Cumbres de deseo

Maya Blake · Capítulo 13 de 15

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Cumbres de deseo

Capítulo 13

 

 

Desde que te encontré haciendo aquella ridícula postura de yoga casi no he podido pensar en otra cosa que no fuese tenerte en mi cama. ¿Acaso no te lo he dejado claro esta mañana?

Ella intentó mantener la poca sensatez que le quedaba.

–Otra vez. Las marcas de carmín de tu cara cuentan una historia completamente diferente.

Draco juró y la soltó, pero cerró la puerta.

–Quédate. Si te marchas ahora, lo lamentarás.

–Ah… Cautivador.

Él fue hasta donde tenía la maleta y la abrió. Sacó unos pantalones y una camisa limpia y la cerró de un golpe.

Rebel vio con incredulidad cómo se quitaba el esmoquin y se quedó boquiabierta al verlo en calzoncillos negros, limpiándose la cara con la camisa que tenía en la mano, hecha una pelota. Decir que era impresionante era poco para describir a Draco Angelis, alto, con un cuerpo perfectamente proporcionado, la piel aceitunada.

–Draco…

Él tiró la camisa.

–Cállate y escúchame por una vez en la vida. No he besado a Carla. Me ha besado ella a mí.

Rebel puso los ojos en blanco.

–Y antes de que me lo preguntes, no, no lo he visto venir.

–¿Entonces te has pasado la última hora intentando quitártela de encima?

Draco la fulminó con la mirada.

–Me he pasado la última hora hablando con ella. Esto… –dijo con impaciencia, señalándose la cara–. Ha ocurrido cuando me estaba marchando.

–Si tú lo dices.

–Por supuesto que lo digo.

–¿Y?

Él se puso la ropa limpia y se pasó las manos por el pelo. No obstante, seguía estando despeinado y estaba muy sexy. Luego fue hasta donde estaba Rebel y tomó su maleta.

–Sabe lo que se arriesga a perder si sigue con Tyson Blackwell como entrenador. Ahora es ella la que tiene que decidir. Solo espero que no tarde demasiado en darse cuenta de lo que le conviene.

Rebel seguía con la mano en el pomo de la puerta.

–Lo has intentado. ¿No te parece suficiente?

–No, no es suficiente. Si Maria se enterase por las noticias de que a Carla le ha ocurrido una desgracia y yo no hecho nada para impedirlo, no me lo perdonaría.

Ella suspiró.

–Entonces… lo que pretendes conseguir con este compromiso es ayudar a Carla, no te quieres vengar de Olivio porque no te dejó que salieses con su hija hace tres años, ¿no?

Él frunció el ceño.

–Veo que Olivio te ha llenado la cabeza de tonterías. Abre la puerta, Arabella, nos vamos. No quiero estar en este lugar ni un minuto más. En cuanto lleguemos al avión me contarás qué más te ha dicho ese cretino. No pensé que fuese posible, pero desde la maldita gala te has puesto todavía más insoportable.

Ella abrió la puerta y salió de la habitación. Stefano, que esperaba en el pasillo, se ocupó del equipaje. Unos minutos después estaban despegando.

Rebel no tenía ni idea de adónde se dirigían, ya que nada más embarcar Draco se había ido a darse una ducha. Volvió con el teléfono pegado a la oreja, hablando en griego. Cuando colgó llevaban una buena hora de viaje.

Draco se pasó las manos por el rostro y cuando la miró Rebel pensó que parecía un poco más tranquilo.

–¿Puedo preguntarte ya adónde vamos?

Él siguió mirándola y después bajó la vista al anillo, que sin saber cómo había vuelto a su dedo.

–Iba a llevarte a mi casa de las Maldivas, que es un lugar aislado y precioso, pero después de la escena que me has montado esta noche…

–¿De qué escena estamos hablando?

–Estamos hablando de que te has dejado llenar la cabeza de mentiras y después has intentado dejarme.

–Ah. De acuerdo.

–Sí. Así que no te mereces las Maldivas. Y no quiero pasarme medio día encerrado en un avión con una mujer que me vuelve loco y a la que, al mismo tiempo, quiero hacerle el amor más que nada en este mundo.

Rebel se alegró de estar sentada.

–Eso me parece comprensible. Entonces, ¿vas a decirme adónde vamos?

–No. Lo averiguarás cuando hayamos llegado. Dime qué más te dijo Olivio –le ordenó.

Ella se lo contó todo y Draco sacudió la cabeza y juró entre dientes.

–Lo siento, pero si intentamos verlo todo de un modo positivo, ahora piensa que no voy a echarme a un lado ni a dejarme comprar, así que tal vez se replantee sus planes.

–Lo dudo. Los hombres como Olivio raramente cambian de idea, pero tengo que intentar algo. Maria jamás me lo perdonaría si no lo hiciera – añadió Draco muy serio.

–Supongo que serás consciente de que no controlas completamente la situación.

Él no respondió, y varios minutos después Rebel le preguntó:

–¿Y ahora, qué?

Él la estudió con la mirada.

–He pedido a mis detectives que averigüen todo lo que puedan acerca de Blackwell. Ven aquí.

Ella sintió calor, se puso en pie y rodeó la mesa.

Draco se tocó el regazo.

–Siéntate.

Rebel se levantó el vestido y pasó una pierna por encima de sus muslos. Él contuvo la respiración mientras se sentaba, después sacudió la cabeza y se echó a reír.

–Tenía que haber imaginado que no te sentarías de lado, con las piernas graciosamente cruzadas –bromeó.

A ella se le enrojeció el rostro de la vergüenza.

–Lo siento –dijo, intentando levantarse.

Draco apoyó las manos en sus caderas.

–Quédate así. Te deseo con locura, Arabella Daniels –admitió en un cariñoso susurro–. No ha cambiado nada desde esta mañana, así que dime que tú también me deseas.

–Te deseo –admitió, aunque no podía aceptar que no hubiese cambiado nada.

Los acontecimientos de aquella noche habían desatado en ella emociones de las que prefería no hablar en esos momentos. Tal vez no hablase de ellas jamás.

Draco la miró durante mucho tiempo y pasó la mano suavemente por el aro que sujetaba el vestido a su cuello, después por las cejas, la mejilla, los labios.

–Quiero besarte, thee mou, lo deseo tanto…

–¿Y por qué te contienes?

Él bajó la mano y apoyó la cabeza en el respaldo del sillón.

–Porque vamos a aterrizar en tres minutos.

Ella sintió decepción y curiosidad acerca de su destino al mismo tiempo. Miró por la ventanilla y lo vio todo negro.

–¿Me has traído al medio de la nada?

–Sí. Nadie podrá encontrarnos salvo que queramos que lo hagan, y tendrán que estar preparados para nadar ciento cincuenta kilómetros desde cualquier lugar.

–¿Estamos en medio del océano?

–En mi isla del mar Egeo.

–¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos?

–Eso depende de ti. Pórtate bien y no te llevaré al norte, a un gulag.

Se levantó con ella en brazos y la llevó hasta el sofá. La dejó allí y le puso el cinturón, luego se sentó también.

En cuanto aterrizaron, Draco soltó los cinturones de ambos y se levantaron.

–¿Arabella?

–¿Sí, sargento instructor? –respondió.

–Vas a ser mía. En cuanto volvamos a estar solos, te haré mía. Habla ahora si no es lo que quieres porque después no voy a permitirte utilizar ese piquito de oro.

Ella se quedó casi sin habla.

–Sí. Te deseo.

Él asintió antes de ir hacia la puerta. Fuera los esperaba un todoterreno. Draco la ayudó a entrar antes de sentarse detrás del volante. Rebel vio alguna luz, vegetación y flores.

–Mañana te lo enseñaré todo después del entrenamiento –le dijo él sin apartar la vista de la carretera.

Poco después llegaban a una enorme casa construida en la ladera de una colina.

–Draco, es increíble –comentó Rebel.

–No son las Maldivas, pero es una de mis casas favoritas –admitió Draco antes de detener el coche delante de unas puertas de madera.

Marcó un código, la puerta se abrió y encontraron otro camino que daba a otra entrada. Hasta que Draco no paró el motor y ella hubo bajado del coche, no miró hacia arriba.

–Es una piscina. Se ve el fondo de la piscina –comentó sorprendida.

Él sonrió.

–Al final vas a tener piscina. Puedes nadar desnuda en ella si quieres, de hecho, insisto en que lo hagas.

Draco echó a andar y ella lo siguió, ruborizada. Él marcó varios códigos, un ascensor los condujo a un piso más alto. Y entonces llegaron al dormitorio y Draco la apretó contra su cuerpo sin molestarse en ocultar la prueba de su excitación. Le devoró los labios y murmuró en griego palabras que Rebel no entendía entre beso y beso. Sus gemidos se entremezclaron mientras el deseo crecía.

–Thee mou, sabes a paraíso. Y a pecado.

Ella pasó las manos por su espalda y sintió que se le doblaban las rodillas mientras él le mordisqueaba el escote. Desesperada por descubrir lo máximo posible de él antes de perder la cabeza, le levantó la camisa y pasó los dedos por su piel.

–Quieres volverme loco, ¿verdad? –inquirió Draco.

–Solo te estoy tocando –comentó ella, sorprendida–. ¿Quieres que pare?

Él se echó a reír.

–En absoluto.

Retrocedió y se quitó la camisa por la cabeza. A Rebel le costó respirar, pasó la mano por su pecho y lo notó temblar. Bajó las manos por su vientre y más allá.

Y dio un grito ahogado al descubrir el tamaño de su erección.

–Arabella.

Ella oyó su nombre en la distancia, estaba completamente vencida por la pasión.

–Arabella –repitió él, agarrándole la mano.

–Draco… –gimió ella.

Él la hizo girar y la agarró con una mano por el abdomen. Con la otra le levantó lentamente el vestido.

–Juega conmigo todo lo que quieras después, pero ahora necesito hacerte mía… entrar en ti, ahora mismo, antes de que pierda la cabeza.

Ella se estremeció al oír aquello. Y se estremeció todavía más cuando Draco pasó la mano por el elástico de sus braguitas. No podía estar más desesperada.

Gimió cuando sus dedos la encontraron por fin y Draco apartó el encaje para acariciarla.

Jugó con los dedos varios minutos y después introdujo uno para probarla, para atormentarla.

–Estás tan húmeda, glikia mou. Y eres mía –rugió.

Draco le desabrochó el cinturón y el aro del cuello para que el vestido cayese a sus pies. Rebel se quedó en ropa interior y él le desabrochó el sujetador.

Rebel notó frío en los pechos y se le endurecieron los pezones. Quiso taparse y recuperar parte del control que había perdido hacía mucho tiempo.

Al mismo tiempo quiso que Draco la mirase, que se ahogase en ella como ella se ahogaba en él. Así que mantuvo las manos junto al cuerpo.

Él bajó la vista y alargó las manos para acariciarla y quitarle las braguitas. Y entonces la tumbó en la cama y Rebel empezó a verlo todo borroso. Casi no podía ni respirar cuando Draco terminó de desnudarse.

Y entonces Rebel se puso nerviosa y a pesar de que no veneraba su virginidad como hacían otras mujeres, no pudo evitar sentir cierta aprensión al ver al impresionante hombre que iba a ser su primer amante.

Este se tumbó a su lado y pasó la mano por su cuerpo, haciendo que Rebel arquease la espalda.

–No quiero que te pongas a hablar sin parar, pero admito que me desconcierta tu silencio.

Ella se mordió el labio con fuerza.

–Umm.

Él arqueó una ceja.

–¿Qué quieres decir?

Rebel respiró por fin.

–Draco… por favor.

–¿Me estás rogando, Arabella? –le preguntó, inclinando la cabeza para mordisquearle un pezón–. ¿Ahora qué?

Al ver que ella no respondía, levantó la cabeza.

Rebel resopló.

–Está bien… Estoy preocupada. Eres muy grande… Creo.

–¿Crees? Me parece que solo hay una manera de averiguarlo.

Draco le dedicó la misma atención al otro pecho y Rebel enterró los dedos en su pelo.

Luego, Draco la besó en los labios mientras empujaba con la erección entre sus piernas. Rebel lo abrazó por el cuello mientras entraba un poco, y salía.

La miró a los ojos antes de penetrarla por completo.

Un breve dolor la hizo gritar y Rebel clavó las uñas en su piel.

Él la miró primero con sorpresa, después, furioso.

Se movió, tal vez para apartarse, pero ella gimió, clavó los dedos todavía más en su piel y arqueó la espalda.

Mientras juraba entre dientes, Draco la agarró por la cintura.

–Thee mou. Arabella. ¿Por qué…? No me habías dicho que eras virgen. ¿Por qué?

–Porque no era importante. Hasta que lo fue, pero si todavía me deseas, Draco, por favor, hazme tuya.

–¿Si te deseo? –repitió él con incredulidad.

Le soltó la cintura y empezó a moverse en su interior hasta hacerla gemir.

Un placer desconocido hasta entonces explotó en su interior mientras Draco la llenaba, la llevaba al límite, una y otra vez.

–Arabella, mírame.

Ella lo miró a los ojos.

–Oh… ¡Draco!

–Ahora, Arabella, déjate llevar.

Rebel sintió que planeaba como no lo había hecho nunca, que se sentía más feliz que en toda su vida. El tiempo se detuvo, permitiéndole disfrutar de la sensación, pero al final recuperó todos los sentidos a pesar de estar como en una suave nebulosa que solo le permitía absorber el sonido del hombre que todavía estaba enterrado en ella.

Draco la vio abrir los ojos y la sensación fue indescriptible, necesitaba terminar ya, pero se contuvo, quería prolongar aquel momento un poco más. Por qué, no estaba seguro.

Estudió una vez más el rostro de Arabella. Era impresionante.

Y había sido virgen.

El sentimiento que había estado conteniendo lo asaltó con más fuerza e intensidad.

Rebel había sido virgen y había decidido que él fuese el primero.

La penetró un poco más y ella abrió mucho los ojos y arqueó la espalda, ofreciéndole los pechos para que los devorase. Draco se dejó llevar por la sensación, la más dulce e impresionante de toda su vida.

Unos brazos suaves y femeninos lo abrazaron mientras él atravesaba por aquella tormenta que no quería que terminase jamás, pero inevitablemente lo hizo.

Draco enterró el rostro en su cuello, aspiró su aroma y los hizo rodar a ambos.

–¿Cuánto tiempo tengo antes de que venga el tren para llevarme al gulag?

El sonido de su voz lo emocionó, cuando a Draco nunca le habían interesado las conversaciones posteriores al sexo. Normalmente salía de la cama y se vestía inmediatamente.

Pero en esos momentos no quería apartarse de sus brazos.

–Tendrá que esperar, todavía no me he saciado de ti.

–Ah, un aplazamiento.

Él la colocó encima de su cuerpo.

–No, no es un aplazamiento. No me contaste que Olivio había intentado sobornarte hasta que no te lo pregunté y se te olvidó hablarme de tu virginidad. No vuelvas a ocultarme nada tan importante, ¿de acuerdo?

Ella bajó la mirada y tragó saliva, incómoda.

Pero un momento después abrió de nuevo los ojos y sonrió.

–Sí, sargento instructor.

Draco tuvo la sensación de que le estaba ocultando algo más, pero intentó no pensar en ello.

Bajar la guardia era una locura. Aquello era solo sexo.

Continuaría con su vida en cuanto consiguiese su objetivo.

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