Dante
15. Héroes personales
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Héroes personales
Colocó la mecha en una varilla. Un resplandor pálido y tembloroso se extendió por todo el establo. Lo suficiente como para acomodarse en un rincón y ver los papeles que había escondido y que pretendía leer para hallar un poco de consuelo.
Las palabras de Carbone de Cerchi lo atormentaban porque, una vez más, había sido testigo de la destrucción a que se estaba sometiendo a Florencia. A nadie le importaba realmente esa ciudad. Cerchi y Donati eran iguales en su árida ambición de hegemonía absoluta. Y no les interesaba nada más. Aún cabría añadir, de hecho, que ese anhelo los consumía como un buitre que todos los días iba devorándoles el corazón. Y ciertamente eran desalmados, ya que se regocijaban con el temor que lograban infundir, el miedo que causaban a hombres pacíficos.
Por tanto, había optado por no volver a casa. Ya regresaría más tarde, para no preocupar a Gemma más de lo debido, pero en ese momento no se veía capaz. Prefería quedarse acomodado en la paja, cerca de Némesis, escuchar su respiración regular, disfrutar del calor que difundía su cuerpo grande, cálido y fuerte.
Amaba a esa potra. Había un orgullo en ella que lo sorprendía cada vez.
Así fue como, acercándose a una cajita de madera colocada en una esquina, abrió la puertecilla y extrajo un elegante códice encuadernado en cuero.
Estaba realmente feliz de tener ese pequeño objeto en sus manos, ya que ante las heridas de la vida cotidiana había aprendido a responder de la única manera que conocía: leyendo las líneas de los autores que amaba. Por esa religión suya laica debía dar las gracias a las lecciones de Brunetto Latini, que había sido su maestro de retórica y filosofía, y el de tantos otros, en Florencia y había salvado a muchos hijos de esa ciudad desgarrada por la ira de los violentos. Recordaba con verdadero cariño al maestro bueno y amable, cuya casa rebosaba de códices y manuscritos. Fue él quien le enseñó el amor por la lectura y por los grandes poetas, lo que lo había liberado del aburrimiento del ábaco, al que su padre tenía tantas ganas de encadenarlo.
Y tales poetas respondían a los nombres de Virgilio, Homero, Tácito, Estacio, Lucano. Eran ellos quienes lo sostenían, le proporcionaban sueños y esperanzas, los que lo llamaban desde lejos, desde las brumas de un mundo que ya no existía y que, no obstante, estaba vivo y resplandeciente en su alma. Los necesitaba. A Virgilio sobre todo. Él era la luz que atravesaba la oscuridad de aquel mundo impregnado de odio y egoísmo.
Su más grandioso poema, la Eneida, era la expresión más pura de una urgencia espiritual: la de tener el sosiego deseado, una tierra gobernada por la bondad de Dios, finalmente pacificada. Eneas, el protagonista de esa extraordinaria historia, era ante todo un hombre devoto, piadoso, paciente, que sacaba sus propias fuerzas de la celebración de los ideales y de la completa consagración a la misericordia. Y en ese momento más que nunca, Dante sentía que Florencia, atormentada por enemistades y guerras partidistas, habría merecido un héroe similar.
Le hubiera gustado ser él, pero sabía que no podía aspirar a semejantes empresas y, por lo tanto, entregaba sus esperanzas y sus ilusiones al papel.
Así que abrió el códice que tenía en la mano y se sumergió en una lectura impactante e irresistible. Aunque se sabía casi de memoria ese texto, releerlo no le resultaba una carga, ¡todo lo contrario! Le proporcionaba una serenidad inesperada, sin mencionar que tal era la maravilla de la escritura que cada vez descubría algún detalle nuevo, un matiz particular, una imagen que intentaba renovar en su memoria. Retomó la lectura desde el punto donde, unos días antes, se había visto obligado a dejarla.
De ese modo, leyó cómo Eneas siguió a la Sibila, cómo descendió con ella al Hades en busca de su padre, Anquises, luego cómo habían llegado al vestíbulo infernal donde aparecieron los remordimientos, las lágrimas y los males de los seres humanos. Después se presentaban los centauros, la quimera, las gorgonas y las arpías, hasta que, habiendo llegado al Aqueronte, se encontraban con Caronte, el demonio timonel que transportaba las almas de los condenados. Este último, para quien era inconcebible la presencia de un hombre vivo en aquel lugar, se negaba a recibir a Eneas en su barca para llevarlo a la orilla opuesta del río.
Entonces, la Sibila, que había guiado al joven troyano hasta allí, se oponía y finalmente convencía al infernal barquero, mostrándole una rama de oro y explicándole que el héroe que la acompañaba tenía que llegar a los Campos Elíseos para volver a ver a su padre.
Dante levantó la vista y se sintió conmovido. Siempre le sucedía lo mismo. Y tal vez solo estaba buscando esa emoción cuando decidió quedarse en el establo. No quería únicamente refugiarse en las palabras de Virgilio, quería encontrar un refugio en el amor. Esa era la fuerza que lo movía, después de todo.
Había en los hexámetros de Virgilio un poder arcano, una magia, había una gracia sublime y magnífica que lo mantenía entregado y al ir pasando las páginas lo instruía en un mundo nuevo, más justo, más hermoso, más lleno de una dulce paz. La misma que avistaba en el rostro de Beatriz. Y su pensamiento volvió hacia ella. Una vez más.
Suspiró.
La había visto cuando tenía nueve años y ya se le había aparecido entonces hermosa, con una belleza dulce, llana y gentil. Aquellos ojos verdes brillantes en su cara de ópalo eran los de un ángel. Cuando nueve años después la había vuelto a ver no solo le había sangrado el corazón por lo deseable que se había vuelto, sino que su mirada quedó cegada por la emoción. Beatriz le sonrió, saludándolo con un imperceptible movimiento de cabeza. Y fue como si Dios, en ese mismo momento, le hubiera inspirado ese gesto suyo y ella lo hubiera reconocido como el hombre preciso a quien mostrar el camino de la salvación.
Dante pensó en lo inspiradores que eran su amor y su gracia. Luego, su mente volvió a las peleas entre güelfos y gibelinos. No era un cobarde, pero ciertamente rehuía la idea de una guerra con el único propósito de someter al enemigo aniquilándolo. ¿Quién era él para quitarle la vida a otro? ¿Qué derecho divino le garantizaba una impunidad así? ¿Cómo osaban Cerchi y Donati situarse por encima de la justicia de Dios, administrándola en nombre del poder y la corrupción? Si por lo menos pudiera escapar de la guerra que se avecinaba… Lo sentía en cada momento. Primero la pesadilla, luego las palabras de Corso, después las amenazas de Carbone. Era toda una ciudad la que se estaba preparando para la batalla.
Y él no sabía qué hacer para evitarla.
Él, que buscaba refugio en los dibujos y colores de Giotto, en la amistad de Guido, en las palabras de Virgilio.
Él, que solo aspiraba a dejar un rastro en esa historia humana tan oscura y despiadada, que parecía menospreciar a cuantos no se dedicaban en cuerpo y alma al oficio de las armas.
Entonces ¿no existía nada más?
Sin darse cuenta agarró un puñado de paja con las manos. Apretó los puños. Cerró los dedos con tanta fuerza que sintió un dolor extraño, áspero.
Némesis relinchó suavemente. Debía de haberla despertado.
Metió el códice en la cajita de madera y la cerró. Dejó caer la paja. Se acercó a la potra y le acarició el hocico. Luego apoyó la frente en la estrella blanca que Némesis lucía entre los ojos.
Por último le deseó buenas noches y, tomando el pabilo, salió del establo para finalmente volver a casa.
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