Cumbres de deseo

Maya Blake · Capítulo 11 de 15

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Cumbres de deseo

Capítulo 11

 

 

El RUIDO de la puerta al cerrarse despertó a Rebel a primeras horas de la mañana. Le había dado las buenas noches a Draco poco después de terminar de cenar y habían quedado en que al día siguiente se levantarían a las cinco para ir a entrenar.

Se giró en la cama, estiró las piernas y los brazos y sintió que era la noche que mejor había dormido desde que había recibido la carta de su padre, que le había hecho tener pesadillas acerca de la muerte de su madre. Ni siquiera había necesitado los auriculares para dormir.

Miró el reloj y se dio cuenta de que eran solo las cuatro y cuarto de la madrugada. ¿Querría Draco entrenar antes de ayudarla a ella? Rebel apartó las sábanas y salió de la habitación. Por si acaso estaba equivocada, miró en el salón. El sofá-cama estaba recogido y las sábanas dobladas.

Decidió unirse a él. Se puso ropa de deporte, tomó el teléfono y los auriculares y dejó la habitación. Supo que se perdería si intentaba utilizar el atajo, así que atravesó la casa, sintiéndose incómoda otra vez con tantas fotografías y trofeos de Carla Nardozzi.

Salió al aire fresco y agradeció que toda la finca estuviese tan bien iluminada. Después de estirarse bien, se puso los auriculares y fue en dirección al gimnasio.

La puerta estaba abierta cuando llegó allí. Entró y apagó la música.

El ruido procedente de la pista de patinaje la paralizó.

Cambió de dirección y entró justo en el momento en el que Carla y Tyson Blackwell terminaban de discutir. Él la tenía agarrada de los brazos mientras Carla gimoteaba.

–¿Quieres ganar otro trofeo! ¡Entonces haz lo que yo te diga!

–¡Un triple axel y una espiral de la muerte después me parece una locura!

–Maldita sea, tal vez esté perdiendo el tiempo contigo. Tus adversarios lo van a hacer. Si no estás a la altura, ya le puedes ir diciendo adiós a tu carrera.

Blackwell se apartó y Carla cayó al suelo.

Rebel salió a la luz.

–¡Eh, no le puedes hablar así!

Tyson se giró.

–¿Y tú quién eres?

–Alguien que ha visto que la estás presionando demasiado.

–Mis entrenamientos no son asunto tuyo, así que te sugiero que te marches de aquí.

–No me voy a ir a ninguna parte, salvo que el señor Nardozzi me eche, por supuesto.

Vio cómo Carla se levantaba y se ponía a patinar.

–Es la invitada de mi padre –le dijo esta a su entrenador–. Está aquí con Draco Angelis.

A pesar de la distancia, Rebel vio cómo al entrenador le brillaban los ojos. Dejó a Carla y se acercó a ella.

–Así que tú eres la amiguita de Angelis de la que tanto he oído hablar en la última semana –comentó, inclinando la cabeza–. Me suena tu cara. ¿Nos conocemos?

–Ya te gustaría.

–Estamos entrenando. Por favor, márchate.

Rebel miró a Carla, iba a dirigirse a ella cuando oyó pasos a su espalda.

–¡Arabella! –la llamó Draco en tono preocupado.

–Estoy aquí –respondió.

Draco entró en la habitación un segundo después.

–Se suponía que tenías que esperarme…

Se quedó de piedra al ver a Tyson Blackwell. Y a Carla detrás de él.

Cuando su mirada chocó con la de Rebel, estaba mucho más enfadado.

–¿Se puede saber qué está pasando aquí?

–Yo estoy entrenando. ¿Tanto tiempo llevas fuera del juego que ya no te acuerdas de las normas, Angelis? –le preguntó Tyson.

Draco hizo caso omiso de sus palabras y se acercó más a la pista.

–Carla. Ven.

–Eh, ¿qué demonios…? Quédate donde estás, nena –gritó Tyson.

Carla dudó un instante y se acercó a Draco. A tan poca distancia todavía se podían ver las marcas que Tyson le había dejado en la piel.

Draco se puso furioso.

–¿Te lo ha hecho él? –inquirió.

Carla asintió con cautela.

–Estás acabado –le advirtió Draco, señalándolo con el dedo–. Si sabes lo que tienes que hacer, búscate un agujero negro y desaparece en él. Si te acercas a otra patinadora te prometo que terminarás en la cárcel, como tu tío.

–Aquí no tienes ninguna autoridad, Angelis. Tengo todo el apoyo de Olivio. Si piensas que vas a cambiar eso, estás equivocado.

Miró a Carla y añadió:

–Luego retomaremos el entrenamiento.

Y se fue hasta la otra punta de la pista, se quitó los patines y salió de la instalación por otra puerta.

Draco le tendió la mano a Carla.

–Quítate los patines. Te llevaré de vuelta a casa.

Esta sonrió, cambió los patines por unas botas de tacón y entrelazó su brazo con el de Draco.

Rebel quería creer que no había nada entre ambos, pero aun así se le encogió el estómago de envidia al verlos desaparecer por la puerta.

–De acuerdo. Hasta luego –murmuró con tristeza.

No había esperado volver a oír la voz de Draco mientras subía las escaleras que llevaban a la sala de pesas.

–¿Adónde crees que vas?

Ella se detuvo en el segundo escalón.

–¿A entrenar?

–No sin mí.

La agarró y la llevó al buggy, donde tuvo que sentarse detrás de Carla, que no parecía nada contenta.

Draco acompañó a Carla a la puerta de la casa y después volvió al cochecito.

–Siéntate delante –le ordenó a Rebel.

Ella obedeció, pero solo porque quería estar más cerca de él. El trayecto, de cinco minutos, se le hizo eterno.

Al llegar a lo alto de la colina, Rebel se aclaró la garganta.

–¿Estás enfadado conmigo?

–Tenías que haberme esperado. Cuando he vuelto, no estabas.

–Me he despertado y no te he visto, así que he pensado que estarías aquí.

–Solo he ido a tomarme un café. Habíamos quedado en venir juntos a las cinco, pero te he encontrado aquí, en el punto de mira de un hombre del que no me fío.

–No te preocupes, no sabes los puñetazos que doy.

–¿Es una amenaza?

–Si no tienes pensado atacarme, no.

Él levantó ambas manos.

–No me gusta esto. No sé si se te ha olvidado que estamos haciendo un papel. Y Olivio nos está vigilando.

–Que estemos comprometidos no significa que estemos unidos por la cadera. Te preocupaba que sobreactuáramos, pero si no me pierdes de vista corres el riesgo de hacerlo. Frunce el ceño todo lo que quieras, pero es la verdad.

–No creo que el hecho de no querer separarme de ti vaya a lanzar ese mensaje. Sobre todo, a las cuatro de la madrugada, cuando tenías que estar en la cama conmigo.

Rebel suspiró.

–Me has encontrado, Draco. Estoy bien. Y da gracias de que estuviese allí, porque he impedido que Tyson manipulase a Carla todavía más.

Él se puso furioso.

–¿Y si te hubieras visto a solas con él?

–No ha sido así.

Él bajó del buggy.

–Si tantas ganas tenías de entrenar. Vamos.

Rebel lo siguió y durante la siguiente hora, Draco la entrenó sin ninguna piedad.

Cuando hubieron terminado, Draco la ayudó a beber agua y ella se relajó contra su pecho.

–¿Me quieres volver loco? –le preguntó él al oído.

–Umm… Me lo pones demasiado fácil.

Él dejó caer la botella e hizo girar a Rebel y la besó apasionadamente. La agarró por la cintura y ella lo abrazó por el cuello y permitió que la llevase a la sala de artes marciales. Draco la tumbó en una colchoneta sin ningún cuidado, pero a Rebel no le importó. Draco la estaba besando y ella no podía desearlo más. Cuando Draco apretó las caderas contra las suyas, no pudo evitar gemir:

–Ah.

–Eres muy sensible –susurró Draco contra sus labios.

–¿Es una queja?

–No, un cumplido.

–De acuerdo. Continúa.

Él chupó, mordió y pellizcó hasta que ambos no pudieron más y se separaron para poder respirar. Rebel enterró los dedos en su pelo y disfrutó de tenerlo encima.

–¿Arabella?

–¿Sargento?

Él sonrió.

–No podemos hacer esto aquí.

–¿En esta habitación, en esta finca o en este país?

–En esta habitación, no, eso es evidente. Preferiría otra cama y otra casa que no fuese la de Olivio Nardozzi. ¿Qué te parece si nos marchamos de aquí un día antes?

–¿Y Olivio?

Él sonrió.

–El hecho de que yo quiera estar contigo a solas servirá para convencerlo más.

–¿Y tú?

Draco la besó apasionadamente.

–Solo tengo que llamar al piloto y decirle que nos vamos a marchar justo después de la gala de esta noche.

–¿Y adónde me vas a llevar?

–Tengo casas en muchas ciudades del mundo, pero podemos ir adonde tú quieras.

–¿En todas esas casas hay un gimnasio para que pueda entrenar?

–Por supuesto.

–¿Y Greg?

Él levantó la cabeza, la miró fijamente a los ojos.

–¿Quién es Greg?

–Mi entrenador.

Él se relajó un poco.

–Que me envíe tu plan de entrenamiento. Yo me ocuparé de ti hasta que tengas que empezar a entrenar en la nieve. Podrá volver contigo cuando vayamos a Verbier.

A Rebel le dio un vuelco el corazón.

–¿Vas a venir a los campeonatos?

–Eres mi prometida, tengo que ir.

Aquello le recordó a Rebel que lo que estaba viviendo no era real, sino que tenía un objetivo.

Apartó de su mente la voz que le pedía que fuese sensata.

–No estoy segura de quererte de entrenador, si todas las sesiones van a ser así.

–No van a ser así. Van a ser peor –le contestó Draco.

–¿Peor?

–He visto de lo que eres capaz. Protestas mucho, pero puedo hacerte llegar mucho más lejos –le dijo–. Es como si no quisieras alcanzar tu máximo potencial.

Ella bajó la vista, pero Draco le agarró la barbilla y la obligó a mirarlo.

–¿Arabella?

–Me da miedo no tener nada más por lo que luchar después de eso. Mi padre no está, Draco. No sé si volveré a verlo. Cuando los campeonatos terminen, no tendré nada.

Él apretó la mandíbula.

–Para empezar, ¿por qué lo haces?

–Sobre todo, por mi madre. Quiero honrar su memoria.

–¿Y no quieres hacerlo ganando? ¿Por qué te conformas con una quinta posición si puedes ser la campeona?

–En realidad no me importaba tanto ganar, sino participar en el deporte que ella adoraba.

Draco sacudió la cabeza.

–No me lo creo. Ni tú tampoco. Esto tiene algo que ver con tu padre, ¿verdad? ¿Es eso?

Rebel tragó saliva, tenía un nudo en la garganta.

–Él no quería que yo fuese esquiadora profesional. Al igual que tu padre, quería que hiciese otra cosa. Mi madre y yo lo convencimos… con la promesa de que lo dejaría en cuanto ganase un campeonato.

Aquello lo enfadó.

–¿Así que no te esfuerzas al máximo a propósito por culpa de una promesa que hiciste…? ¿A qué edad?

–Tenía quince años.

–¡Eras una niña!

–Pero lo suficientemente mayor para saber lo que significa hacer una promesa.

Draco juró, se puso en pie y la fulminó con la mirada.

–¿Y eso es lo que vas a hacer el resto de tu vida, conseguir un poco menos de lo que puedes por un padre al que no le importa traicionarte?

Aquello dolió a Rebel.

–Draco…

–¿Qué habría querido que hicieras tu madre?

Ella cerró los ojos.

–Que compitiese. Y ganase.

Draco se agachó y la ayudó a levantarse.

–¿Y tú, qué quieres, Arabella?

Esta notó que se le llenaban los ojos de lágrimas.

–Lo quiero todo. Quiero mantener la promesa que le hice a mi padre y honrar a mi madre. Y quiero ganar varios campeonatos.

Draco sacudió la cabeza.

–Eres lo suficientemente realista para saber que uno nunca consigue todo lo que quiere. Y aferrándote a un sueño estás poniendo en peligro todo lo demás.

La soltó y retrocedió.

Rebel no supo por qué, de repente, al ver que Draco se alejaba, había sentido pánico.

–¿Draco? –alargó la mano hacia él, que retrocedió más.

–Escoge, Arabella. O estás en esto al cien por cien o no.

Ella cerró la mano y sintió la misma vergüenza que sentía cuando sabía que no lo estaba dando todo en una competición.

–¿Por qué? ¿Qué más te da a ti?

–No te pido que lo hagas por mí, sino por ti misma. Imagínate dentro de treinta años. ¿Es este el legado que quieres dejar?

–No –replicó.

Se acordó de la sonrisa y de los gritos de su madre el día que había ganado su primer campeonato juvenil. Aquel había sido uno de los días más felices de la vida de Rebel. Susie Daniels siempre había estado orgullosa de su hija y le había hablado esperanzada del futuro de esta a cualquiera que la quisiese escuchar. Rebel quería revivir aquel momento, quería preservar para siempre aquel recuerdo de su madre. Tomó aire y miró a Draco.

–No, no quiero eso.

Se acercó a él y tomó su rostro con ambas manos. A él le brillaron los ojos y Rebel quiso que fuese de orgullo, pero entonces Draco le devolvió el beso y ya solo pudo pensar en el placer. No la soltó hasta que ambos necesitaron respirar.

En ese momento su mirada fue de deseo. Tomó su mano y la llevó hacia la puerta.

–Ven. A ver si termina ya el día y puedo empezar a ponerte en marcha.

–Ya veremos si puedes conmigo.

Él se echó a reír.

–La insubordinación solo empeorará las cosas.

–No sé por qué, pero ya sabía que intentarías salirte con la tuya con amenazas.

–No son amenazas, glikia mou, sino promesas.

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