Cumbres de deseo

Maya Blake · Capítulo 7 de 15

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Cumbres de deseo

Capítulo 7

 

 

Draco echó el aire que tenía contenido en el pecho y asintió. Se negó a reconocer que estaba nervioso.

–¿Y me puedes asegurar que esta es la última vez que cambias de opinión?

Ella se encogió de hombros.

–Lo intentaré, pero me reservo el derecho a tambalearme un poco si la situación me supera. Al fin y al cabo, soy humana, no un robot.

Si hubiese sido un robot, habría sido el más sexy del mundo. El calor que había sentido entre las piernas cuando la había sujetado al tropezar revivió con más fuerza. Draco cambió de postura en la silla y notó que le apretaban los pantalones cuando la vio tomar el vaso de agua y beber de él.

Rebel dejó el vaso y lo miró de reojo.

–Esto es muy importante para ti, ¿verdad? –le preguntó.

Draco supuso que Rebel pretendía cambiar de tema y a pesar de que él seguía enfadado al saber que el hombre en el que había confiado durante los últimos cinco días había abandonado a su propia familia, prefirió dejarlo estar. Por el momento.

Se tomó su tiempo antes de responder y pidió café al camarero antes de decir:

–Sí, es importante.

Rebel siguió jugando con el vaso de agua.

–¿Por qué? Y no te molestes en decirme que es por dinero.

Él se puso tenso y se preguntó por un instante cuánto debía contarle.

–No, no es por dinero, aunque como hombre de negocios tengo interés en proteger mis activos y los de mis clientes.

–Por supuesto, pero hay algo más.

–Carla Nardozzi y su padre están pensando en renovar su contrato con Tyson Blackwell para tres años más. Yo pretendo asegurarme de que eso no ocurre.

Rebel lo miró sorprendida.

–Pero Tyson es uno de los entrenadores más solicitados. Yo misma trabajé con él en un programa de grupo hace unos años.

Draco volvió a enfadarse, pero se contuvo. Tenía que hacer el papel de amante enamorado, no de amante enfadado y celoso.

–Lo sé. ¿Y por qué dejaste de entrenar con él?

Ella se encogió de hombros.

–Creo que le tenía echado el ojo a presas más grandes. A Carla Nardozzi, supongo.

–Pues considérate afortunada. Siempre lleva al límite a las personas a las que entrena.

Rebel sonrió al camarero que le acababa de llevar el café antes de volver a mirar a Draco a los ojos.

–¿Y eso es negativo?

–Lo es cuando la otra persona se rompe.

La mirada de Rebel se llenó de comprensión, emoción que Draco jamás habría asociado con la persona egocéntrica que sabía que era ella.

–¿Le ha ocurrido a alguien que conoces? –le preguntó.

–Sí –se obligó a responder Rebel.

Luego tomó su café y lo sopló suavemente. Y Draco volvió a ponerse tenso, pero de otra manera. No supo si enfadarse al darse cuenta de que su libido seguía viva, o si alegrarse de la distracción que le suponía intentar comprender las diferentes personalidades de la mujer que tenía sentada enfrente. Rebel sabía escuchar y era comprensiva y, al mismo tiempo, era una ladrona narcisista. ¿Era posible?

–Pues lo siento. ¿Y estabas muy unido a esa persona? –insistió Rebel.

Draco decidió que prefería tener que enfrentarse a su libido a hablar de temas que le traían recuerdos dolorosos. No obstante, la caja que había en el bolsillo interior de su chaqueta siguió donde estaba mientras se tomaba el café doble.

–¿Te has ocupado de lo de tus otras relaciones, como prometiste?

Rebel se echó a reír.

–En primer lugar, no te he hecho ninguna promesa. En segundo, ¿de dónde te has sacado la idea de que tengo relaciones, en plural?

–En las últimas semanas han aparecido varias fotografías tuyas con cierto grupo de rock.

Algo parecido a dolor cruzó la mirada de Rebel.

–Cole, el cantante, hacía snowboard cuando era más joven. Nos reencontramos en un evento hace un par de semanas y estuvimos un rato juntos.

–En las fotografías apareces sentada en su regazo.

Arabella sacudió la cabeza.

–Cualquiera diría que estás celoso.

La tensión de Draco aumentó.

–Esto no es más que un trámite para asegurarme de que luego no hay sorpresas.

Ella lo miró fijamente a los ojos.

–No las habrá.

Por segunda vez en una hora, Draco sintió que la tensión desaparecía. No sabía por qué, pero creía a Arabella. Bajó la vista a sus dedos desnudos y sintió un repentino impulso.

Confirmó que se había terminado el café, se puso en pie y le tendió la mano.

Ella dudó un instante antes de darle la suya y levantarse también. Los pocos clientes que quedaban en el restaurante los miraron.

El maître apareció con el chal de Arabella. Draco se lo puso sobre los hombros y notó que se estremecía al rozar su piel.

Le había demostrado a Arabella que había química entre ambos, por mucho que ella quisiera negarlo, pero lo que no había imaginado era que a él también le costaría un enorme esfuerzo resistirla.

Arabella le dio las gracias en voz baja y caminó a su lado, de su mano. Draco estudió su perfil e intentó contener la creciente atracción.

Aunque si lo pensaba fríamente se decía que aquella atracción haría que su relación fuese más creíble. Otra parte de él le pedía que cambiasen las condiciones de su acuerdo para hacer reales determinadas partes.

Acalló a la segunda y condujo a Arabella hasta el coche.

Aunque él hubiese estado dispuesto a tener una aventura, jamás habría escogido como compañera a Arabella Daniels. Su forma de vida, salvaje y descarada, jamás habría encajado con la suya, ni siquiera durante las pocas semanas que solían durar sus relaciones.

Y no podía arriesgarse a que una persona así se acercase a Maria.

Satisfecho con su decisión, la ayudó a entrar en el coche y se puso al volante. El trayecto de vuelta a su casa fue rápido. Cuando Arabella se dispuso a bajar del coche, él la detuvo.

–Espera.

Ella pareció sorprendida, pero esperó a que Draco diese la vuelta al coche y le abriese la puerta.

–Gracias.

La agarró del codo, la acompañó hasta la puerta y esperó a que encontrase las llaves en el bolso.

Arabella lo miró de reojo y esbozó una sonrisa. Estaba nerviosa.

–Invítame a subir.

–¿Por qué?

–Porque falta una cosa antes de poder dar por finalizada la velada.

Ella lo miró fijamente antes de entender lo que quería decir.

–Ah, el anillo de compromiso. Pensé que ibas a dármelo en público.

Él se encogió de hombros.

–Nos quedamos sin público mientras discutíamos de otros asuntos. Y no voy a darte el anillo aquí, en las escaleras. Invítame a subir.

Ella tomó aire.

–Bueno… está bien.

Abrió la puerta y él se la sujetó para que pasase delante, después la siguió escaleras arriba hasta la puerta de su piso. En el salón, esperó a que Arabella encendiese las lámparas y ahuecase los cojines del sofá. Entonces la vio que se retorcía las manos.

–Pareces nerviosa.

Ella rio, se encogió de hombros.

–No sé por qué. Supongo que es la primera vez que me hacen una declaración de amor falsa.

La idea de que otro hombre se le hubiese declarado lo puso tenso, pero apartó la sensación de su mente. Se metió la mano en el bolsillo y al notar el terciopelo de la caja la tensión se transformó en otra cosa. Algo que le pareció que era inquietud. Frunció el ceño. No había practicado lo que iba a decir porque en realidad aquello no era una declaración de amor. Los dos estaban desempeñando un papel con un objetivo en mente. El momento no podía ser tan solemne como él lo sentía.

–Si quieres que te ponga música dramática para acompañar el suspense, dímelo. Tengo mucha –comentó Arabella con una ceja arqueada.

Él agarró la caja con toda la mano.

–No será necesario.

Se acercó a ella, sacó la caja y se la tendió.

Ella dio un grito ahogado, luego frunció el ceño.

–¡Es de verdad! Quiero decir… que no soy una experta en joyas, pero parece uno de verdad.

Draco apretó los dientes.

–¿Pensabas que te iba a dar un anillo falso?

–La verdad es que sí. A juego con el compromiso falso. No sé por qué te muestras tan ofendido.

–Con un anillo falso todo el mundo sabría que el compromiso no es de verdad.

Rebel miró la caja.

–Pero este anillo debe de valer más de lo que te debo. ¿Estás seguro de que me lo quieres confiar? –murmuró–. ¿Y si lo pierdo?

–Tengo un seguro de pérdida. Y de robo.

Draco no supo por qué había añadido lo segundo, pero vio dolor en los ojos de Arabella y se sintió mal..

–Dame la mano.

Ella dudó un instante y Draco no pudo evitar preguntarse si sería así como se sentía un hombre cuando se declaraba ante una mujer. Se compadeció de los que lo hacían.

 

Rebel sacó la mano izquierda muy despacio, estaba nerviosa.

–Maldita sea –murmuró entre dientes.

–¿Qué pasa? –le preguntó Draco.

Ella se encogió de hombros.

–Si hubiese sabido que iba a tener que llevar un anillo así, habría cuidado más mis uñas.

Siempre las llevaba cortas, pero se las habría pintado. Vio que Draco fruncía el ceño.

–Lo siento, no quería estropear el momento.

–No hay nada que estropear –replicó él–. Y tus uñas están bien.

El diamante rectangular estaba rodeado de diamantes talla baguette que brillaban bajo las tenues luces del salón de Rebel, a la que le temblaban las manos. Le quedaba perfecto y no podía apartar la vista de él. Tampoco pudo evitar preguntarse cómo se habría sentido si aquel momento hubiese sido real.

Aunque jamás habría escogido a Draco Angelis para un momento así. Era demasiado arrogante y dominante para ella.

–Ahora me toca a mí preguntarte si quieres música melodramática. ¿O es que no te gusta el anillo? –preguntó él con voz tensa.

–Es…

Precioso. Rebel estaba tan emocionada que no podía ni hablar.

–Está bien –dijo por fin–. Supongo que con esto Nardozzi se convencerá de que somos pareja.

Draco hizo una mueca.

–Me temo que para eso vas a tener que esforzarte más.

Antes de que a Rebel le diese tiempo a responder, a Draco le sonó el teléfono. Se lo sacó del bolsillo y miró la pantalla un instante, con gesto de satisfacción.

–Dessida ha hecho lo que le pedí.

Rebel no supo por qué le sorprendía que Draco consiguiese que hombres con enormes egos, como François Dessida, se plegasen a sus deseos.

–Estupendo –respondió ella a pesar de los nervios–. Entonces, ya estamos todos listos.

–No del todo –le dijo Draco–. Tienes que trabajar un poco más en tu lenguaje corporal.

–¿Perdona?

Él le enseñó la pantalla del teléfono, donde estaba la fotografía que el restaurante había subido a su red social.

–Esto no es muy convincente.

Rebel miró la fotografía.

–Ya la han visto más de medio millón de personas, no sé dónde está el problema.

–El problema está en que se supone que somos amantes, y tu postura indica otra cosa.

Ella estudió la imagen. Draco tenía la mano en su cadera y ella estaba tensa.

–La próxima vez que nos vean juntos en público serás mi prometida. Tu actuación tendrá que ser estelar –le dijo él mientras se guardaba el teléfono.

–Entendido, te prometo que caeré rendida a tus pies.

–No, tampoco quiero arriesgarme a que te pases. Tenemos que encontrar un equilibrio.

–¿Y cómo sugieres que lo hagamos? ¿Nos hacemos un test de compatibilidad?

–No.

Se acercó más y la agarró por la cintura. El inesperado movimiento y el calor de sus manos hicieron que Rebel se pusiese completamente tensa.

–¿Qué haces? –le preguntó en voz más alta de la que había estado utilizando hasta entonces.

–Te acabas de poner en tensión. Si te ocurre cada vez que te toco, nuestro plan va a fracasar.

–Me has sorprendido, eso es todo –respondió ella con una voz que seguía sin ser la suya.

Draco la acercó más a él y la tensión aumento.

–Arabella, relájate –le pidió con voz profunda, hipnótica.

–Le dijo el encantador a la serpiente.

Él sonrió de medio lado y apretó con los pulgares los huesos de sus caderas.

Una corriente eléctrica la sacudió y sintió calor entre las piernas. La sensación de deseo era tan fuerte que Rebel se quedó sin aliento. Draco la miraba fijamente mientras seguía jugando con los dedos en su ropa.

Y cuando pensó que ya no lo podía soportar más, él clavó la vista en su boca.

Lo vio inclinar la cabeza para tocarla con los labios unos segundos después.

Todos los átomos de su cuerpo se concentraron en aquel punto de contacto, en aquella presión, que fue suave al principio y que después se transformó en una exploración más profunda e intensa, que le cortaba la respiración.

No era la primera vez que la besaban, pero Draco lo hizo con tal maestría que, a pesar de que solo duró un par de segundos, Rebel sintió que todos sus sentidos se derretían. Sintió que la devoraba antes de sucumbir a la sensación.

Él pasó la mano de la cadera al hueco de su espalda y casi al mismo tiempo Rebel lo abrazó por el cuello como si sus brazos tuviesen voluntad propia. No pudo resistir la tentación de enterrar los dedos en su pelo sedoso.

Draco le metió la lengua en la boca y ella se quedó sin fuerza en las rodillas. El deseo la invadió, notó que se le endurecían los pechos contra el sujetador y se frotó contra su pecho para intentar aliviar aquel anhelo.

Él gimió y Rebel estaba tan inmersa en la sensación que casi no se dio cuenta de que la tomaba en brazos para tumbarla en el sofá.

Cuando Draco agarró su pierna y se la colocó sobre la cadera, ella cambió de posición para acomodarlo. La inconfundible fuerza de su erección la excitó todavía más y la sensación eléctrica fue tan fuerte para ambos que se quedaron inmóviles. Ella abrió los ojos y se encontró con los de Draco, que la miraba con deseo.

Un deseo que no tenía cabida en el acuerdo al que habían llegado.

Rebel dio un grito y apartó los labios de los de él. Desenganchó las manos de su pelo para apoyarlas en sus hombros y lo empujó.

–Apártate de mí. Ahora mismo –le dijo con voz temblorosa.

Draco apartó su imponente cuerpo del de ella y volvió a recuperar el control como si el deseo que Rebel había visto en sus ojos hubiese sido solo fruto de su imaginación.

–Tranquilízate, Arabella.

Ella se puso de pie de un salto y se fue a la otra punta de la habitación.

–Tenemos que sentirnos cómodos el uno con el otro. Ahora ya sé cómo sabes y no te vas a sobresaltar cada vez que te toque en público.

–Como me toques como lo acabas de hacer…

Él arqueó una ceja.

–Ha sido recíproco, glikia mou. Seguro que si busco encuentro en mi cuerpo la marca de tus uñas.

Rebel sintió calor en el rostro y se cruzó de brazos para intentar detener el traicionero temblor de su cuerpo. Lo fulminó con la mirada.

–¿Hemos terminado? Me gustaría dormir. Mañana tengo que levantarme temprano.

Él pasó por su lado y se detuvo al llegar a la puerta.

–Hemos terminado por ahora, pero volveremos a hacerlo mañana por la noche. En público.

–¿Estás seguro de que haces esto solo para salvar a Carla? Yo tengo la sensación de que no necesita tu ayuda.

Seguía sospechando que había algo más que Draco no le había contado.

El rostro de Draco se transformó en una máscara de acero.

–He aprendido a mirar más allá de la superficie, Arabella. Si tú también te molestas en hacerlo, te darás cuenta de que las cosas no siempre son lo que parecen. Buenas noches.

Ella se quedó inmóvil donde estaba mientras Draco salía de su piso. Aunque no pudo olvidar sus palabras, fue la emoción de su voz y el gesto de dolor de su rostro lo que la impresionó.

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