Dante

Matteo Strukul · Capítulo 56 de 72

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55. La promesa

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La promesa

 

Le habían ordenado esperar la señal para no comprometer el resultado del enfrentamiento con una maniobra precipitada. Corso temblaba de rabia. Aquellos idiotas franceses no entendían que si hubiera intervenido en ese momento podría haber decidido el destino de la batalla.

—Estos malditos franceses no saben aprovechar las oportunidades — espetó—. ¡No podemos esperar más!

Desde donde se encontraba podía ver perfectamente la formación en el llano de Campaldino. Moviéndose entonces podría haber atacado por el flanco derecho a la caballería gibelina y devastarla. Buonconte no esperaba un avance como ese, y lo habría hecho antes de que la infantería de Arezzo decidiera seguir adelante. En ese momento todavía estaba aislada y a una distancia considerable de la pelea, y Corso podría adelantárseles con sus hombres. Una vez aniquilada la caballería gibelina, con una carga de los feditori sería fácil destruir a los soldados de infantería de Arezzo. Por no añadir que, con todo y que la confusión era absoluta, le parecía haber visto caer a Guillermo de Durfort.

Por eso, cansado de esperar, levantó su lanza y, a pesar de las mil recomendaciones y órdenes recibidas, resolvió atacar. Si su intervención llegara a determinar el resultado del enfrentamiento, estaba seguro de que cualquier crítica se derretiría como nieve al sol. De hecho, con un poco de suerte, incluso podría salvarles la piel a aquellos incapaces de los franceses.

—¡Hombres! —gritó—. Os ordeno que me sigáis a la refriega.

Diciendo eso, se bajó la visera del casco y, clavando las espuelas a ambos lados de su palafrén, salió disparado hacia delante, apuntando a la caballería gibelina. A modo de respuesta recibió un rugido, y, unos momentos después, unos doscientos caballeros de Pistoia lo seguían, lanzados con todo el ímpetu posible contra los hombres de Buonconte da Montefeltro.

 

Buonconte agitaba su espada en un intento desesperado de abrirse hueco en la lucha. Estaba cansado. Empapado en sudor, lo único que deseaba era irse de allí. Tenía poco que hacer. Había tratado de hacer intervenir a la infantería gibelina, pero desde el punto en que se encontraban sus hombres, la batalla incluso podría haber parecido ventajosa para Arezzo.

No era así, obviamente. Los gibelinos caían como moscas bajo los tiros de ballesta, que llovían con precisión letal del cerco externo, en manos de los güelfos, y la refriega era tan furibunda y confusa que no conseguía de ninguna de las maneras reunirse con el Loco, que luchaba furiosamente en aquel mar de armaduras y corazas. Más de uno de los suyos, caído del caballo, terminaba succionado en esa especie de estanque de hierro y despedazado, o incluso asfixiado por los cuerpos ensangrentados que caían embadurnando y llenando la llanura.

La confusión era total. En un instante de tregua fue a levantarse en los estribos para indicar a la infantería que avanzara, pero una nube de polvo, sudor, estandartes desfigurados y gritos envolvían el lugar y se dejó caer sobre la silla con la espada en la mano.

Trató de averiguar, una vez más, cómo abrirse paso, pero por mucho que empujara al caballo hacia delante, apenas podía penetrar en ese océano de cuerpos en lucha.

Le hubiera gustado quitarse el casco. No podía soportarlo más.

Entonces sucedió algo de repente: una punzada fría lo mordió en el cuello. Súbita, traicionera, inesperada. Era como si un animal le hubiera clavado los colmillos encontrando el delgado e imperceptible pasaje que lo llevaba al corazón de su persona.

El Arpón había sido inteligente al apoderarse de una larga lanza en el reguero de cadáveres que conducía directamente al comandante enemigo. Así, pensó, podría mantenerse a más distancia de él. Se había arrastrado como un gusano, se había fingido muerto, y moviéndose lentamente entre los cuerpos sin vida había avanzado lento pero inexorable hasta alcanzarlo por la espalda. Y tan pronto como Buonconte se inclinó hacia delante, tratando de encontrar un camino a través de aquella multitud de soldados de infantería, había emergido de debajo de una capa de cadáveres y le había clavado la lanza en el cuello.

Empujó tan fuerte como pudo. Sabía que no tendría una segunda oportunidad: debía descerrajar un solo golpe fatal. Luego tiró de la lanza hacia sí y se la arrancó de la carne. No logró divisar el tamaño del agujero, pero vio claramente que la sangre estaba saliendo a chorros de la garganta del comandante.

—Os prometí que lo pagaríais —dijo el Arpón. Vio al caballero mirándolo desde arriba de su formidable caballo de guerra.

—¡Vos! —rugió Buonconte con dolor—. Habéis venido hasta aquí a buscarme.

El Arpón se puso de pie, audaz, casi ignorante, en aquel momento supremo, del peligro que corría. Le pareció, a decir verdad, estar envuelto en una nube de gloria tan intensa que lo hacía invencible, y lo confirmaba la prodigiosa monstruosidad del hecho consumado: él, poco más que un asesino y un putero, acababa de herir de muerte al comandante de las huestes gibelinas.

Sin embargo, esa distracción fue fatal para él, ya que, a pesar de estar herido, Buonconte le propinó un sablazo fulminante y le desgarró el pecho.

El Arpón no esperaba una reacción como esa, no después de haber apuñalado en el cuello al comandante con la punta de la lanza. La hoja de la espada no tuvo dificultad en rasgarle la carne, puesto que iba ligeramente armado y protegido tan solo con una pesada casaca de cuero. La herida sangraba con profusión y, un instante después de la gloria, el Arpón se encontró de rodillas.

Cansado, consciente de que le quedaba poca vida, Buonconte descerrajó un último golpe con el borde del escudo, que estrelló contra la cabeza del adversario, partiéndole el cráneo.

Finalmente, ahora ya sin fuerzas, mirando otra vez al Arpón, que se desplomaba en el suelo, se quitó el casco que lo estrangulaba, se liberó de las manoplas de hierro y, presionando con la mano derecha la herida del cuello, tomó las riendas con la izquierda, clavó las espuelas en los flancos del caballo y lo puso a una velocidad vertiginosa en medio de la refriega.

Mientras entregaba su alma a Dios, el Arpón vio al comandante gibelino hundirse entre los hombres de infantería empantanados en la tierra amasada de sangre y abandonar el campo.

Entonces, la oscuridad lo envolvió.

El asesino cayó entre los mismos cadáveres bajo los que se había escondido para poder tender su trampa fatal.

Buonconte, por su parte, continuó su carrera a caballo. En su galope desenfrenado el palafrén arrollaba a quienes se encontraba por delante.

El comandante mantenía la mano presionando la herida, pero sabía que le quedaba poco.

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