Dante

Matteo Strukul · Capítulo 33 de 72

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32. Los priores

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Los priores

 

Florencia tenía miedo de Arezzo. Los gibelinos parecían no respetar nada ni a nadie y, en esos fríos días de invierno, lejos de permanecer encerrados en sus guaridas, azotaban la campiña con asaltos y saqueos continuos. Después de depredar Montevarchi, en Siena, los imperiales habían devastado San Donato en Collina, masacrando a la población y quemando las casas, de tal modo que el humo se veía hasta desde las murallas de Florencia.

Los campesinos estaban exhaustos. Los que sobrevivieron al asalto cargaron lo poco que les quedaba en sus carretones y se dirigieron a la ciudad para refugiarse tras sus formidables murallas.

Florencia estaba atestada de desgraciados y vagabundos desarraigados de la campiña y sin medios de subsistencia. Y con la pobreza y la indigencia proliferaba la ira y la frustración. Los delitos aumentaban, los hurtos y la rapiña estaban a la orden del día y las calles no eran tan seguras como antes.

La gente protestaba y la situación iba empeorando.

En el palacio de los Priores, los seis nominados debatían desde temprano por la mañana. Cada día se informaba de un nuevo ataque. La fama siniestra de Buonconte da Montefeltro y Guillermo de Pazzi de Valdarno resultaba fatal, y los priores eran interpelados sin descanso por Corso Donati y otras personas poderosas para que finalmente se decidieran a emprender una gran campaña militar. Con todo, los priores se tomaban su tiempo. La nieve seguía cayendo, el viento frío fustigaba la ciudad y no tenían idea de cómo detener la ola de terror que los gibelinos estaban desatando con sus incursiones.

—¡La situación es insoportable! —dijo Pela Gualducci—. Es preciso responder golpe a golpe.

—Ya lo estamos haciendo —adujo Nicola degli Acciaiuoli—. Nuestros soldados combaten como pueden, pero resulta clara la estrategia de Arezzo. Tienen la intención de debilitar la resistencia de Florencia y tratar de acortar los tiempos.

Al escuchar esas palabras, los demás se quedaron en silencio por un momento porque reconocieron que había mucha verdad en ellas: Arezzo atacaba y Florencia estaba resistiendo a duras penas. Y ninguno de ellos, por lo pronto, sabía cómo lidiar con el problema.

Tras esa pausa, Andrea del Cerreto abandonó su asiento y se colocó en el centro de la habitación.

—Todo eso es cierto —dijo con amargura—. Y Pisa les ayuda — añadió.

—Seguro que no olvidaréis que, gracias a los buenos manejos de Buonconte da Montefeltro y del arzobispo Ruggieri degli Ubaldini, ahora la ciudad está en manos de los gibelinos, y es precisamente el padre del capitán del pueblo de Arezzo el que la tiene en un puño. ¿Y cómo acabó el conde Ugolino?

—Murió de hambre en la torre de los Gualandi —contestó lacónicamente Pela Gualducci, moviendo la cabeza coronada de rizos ya canos.

—¡Sí, así es! —repitió Andrea del Cerreto—. ¿Y qué hemos hecho para evitarlo? —Y su voz pareció elevarse repentinamente.

Esta vez la respuesta fue un silencio absoluto. Nadie replicó. No había nada que decir.

—¡Nada! ¡Ya os lo digo yo! —Esas palabras las pronunció con una ira inusual—. Hemos subestimado a la hidra y ahora la bestia nos ataca de pleno con todas sus cabezas, por no mencionar que nuestros aliados no olvidan y es evidente que Nino Visconti no vendrá a ayudarnos.

—Pero ¡si odiaba a su tío! —tronó de repente Gherardino Deodati—. Él fue el origen de toda esa maldita historia.

—¡Es verdad! Pero no lo odiaba hasta el punto de aceptar morir de hambre por el hombre que trajo de vuelta a los gibelinos a la ciudad — comentó amargamente el señor Del Cerreto.

—El arzobispo Ubaldini —concluyó desconsolado Pela Gualducci. Abrió los ojos al decir sin reservas lo que el otro había solo sugerido. El nombre resonó siniestramente en el gran salón. Por un momento, todos se quedaron como esperando que su nefasto efecto se desvaneciera.

Era como si ese hombre llevara una maldición con él. Fue, en última instancia, quien provocó el desastre en Florencia, porque él rompió el equilibrio, llevando de vuelta a Pisa bajo la insignia gibelina, gracias a la intervención de la familia Montefeltro.

—¡Exactamente! —dijo finalmente Andrea del Cerreto—. El mismo hombre que lo había echado cuando Nino era el señor de Pisa junto con Ugolino della Gherardesca.

—Entonces ¿qué sugerís? —preguntó Nicola degli Acciaiuoli, esperando que el señor Del Cerreto se decidiera a proponer una solución después de tantas preguntas.

Andrea del Cerreto se aclaró la garganta. Parecía que pensaba en ello. Luego habló:

—Nuestro mandato está llegando a su fin, lo sabemos perfectamente. En unos días nos volveremos a encontrar en la iglesia de San Pier Scheraggio para nombrar a los nuevos priores.

Eso era cierto. También participarían en las elecciones la Capitudini delle Arti —los rectores y cónsules de las artes—, el Consejo Especial del Capitán del Pueblo y un buen número de arroti —los magistrados adjuntos —, o sea, los sabios adjuntos de los seis sesti, los distritos de la ciudad.

—Sé que vuestra votación es secreta, pero tendremos que llegar a un acuerdo y hacerlo de tal modo que los próximos priores propicien una negociación.

Esa declaración dejó a los otros cinco simplemente de piedra. Entonces el señor Gualducci dijo lo que todos pensaban:

—Eso que estáis diciendo es de enorme gravedad. ¿Y por qué demonios deberíamos llegar tan lejos?

—Porque la negociación es la única esperanza que tenemos de ganar contra Arezzo en este momento —fue la respuesta.

Le tocó a Pela Gualducci levantarse de su asiento y formular las preguntas en aquella ocasión.

—Suponiendo que tengáis razón —dijo— y hagamos lo que vos proponéis, os pregunto: ¿de qué negociación habláis? ¿Y con quién?

—Una negociación de paz con quien gobierna Arezzo —aclaró sin dilación Andrea del Cerreto.

—¿Esa serpiente traidora de Buonconte da Montefeltro? —preguntó el señor Gualducci.

—¡No! —respondió Nicola degli Acciaiuoli con impaciencia—. El señor Andrea del Cerreto alude al obispo Guglielmo degli Ubertini.

—¡¿En serio?! —exclamaron a coro Gherardino Deodati y Borghese Migliorati. Apenas habían hablado hasta entonces y esa revelación los sorprendió más que nada. ¿Monseñor Ubertini estaba realmente dispuesto a llegar a un acuerdo con la odiada Florencia?

El señor Del Cerreto abrió los brazos.

—¡Así es! Y os diré, además, que creo que incluso tengo al hombre que nos conviene. Ya sé que me preguntaréis de inmediato a quién me refiero, pero lo haré mejor de la siguiente manera, amigos míos.

Luego, volviéndose hacia los guardias, ordenó:

—Que entre el señor Vieri de Cerchi.

Al escuchar esas palabras, los priores se apresuraron a volver a sus asientos. Un instante después, el ciudadano más rico de Florencia se presentó frente a ellos, con una profunda reverencia.

 

Vieri iba elegantemente vestido. Era su firme intención dar una buena impresión y lo logró con creces. ¿Quién no se habría fijado en la magnífica capa forrada de piel, la enorme cadena de oro y la túnica de seda con arabescos plateados? Conocía bien a los seis hombres de esa asamblea y se proponía recordarles a todos que, más allá de su cargo temporal, ni siquiera eran dignos de abrirle la puerta.

Tenía un plan preciso en mente y quería llevarlo a cabo a toda costa. Si no con ellos, con sus sucesores. Había hablado con Andrea del Cerreto y sabía que, al menos para él, estaba claro que la solución propuesta era la única posible. Y por esa razón Del Cerreto había hecho todo lo posible para garantizarle esa entrevista y asegurar que la inminente elección de los nuevos priores iría en la dirección de lo que él había urdido.

Ahora tenía que hablar con claridad para ilustrar bien las ventajas de su plan.

—Señores —dijo, tan pronto como terminó su reverencia—. Os agradezco haberme recibido.

—Señor De Cerchi —respondió Andrea del Cerreto, hablando en nombre de todos—, sabemos que nunca habéis visto con buenos ojos la guerra con Arezzo y que es vuestro deseo proponer una vía menos sangrienta que la que buena parte de nuestra ciudad tiene en mente. ¿Os gustaría exponerla?

Vieri asintió con altivez. Las cosas se presentaban bien. El señor Del Cerreto parecía haber convencido ya a la asamblea o, al menos, la había preparado para lo que quería enunciar.

—Por supuesto —dijo, y los priores sentados en los bancos quedaron literalmente pendientes de sus labios—. Bueno, es un hecho que, en estos días, la acción bélica de los gibelinos de Arezzo se ha vuelto más violenta que nunca. La razón es simple: pretenden debilitarnos antes de enfrentarnos en una gran batalla final. Entre otras cosas, temen la caída de Carlos II de Anjou, que no dejará, así lo creemos todos, de apoyar de una u otra forma nuestra causa. No es casualidad que, a través de sus embajadores, haya hecho saber que pretende quedarse en la ciudad, sobre todo porque se ha autorizado a que se use su insignia en la batalla. Por lo tanto, los gibelinos saben que si quieren derrotarnos tienen que darse prisa.

—Señor De Cerchi, ¿adónde queréis llegar? —preguntó Andrea del Cerreto, mostrando con una expresión bastante elocuente que expresaba la curiosidad de todos.

—Os lo diré. No creo en absoluto que Guglielmo degli Ubertini, obispo y alcalde de Arezzo, se proponga librar contra Florencia una gran batalla campal. La razón es muy simple: tiene miedo de perder. Por eso me comunicó, no hará más de una semana, que le gustaría hallar con los priores de nuestra ciudad alguna forma de pacto.

Al escuchar esas palabras los priores se inclinaron hacia delante, como si Vieri de Cerchi mantuviera el secreto de tal anuncio bajo las faldas de su capa. Únicamente Andrea del Cerreto parecía frío e impasible. Fue él quien instó al rico comerciante, preguntando:

—Sea más claro, señor De Cerchi. ¿En qué términos propondría Guglielmo degli Ubertini este acuerdo? ¿Qué se pondría en juego?

Vieri suspiró y luego sonrió. Quería asegurarse de que no escapara a nadie la importancia de su papel. Finalmente, cuando juzgó que había estado en silencio el tiempo suficiente, dijo:

—Todo lo que tiene. Debo matizar que, a cambio de la salvación de su familia entera, empeñaría hasta el último de los castillos relacionados con su obispado y, además, entregaría todos los ingresos y los servicios de sus fieles a los florentinos, con la garantía de que se le reconozcan tres mil florines al año de compensación.

—¿Y quién avalaría una suma tan grande como esa? —preguntó, no sin sorpresa, Andrea del Cerreto.

—Mi banco —dijo al fin Vieri.

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