Dante
16. Resistir…
16
Resistir…
—La ciudad parece ahogada en un silencio sepulcral. —La voz de Lancia cortó el aire. A pesar del calor de ese día maldito, el frío parecía envolver el vestíbulo del palacio del Pueblo. Ugolino, delgado y larguirucho, golpeó la mesa.
—Si es necesario, resistiremos —respondió.
Miró a sus hijos, que lo habían estado esperando desde la noche anterior, cuando había elegido ese lugar como su cuartel general. Como se había decidido desde el principio. Allí pasó revista con la mirada. Gaddo, que era el capitán del pueblo, dejó escapar una sonrisa como si no esperara nada más que escuchar esa frase. Luego dijo:
—Hasta el final.
Uguccione se quedó en silencio, su rostro grande e inexpresivo.
Lancia prosiguió:
—Vuestros sobrinos, Anselmuccio y el Brigada, deberían haber entrado en la ciudad hace tiempo y seguro que habrán estado librando batalla.
—El contingente liderado por Lottieri da Bientina tiene que ir con ellos.
—Lo sé.
—Hemos escuchado gritos —convino el conde—, eso es seguro. Pero ¿cómo es que todavía no han llegado? Aun así, ese era el plan, ¿o me equivoco? —Y mientras esperaba confirmación miró fijamente a Gaddo.
Su hijo no apartó la mirada.
—Padre —dijo—, con mis hombres me aseguré de tomar el palacio. No he juzgado oportuno entablar batalla, yendo al encuentro de mis primos. Tengo muy pocos escuderos conmigo.
—E hiciste bien —asintió su padre, secundándolo.
—Me gustaría disponer de una docena de hombres y reunirme con ellos —prosiguió Lancia—. Prefiero no tener nada más que un buen puñado de gente para poder moverme por las calles con mayor facilidad. Por la noche será posible.
El conde pareció pensar en ello.
—Está bien —respondió finalmente—. Luego nos volveremos a encontrar aquí.
—Mientras tanto yo defenderé el palacio —observó Ugolino.
—Procedamos entonces. No hay tiempo que perder.
—Sí, al menos tendrás a favor la oscuridad —concluyó el conde.
Poco después, Lancia estaba en la piazza delle Sette Vie. Sus hombres se movían en las tinieblas; solo las antorchas pintaban trémulamente nubes de luz sanguínea a medida que avanzaban. Pasaron de largo por el sur la iglesia de San Sebastiano alle Fabbriche Maggiori y tomaron el camino angosto que conducía a San Frediano.
Lancia no confiaba demasiado en avanzar. Temía que los hombres del arzobispo Ruggieri los sorprendieran. Fue mientras estaba perdido en esos pensamientos cuando la campana del palacio Municipal volvió a tocar a rebato otra vez, convocando a los partisanos.
A pesar de ello dio unos pasos más y le pareció distinguir enfrente, a lo largo de la calle, algunas extrañas formas que no tenían por qué estar allí. A la luz de las antorchas no sabía con certeza lo que había visto.
A menos que… Llegó a la iglesia y pasó de largo, así como del hospital contiguo de los monjes camaldulenses. Sus hombres lo siguieron.
Al principio fue el olor lo que lo dejó sin aliento. Dulzón y fétido al mismo tiempo, resultaba insoportable y se elevaba desde la calle como si alguien hubiera dejado carroña de animales en descomposición.
Fue entonces cuando vio el horror.
La calle estaba atestada de muertos. Hombres con la garganta cercenada, otros decapitados, otros clavados a las puertas de las casas con flechas hundidas en manos y pies, como si fueran clavos infernales.
Reconoció los colores del conde Ugolino en las libreas y algunos de los rostros de los partidarios de los Gherardeschi. Entonces ¿esos eran los soldados liderados por el Brigada? Pero no atisbaba los colores de los Upezzinghi. ¿Dónde estaba Lottieri da Bientina? Y aunque los muertos se veían tapizando la calle hasta donde alcanzaba la vista, no podían hallarse todos allí.
—Bastardos —dijo.
En aquel momento, su mirada captó algo conocido, aunque le costaba creer que lo que había visto pudiera ser verdad.
—Dadme un poco de luz —le ordenó a uno de sus hombres. En cuanto el espacio se iluminó ante él se estremeció—. Banduccio… —murmuró con un hilo de voz.
El hijastro del conde yacía atado a un barril. El cuerpo arrugado cubierto con harapos, la cabeza inclinada hacia un lado, la lengua fuera. Alguien le había cortado las manos y los pies, que yacían por tierra, en un charco de sangre. Había muerto allí, en el acto, desangrado. El silencio era insufrible. Los hombres de Lancia no emitían ni un respiro.
—¡Perros! —maldijo este último, conteniendo una blasfemia—. Han provocado una matanza. No han perdonado a nadie.
Entonces algo le goteó en la frente empapada de sudor. Al principio no lo entendió, pero cuando se limpió lo mejor que pudo con la mano derecha la vio cubierta de sangre. Un presentimiento terrible le produjo un escalofrío helador. Miró hacia arriba.
—Levantad las antorchas —ordenó.
A la frágil luz de las antorchas vio decenas de cadáveres suspendidos en las ventanas. Colgaban de lo alto, como extraños frutos ensangrentados.
Ancianos, mujeres y niños.
La ira del arzobispo había sido aterradora. No solo había hecho masacrar a los partidarios del conde, sino que también tuvo cuidado de que a quien se le pasara por la cabeza dar apoyo o cobijo al enemigo tuviera una serie de argumentos válidos para negarse.
Aquellos pisanos sacrificados y abandonados a la putrefacción representaban la más espantosa de las advertencias.
Lancia respiró hondo. Los refuerzos que esperaba el conde no llegarían nunca.
Y lo peor era que las campanas que había escuchado antes no podían más que anunciar una cosa: los gibelinos emprenderían el asedio del palacio del Pueblo.
Tenía que volver, aunque solo fuera para organizar las defensas.
—Regresemos —dijo—. Ya no podemos ayudar a estos desgraciados.
Sus hombres asintieron.
Partieron de nuevo, tratando, en la medida de lo posible, de moverse en silencio. Si tuvieran algún desafortunado encontronazo se verían obligados a luchar y no eran suficientes. En eso iba pensando Lancia mientras desandaba sus pasos, de nuevo hacia la iglesia de San Frediano.
Fue en ese momento cuando ocurrió.
El portón de madera de la iglesia se abrió y una silueta oscura se deslizó hacia fuera.
Otras la siguieron.
—¿Quién va? —preguntó Lancia, desenvainando su espada.
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