Dante
8. El dolor de Gemma
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El dolor de Gemma
Miró el papel de pergamino. Hojas de color amarfilado manuscritas con letra apretada y elegante. Las líneas oscuras de la tinta. Los códices. Los tomos consultados se amontonaban en torres que se elevaban desde el suelo. Era una habitación pequeña, laboriosamente arrancada a un espacio de por sí angosto, pero que Dante había transformado en su mausoleo personal de palabras.
Cuando no estaba fuera se encerraba allí y pretendía que nadie lo importunara. Y Gemma lo complacía, ya que sabía que cuando salía de esa habitación estaba de mejor humor: más dulce, atento, dispuesto a escuchar. Por otro lado, sin embargo, él le dedicaba escasa atención como si, en el fondo, no fuera capaz de ver que en la filosofía y en las letras y en aquellas construcciones abstractas se iba perdiendo a sí mismo, se extraviaba y se olvidaba de lo cotidiano. Estaba convencido de poder vivir de las ganancias de sus versos y de que, poco a poco, sin duda conseguiría conquistar una reputación.
Se había hecho amigo de Guido Cavalcanti, quien sin embargo pertenecía a una de las dinastías más nobles de Florencia. Sus posesiones, los feudos, los recursos financieros eran los de un hombre para el que no cabía aspirar a más de lo que ya tenía. Desde lo alto de su torre, que se elevaba sobre una loma, Guido dominaba Florencia. Por no hablar de los edificios y las propiedades que tenía en el campo.
Para Dante era diferente. Los Alighieri eran una familia de la pequeña nobleza y ciertamente no podían permitirse el nivel de vida de los grandes. Gemma sabía que su esposo era orgulloso y le gustaba su dignidad, su deseo de afirmarse por sus propios medios e ingenio. ¿Cómo no apreciar tales virtudes? Aun así, una cosa era intentar realizarse a través de la determinación y la confianza en uno mismo y otra muy distinta negarse a trabajar, confiando en los laureles de la fama y en la gloria de las letras.
—Hija mía, sé lo que pensáis —le dijo una voz a sus espaldas.
Gemma se volvió y vio a Lapa mirándola con ojos llenos de misericordia.
—Acabo de regresar del campo. Como no os he visto abajo me preguntaba dónde podríais estar; perdonadme la intrusión.
—Señora, no tenéis ninguna razón para ello, esta es vuestra casa —dijo Gemma.
—¡Cuántas veces me dije a mí misma que debería haberle quitado de la cabeza algunas ideas extrañas! —La voz de Lapa estaba llena de desesperación—. Y, sin embargo, nunca he podido. Hay en él tal fuerte convicción y una ambición tan grande que le imposibilita entrar en razón. Hace mucho que me he rendido, y ciertamente él nunca ha tenido en cuenta mis consejos.
Gemma notó que perdía el sentido. Esas palabras le recordaron todos sus miedos y su sensación de impotencia. Entonces, sin darse apenas cuenta, se encontró diciendo lo que incluso a sus oídos sonaba como una confesión:
—Sale por la mañana y vuelve a casa por la tarde, cuando no de noche. Casi siempre con las manos vacías. Cuando reúno el valor de preguntarle cómo ha pasado el día, si ha conseguido un trabajo, me mira con desdén y se niega a responderme. Y mientras tanto pasan los años y vivimos casi en la miseria, manteniéndonos solo gracias a los pocos frutos de la pequeña granja propiedad de la familia.
—Conozco bien esa granja —dijo Lapa, apesadumbrada—. Y podéis estar bien segura de que si da algún ingreso es por mi trabajo, no por el de Dante. Rara vez lo veo. ¡Viene solo por los caballos! —exclamó con amargura—. Y cuando trato de decirle algo, ¡deberíais escuchar qué reprimendas me reserva!
Gemma suspiró.
—¡Cómo os entiendo! Tampoco a mí me ahorra las reprimendas. Nunca han faltado las riñas en esta casa. Según él, mi primo Corso debería haberme dado muchos otros bienes o, al menos, engrosar mi exigua dote. Y es cierto, Dante tiene razón, sin embargo, ¿qué ha hecho él por nuestra familia, aparte de asegurar que la situación mejorará gracias a la fama que está adquiriendo? ¿Y qué fama? ¡Si él es el primero en señalar que precisamente su obra no está dedicada a la gente vil, sino concebida para corazones bondadosos, capaces de apreciar su valor! ¡Cuántas veces he tratado de hacerlo razonar! Pero no hay forma. ¿Y cómo lo haremos cuando nazca nuestro primer hijo… y luego el segundo?
—¿Estáis embarazada? —preguntó Lapa.
Gemma negó con la cabeza.
—Por lo que a eso respecta —dijo—, ahí tenemos otro problema, puesto que Dante apenas me mira. Tan poco que me pregunto, no sin miedo, si mi aspecto es desagradable o si tengo una fea presencia.
—¡No digáis tonterías! —estalló Lapa—. Salgamos de esta sala de silencio y soledad, y miraos. —Según hablaba hizo aparecer una pequeña placa de metal perfectamente pulida y allí Gemma observó su reflejo—. ¿No veis que la superficie os devuelve la imagen de una mujer joven, con piel fresca, cabello castaño largo y formas plenas? Vuestro rostro tiene rasgos regulares: labios rojos, bien dibujados y ligeramente arqueados, por lo tanto, no desprovistos de atractivo. Y lo mismo se podría decir de los pómulos marcados pero hermosos, y de la nariz proporcionada. En cuanto a los ojos, son castaños y brillantes. No, Gemma, tenéis que creerme: vos no sois el problema.
En el fondo, la joven le estaba agradecida a Lapa por esas palabras. Sabía que gustaba a los hombres, más de una vez había descubierto a parientes y amigos mirándola de una manera incompatible con la buena educación. Pero tener una confirmación, escucharlo en voz alta, le produjo una sensación agradable.
—Sin embargo, Dante me ve de manera diferente —comentó Gemma —. O más bien, tal vez no vea nada en absoluto. Al principio yo me decía que poco a poco las cosas mejorarían, pero cuando, después de dos años, me doy cuenta de que muy poco ha cambiado y que mi marido apenas se acuerda de mí… —Y en ese momento su voz se quebró.
Lapa la abrazó.
—Animaos, Gemma. No sabéis cuánto me gustaría ayudaros. Por desgracia, tengo la desdicha de no ser su madre —musitó—. Dante nunca me lo ha perdonado, como si la muerte de Bella hubiera sucedido por mi culpa. —Respiró profundamente; parecía estar poniendo palabras a un dolor antiguo.
Gemma la agarró por el hombro.
—Es duro —se lamentó—. No sabéis cuánto.
Recordó la hostilidad de su marido cuando ella había intentado recurrir a las artes de la seducción que conocía, sin que Dante se impresionara por ello en absoluto. Gemma se había sentido más sola que nunca y así, poco a poco, fue tratando de entender sus razones, aceptando de buen grado su voluntad, procurando satisfacerlo en otros campos.
¿Se había rendido? No completamente. Aun así, a pesar de haberse prometido cuidar de él lo mejor posible, sentía por un lado que no hacía lo suficiente y por el otro que no tenía la más remota idea de cómo conquistarlo.
—Es un enigma —dijo Lapa, poniendo palabras al mayor miedo de Gemma—, pero ahora tenéis que calmaros —agregó—. No querréis que os encuentre en este estado cuando regrese.
Gemma se apartó de aquel abrazo. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Se encontró de nuevo vagando entre los tomos y los papeles del estudio. Comenzó a hojear los que parecían composiciones.
De repente escuchó la puerta cerrarse.
Alzó la mirada. Vio que Lapa palidecía. Una voz detrás de ella le heló la sangre.
—¿Cuántas veces os he dicho que no podéis entrar aquí?
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