Cumbres de deseo
Capítulo 6
Las flores llegaron a las ocho de la mañana, cuando estaba poniéndose la ropa de deporte. Greg, su entrenador, que había llegado cinco minutos antes para llevarla corriendo al gimnasio, entró con una ceja arqueada y el ramo de calas más bonito que Rebel había visto jamás.
Además de las flores, el jarrón negro era también precioso.
Greg silbó mientras lo posaba en la mesa del comedor.
–Flores de Gilla Rosa. Hay alguien que quiere llamar tu atención.
Todavía sorprendida, Rebel esbozó una sonrisa.
–Supongo que sí –admitió, acercándose a tomar la tarjeta que había entre las flores, nerviosa.
–¿En el Château Dessida, eh? ¿Pensé que no estabas saliendo con nadie? –comentó Greg, que había leído la tarjeta por encima de su hombro.
Dado que era su entrenador, era de las pocas personas que sabía lo entregada que estaba a la preparación de los campeonatos.
Rebel estuvo a punto de contestarle que no salía con nadie, pero se mordió el labio. En doce horas tendría que empezar a actuar como la prometida de Draco Angelis, así que bien podía comenzar a practicar.
–Hemos empezado hace poco –dijo, dejando la tarjeta en la mesa para terminar de atarse las zapatillas.
Después empezó con la rutina de estiramientos.
–No pretendo juzgarte, pero no sé si es sensato empezar a salir con alguien cuando están tan cerca los campeonatos –le advirtió su entrenador.
Rebel dejó escapar una risa falsa.
–Probablemente no lo sea, pero ¿no dicen que uno no elige de quién se enamora?
Él arqueó las cejas rubias oscuras.
–También dicen que el trabajo duro es tu propia recompensa. Has trabajado mucho para llegar adonde estás, así que no olvides tu objetivo.
Rebel puso los ojos en blanco, pero sin dejar de sonreír.
–De todos modos, tú no me vas a permitir hacerlo. Además, nunca se sabe. Tal vez el amor verdadero sea lo que me falta para poder ganar.
Y echó a correr antes de que Greg pudiese responder.
Al volver a casa después del entrenamiento matinal, acababa de salir de la ducha cuando llamaron al timbre. Era un mensajero con un documento de cinco páginas en el que se detallaba la agenda de Draco para los siguientes quince días y había espacio para que ella escogiese cómo prefería pasar su tiempo libre. Se quedó boquiabierta al leer la extensa lista y la nota final, en la que decía que el mensajero volvería a pasar en una hora a recuperar el documento cumplimentado.
Molesta, empezó a hacer cruces al azar, tachó varias preguntas y respondió a una.
Una hora después le abría la puerta al mensajero con una sonrisa, pero esta se borró de su rostro en cuanto vio que un elegante coche se detenía detrás de la camioneta de este.
Los seis conjuntos con accesorios a juego que le llevó la estilista le quedaban perfectos, y eran extravagantes, pero elegantes al mismo tiempo, así que pensó que podría haberlos elegido ella misma en una tienda. De no haber sido por el precio.
Decidió que era mejor dejarse llevar que sufrir por aquello, y se estaba quitando un mono blanco, sin mangas, cuando sonó el teléfono.
–¿Dígame? –respondió, tumbándose en la cama.
–Espero que no te pases los tres próximos meses haciendo modificaciones a nuestro acuerdo.
–No se me dan bien los enigmas. ¿Qué he hecho mal ahora?
–Tachar preguntas acerca de tus intereses personales y responder de manera inadecuada.
–Ah, es eso. ¿No te gustan los stripteases? –le preguntó.
–Ni hacer puenting. Ni comer con los ojos tapados en una habitación a oscuras. Tal vez considerase hacer paracaidismo, si tuviésemos tiempo, pero no lo tenemos.
Rebel se dio la vuelta y clavó la vista en el techo.
–¿Estás seguro de que te atreverías a tirarte en paracaídas?
–¿Me estás retando?
–Tal vez. Responderé a tu aburrido cuestionario si te tiras conmigo después de los campeonatos. Si tienes pelotas.
–No necesito mis pelotas para tirarme en paracaídas, están ahí para otra cosa.
Rebel agradeció estar hablando con él por teléfono, porque sintió que le ardía el rostro.
–Bueno, da igual. Entonces, ¿aceptas?
–No, Arabella. No acepto. No hace falta adrenalina para todo en la vida. Además, prefiero ver cómo te va durante las próximas semanas antes de hacer planes para dentro de varios meses.
La dureza de sus palabras apagó la poca alegría que le quedaba a Rebel. Se sentó al borde de la cama y clavó la vista en el delicado papel y en las cajas que había sobre la cama y en el suelo. De repente, ver aquella ropa tan cara la incomodó.
–¿Por fin he conseguido dejarte sin habla? –le preguntó él.
Rebel se recompuso.
–He contestado a la primera página de tu documento y pienso que con eso tendremos para la primera semana, ¿no?
–Ya hablaremos de eso esta noche. Pasaré por allí a las siete y media, espero que estés preparada.
Draco colgó antes de que a Rebel le diese tiempo a contestarle. Tanto mejor.
Decidió estrenar el mono blanco porque terminó muy tarde el entrenamiento y era la única prenda que no necesitaba que la planchase. Se puso unos tacones dorados y negros, un collar también dorado y pulseras a juego, y se recogió el pelo en un moño suelto antes de terminar con los pendientes de oro y un clutch blanco.
Cuando Draco llegó en su coche deportivo ella lo estaba esperando fuera. Abrió la puerta y se sentó en el suave sillón de cuero. Y se dio cuenta inmediatamente de que estaba enfadado.
–¿Siempre esperas en la esquina a que te pasen a recoger?
Ella se abrochó el cinturón de seguridad, cosa que le resultó difícil porque se había puesto muy nerviosa al verlo tan guapo, con un traje oscuro, pero sin corbata y la camisa gris con el primer botón desabrochado.
Cuando por fin estuvo abrochado, Rebel respiró hondo. Y se arrepintió de haberlo hecho porque había aspirado su olor a limpio y a aftershave.
–He salido para ahorrarte tiempo. No me digas que he ofendido a tu sensibilidad de caballero.
Él apretó los labios.
–No me habría costado nada ir hasta tu casa.
Rebel no supo por qué aquel comentario tan caballeroso la hacía quedarse sin aliento. Competir a alto nivel significaba olvidarse a menudo de sensibilidades femeninas. Había pensado que no necesitaba comentarios amables y, no obstante, se le había puesto un nudo en la garganta al ver que Draco la trataba con cierta deferencia. Su padre había tratado así a su madre, siempre se había plegado a todos sus deseos.
Recordarlo aumentó su angustia, pero hizo un esfuerzo por recuperar la compostura al darse cuenta de que Draco la seguía mirando.
–De acuerdo. La próxima vez lo haré mejor.
Él puso gesto de sorpresa, pero el semáforo se puso en verde y miró al frente. El resto del trayecto transcurrió en silencio.
El Château Dessida era un edificio pequeño y exclusivo, conocido por su cocina francesa. Se rumoreaba que el cocinero, que tenía tres estrellas Michelin, escogía personalmente a los clientes que acudían al establecimiento. Además, se reservaba el derecho de hacer públicas fotografías de las personas que cenaban en su restaurante.
Draco le dio las llaves del coche al portero y guio a Rebel hasta la puerta.
–Empieza el espectáculo –le murmuró al oído.
Antes de que a ella le hubiese dado tiempo a comprender el sentido de sus palabras, la había agarrado por la cadera. A pesar de la ropa que los separaba, Rebel sintió calor allí donde la estaba tocando. Contuvo un grito ahogado y tropezó, pero Draco la agarró por la cintura.
–¿Estás bien?
Ella lo miró y se sintió aturdida al verlo sonreír de modo encantador. No pudo apartar los ojos de su rostro, que se había transformado completamente.
Aquel era un Adonis, seductor y atento.
–¿Arabella? Cariño, ¿estás bien?
Fue la combinación de su nombre con el apelativo cariñoso lo que la sacó del estupor. Respiro hondo y apoyó una mano en su pecho.
–¿No te estás pasando un poco, cielo? –le respondió entre dientes.
Él la agarró del brazo e hizo que se le pusiese la piel de gallina.
–Tú tropezón nos ha venido bien para llamar la atención –contestó él, también en voz baja, mientras le quitaba la estola de piel y se la daba a la señorita que se encargaba del guardarropa.
El comentario molestó a Rebel.
–No lo he hecho a propósito.
–En ese caso, es una suerte que tu amante haya estado aquí para evitar que te cayeras, ¿verdad?
Sin dejar de sonreír, Draco le acarició suavemente la mejilla.
Rebel estuvo a punto de darle un manotazo, pero entonces alguien llamó a Draco a sus espaldas.
François Dessida era un hombre de poca estatura, enjuto y con el pelo castaño, que los saludó efusivamente en francés. Draco respondió en el mismo idioma, luego hizo las presentaciones, y entonces François chasqueó los dedos y apareció el maître.
El dueño les deseó que pasasen una agradable velada y desapareció.
Cuando llegaron a su mesa, después de que Draco se hubiese detenido varias veces en otras a saludar, Rebel se sintió tan frágil y trasparente como una copa.
En cuanto estuvieron sentados y el maître se hubo marchado, Draco se inclinó hacia delante.
–¿Qué te pasa? –le preguntó con voz suave, aunque con cierta tensión.
–¿Puedes tocarme un poco menos, por favor? –susurró ella.
–La idea es exhibir lo enamorados que estamos. Y eso implica cierto contacto.
Por suerte, estaban en una mesa bastante apartada, así que Rebel contestó:
–Pero no tanto. ¿No podemos ser una pareja discreta?
–Esta noche te voy a pedir en matrimonio. Está empezando la que va a ser una de las noches más memorables de nuestras vidas. ¿Y esperas que no te toque?
Ella se quedó boquiabierta.
–¿Vas a pedirme en matrimonio?
–Es lo que se suele hacer para prometerse.
–¿Pero… aquí? –insistió Rebel nerviosa.
–No parece que te guste la idea.
Ella intentó guardar la compostura.
–Supongo que es porque has estropeado la sorpresa. Tengo que mejorar mis habilidades interpretativas –comentó, fingiendo decepción.
El alargó la mano por encima de la mesa y tomó la suya.
–Seguro que vas a estar a la altura de la ocasión –le dijo, levantando su mano para besar el dedo anular.
El flash de la cámara de un teléfono brilló inmediatamente y, a pesar de saber que aquel era un gesto estudiado, Rebel no pudo evitar que se le encogiese el estómago con una mezcla de ansiedad y miedo. En cuanto Draco la soltó, bajó la mano y la cerró sobre su regazo. Se estaba dando cuenta de que no era tan inmune a Draco Angelis como pensaba. La química que tan vehementemente había negado la noche anterior estaba allí y aumentaba con el tiempo.
La actuación estelar de Draco continuó durante el aperitivo y los platos principales. Él comió con hambre mientras que Rebel movía la comida por el plato.
–¿En qué piensas?
–Me has dicho que lo voy a hacer bien, pero no sé si soy capaz –le respondió después de que le hubiese rellenado la copa de vino.
Él respiró hondo.
–Pues te sugiero que encuentres la manera de conseguirlo. Ahora ya no puedes cambiar de opinión. Aunque tu padre volviese y encontrases la manera de que te cayese el dinero del cielo, tienes que cumplir con tu parte del acuerdo.
El vino que acababa de tragar se agrió en su boca mientras hacía girar la copa entre los dedos.
–Pero no ha vuelto, ¿verdad? –le preguntó Draco.
Rebel apretó los labios y negó con la cabeza.
–No, no ha vuelto.
–¿Ya lo había hecho antes? ¿Desaparecer de repente?
–Sí –admitió ella, dolida.
–¿Cuándo?
–Cuando… falleció mi madre. Se fue de casa después del funeral y no volvió en tres meses.
Draco frunció el ceño.
–¿Qué edad tenías tú?
–Diecisiete años.
–¿Y te dejó sola? –preguntó él, volviendo a ser el implacable hombre de negocios.
Aunque fuese absurdo, Rebel sintió cierto alivio al ver al Draco de verdad, aunque siguiese siendo un hombre imponente.
Se encogió de hombros.
–Mi tía venía a dar una vuelta por casa de vez en cuando, pero por aquel entonces yo ya era bastante independiente.
–¿Y acaso eso excusa sus actos? –inquirió Draco enfadado.
–Había perdido al amor de su vida –respondió ella con la vista clavada en el plato–. Y estaba… llorándola.
–¿Acaso no estabas sufriendo tú también?
Ella levantó la vista.
–¡Por supuesto! –dijo, tragando saliva antes de continuar–, pero… es que hay más cosas, Draco.
–Por supuesto, siempre lo hay, pero no es una excusa para no cumplir con las responsabilidades.
–Cada uno gestionamos los problemas de manera diferente.
–Sí. Y tu padre lo hace disparando y dejándote a ti con la pistola.
–¡No…!
–¿Más vino, mademoiselle? ¿Monsieur?
Ambos miraron al camarero. Draco se recuperó primero, quitándole la botella de la mano y echándolo con un ademán. Rebel negó con la cabeza y él dejó la botella en la mesa sin rellenar su propia copa. Estuvieron en silencio varios minutos, mientras Rebel intentaba controlar los temblores de su cuerpo.
No podía creer que le hubiese contado todo aquello a Draco, que le hubiese dado todavía más munición contra su padre y ella.
–Me diste tu palabra, no puedes echarte atrás –declaró en tono grave.
Rebel tenía muchos motivos para querer echarse atrás, pero todos eran motivos egoístas y se basaban en cómo la hacía sentirse Draco Angelis. Desequilibrada. Aprensiva. Nerviosa cada vez que la tocaba. Deseosa de que la tocase más.
Pero sus sentimientos no importaban. Tenía que ganar el campeonato por su madre y recuperar a su padre.
Le dio otro sorbo al vino y dejó la copa en la mesa.
–No me echaré atrás. Desde este momento, estoy metida en ello.
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