Dante

Matteo Strukul · Capítulo 43 de 72

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Dante

42. Estrategias

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Estrategias

 

La torre de la Castagna se destacaba con su amenazadora altura para proteger la abadía. Era allí donde vivían los priores de la ciudad durante los dos meses que permanecían en el cargo. Ahora, a través del adyacente convento, el señor Dino Compagni y los otros cinco miembros del colegio se habían mudado al interior de la abadía y juntos se preparaban para saludar al soberano, despidiéndose de él y de los altos dignatarios que durante tres días se habían quedado en la ciudad, divirtiéndose con motivo de las atracciones montadas en honor al rey. No faltaban los grandes de Florencia, empezando por el señor Corso Donati, que había regresado de Pistoia unos días antes. Y estaban Vieri de Cerchi y su hermano Carbone. Y además Rosso della Tosa, Boccaccio Adimari, Giacchinotto de Pazzi y algunos otros.

El rey avanzó entre los caballeros franceses y los seis priores les dieron la bienvenida en el centro de la nave. Se abrieron a su paso como los pétalos de una corola y el soberano continuó hasta el altar, recibido por el obispo Andrea dei Mozzi. La luz del sol primaveral penetraba en frágiles rayos por los grandes ventanales orientados al este. Las cerchas cubiertas de decoraciones amplificaban la maravilla de aquel momento solemne.

Al llegar al altar, el rey recibió la bendición del obispo. Luego, después de las fórmulas rituales, se celebró la misa.

 

Dante miraba con admiración al rey renqueante, que, aunque discapacitado, se convirtió en líder de la Iglesia. Carlos no le había parecido ni altivo ni arrogante en aquellos días, sin embargo, bien hubiera podido hacer gala de ello. Quizá, tras ser juzgado en la cárcel aragonesa, se había vuelto juicioso y el ardor juvenil se había diluido en una disposición más reflexiva y atenta. Y esa debía de haber sido la sensación que tuvieron hasta los priores, que saludaron con aplausos la firme decisión del rey de dejar en Florencia a Amerigo, vizconde de Narbona, como su representante, al mando del ejército de los güelfos. A muchos no se les escapaba que aquella decisión la había motivado el hecho de que el joven estuviera acompañado por Guillermo de Durfort, bailío de gran sabiduría y perspicacia, así como soldado de experiencia infinita.

La satisfacción de aquel día era contagiosa, y todo ello por una razón muy simple: tras la muerte de Ranuccio Farnese en las marismas de Pieve al Toppo, el ejército güelfo carecía de un comandante en jefe. Lucca, Pistoia y Siena se negaron a que se designara a un florentino. Esas ciudades habrían considerado a Maghinardo da Susinana el hombre adecuado para dicho papel, pero los grandes no eran del mismo parecer, ya que sabían bien que este último estaba dispuesto a ponerse del lado de los gibelinos para defender sus tierras en Romaña y de los güelfos en Toscana.

A Dante no le gustaba nada Maghinardo: parecía un fanfarrón lleno de arrogancia, que bien podía comenzar como aliado de un lado en verano y ser fiel al otro en invierno. Por lo tanto, la elección de Amerigo de Narbona resultaba providencial por ese hecho también.

La abadía en ese momento se iba vaciando de fieles. Los priores, seguidos por el rey, Amerigo de Narbona, Guillermo de Durfort, Corso Donati, Vieri de Cerchi y algunos otros nobles partieron hacia la torre de la Castagna.

Cuando estaba a punto de irse, Vieri le indicó a Dante que lo siguiera. Y este no se lo hizo repetir.

Ocupado en seguir el ritmo del rey, Corso no pareció darse cuenta de esa complicidad. Dante se sintió aliviado.

Al llegar a la torre, los hombres tomaron asiento alrededor de una gran mesa sostenida por caballetes. El rey se sentó entre Guillermo y Amerigo. Luego hicieron lo propio los priores y algunos de los nobles más influyentes. Los demás permanecieron de pie. Fue el bailío Durfort quien hizo de intérprete, ya que hablaba un discreto florentino, gracias a su trato con los frailes sirvientes que lo habían llevado varias veces Toscana abajo, hacia los conventos de Siena, Città di Castello y Florencia.

Explicando la voluntad del rey de los franceses, ilustró el plan que el soberano sugirió para las huestes güelfas. Antes que nada, era necesario consolidar alianzas con ciudades amigas. Sobre esto, para asegurar una federación de fuerzas, el soberano creía que la presencia de un comandante en jefe francés garantizaría una imparcialidad virtuosa, evitando litigios entre ciudades.

Al escuchar esas palabras, los priores asintieron. Y también Corso y Vieri eran de la misma opinión. El rey demostraba una gran inteligencia y un conocimiento no trivial del provincianismo toscano.

—Esta es realmente una excelente solución —subrayó Dino Compagni, que, de todos ellos, era el que más había hablado durante los días anteriores con Guillermo de Durfort. De hecho, entre los dos había surgido algún tipo de comprensión natural, y muy probablemente gracias también a esto el soberano dijo que estaba dispuesto a dejar un contingente de soldados en Florencia.

Guillermo prosiguió.

—El rey cree que conquistar el control de las rutas de montaña puede poner en dificultades a la gente de Arezzo. Sin contar que el apoyo de Francia al ejército güelfo representará una buena ventaja.

—Es cierto —respondió el señor Compagni—. Por un lado, nuestro ejército se consolidará y fortalecerá gracias al valor y la fama de los soldados franceses; por el otro, cortar los suministros a Arezzo pondrá en apuros a los gibelinos.

El rey habló de nuevo. Tenía una voz hermosa y una manera lenta y oscilante de conversar, tal vez no exactamente marcial sino en perfecta consonancia con su capacidad para interpretar situaciones.

Cuando hubo terminado, Guillermo de Durfort lo sintetizó como sigue:

—Su Majestad también aconseja tomar el control de las calles para evitar cualquier posibilidad de reunificación entre soldados de Pisa y Arezzo. De hecho, es consciente de que Guido da Montefeltro es el nuevo alcalde de Pisa y teme que una eventual unificación de los dos ejércitos pueda representar un problema.

Corso Donati asintió con la cabeza hacia el señor Compagni. Era su manera de pedir la palabra. Sin siquiera esperar, dijo lo que quería.

—Señor Guillermo —comenzó—, lo que dice Su Majestad es tan real que será misión nuestra desfilar lo antes posible hacia el valle del Casentino, bajo las órdenes del vizconde de Narbona. En ese sentido sugiero atacar las plazas fuertes de ese territorio con el fin de tener el control de las rutas de montaña y así impedir que las fuerzas gibelinas de Pisa y Arezzo se reúnan.

La idea era acertada y sensata. El señor Dino Compagni especificó:

—El señor Donati es el actual alcalde de Pistoia y cabeza de una de las familias más antiguas y nobles de Florencia.

—Entiendo —dijo Guillermo de Durfort, quien luego tradujo a beneficio del rey.

Este respondió algo, pero todos entendieron incluso antes de escuchar las palabras del bailío que la conversación se había terminado.

—Mi soberano dice que las sugerencias de hombres valiosos y de noble linaje son obviamente bienvenidas. Ahora quiere encaminarse sin más demora a Rieti. Os agradece la hospitalidad —concluyó Guillermo de Durfort.

Entonces el rey se puso de pie, imitado por todos, y ordenó ser conducido hasta la puerta de la ciudad.

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