Disque 577

Lillian O'Donnell · Capítulo 9 de 19

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Disque 577

Siete

NORAH había tomado una decisión. Como el teniente no estaba disponible al día siguiente, continuó tercamente ordenando su escritorio y preparando todos los casos pendientes para pasárselos a David, como si aún estuviera por irse de vacaciones. A las cinco, cuando estaba lista para partir, Joe Capretto entró al cuarto.

Estaba vestido de azul y se lo veía buen mozo y descansado.

—Hola —dijo alegremente—. ¿Todo listo para el viaje?

¡Se había olvidado de la cita que tenían! Un par de minutos más y se hubiera ido.

—Se terminó el casamiento, Joe y también, el viaje.

—¿Qué pasó?

—Bueno… —El teléfono de él sonó—. Podrías perfectamente atender tú: probablemente sea esa Mrs. Scott. No ha dejado de llamar.

Por un momento Joe vaciló como si fuera a dar alguna excusa; luego, frunciendo el ceño, fue al escritorio y levantó el tubo.

—Homicidios y Asaltos, habla el sargento Capretto. —El ceño fruncido se hizo más profundo—. Bueno, siento mucho que hayas tenido tanto problema en dar conmigo, Helen… Sí, recibí tus mensajes. —Bajó la vista hacia los diferentes pedazos de papel que decoraban los bordes del papel secante—. Todos. Intenté llamarte, pero no tuve tiempo. ¿Cómo estás? Bien, qué bien. ¿En qué te puedo ayudar, Helen?

Norah fue hacia la ventana y se ocupó de peinarse y ponerse lápiz de labios; no era que la luz fuera mejor allí, pero no quería estar escuchando tan obviamente.

—Ciertamente procuraré que nos veamos, Helen, y te llamaré en cuanto esté libre. ¿Tienes todavía el mismo número? Bueno.

Entonces tan pronto como… ¿Esta noche? —Hizo una pausa. Le dirigió una mirada a Norah, la que fingió estar muy preocupada por su apariencia—. Lo siento, estoy ocupado esta noche. —Luego agregó casi provocadoramente—, tengo otra cita… nunca rompo una cita; tú deberías saberlo… Seguro, en otro momento. Me mantendré en contacto. —Colgó el tubo, pero pasó un minuto más o menos hasta que la enfocó a Norah. —Era una vieja amiga de estudios. Está de vuelta en New York después de… oh, de quince años.

—Si la quieres ver esta noche, Joe, está bien. Ya que no salgo mañana de viaje, podemos ir a cenar en cualquier otro momento.

—Si hubiera querido verla, he tenido suficientes oportunidades para ponerme en contacto con ella, ¿no? El hecho real es que se separó del marido y está buscando un hombro sobre el cual llorar.

Ya encontrará alguno bastante pronto. Me parece que tú tienes tus buenos problemas esta noche.

—Me vendría bien algún consejo.

—Esa es mi especialidad. Vamos, tomaremos un par de tragos y podrás contármelo.

En su acostumbrado reservado del salón de cóctel de Vittorio, Norah presentó su defensa de Gabriela Constante. Argumentos que ella misma no era consciente de haber elaborado, saltaron como tropas frescas enviadas a la batalla.

Si no fuera una violación, si ella hubiera consentido, ¿hubiera dado una descripción tan precisa de Dana? Por supuesto que no, porque no hubiera querido que lo encontraran. En realidad, ¿por qué tenía que mencionar la parte sexual del ataque? Lo único que tenía

que decirle a su padre era que la habían atacado. Él lo hubiera aceptado sin más preguntas.

—Tal vez se imaginó que él podría decir que había sido algo más que un ataque para robarle. O tal vez razonó que el doctor lo descubriría —sugirió Joe.

Norah mantuvo la voz baja, pero le temblaba con intensidad.

—No creo que hubieran llamado a un médico. En la forma en que se dieron las cosas, lo tuve que sugerir yo a los Constante. Les tuve que decir que era necesario.

—Muy bien, estoy de acuerdo contigo en esa parte.

Pero Norah tenía que desembucharlo todo, todas las inconsistencias y contradicciones.

—Después, ¿por qué mencionar que se fijó en él a la entrada del subterráneo, en la Sesenta y Seis, y luego nuevamente cuando salieron en la Setenta y Nueve? ¿No hubiera sido mucho más simple decir que de pronto se le apareció?

—Tal vez se dio cuenta de que sus amigos, Luisa Alvarez y Raúl Martín, habían notado el juego entre Dana y ella y pensó que tenía que explicarlo. Difícilmente haya contado con que su testimonio se volviera contra ella.

Norah acomodó la mandíbula.

—Si ella no lo hubiera mencionado, ellos no lo habrían hecho.

¡Me pone tan furiosa! Si alguien llama y nos dice que le han robado la televisión, no le pedimos que demuestre que tenía un aparato de televisión. No nos ocupamos de pensar que tal vez lo haya vendido.

Le tomamos la palabra y nos ponemos a investigar. Pero no tomamos la palabra de una mujer que declara que ha sido violada.

¡Oh, no! Insinuamos toda clase de motivaciones detrás de la acusación. Le pedimos que lo demuestre; la avergonzamos; la tratamos como a una criminal. Ponemos la víctima a prueba.

—Esa es la ley, y tú sabes la razón…

—¡Por supuesto! Para defender al pobre infortunado macho contra infundados cargos hechos por las vengativas mujeres. Eso es

victoriano. Hoy, una mujer que ha hecho ese cargo, ha sufrido la peor clase de abuso, tanto psicológico como físico.

Nunca la había visto a Norah tan excitada. No dijo nada, en parte para no excitarla más, pero también porque estaba de acuerdo con ella.

—Lo voy a pescar a Earl Dana —dijo Norah. Era una decisión—.

Tengo la semana que viene libre y utilizaré cada minuto para investigarlo (cada lugar donde haya estado alguna vez, cada movimiento que haya hecho en su vida). Simplemente no creo que esta sea la primera vez que haya violado a una mujer. Tal vez no tenga antecedentes porque ninguna mujer hizo nunca la denuncia.

O tal vez haya alguna denuncia hecha contra él bajo otro nombre.

Yo sé una cosa, haya o no Earl Dana cometido anteriormente alguna violación, seguro que lo volverá a hacer. No es un delito que se comete una sola vez. —Golpeó la mesa con el puño cerrado, y los vasos de cóctel saltaron—. Parece que nadie pensara en esa parte. O tal vez a nadie le importe esa parte del asunto.

Joe puso su mano sobre el puño de ella.

—Tranquilízate. Bueno. Supongamos que lo pescas a Dana o en un delito anterior o la próxima vez que ataque a una mujer. Esto no cambiará el veredicto en el caso de Gabby.

—Una de las cosas más grandes a su favor fue que no tenía antecedentes criminales, Joe. —Norah fijó sus ojos azules en él—.

Si puedo demostrar que ha cometido antes un delito similar, la credibilidad tiene que volverse hacia Gabby. Por lo menos ella volverá a tenerse confianza; sentirá que la familia le cree, sus amigos y Enrique también. Será capaz de rehacer su vida.

Se detuvo, pero Joe se dio cuenta de que Norah no había terminado. Le hizo señas al mozo para que volviera a llenar los vasos.

—¿Qué más?

Norah esperó a que les hubieran servido y que se hubiera ido el mozo.

—Los Constante son portorriqueños.

Joe suspiró.

—Creo que allí estás fuera de órbita. No creo que eso haya tenido nada que ver con la decisión del jurado.

—Tal vez no, pero me pregunto en lo que están pensando los Constante. Se comportaron como ciudadanos decentes que se atienen a las leyes. A Gabby le costó mucho hacer exhibición pública de su persona, y tampoco fue fácil para su madre ni su padre. Luego les dan en los dientes por ello.

—Por la ley, no por su nacionalidad. Tal vez tendrías que preocuparte por un cambio de la ley del Estado. Hay varios grupos que trabajan en ello; búscalos; únete a ellos.

—Muy bien, puede ser que haga justamente eso. Pero primero quiero pescarlo a Dana. —Apartó su mano de la de Joe y bajó el puño con fuerza.

Suavemente Joe lo descomprimió; luego, cuando tuvo la mano de ella abierta la cubrió con la suya.

—Bueno, detective Mulcahaney, escucha ahora a tu sargento.

Estás emocionalmente involucrada en esto y… —se apresuró para prevenir la protesta de ella—. No te culpo. La chica es una vecina y ha llegado a ser tu amiga. Pero no tienes que dejar que tus sentimientos inunden tu buen sentido. No tienes que convertirte en un vigilante.

—¿Es eso lo que parezco? Lo siento. —Norah levantó su whisky sour y bebió. Su contrición no duró mucho (nunca duraba).

—Tengo derecho a una cierta dosis de indignación, sin embargo, no solo como agente de policía que ve que se suelta a un criminal, sino también como ciudadana por un fracaso de la justicia. —Hizo una pausa, inspiró profundamente—. Y como mujer —agregó—.

Como mujer, me interesa enormemente este caso. Norah terminó silenciosamente. Aun un mes atrás no hubiera podido admitir esto.

Después de haberlo hecho, se sintió mucho mejor y más libre de lo que se había sentido cuando se había hecho detective. No, desde que se había incorporado a la fuerza.

Al reconocer que ser mujer podía, y en realidad estaba influyendo sobre su actitud, Joe consideró que Norah había salvado el mayor obstáculo hacia una adecuación entre sí misma y su profesión. Estaba exaltado y la respetaba por eso, pero sabía que no debía lisonjearla. Todavía no. Permanecería, estaba seguro, a la defensiva por un rato más.

—Muy bien, pero en mi opinión tu mejor decisión sería dejarlo en manos de la nueva Patrulla de Análisis e Investigación de Violaciones. ¿Has oído hablar de ella?

—Lo quiero hacer yo misma. Tienes razón al decir que debo permanecer objetiva, sin embargo. De ahora en adelante, no habrá personalidades y todo será asunto profesional, pero mío, Joe.

—Si el teniente así lo decide. ¿Le has preguntado?

—Todavía no. Pero ¿por qué no habría de dar su visto bueno?

Joe se encogió de hombros, extendiendo las manos en un gesto que Norah conocía muy bien y que era una de las pocas cosas característicamente italianas que hacía. No conocía realmente ninguna razón por la que el teniente pudiera rechazar el pedido de ella; simplemente se lo estaba recordando como posibilidad.

—De modo que ahora bebe y vayamos a comer o comeremos las pastas recocidas.

Norah dejó el caso firmemente de lado; estaba aprendiendo cómo hacer esto también. Sin embargo, a medida que ella se iba poniendo más entusiasmada con la comida, Joe a su vez se abatía más. Para cuando terminaron y estaban por irse, estaba desacostumbradamente preocupado. Habló muy poco en el camino de vuelta. A Norah se le ocurrió que había demostrado poco interés por él, por cómo le iban las cosas en la Academia, aun en su casa.

Trató de sacarlo de ese ensimismamiento, pero él se resistió hasta que ella también cayó en el silencio. Cuando estacionó el auto frente a la casa de ella, detuvo el motor, pero en vez de salir para abrirle la puerta, se quedó donde estaba.

La observó bajo el resplandor de las luces de la calle.

—Te sientes mucho mejor ahora, ¿no?

—Sí. Gracias por dejar que me descargara. Y gracias por orientarme. Todo lo que dijiste es correcto.

—Nos hacemos bien uno al otro. Nos entendemos; podemos hablar. Compartimos los mismos intereses.

—Hasta la ópera.

Él no se sonrió. Se le crispó un nervio en la mejilla izquierda, justo debajo del ojo. Aunque no hubiera notado esto, Norah se hubiera dado cuenta de su nerviosismo. ¡Joe, nervioso!

—Entonces ¿por qué no nos casamos?

Norah se quedó azorada. Lo único que pudo pensar en decir fue: esto es tan inesperado, y no lo diría, no solo porque era tan trillado sino porque no era estrictamente cierto. Bueno, parcialmente era verdad. Había estado esperándolo en parte, en parte deseándolo, sin embargo siempre estaba temerosa de ello.

—Un par de semanas atrás en nuestra última salida te pedí que pensaras en mí. Lo que quise decir era que pensaras en los dos.

¿Lo has hecho?

Norah contestó evasivamente.

—No esperaba que hablaras de ello tan pronto…

—Para ser honesto, querida, yo tampoco. Tenía intención de esperar hasta que consiguiera mi nuevo nombramiento. Esa era la idea que estaba detrás al querer ascender de categoría. Debías haberlo adivinado.

—No.

—Diablos, Norah, me quedé plantado como sargento durante doce años. ¿Por qué otra razón tendría repentinamente un ataque de ambición? No era simplemente para llevarte la delantera, detective de segundo grado Mulcahaney. —Se sonrió brevemente

—. Sé que dije que los nombramientos son mucho más fáciles de conseguir en estos tiempos, y eso ciertamente contribuyó a ello, pero la verdadera razón es que tu padre me hizo ver las cosas con sensatez. Un hombre tiene que tener un trabajo relativamente seguro y alguna clase de perspectiva antes de proponer casamiento. De modo que un teniente no es baleado tanto como un

sargento, y ciertamente gana más dinero. Con respecto al futuro, me empeñaré lo más posible en esto: una mujer e hijos son un gran incentivo.

Así que el misterio del cambio de actitud de su padre hacia «el sargento» estaba resuelto. Su tolerancia a regañadientes era el resultado de la garantía que le había dado Joe de que tenía intenciones honorables. Debía haberlo adivinado; lo hubiera hecho si se lo hubiera propuesto.

—Como comencé a decirte —siguió Joe—, pensaba esperar hasta que tuviera nuevo grado, pero entonces esta noche pensé, hemos esperado una barbaridad de tiempo ya. De modo que ¿qué te parece Norah? ¿Te quieres casar conmigo?

En la media oscuridad Norah se sonrió.

—Pensé que nunca me lo pedirías.

Él la atrajo hacia sí.

—No, espera… quiero decir… en realidad no quise decir que no esperara que me lo pidieras nunca. He estado medio enamorada de ti desde la primera vez que nos vimos. ¿Recuerdas?

—Seguro.

—No hablo del caso Emerson. Antes de eso.

—Un año antes. En la barriada de Times Square, cuando dieron prácticamente vuelta todo el departamento. Eras una principiante, muy sin experiencia y tratabas como loca de ocultarlo.

Norah se sonrojó.

—Llevabas la pollera a una altura absolutamente de acuerdo al reglamento, cuando otras mujeres la llevaban mucho más corta, y tenías el pelo fuerte y severamente atado atrás… pero eras la más sexy de todas.

—¿Si?

—Tal vez yo también me enamoré en parte, solo que no lo sabía.

No soy tan astuto como tú. —Se volvió a inclinar hacia ella.

Nuevamente ella se escurrió.

—Bueno, esa es la cuestión. He pasado unos dos años tratando de sacarte de mi cabeza; es un poco difícil ahora ir para el otro lado.

—Seguro. Seguro —suspiró Joe. Yo he provocado eso. Muy bien, me llevó dos años despertar, de modo que ahora tienes derecho a algún tiempo. Pero no igual, Norah, por favor, no dos años.

Ella se debía haber alborozado. Una propuesta, cualquier propuesta, se supone que es un triunfo para una mujer: aunque no esté interesada en un hombre, se considera una lisonja.

Ciertamente Norah estaba interesada en Joseph Antony Capretto.

¿Qué pasaba, entonces? ¿Era como había dicho ella, que había tenido que esperar demasiado tiempo para la declaración? Tendida en la cama con las luces apagadas y viendo el reflejo en la pared de los letreros eléctricos del otro lado del río en los riscos de New Jersey, como lo hacía a menudo cuando no podía dormir, Norah supo la real respuesta. Joe no había dicho que la quería. Había hablado de su compatibilidad. Había admitido que se había enamorado en parte de ella la primera vez que la había visto, pero hasta esto fue más o menos forzado. Joe le había propuesto casamiento como si se estuviera convenciendo él mismo de ello.

¿Por qué sentiría que tenía que convencerse? Norah cerró los ojos, pero le cayeron lágrimas de los párpados cerrados. ¿Por qué le tenía que pedir que se casara con él si en realidad no la quería?

Tampoco había explicado satisfactoriamente el «timing» de la propuesta. Impresionada, Norah se dio cuenta que estaba examinando los móviles de Joe Capretto como lo podría haber hecho con los de un sospechoso en un caso cualquiera. Su padre tenía razón: el trabajo no era una buena cosa para ella. Si el escepticismo de su trabajo se transportaba a sus relaciones personales, entonces tal vez fuera el momento de dejarlo.

Pero no hasta que hubiera reivindicado a Gabby.

James Felix era uno de los hombres más jóvenes en haber llegado al rango de teniente. Eso había ocurrido hacía nueve años.

Durante cinco de esos años su trabajo había sido exclusivamente como oficial de operaciones. Todavía deseaba vehementemente

volver a la calle. Era por eso que nunca había querido ser jefe, razonando que tenía más oportunidad de volver a la acción en un rango más bajo. Desafortunadamente para él, Jim Felix era demasiado bueno en lo que hacía; entendía y manejaba a los hombres demasiado bien para permitírsele alejarse demasiado de su escritorio. Habiéndose casado con una actriz que era amorosamente independiente, encantadoramente obstinada cuando se creía en su derecho, y peligrosamente corajuda, él también comprendió a la única mujer que tenía a sus órdenes. De modo que en ese momento se inclinó hacia adelante, descansó su codo izquierdo sobre el escritorio, y sostuvo el mentón casi con la palma de la mano izquierda. Fijando sus ojos verdes en la detective Mulcahaney, le dejó exponer el caso.

Escuchó sin comentarios hasta que ella le indicó que había terminado.

—Bueno. —Levantó el mentón de la mano, se reclinó en el sillón giratorio, inclinándolo de un lado al otro.

—¿Sabía usted que la nueva patrulla fue creada con el expreso propósito de investigar precisamente esta clase cosas?

—Me he enterado, Análisis e Investigación de Violaciones.

—Correcto. ¿Quiere usted una transferencia temporaria? De esa forma no tendría que hacer uso del tiempo de sus vacaciones.

Norah había ido preparada a discutir para conseguir el permiso del teniente; no había esperado algo como esto.

—No me molesta tener que utilizar mi propio tiempo libre teniente. —La reacción fue instintiva; la razón para asustarse de una transferencia tomó forma después. Habría que acomodarse a un nuevo comando, nuevos procedimientos, pero sobre todo existía la posibilidad de que el nombramiento se convirtiera en permanente.

Norah no quería eso. Le gustaba lo que estaba haciendo ahora. Le gustaba la variedad y lo inesperado. El trabajo era… libre, dejaba suficiente lugar para la iniciativa—. Tengo entendido que la función de ellos es puramente investigadora.

—Como la nuestra si uno la entiende a fondo —señaló Félix—.

Nosotros pasamos las pruebas a la oficina del fiscal, ¿no?

—Deje que me tome esa semana, oficial —suplicó Norah. Si para entonces no he aparecido con alguna novedad, y todavía quiere transferirme…

—Yo no la quiero transferir para nada, Norah; la necesito justamente aquí, pero como la patrulla existe, no la podemos pasar por alto. Todo depende de la importancia que esto tenga para usted.

Encontró los ojos de él, directamente.

—Lo tengo que hacer, teniente.

Él asintió.

—Es lo que me figuraba. Bueno, lo tendré que conversar con la teniente Wilburn, pero si ella da el visto bueno, entonces también lo daré yo.

Una hora más tarde Norah se presentó en la pequeña, sucia, descascarada oficina de Centre Street. Estaba orgullosa de haberse hecho detective; una mujer en compañía de hombres, en igualdad de condiciones en razón de su habilidad. La Patrulla de Análisis e Investigación de Violaciones estaba enteramente compuesta por mujeres y dirigida por una mujer. ¿Se sentirían agraviadas por ella?

¿Podría trabajar con ellas? Ser relegada a una patrulla cuya principal función parecía ser solo perseguir entrevistas con víctimas de violaciones, rastreando hacia atrás el trabajo ya hecho por otros agentes, parecía casi rebajarse. Eso era puro snobismo: Norah lo sabía y trató de reprimirlo, pero persistía.

Unos minutos después su nueva jefa alivió algunas de las desazones. La teniente Lee Wilburn era una rubia pequeña, joven, bonita, y puro nervio. Le estrechó la mano a Norah y luego le señaló un sillón.

—Estamos contentas de tenerla con nosotras, detective Mulcahaney. El teniente Felix me ha puesto al tanto, y hemos coincidido en que este debería considerarse un nombramiento especial. Por eso, no se le pedirá que cumpla ninguno de los

deberes regulares de la patrulla. Trabajará por su propia cuenta, no en un turno específico. Estoy segura de que puedo confiar en que usted completará un día entero de trabajo.

—Sí señora. Gracias.

La teniente Wilburn se sonrió.

—Trabajará fuera de esta oficina, por supuesto. Si necesita ayuda, aquí estamos para dársela. Queremos que tenga éxito, muy francamente, porque si lo hace, se reflejará en nosotros; haremos un buen papel. El teniente Felix tiene muy buen concepto de usted, y es por ello que se le da esta libertad, pero también me previene que tiene una tendencia a uh… la acción unilateral. Eso está fuera de programa. No quiero que suceda nada que marque a nuestra patrulla como emocional, inestable, o poco profesional. Algunas de las patrullas recientemente formadas ya han sido disueltas. Esto no nos tiene que suceder a nosotros. Llenamos una necesidad muy real, y tenemos la profunda responsabilidad ante las mujeres de esta ciudad de tener éxito. Quiero que recuerde esto durante el curso de su investigación.

—Sí, señora.

—En el futuro esperamos poder tomar casos desde el incidente, hasta llegar a la corte, pero por ahora somos exactamente lo que indica nuestro rótulo: Análisis de Violaciones (que significa determinar si se ha cometido en realidad violación) e Investigación (esto es, rastrear al perpetrador). De modo que si bien no le pongo ataduras, Mulcahaney, quiero que se me informe de los acontecimientos. ¿Entendido?

El teniente Felix debía haberle contado la opinión de Norah sobre la limitación de la patrulla. Se sonrojó levemente.

—Sí, teniente.

Pero Lee Wilburn pareció no tomarlo contra ella. Dando un poco vuelta el sillón para poder cruzar más cómodamente las piernas, preguntó informalmente.

—¿Cuáles son sus planes?

—Bueno, lo primero que me gustaría poder refutar es la declaración del sospechoso de que él y Gabriela pasaron dos horas juntos antes de que ocurriera el incidente. Si pudiera encontrar un testigo que los haya visto entrar al edificio y que pudiera atestiguar que eran las once y media aproximadamente, como lo declara Miss Constante, ciertamente socavaría la credibilidad de Dana. —Norah se dio cuenta de que dejaba entrever su implicancia personal, pero seguramente Felix le había contado también eso.

Su nueva jefa asintió.

—Era una noche calurosa y es posible que alguien haya estado sentado junto a la ventana tomando fresco. La cosa es que si el testigo conocía y reconoció a Miss Constante, ya se habría presentado a esta altura. Si no la conocía, tendremos una dura tarea para conseguir una identificación que se mantenga. De acuerdo a lo que dijo la demandante las calles estaban desiertas, pero como ella estaba bajo un tremendo estado de nerviosidad, es posible que haya habido alguien alrededor y que ella pueda tener un recuerdo superficial de ello. Si reconstruyera el hecho sobre el terreno…

—No quiere hablar conmigo teniente. Está impresionada por el veredicto. Ha roto su compromiso de casamiento. Me echa la culpa.

—Ya veo, lo siento. Bueno, tal vez si alguna de las otras mujeres se le acercara, no oficialmente, sino como si la encontraran accidentalmente en el supermercado, digamos, o mejor todavía en ese parque junto al río cerca de su casa. ¿Qué le parece?

Norah se impresionó de que la teniente estuviera tan bien informada.

—Valdría la pena intentarlo.

—Bueno. Esperaremos un par de días, sin embargo; le daremos a Miss Constante oportunidad de recuperarse. Entre tanto, trabaje sobre Dana. Ya que parece no tener ningún antecedente previo, analice su M. O.; tal vez pueda recoger de allí víctimas anteriores.

Todas las denuncias por violación están siendo dirigidas a nosotros, pero como todavía no tenemos archivos de casos pasados, tendrá que repasar los prontuarios. La mayoría de los violadores trabaja en

una zona limitada, cerca de la casa, por decirlo así, de modo que una vez que se descubre un incidente similar en los sumarios de la central se puede continuar con la comisaría originaria y probablemente toparse allí con varios más.

Por primera vez desde que se había hecho detective, Norah sintió

que

no

se

la

trataba

con

preferencia

ni

condescendientemente, ni como brillante ni como torpe, sino simplemente como un agente de policía al mismo nivel de otros agentes de policía. En ese estado de ánimo no vaciló en estar en desacuerdo.

—Creo que eso sería un procedimiento muy útil si estuviéramos en busca de un sospechoso, teniente, pero como ya lo tenemos, creo que sería más productivo estudiarlo directamente: sus antecedentes. Como pasa el tiempo, sus amigos y socios.

—Tiene razón —estuvo de acuerdo la teniente Wilburn—. Muy bien, vaya, Mulcahaney, y buena suerte.

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