Dante

Matteo Strukul · Capítulo 25 de 72

Páginas del PDF

Dante

24. Soledad

24

 

 

Soledad

 

Capuana entró en el claustro. Había salido de la iglesia, donde acababa de celebrarse la santa misa de laudes. El aire frío le cortaba el rostro. Sin embargo, daba gracias al cielo por esa vida dura, pero que le permitía expiar sus pecados. No resultaba nada cómoda, si bien no era en la comodidad donde ella buscaba la redención. Durante el acto, Piera, que estaba a cargo de las beatas del monasterio, le había dicho que tenía una cosa para ella y ahora Capuana se dirigía hacia el cuartito que los monjes habían concedido como oficina a su superiora.

Una vez dentro, la vio detrás de un escritorio diminuto y atestado de papeles y códices. También había una pluma y tinta negra. Piera era una mujer de gran cultura y cuando no estaba de oración pasaba buena parte de su tiempo leyendo. Su saber era infinito. Hablaba no menos de cinco idiomas y tenía un conocimiento profundo de la retórica y la poesía, así como de teología, filosofía, geografía, historia y botánica. Era una mujer de carácter fuerte y autoritario. Esa era la única forma de garantizar el respeto por las reglas y una vida de devoción y misericordia. Las beatas no pertenecían a una orden religiosa y, como tales, no disfrutaban de protección alguna. Por esta razón resultaba mucho más extraordinario que los dominicos del monasterio las hubieran acogido bajo su ala. No obstante, tal confianza tenía que ser recompensada con una disciplina estricta y una observancia absoluta de la vida comunitaria.

—Tengo una carta para vos, hermana —dijo Piera, y le entregó un sobre a Capuana. Era de papel color marfil, sellado con un lacre oscuro que parecía sangre.

Capuana lo tomó en sus manos como si fuera una reliquia. Hasta una simple carta era un lujo para ella. Piera vigilaba su vanidad y la de las otras hermanas para que no cedieran ni un segundo a los agasajos de su vida anterior. Capuana inclinó la cabeza y lo agradeció. Esperó a que Piera la despidiera y salió. Al llegar al claustro no le apeteció leer, por el riesgo de encontrarse a alguna de las otras mujeres. O, peor aún, a alguno de los monjes. Resolvió caminar por todo el lado de la columnata. Luego abrió una puerta de madera. Subió una escalera y llegó a un rellano. Desde allí continuó hasta su celda. Se quitó la llave del cuello, la puso en la cerradura y abrió.

Se sentó en la cama y, con manos febriles, abrió el lacre y desdobló la hoja.

Leyó.

A la excelentísima condesa Capuana da Panico:

Mi señora, como prometí, os escribo para informaros de todo lo

sucedido a su esposo en los últimos meses. Pido disculpas por este reprobable retraso, pero no pude hacerlo antes. Comprenderéis que, como leal que soy de vuestro esposo, mi posición no era la más fácil en los últimos tiempos.

Sin embargo, dicho todo esto, aquí están los hechos tal como los

conozco.

Tras ser encarcelado en la torre de los Gualandi, el conde de

Donoratico al principio logró superar la opresión y el abuso de poder a que el arzobispo Ruggieri lo sometió. Siempre ha mostrado dignidad y orgullo, y junto a él también sus hijos y sobrinos. No voy a mentir sobre el hecho de que los guardias no le ahorraron castigos y dolores, pero nunca se rindió ni pidió favores.

El arzobispo no solo ha saqueado el patrimonio de su esposo,

sino que lo ha hecho de la manera más vil y mezquina.

De hecho, hay una costumbre bárbara en Pisa por la que la

parte ganadora solicita al rebelde derrotado el pago de una recompensa que se coloca sobre su cabeza. Si no lo hacen, los carceleros se niegan a administrar agua y comida a los condenados. Como dije, el conde no se rindió, al principio, pero

luego, cuando vio a sus hijos y sobrinos dando vueltas en la celda por el dolor dictado por el hambre, se rindió. Lo hizo solo por ellos.

La primera vez, por lo tanto, acordó pagar una recompensa por

valor de tres mil liras. Con ello ganó tiempo, les permitió a Gaddo, Uguccione, Nino y Anselmuccio alimentarse y no morir de hambre. Que quede claro que, mientras todo esto sucedía, Florencia se cuidó mucho de intervenir. Corso Donati, a quien vuestro marido pagó profusamente, y que había entrado en alianza con él para garantizar su apoyo en caso de necesidad, ni siquiera se dignó a escribir a Ruggieri degli Ubaldini.

En ese momento, Capuana se vio obligada a dejar de leer. Unas lágrimas amargas surcaban sus mejillas y caían sobre el papel que sostenía en la mano. El relato, por doloroso que fuera, le hacía bien, y aunque los sollozos le quebraran el aliento, gracias a esas palabras al menos pudo seguir el martirio de su marido. Se llevó la carta al pecho, como si fuera un pequeño y frágil tesoro. Luego sacó un fino pañuelo de batista del bolsillo de su túnica, el único capricho que se había permitido llevar consigo, el único objeto que le recordaba su noble nacimiento. Se secó las lágrimas.

Suspiró y continuó la lectura.

Después de aproximadamente un mes, los guardias dejaron de

llevar comida y agua a los prisioneros. El arzobispo, por su parte, informó al conde de que el dinero se había terminado y por eso puso precio a la cabeza de Ugolino por segunda vez. De nuevo, en un primer momento, el conde se resistió. No se rindió hasta que, exhausto por el hambre y la agonía, cedió. Por lo tanto, ordenó que se le pagara al arzobispo Ruggieri una segunda y desproporcionada suma de cuatro mil liras.

Han pasado otros dos meses. Mientras tanto, he intentado por

todos los medios reunir un puñado de soldados, dignos de tal nombre, que, a mi lado, se decidieran a entrar en Pisa y liberar al conde, pero me he dado cuenta a mi pesar de que hoy, con solo escuchar su nombre, todos reaccionan con miedo y terror.

No os imagináis lo doloroso que me resulta escribir estas

palabras ya que hoy, sin mi señor, me siento huérfano e inútil y el simple pensamiento de no poderlo ayudar a escapar me hace querer quitarme la vida.

Por eso os pido perdón por mi ineptitud y cobardía; con este

escrito mío confío al menos en haber hecho por vos algo grato, comunicándoos lo que sé yo de vuestro marido, que con su valentía ennoblece el papel de los güelfos y representa un ejemplo de audacia irreductible.

Con la esperanza de encontrarme con vos algún día, aunque sea

con el único propósito de compartir nuestros pensamientos acerca de un hombre tan noble y orgulloso, me declaro a partir de ahora vuestro servidor y me permito rendiros homenaje con el humilde fruto de la fidelidad.

Vuestro,

GHERARDO UPEZZINGHI

Terminada la lectura, Capuana se sintió conmovida como nunca. Lo que había sabido no le dejaba muchas esperanzas, pero ya las había perdido cuando la alejaron de Pisa. Por eso había decidido encerrarse en un convento. No quería cultivar ningún tipo de expectativa o ilusión. Rezaba a Dios y llevaba una vida casi de reclusa, y guardaba el recuerdo de su amor en lo más profundo de su corazón. Las palabras de ese hombre, su dedicación, su lealtad, le hacían bien, a pesar del dolor que las acompañaba.

Dobló el papel y lo escondió en una pequeña caja de madera en la que conservaba lo más preciado.

Luego pensó que le respondería a Lancia. Y que le pediría que fuera a visitarla.

OceanofPDF.com