Dante

Matteo Strukul · Capítulo 58 de 72

Páginas del PDF

Dante

57. El último viaje

57

 

El último viaje

 

A pesar de que apretaba con todas sus fuerzas, Buonconte notaba que la sangre manaba copiosamente de la herida. Ya no sostenía las riendas, sino que se aferraba a ellas con la mano izquierda, tras habérselas enrollado alrededor de la muñeca, como si de ello dependiera su vida.

Y realmente era así.

Cuando le clavó las espuelas en los flancos al caballo se lanzó a un galope frenético, arrollando a cuantos encontraba en su camino. De una forma u otra, Buonconte había conseguido salir de la refriega y se dirigía a la parte del campo de batalla donde se encontraba la infantería gibelina. O, mejor dicho, donde debería haber estado porque, después de esperar en vano una señal, los hombres comandados por el obispo de Arezzo habían comprendido que se avecinaba una terrible derrota y se estaban dando a la fuga a la desesperada. Tanto más cuanto que, lejos de mantener las puertas del castillo abiertas, Guido Novello Guidi decidió refugiarse con algunos de sus caballeros dentro de la fortaleza de Poppi, cerrando las puertas tras de sí. De ese modo le había arrebatado cualquier posibilidad de salvación a la infantería.

¡Maldito fuera!

Los gibelinos quedaron tocados por ese gesto cobarde y desesperado al mismo tiempo y, con el debido respeto al honor, habían comenzado a encaminarse hacia la dirección opuesta a donde se estaba consumando la batalla.

Buonconte los entendía: inferiores en número y abandonados por uno de sus comandantes, que por cobardía había preferido salvar el pellejo, ¿qué alternativa tenían que no fuera escapar? Dejarse matar, ciertamente, y no se podía pretender eso. Él fue el primero en darles la espalda a los güelfos. ¡Se habían equivocado en todo! Su plan era todo lo contrario a lo que había sucedido. Y ahora Arezzo sería aniquilada.

Un rayo atravesó el cielo. Un trueno lo siguió y dio la impresión de que haría caer la bóveda celeste al suelo. Empezó a llover. Unas gotas grandes como monedas de plata cayeron sobre la llanura y el agua pareció querer ahogar a cuantos permanecían todavía vivos.

Buonconte seguía cabalgando. Ahora le resultaba difícil distinguir dónde se hallaba. La herida lo atormentaba. Había perdido mucha sangre, la cota de malla estaba empapada de un líquido de color óxido. La lluvia nivelaba el terreno en un gigantesco e ininterrumpido campo de barro. Se encontró en la orilla de un río. Tenía que ser el Arno. Continuó a lo largo de la orilla. Hasta su caballo parecía agotado por la extenuante carrera y ahora avanzaba lentamente, a ligero trote.

Buonconte alzó los ojos al cielo. La lluvia caía sin cesar, y había sumergido los campos y llenado los canales y arrastraba los cadáveres hasta las orillas.

Con un esfuerzo supremo se quitó el almófar con la mano izquierda y lo tiró lejos.

Fue en ese momento cuando se cayó del caballo. Incapaz de volverse a montar en la silla se arrastró andando, en el barro; la lluvia tamborileaba sobre hierro de la armadura. Seguía sangrando profusamente. Vio aumentar el caudal del río, el agua subir hasta que se desbordó por los lados y se vertió en las orillas y fluyó hacia la llanura circundante. Se sentía como si estuviera vagando en un mundo de aguas negras. Se cayó, arrastrado por la riada. Se volvió a poner en pie. Pensó en Giovanna, a quien no había amado lo suficiente, y sin duda no lloraría por su desaparición. Recordó una noche de algunos meses atrás, en esa posada de las afueras de la ciudad, cuando había sido testigo de la violencia de un hombre contra una mujer y se había puesto del lado de esta, salvándola de la crueldad. Fue entonces cuando conoció al Arpón, y ningún otro enemigo había resultado más fatal que él.

No había vuelto a pensar en ese perro, pero era evidente que al otro no le había pasado lo mismo. Aquel hombre, por lo visto, había albergado un odio indescriptible, de los que difícilmente mueren. Peor aún, lo habría alimentado con todo el veneno y el resentimiento que hubiera sido capaz de acumular, hasta encontrar por fin la oportunidad de vengarse.

Buonconte había subestimado la voluntad humana: un deseo tan fuerte que había corrompido el alma de un ser vivo durante todo aquel tiempo, como si fuera hiedra venenosa, aferrándose a su corazón. Suspiró, y hacerlo le costó una bocanada de sangre.

Estaba cansado.

Miró el agua. Ahora chapoteaba en ella. Estaba casi en el punto donde el Archiano desembocaba en el Arno. A lo lejos oía los gritos de sus compañeros, destrozados por la caballería güelfa.

Todo estaba perdido.

Finalmente se dejó caer, abandonándose a la muerte.

OceanofPDF.com