía.

Por Maria. Por la hermana a la que había fallado. Por la hermana cuya mirada se llenaba de dolor cada vez que lo miraba. Para conseguir su perdón y devolverle la alegría a sus ojos.

–Tierra llamando a Draco.

Este volvió en sí. La música envolvía la habitación con un ritmo sensual y la sirena que tenía delante en pantalones cortos iba a ser la respuesta a sus plegarias.

Se estaba volviendo realmente loco…

Se apartó al notar unos dedos suaves en la barbilla.

–Si no te has convertido en un zombi, ¿puedes decirme por qué debo llamarte por tu nombre?

Él clavó la vista en su rostro perfecto. Tenía los ojos grandes, los labios separados, era la viva imagen de la inocencia. Aunque Draco sabía que al mismo tiempo era salvaje y temeraria.

Eso haría que mantuviese las distancias con ella, emocional y sexualmente, aunque aquello último estaba en el aire, teniendo en cuenta su plan.

Lo hacía por Maria. Solo por Maria.

–Si no quieres que tu padre y tú vayáis a la cárcel, tendrás que fingir que eres mi prometida durante los próximos tres meses.

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