Cumbres de deseo

Maya Blake · Capítulo 15 de 15

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Cumbres de deseo

Capítulo 15

 

El RITMO cambió completamente durante las tres semanas posteriores. A pesar de que Arabella estaba instalada en el chalet que Draco tenía en Vervier, casi no lo veía. Había pasado a entrenar con Greg y con un equipo que Draco había contratado.

Rebel no se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos la nieve hasta que no había estado en lo alto de la rampa el primer día. Allí se había sentido en paz, con la sonrisa de su madre en mente. Por un instante, lamentó los años que había perdido siendo menos de lo que podía llegar a ser. ¿Cómo había podido pensar que podía vivir así toda su vida?

–¿Preparada? –preguntó Greg a sus espaldas.

–Sí –respondió, ajustándose las gafas y sintiéndose feliz de estar allí.

Greg contó y tocó el claxon. Ella hizo una mueca al darse cuenta de que había salido un milisegundo más tarde de lo previsto.

Ya podía imaginar la conversación que mantendría con Draco aquella noche, pero apartó aquello de su mente y se concentró en lo que estaba haciendo.

Su madre la había querido más que a su vida y ella sabía que, si hubiese sobrevivido al accidente que le había quitado la vida, la habría perdonado por su parte de responsabilidad en él.

Había llegado el momento de perdonarse a sí misma. Y de ser sincera con Draco, aunque fuese solo para ver si realmente podían tener un futuro juntos.

Aunque aparentemente todo seguía igual, Rebel había sentido un cambio en Draco desde el día que habían hablado con Maria por teleconferencia. Había dejado de reír tanto con ella, ya no se quedaba en la cama, a su lado, cuando ambos tenían tiempo. De hecho, habían empezado a compartir únicamente el tiempo durante el que hacían el amor.

Rebel no podía permitir que las cosas continuasen así. Draco la había ayudado a abrir los ojos y lo menos que podía hacer ella era contarle toda la verdad. Después, lo que él decidiese hacer era solo asunto suyo.

El corazón se le encogió cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, flexionó las rodillas y ejecutó un aterrizaje perfecto.

–Ya sabes lo que te van a decir del despegue, ¿verdad? –le dijo Greg por el micrófono que llevaba en la oreja.

–No le tengo miedo al dragón –mintió ella.

Sonriendo, esquió hasta la salida, se quitó los esquíes y tomó la rampa mecánica que volvía a llevarla a lo alto para volver a saltar. Faltaban tres días para que empezasen los campeonatos y Draco cada vez podía hacer menos críticas de sus saltos.

Estaba segura de que le echaría en cara ese milisegundo que había perdido, pero después de cuatro días sin verlo, a Rebel no le importaba que se pasase media noche sermoneándola. Solo quería pasar la otra media entre sus brazos.

Estaba duchada y en la cama, esperándolo, cuando sonó el teléfono. Vio que era él y se le encogió el corazón.

–Salvo que me estés llamando desde el salón, considera perdidos unos cuantos puntos.

–Te llamo desde urgencias –respondió él con voz tensa.

–¿Estás bien?

–Yo, sí. Por desgracia, Carla no. Está en cuidados intensivos.

–¡No! ¿Qué ha ocurrido?

–Se ha caído y se ha dado un golpe en la cabeza. No tiene lesiones vertebrales, pero los médicos no quieren correr ningún riesgo. Una ambulancia aérea la ha traído de la Toscana a Roma esta mañana.

Rebel agarró el teléfono con más fuerza.

–¿Cómo se lo ha tomado Maria?

–Está siendo muy fuerte –admitió él, orgulloso–. La he traído aquí esta tarde.

–Me alegro de que esté con Carla.

–Sí. Arabella, no sé cuándo voy a poder volver a Verbier.

A ella se le hizo un nudo en el estómago.

–No pasa nada, pero cuando vuelvas tendremos que hablar.

Draco guardó silencio.

–¿Estás ahí?

–Sí. Hablaremos todo lo que quieras. Ahora tengo que dejarte.

–Umm… de acuerdo…

Draco colgó antes de que a Arabella le diese tiempo a decirle que lo echaba de menos. O, aún más, que lo quería.

Porque lo quería.

Dejó caer el teléfono en su regazo y al bajar la vista vio el anillo de compromiso. Sintió que se le rompía el corazón ante la posibilidad de tener que quitárselo muy pronto. Al fin y al cabo, aunque Draco no le diese importancia a lo ocurrido en el accidente de su madre, nada le garantizaba que quisiese estar con ella.

Desesperada por apartar todo aquello de su mente, encendió la televisión. En todas las cadenas salía la noticia del accidente de Carla Nardozzi y se culpaba firmemente a Tyson Blackwell que, de hecho, estaba detenido.

Rebel pensó que, aunque tarde, se había hecho justicia. Apagó la televisión y volvió a tumbarse en la cama, rezando porque Draco y ella pudiesen empezar de cero.

Carla entró en coma inducido el día de la ceremonia inaugural de los campeonatos de esquí de Verbier.

Draco la llamó y volvió a disculparse por no poder estar allí y ella le quitó importancia, aunque se sintió muy triste.

El primer día de competición quedó segunda y tenía que haberse sentido feliz, pero Rebel solo podía estar pendiente del teléfono. El martes y el miércoles le fue todavía mejor y el jueves ya estaba a la cabeza de la categoría femenina de salto. De repente, todos los periodistas deportivos hablaban de ella. Contessa, emocionada, le concertaba entrevistas y negociaba con nuevos patrocinadores que querían estar al lado de la nueva Rebel Daniels. Esta accedía y sonreía a todo, pero en realidad se sentía sumida en la más profunda tristeza.

Estaba preparando para la última sesión del viernes cuando Greg entró en la sala de ocio.

–Me acaban de decir que hay alguien esperándote en una sala VIP – comentó con el ceño fruncido–. No me han dicho quién es y no puedo traerlo aquí, así que voy a acompañarte.

A ella se le subió el corazón a la garganta. ¡Por fin había llegado Draco!

–No hace falta, tengo aquí a Greta.

–¿Estás segura? –le preguntó Greg, tendiéndole una nota.

–Por supuesto.

Rebel le pidió a Greta que la acompañase a la sala VIP número dieciséis y esta lo hizo. Entró en ella corriendo y se dirigió al hombre que la esperaba allí.

–Drac… ¡Papá!

–Hola, Arabella.

–¿Qué estás haciendo aquí?

Se alegraba de verlo, por supuesto, pero se sentía decepcionada de que no fuese Draco.

–No sabía si querrías volver a verme, después de cómo nos despedimos la última vez.

–El que dijo que no quería volver a verme fuiste tú, no sé si te acuerdas.

Su padre suspiró.

–Jamás tenía que haber dicho eso.

–¿Por qué no? Si lo piensas…

–No lo pienso, pero estaba dolido.

–No pasa nada, papá. Lo entiendo.

–¿Lo entiendes? –preguntó él sorprendido.

–Sí.

 

Rebel le había dicho que tenían que hablar y Draco llevaba días dándole vueltas a aquello. Buscó el número de la sala VIP que Greg le había dado, deseando encontrarlo y, al mismo tiempo, temiendo el momento en que volviese a verla. El miedo era el motivo por el que no había ido antes. También había influido que Olivio Nardozzi le rogase que se quedase en Roma, pero todo lo que había hecho allí podría haberlo hecho desde su chalet de Verbier, cerca de Arabella.

Aunque no había sabido si Arabella querría tenerlo a su lado.

La incertidumbre lo estaba matando. Necesitaba saber cuál era su posición, y si Rebel le había dicho que tenían que hablar porque quería dejarlo.

Vio la sala número dieciséis y se acercó a ella. Entonces oyó la voz de Arabella, que decía:

–Perdiste al amor de tu vida por mi culpa.

–Arabella, no…

–No. Si yo no os hubiese desobedecido a los dos, todavía estaría viva. Estaría aquí contigo y todavía seríamos una familia.

Draco se sintió horrorizado.

–Los dos sabemos que no fue un accidente, papá. Yo me rebelé contra vosotros. Tú me habías advertido que no saliese a esquiar con niebla y yo no te escuché. Hice lo que quise y eso la mató.

–No sabes cómo fue llegar y encontrar la nota de tu madre, en la que me decía que había ido detrás de ti. No poder despedirme de ella…

–Lo sé, papá. Por mi culpa. Ojalá no…

Draco no se dio cuenta de que se había movido hasta que estuvo dentro de la habitación. Dos pares de ojos azules lo miraron.

–¿Tuviste la culpa del accidente de tu madre? –inquirió.

Ella tragó saliva.

–Draco… yo…

–Quedamos en que íbamos a ser sinceros el uno con el otro, pero no me contaste que tu egoísmo e irresponsabilidad habían puesto en peligro la vida de tu madre.

–Draco…

–Ahora me doy cuenta de que, en realidad, nunca accediste a ser completamente sincera conmigo.

–Quería contártelo, Draco, por favor, créeme…

–Y yo he permitido que Maria te conozca, y que piense que eres la mujer más increíble del mundo. Y ahora resulta que no eres mejor que el hombre que la dejó en silla de ruedas.

Rebel dio un grito ahogado.

Nathan Daniels dio un paso al frente.

–Espera un poco, Angelis…

–Ahórrate lo que vayas a decir. No voy a perder el tiempo con vosotros. No quiero volver a veros en mi vida.

 

Rebel vio salir a Draco y todo su mundo se derrumbó. A lo lejos, oyó a su padre llamándola.

–Sé que no es buen momento –dijo este–, pero quería decirte que tu madre estaría orgullosa de ti. Ganes hoy o no, ambos estamos orgullosos de ti. Y he vendido la casa. Estoy seguro de que estás de acuerdo conmigo en que necesitamos crear nuevos recuerdos.

–Sí –respondió ella, aturdida.

–Estoy yendo a terapia y pretendo devolver el dinero, Arabella. Tarde lo que tarde, pretendo arreglar las cosas.

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Papá…

–Señorita Daniels, tiene que venir –le pidió Greta desde la puerta.

Ella miró a su padre y este asintió.

–Tenemos mucho de qué hablar, pero ya lo haremos.

–¿Vas… vas a venir a verme?

–Sí.

Rebel siguió a Greta, recogió sus esquíes y fue a la zona donde tenía que esperar para saltar. Era la primera, lo que la ayudó a olvidarse de todo lo demás.

Saltó en el momento perfecto y lo hizo más alto que nunca, pero Rebel se dio cuenta de que no era suficiente. También quería amor.

«Nunca se puede tener todo».

Sus pies chocaron contra el suelo y dio una voltereta contra la barrera. La multitud gritó y varias personas estuvieron a punto de correr a ayudarla, pero se puso en pie sola.

Tal vez Draco pensase que uno nunca conseguía todo lo que quería, pero ella le había demostrado lo contrario.

Lo quería a él y nunca se lo había dicho. No iba a aceptar lo ocurrido en la sala VIP hasta que no hablasen cara a cara de nuevo.

Se estaba quitando los esquíes cuando Greg y Contessa aparecieron corriendo, emocionados.

–¿Has visto? ¡Has saltado dos metros más que la plusmarquista mundial!

–Dios mío, Rebel, ¿qué ha pasado ahí arriba?

«Que se me ha roto el corazón en mil pedazos».

Sonrió y se encogió de hombros. Esperó a que saltasen los demás participantes y oyó cómo la nombraban ganadora. Y los ojos se le llenaron de lágrimas al pensar en su madre.

Media hora después estaba subida al podio, saludando al público, todavía más decidida a buscar a Draco y hablar con él.

De camino a su chalet en Verbier, del que en cualquier caso tenía que recoger sus cosas, le mandó un mensaje de texto: Cuando te dije que teníamos que hablar quería decir que yo iba a hablar y tú me escucharías. Así que me lo debes. ¿Dónde estás?

Envió el mensaje con el corazón en la garganta y esperó.

La respuesta llegó un segundo después: Detrás de ti.

Rebel se giró y resbaló en el hielo al ver que la seguía una limusina negra. La ventanilla trasera se bajó y aparecieron los ojos grises de Draco. El coche se detuvo y Draco le abrió la puerta.

Ella se quedó en la acera.

–¿Me seguías con la esperanza de que te mandase un mensaje?

–No, Arabella. Ya no esperaba nada de ti.

A ella se le encogió el corazón, pero decidió seguir adelante con aquello.

–Tengo que recoger mis cosas de tu casa.

Él asintió.

–Te llevaré y hablaremos por el camino.

Rebel entró en el coche y se sentó lo más lejos de él.

Tardó unos minutos en saber qué decirle.

–Te has perdido mi danza de la victoria en el podio.

–No.

–¿Estabas ahí?

–No he podido marcharme.

–¿Tenías demasiados clientes en potencia alrededor?

–No estaba pensando precisamente en eso.

Rebel se mordió el labio y miró por la ventanilla. Cuando se dio cuenta de que estaban cerca del chalet de Draco, se aclaró la garganta.

–Lo que has oído que le decía a mi padre era lo que pretendía contarte a ti. Es cierto que debí haberlo hecho cuando me preguntaste por la cicatriz, pero no soy perfecta, cometí un error.

Él exhaló.

–Arabella…

–No he terminado. Lo que hice en mi pasado no te da derecho a comportarte como un cretino. Cometí un terrible error con diecisiete años que me ha estado torturando desde entonces, pero ¿sabes qué? He aprendido a perdonarme, irónicamente, gracias a ti. No obstante, tú has decidido volver a castigarme. ¿Por qué? ¿No piensas que he sufrido suficiente?

–No. Has sufrido más que suficiente.

–Entonces, ¿por qué?

–Sabía que me estabas ocultando algo importante, pero no sabía que reaccionaría así al descubrirlo. Lo que te he dicho en esa habitación es inexcusable, pero lo cierto era que me había preparado para otra cosa…

–¿El qué?

–Pensaba que me ibas a dejar.

–¿Y te pusiste en modo cretino inmediatamente?

–He tenido demasiado tiempo para imaginarme lo peor.

–¿Y lo peor era que rompiese contigo?

Él se pasó una mano por el pelo.

–Estoy enamorado de ti, Arabella. Completamente enamorado. Las últimas semanas han sido un infierno porque quería decírtelo, pero sabía que tú me estabas ocultando algo. Algo que podía terminar con lo nuestro. Todo eso me ha llevado a reaccionar mal cuando he oído la verdad.

Rebel hizo un esfuerzo enorme para volver a hablar.

–Entonces… estás enamorado de mí.

–Completamente.

Ella sacudió la cabeza.

–No entiendo que hayas sido tan cruel conmigo. Y con respecto a mi padre… lo que hizo es imperdonable, pero va a intentar repararlo. Lo hizo porque me quiere y pienso que hay que darle una oportunidad.

Draco asintió.

–Pretendo dársela. Ya hemos llegado a un acuerdo para la devolución del dinero.

–¿Qué? ¿Cuándo?

–Volví a la sala VIP para pedirte perdón, pero ya te habías marchado. Él seguía allí, así que hablamos. Te vimos ganar juntos.

Ella se llevó una mano a la boca y Draco sonrió un instante, antes de ponerse serio otra vez.

–Dame a mí también una oportunidad, Arabella.

–¿De verdad me quieres?

Draco tomó su rostro con ambas manos.

–Mucho. Me has hecho sentirme vivo otra vez y quiero pasar contigo el resto de mi vida.

–Me parece bien.

–¿Es eso un sí?

–Tú estás enamorado de mí y yo estoy loca por ti. Te odio porque me has roto el corazón y me has hecho sentir triste el día que tenía que haber estado más feliz, pero te quiero por haber accedido a ser mío para el resto de nuestras vidas.

Draco cerró los ojos y apoyó la frente en la suya.

–Thee mou. Te quiero.

Cuando llegaron al chalet la llevó dentro y se besaron apasionadamente.

Rebel se olvidó por fin de todos sus miedos, lo abrazó por el cuello y le dijo:

–Yo también te quiero. Para toda la vida.

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