Dante
35. La religión de los recuerdos
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La religión de los recuerdos
Capuana no sabía si era posible una religión de recuerdos, pero no tenía ninguna duda de que todo lo que le quedaba ahora era el recuerdo de lo que había sido. Y nadie podría arrancárselo. Nadie podría enturbiar lo que de Ugolino guardaba en el alma: su dulzura, su afecto, ese profundo sentido del respeto que siempre le había demostrado. Y se aferró a eso. Y nunca nunca abjuraría de la imagen que se había creado de él, nunca la traicionaría.
Lo entendió todavía mejor cuando vio a Lancia. Habían pasado seis meses y, sin embargo, parecía que hubiera envejecido diez años. Y ella no dudaba del motivo de aquel descalabro: había defendido la memoria de su señor con las fuerzas que le quedaban. Lo había comprendido al leer su sentida carta, en la que brillaba toda la devoción y fidelidad de la que podía ser capaz un hombre de armas.
Normalmente habría sido mejor no recibir visitas, lo aconsejaban las costumbres de las beatas. Aun así, dada la excepcionalidad y la gravedad de lo que le había pasado a su marido, Piera le permitió caminar con Lancia por el viñedo del convento.
Hacía frío y tenía las manos rojas y agrietadas, pero no lo notaba porque todos sus sentidos estaban tensos y atentos para absorber cada una de las palabras pronunciadas por aquel hombre bueno acerca de su marido, de lo justo y valiente que era.
Cuando luego anunció que habían encontrado a Ugolino muerto con sus hijos y sobrinos en la torre de los Gualandi, Capuana se descubrió sorprendentemente consciente y serena. A aquel pensamiento ya se había habituado. Desde el momento en que la habían separado de él, sabía que nunca volvería a ver a Ugolino.
Y así, a los llantos les sucedieron noches de oración. Y el remordimiento por no haber sido capaz de detenerlo o liberarlo. Pero entonces, después de ese duelo alimentado por la ausencia, después de la amargura infinita, después de las lágrimas y el llanto, había llegado una paz resignada que le daba sosiego. Y ahora esa voz baja y ronca que le hablaba con una bondad que ella no creía posible en un hombre, la reanimaba como el agua pura.
Lancia le contó que la muerte de Ugolino se había convertido en advertencia y leyenda al mismo tiempo, hasta tal punto que la torre de los Gualandi había sido rebautizada como torre del Hambre, en memoria de lo que había sucedido allí.
—Tomad —dijo Lancia por fin con ojos brillantes. Le mostró un anillo de oro con un zafiro azul puro en el engaste—. El conde me pidió que os lo diera antes de pedirme que os protegiera. No os lo di el día en que os acompañé aquí, ya que se me ocurrió que lo mejor era conservarlo para el momento más duro. Y ese momento es ahora. —Y mientras así hablaba, el viejo guerrero se arrodilló frente a ella y le entregó la joya.
—Lancia —dijo Capuana—, querido Lancia, ¿qué he hecho tan bien para merecer un amigo como vos?
Luego tomó de sus grandes y nudosas manos el anillo y lo deslizó en su dedo. Brillaba de una manera casi insoportable, y una lágrima le recorrió la mejilla. Capuana no pudo detenerla. A pesar de todo, no estaba triste. Recordaba aquel anillo, Ugolino siempre lo llevaba en el dedo meñique. Le decía que le recordaba su pureza y que nunca se separaría de él.
Y ahora, finalmente, Capuana sentía que se había reunido con él. Miraba la piedra resplandeciente bajo los rayos plateados del sol de invierno. Inspiró profundamente y se sumergió en el momento supremo de aquella toma de conciencia. Comprendió su sacralidad, casi como si el alma de Ugolino estuviera contenida en aquella piedra y gracias a eso pudiera permanecer para siempre con ella.
—Levantaos —dijo al cabo—. Lancia, a partir de ahora seréis mi confidente. Voy a pediros algo.
—Estoy a vuestras órdenes, mi señora.
—Bueno, mi marido creía en la facción güelfa. Lo hicieron pedazos los gibelinos, los mismos que antes habían sido sus compañeros. No tendré paz hasta que sean aniquilados. Lo que querría de vos es que os pusierais al servicio de la ciudad güelfa de Florencia. Llevaréis una carta que os escribiré y que dirigiré a Vieri de Cerchi, que hoy por hoy es el hombre más poderoso de aquella ciudad. No iréis donde Corso Donati, que únicamente sabía guardar los florines con los que mi marido había llenado alcancías enteras para él intentando, desesperado, ganarse su amistad. ¿Haréis esto por mí, Lancia? No tenéis que preocuparos por el dinero. Como sabéis, aquí en Lucca todavía tengo muchas propiedades.
—¿De vuestro anterior marido?
—Sí. Lázaro habría sido feliz de saber que yo he destinado gran parte de nuestra riqueza a la causa güelfa. Él era un Gherardini, una de las familias güelfas más nobles de Lucca. Prepararé una carta de crédito para vos. Obtendréis una cantidad considerable de dinero. Os compraréis un caballo, os armaréis y armaréis una compañía con vuestros hombres, y, en mi nombre, os pondréis a las órdenes de Vieri de Cerchi. —Al decir tales palabras Capuana se detuvo. Luego prosiguió—: ¿Qué respondéis?
—Que obedeceros a vos es como obedecer al conde.
—Sois un hombre tan único como raro. Os ruego que esperéis en el claustro. Necesito tiempo para retirarme a mi celda a redactar la carta de presentación y preparar la carta de crédito que os permita cumplir lo que os he pedido.
—Ni siquiera tenéis que decirlo, señora. Os esperaré cuanto haga falta.
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