Dante

Matteo Strukul · Capítulo 13 de 72

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Dante

12. Giotto

12

 

Giotto

 

La campana de la iglesia de San Tommaso y la de la abadía habían dado la novena hora hacía ya un buen rato. No tenía nada en contra de su esposa, pero esperaba al menos que un punto estuviera claro: si ella se había visto obligada a casarse con él, pues lo mismo era válido para él. Y como le era fiel en todos los sentidos, eso tenía que ser suficiente para ella. Su lealtad no le daba derecho a esperar nada más. Gemma sabía cuánto le importaban sus versos, aquellos fragmentos de libertad que le permitían expresarse a sí mismo para conjurar la mediocridad de la vida en cualquiera de las Artes de Florencia. No era lo que quería y había intentado hacérselo entender de todos los modos posibles.

Pero Gemma no era tonta.

No lo era en absoluto. En cuanto la conoció tuvo claro que estaba ante una mujer de notable inteligencia y sobre todo sensible, perspicaz y por tanto perfectamente capaz de entender a quién se enfrentaba. Sin embargo, ella persistía en oponerse a sus aspiraciones, su desesperada necesidad de afirmarse en las letras. Sus torpes intentos de seducirlo no le pasaban para nada inadvertidos. De todos modos, no importaba lo dispuesta y guapa que fuera: eso no bastaba. Entre ellos faltaba poder compartir la sincera adoración por el mundo de las letras. Y el amor, entendido como idolatría del sentimiento que libera el alma y te permite desafiar al cielo, tener un corazón que vuela alto incluso cuando la amargura pretende alimentarse de miserias humanas.

Por supuesto, ella no podía imaginarse cuánto lo consumía aquel demonio todos los días, qué necesidad sentía de escribir, de poner sobre el papel las imágenes que aparecían en su mente. Procedían de vete tú a saber dónde y no podía apartarlas. En el pasado lo había intentado, pero luego, poco a poco, se había rendido: solo abrazando la fuerza arcana que albergaba y que lo poseía hasta el punto de condenarlo a escribir días enteros conseguiría encontrarse a sí mismo.

Al principio era una energía virgen y salvaje, algo que no lograba controlar y que lo devoraba. Entonces había conocido a Guido y, hablando con él, aquel molinillo de fiebre y palabras, el duermevela que lo perseguía, las pesadillas y las carencias habían adquirido un orden.

Había descubierto una forma de superar las debilidades que lo condenaban: la inquietud que lo impulsaba con demasiada frecuencia al sueño, las extrañas crisis que lo llevaban a temblar hasta caer en una especie de delirio y a perder los sentidos.

Quitarle la poesía, las letras, las imágenes… era como quitarle la vida misma. Tal vez Gemma no lograba entenderlo, no tenía las herramientas para hacerlo. O tal vez, muy al contrario, era él quien habría debido leerle algunos pasajes de Guinizelli o de Guittone de Arezzo. De esa manera, acaso habría conseguido que los apreciara. Después de todo, la belleza de sus composiciones era universal. Y con eso su mutua comprensión aumentaría y entonces quizá ella realmente entendería lo que él intentaba hacer. A lo mejor él podría haberle enseñado a leer.

Sin embargo, cuanto más pensaba en ello, más le parecía que estaba albergando una ilusión y que revelaría una parte de sí mismo que probablemente aún no estaba dispuesto a compartir.

Lo que componía era su único refugio. ¿Qué habría pensado Gemma de lo que escribía sobre las mujeres, de su idea del amor vinculada a muchachas que no eran ella? ¡Y cuánto lo habría odiado si hubiera sabido lo de Beatriz! Porque ella encarnaba el amor perfecto, la salvación, la promesa de una vida incluso para aquello que no era vida. ¿Tanta era la obligación de casarse? ¿De pertenecer a un oficio, de ganar dinero con el trabajo manual? No estaba hecho para eso, era impermeable a las reglas, quería liberarse en cielos maravillosos y pasiones, quería conocer la belleza absoluta, deslizarse por lugares desconocidos y aferrarse al corazón de mujeres magníficas e inalcanzables. ¡Quería sentirse vivo! ¡Invencible!

Dante suspiró. Aquel rompecabezas no parecía tener solución.

¿Qué debía hacer? ¿Quién habría entendido lo que estaba tratando de conquistar? ¿Quién no lo habría tomado por loco, exaltado, un joven arrogante que creía que podía dar forma a las palabras, como para componer formas arquitectónicas admirables, capaces de cambiar el mundo?

Solo se le ocurrió un nombre.

 

Las calles estrechas aparecían desbordadas de bancos de cambistas, con las monedas apiladas en los mostradores. Protegidos por marquesinas, un par de notarios redactaban documentos en presencia de algunos testigos; zapateros y remendones resollaban y recosían botas y zuecos; los chamarileros exhibían sus artículos, brillantes y lustrosos como si fueran tesoros bizantinos.

Cuando finalmente llegó al taller de Cimabue, en el distrito de San Pancrazio, no lejos de la basílica de Santa Maria Novella, Dante esperaba encontrar a quien estaba buscando sin demasiadas tribulaciones.

Tuvo suerte.

De hecho, Giotto estaba en una esquina machacando colores en un mortero. Trabajaba tan concentrado en su tarea que al principio ni lo percibió. Era un joven de considerable tamaño, con hombros anchos como los de un toro y dos ojos claros que se destacaban en una gran luna llena.

Era de pocas palabras. Por eso cuando se dio cuenta de que su amigo había llegado a visitarlo, lo saludó con un movimiento de cabeza. Pero después esbozó una sonrisa. Dejó lo que estaba haciendo y le estrechó la mano. Dante tuvo la impresión de haber deslizado su mano derecha en un tornillo de banco.

—¿Y entonces? ¿Habéis escrito la oda que os dará fama eterna? —le preguntó Giotto.

Dante se puso a la defensiva.

—Todavía lo estoy intentando.

El amigo asintió.

—Venid —dijo—. Quiero mostraros algo.

Y lo condujo a otra habitación abarrotada de mesas, sobre las que yacían dibujos al carboncillo, tablillas de madera, cuencos que contenían esmaltes, yeso y cola para la témpera, recipientes para imprimir colores, por no hablar de los pinceles, cepillos, peines, limas y, además, los polvos molidos para colores, como hematita, cinabrio y ocre, polvo de azurita y lapislázuli azul ultramar.

Giotto parecía encantado al mirar los colores. Luego clavó los ojos en Dante, casi asustándolo, porque su mirada ausente era como la de un loco.

—Perfeccioné un proceso anoche con el que obtener una nueva tonalidad de índigo.

—¿De verdad? —dijo Dante, sorprendido.

—Sí —asintió Giotto—. Hace dos días molí mármol blanco hasta convertirlo en un polvo muy fino, y lo dejé reposar durante un día y una noche en estiércol caliente. Esperé. Luego mezclé el barro obtenido en un caldero con espuma de agua sucia después de lavar paños de color índigo. Obtuve un azul suave y muy brillante. Nunca he visto nada semejante — afirmó con una mirada soñadora.

Dante comprendía esa mirada. Él también la tenía cuando encontraba las palabras adecuadas para definir la melancolía y la culpa, la felicidad y la amistad, la traición y la duda, las aspiraciones y los miedos, cuando trataba de capturar el atardecer de la esperanza o el amanecer de una nueva pasión. La conciencia de lograr expresar los claroscuros de lo cotidiano en una sola frase era la recompensa más hermosa, atrapar aquel vaivén de tonos que se iluminaban con destellos repentinos en los momentos que merecían ser vividos y volvían a sumergirse de nuevo en las tinieblas más profundas debido a la codicia y a la mediocridad de los hombres.

Esa era la magia del arte, se tratara, ya de pintura, ya de escritura; ya de imagen, ya de palabra.

—Me gustaría ofreceros algo de beber, amigo mío —dijo.

—Muy bien, ya había terminado la tarea que tenía asignada para hoy. ¿Os importa si me llevo algún dibujo en el que estoy trabajando? —propuso Giotto.

—En absoluto —concluyó Dante, y en estas últimas palabras pareció flotar una sensación de apaciguamiento.

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