Disque 577

Lillian O'Donnell · Capítulo 15 de 19

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Disque 577

Trece

—ES DIFÍCIL realmente seguirle los pasos a usted. —El alegre saludo de Dolly restalló con energía—. Desearía que me avisara la próxima vez que cambie de distrito.

—Lo siento, Dolly, fue así. No tuve la oportunidad. ¿Qué hay?

El tono de Dolly cambió.

—Hemos recibido una denuncia.

El estómago de Norah se le hizo un nudo.

—¿Dana?

—Parece. El asaltante siguió a la mujer hasta dentro del edificio, la agarró y la arrastró hasta el primer descanso de las escaleras del fondo. La amenazó con destrozarle la cabeza si se resistía. No se resistió.

—Alabado sea Dios —murmuró Norah—. ¿Está muy lastimada?

—Podría estar peor.

—¿Quiere decir usted que se lo interrumpió? ¿Alguien lo asustó?

—No.

—Bueno, ¿qué? Vamos, Dolly, ¿qué? —Norah estuvo intrigada al oír a su amiga reírse entredientes.

—Lo siento. No es realmente divertido, por supuesto, pero… no sé si usted estará preparada para esto, Norah. ¿Tengo que decírselo? ¿Por qué no va a hablar usted misma con la mujer, no sería mejor?

—Cuéntemelo, Dolly, por favor cuéntemelo.

—Es una «prosti».

—¿Es una qué?

—Una prostituta. ¿Creería usted eso? Y está indignada por lo que le pasó. Enseguida llamó y pidió que fuera un detective hasta allí. Le dio una verdadera filípica, le dijo que la profesión de ella era irrelevante para la denuncia; en esas palabras, debo agregar. Le dijo que conocía sus derechos y que tiene derecho a la misma protección que cualquier mujer casada. Y eso es verdad. Quiere que se lo arreste al hombre y se lo acuse.

—¿Dio alguna descripción de él?

—Ya lo creo que sí, y en forma. Hasta la lengüeta de cuero del reloj que tenía en la muñeca izquierda.

—¿Le ha mostrado alguien alguna foto?

—Todavía no. La agente que investigó el caso no podía saber de ninguna manera que había un posible sospechoso, y el informe nos llegó directamente. Antes de volver a la detective Rand, la teniente quería que usted estuviera informada.

Como lo había prometido, pensó Norah.

—También hay una consideración que hacer sobre este punto. Si se la mostramos a Miss Eva Lynn (lindo nombre ¿no?) si le mostramos la instantánea, y lo reconoce a Dana, se impacientará porque lo arrestemos. No va a tener vergüenza de ir a la corte ni de afrontarlo a él tampoco. El asunto es ¿qué peso va a tener su palabra frente al gran jurado?

—¿No se le va a acabar nunca su buena suerte?, —exclamó Norah.

—Está atado a ella. Nuestro problema es, ¿nos podemos permitir el lujo de esperar? La subteniente Wilburn quiere saber cómo va la investigación.

—Apenas hemos comenzado.

—Bueno, dice que no nos valdremos de la foto por un tiempo.

Cuanto más corroboración pueda ser presentada cuando Miss Lynn vaya a la corte, mejor. Entretanto, si Dana piensa que la mujer no hizo la denuncia…

—Aumentará su confianza, y los ataques pueden llegar a ser más frecuentes.

—De modo que no podemos esperar demasiado tiempo. Así que ténganos sobre aviso. ¿De acuerdo Norah?

—De acuerdo, Dolly. Y… agradézcale a la teniente de mi parte.

Salió de la cabina telefónica y lo encontró a Hoff disfrutando de su almuerzo. Realmente disfrutándolo. Hizo señas al plato que tenía a su lado.

—Le pedí un sándwich caliente de roast beef.

Ella había estado a punto de desistir del almuerzo, pero…

—Mi sándwich favorito, Bobby, gracias. —Se trepó al banquito y comenzó a comer. ¿Estaba realmente tan delicioso, o estaba tan hambrienta que cualquier cosa hubiera sido exquisita? Comieron en silencio. Hoff terminó primero.

—¿Algún pastel de postre?

Norah cuidaba su peso, pero el último mes había perdido dos kilos.

—Seguro.

Limpió el plato tan rápida y cuidadosamente como Bobby.

Cuando hubo tomado su segunda taza de café, Norah tuvo que admitir que se sentía mucho mejor, hasta más optimista. Estrujó la servilleta de papel y la tiró sobre el mostrador.

—Muy bien, sigamos a Union Utilities.

Hoff vaciló.

—Norah, ninguno de los hombres de la cita era rubio.

—Ya sé, pero Frances Russo no salía hacía muchos meses con ningún hombre. Luego, la primera noche que sale la violan y asesinan. Parece demasiada coincidencia.

George Laighold, joven ejecutivo y joven Casanova, se sentía agraviado.

—Ahora no me entienda mal, detective Mulcahaney. Yo siento muchísimo lo que le pasó a la pobre chica, pero no tiene nada que ver conmigo. Fue la mala suerte que tuve de haber sido el último en

verla con vida, además del asesino, naturalmente, —agregó rápidamente—. Si hay algo de lo que me lamentaré toda la vida es de haber salido con Frances Russo esa noche.

No lo dudo, pensó Norah. Bobby no había podido encontrar estacionamiento pero había estado de acuerdo en que sería lo suficientemente seguro que ella subiera a la oficina de la Union Utilities mientras él continuaba dando vueltas con el auto. De modo que estaba entrevistando sola a George Laighold en un rincón de la cafetería de la compañía, la que a su vez estaba casi vacía.

—¡Francamente ni siquiera sé por qué salió con nosotros! —

siguió quejándose Laighold—. Estuvo deprimida toda la noche, apenas si bebió un trago; bailar con ella fue como tener un palo en las manos, y cuando la llevé a su casa… le hice una insinuación, por supuesto, ¿qué esperaba? ¿Y sabe lo que hizo? ¡Rompió a llorar!

¿Entiende usted algo?

Para entonces el último rezagado había abandonado la cafetería para volver al trabajo, y Norah y Laighold estaban completamente solos. Sin embargo este dio una rápida mirada alrededor antes de hacerle una sabía guiñada a Norah y bajar la voz.

—A mí no me importa que haya un pequeño forcejeo; bueno, espero tener que utilizar algo de persuasión. Además, le agrega picante a la cosa. —Se alisó el pelo que ya estaba perfectamente en su lugar, oscuro, con el gris tan estratégicamente colocado que parecía pintado para mayor efecto—. Y la mujer tiene su orgullo; no quiere que uno piense que es una mujer fácil. ¡Pero lágrimas!

¿Quién las necesita? De modo que me fui. Cuando bajé, Sylvia y Ernie se habían ido. Naturalmente no esperaban que bajara tan rápido. El portero no me pudo conseguir otro taxi, así que tuve ir en subterráneo, pero me las arreglé para tomar el de las once y cincuenta y nueve para Brewster. —Nuevamente se alisó el pelo perfectamente ordenado—. El otro detective, cualquiera sea su nombre… verificó esto.

Norah lo sabía.

—¿Dejó usted a Miss Russo del lado de afuera de la puerta de su departamento, o entró?

—Si llama al vestíbulo entrar, entonces entré, pero eso fue todo.

—¿Sabía Miss Russo que usted es casado?

—No es ningún secreto. No soy esa clase de tipos, no simulo, la mujer sabe exactamente dónde está parada conmigo. Cuando Russo vino por primera vez a trabajar a la compañía, bueno, usted sabe cómo es, todo el mundo trata de conquistarse a la chica nueva, es una especie de competencia. Pero ella los desechó a todos. Al principio pensamos que se hacía la difícil, de modo que seguimos intentándolo. Era un desafío, usted sabe cómo somos los hombres.

Después de un tiempo desistimos. Por lo menos yo. No valía la pena. —Debió darse cuenta de la impresión que daba, porque se apuró a agregar—. No quiero hablar mal de la muerta, pero… era bastante bonita, pero no tenía vitalidad. Quiero decir que hay suficientes chicas bonitas alrededor, y la mayoría de ellas se saben amoldar.

—Ese es exactamente el asunto, Mr. Laighold. Frances Russo era una chica tímida y reservada, y había demostrado que no estaba interesada en andar por allí perdiendo tiempo. ¿Entonces por qué el cambio? ¿Por qué aceptó repentinamente su invitación?

—Tal vez se cansó de estar sola. De todos modos, usted está equivocada, yo no me acerqué a ella. Sylvia Petrie arregló la salida.

Ella me vino a ver y me dijo qué me parecía que saliéramos Fran y yo con ella y Ernie. Pensé que estaba haciéndome una broma, pero dijo que no, que era en serio. Entonces dije que seguro, ¿por qué no? Así que ¿por qué no va a hablarle a Sylvia, detective Mulcahaney? Está en el piso quince en «Finanzas».

El nombre de Sylvia Petrie aparecía en el informe de Schonbar con la anotación de que había dejado el pais al día siguiente del homicidio, en viaje de negocios con su patrón y que por eso no había estado disponible para el interrogatorio. Evidentemente Schonbar había considerado suficiente el testimonio de los hombres

y no se había molestado en buscarla a su vuelta. Norah empujó a un lado el frío café.

—Haré eso, Mr. Laighold.

—Muy bien. Este… ¿detective Mulcahaney? ¿No irá a mi casa a hablar con mi mujer, no? Como ya le dije, el otro detective, sea cual fuere su nombre, ya verificó la hora en que llegué de vuelta a casa y todo. Realmente la trastornó a Betty.

Estoy segura, pensó Norah. Si Betty no se había enterado de lo que había andado haciendo su deslumbrante marido, debió haber sido un gran impacto descubrirlo. Si sabía, el ser forzada a admitir que lo sabía debió haber sido igualmente malo.

—Mi vida ha sido muy desgraciada durante estos tres últimos meses, detective Mulcahaney. Betty simplemente no confía más en mí. Quiero decirle que ni siquiera puedo detenerme a tomar un trago camino a casa. Si me demoro tanto como una media hora, me somete a un interrogatorio en forma. Recién ahora la he calmado un poco, de modo que apreciaría que no fuera allí a revolver todo nuevamente.

De acuerdo a Schonbar, la hora en que Laighold había llegado a su casa indicaba que realmente había alcanzado el tren de las 23:59. Es por eso que no pudo haber vuelto al departamento de Frances Russo después de que el portero dejó su turno. No había necesidad de entrevistar a Mrs. Laighold por segunda vez. Norah sintió que él no se merecía esa confirmación. Dejemos que se inquiete.

—Depende de lo que tenga que decir Miss Petrie.

Se encogió de hombros para demostrar su falta de interés, pero no resultó.

—Dirá que anduve macaneando. ¿Qué hombre no lo hace? Pero ahora estoy curado, detective Mulcahaney. ¡Ya lo creo que lo estoy!

Norah notó la contracción en el ángulo superior de su boca y la mirada más seria de sus ojos pardos. No cabía duda que el incidente había asustado a George Laighold, ¿pero lo había curado?

No hubiera apostado dinero a ello.

—¿Quién combinó la cita?

—Yo —admitió Sylvia inmediatamente—. Solo estaba tratando de ayudarla.

Norah se alegró de que Sylvia Petrie hubiera sugerido utilizar la oficina de su jefe para la entrevista en vez de la cafetería; no solo era mucho más cómoda, en realidad lujosa, sino que otra taza de café sería más de lo que podría tolerar. Evidentemente la secretaria podría haber tomado alguna taza de algo, tan solo para entretener las manos. Era una mujer alta, muy acicalada, atractiva, pero de esa edad en que el mantenimiento era considerable (una rosa bien abierta mantenida erecta por el alambre del florista). Su nerviosidad hizo que las finas arrugas cuartearan la perfección del maquillaje.

Sin embargo Norah tenía la impresión de que Sylvia Petrie estaba contenta de recibirla, porque, como Roche, había algo que tenía necesidad de descargar de su conciencia.

—¿Qué quiere decir con ayudarla?

—Fran estaba desconcertada porque su novio no le proponía casamiento.

Norah apenas si creía lo que oía. Se quedó sentada quieta.

Muchas veces era así; uno seguía haciendo las mismas preguntas, más o menos, recibiendo las mismas contestaciones, y luego repentinamente, sin previo aviso, alguien decía algo diferente, abría un aspecto totalmente nuevo, y de allí en adelante, se aceleraba todo.

—¿Novio? —repitió ella, no dejando ver la sorpresa de su voz—.

No sabía que Frances Russo tuviera novio.

—Oh, sí. —La sofisticada mujer estaba demasiado interesada en sí misma como para darse cuenta del profundo interés de Norah—.

Se acomodaban idealmente entre ellos, los dos eran solitarios, tímidos, moralmente antiguos. Fran estaba realmente impresionada de que él nunca le hubiera insinuado nada deshonesto. Nunca entró ni siquiera a su edificio con ella, mucho menos a su departamento.

Lo que explicaba por qué nadie del edificio la había visto con él.

Norah hubiera querido apostar a que era Dana, ¿qué otro tendría alguna razón para ser tan circunspecto, tan reservado?

—¿Cómo se conocieron?

Sylvia Petrie se sonrió.

—Fue un levante.

—¡Un levante!

—En cierta forma. Fran llevó el auto al garaje para hacerlo ver por el mecánico…

—¿Frances Russo tenía auto?

—No, no, estaba pensando comprar uno, de segunda mano, y quería que lo viera el mecánico.

De modo que no había sido víctima por azar. Así que Dana en ese momento se mantenía dentro del esquema normal.

—El muchacho que se lo revisó la previno de que no lo comprara. Ella se sintió agradecida. Un par de días más tarde, lo vio por casualidad por el barrio y se le acercó para agradecerle.

¡Dios! Pensó Norah, eso debe haberlo sobresaltado a Earl Dana.

Evidentemente lo debe haber desviado de sus propósitos, por un tiempo, al menos.

Sylvia Petrie se sonrió tristemente.

—Al principio a Fran le pareció una gran cosa que él mantuviera las manos lejos; después de un tiempo empezó a preocuparle. Se preguntaba si todo el asunto no era un poco demasiado platónico, si tal vez a él no le importaría nada de ella realmente. Yo le dije que probablemente había seguido las pautas de ella, y que se tenía que soltar un poco, demostrarle que no era tan puritana. La convencí de que si realmente él le importaba, se lo tenía que hacer saber.

Invitarlo a comer a su casa, dije; en realidad nunca habían estado solos, si puede usted creerlo.

Norah lo creyó.

La secretaria siguió.

—Le dije lo que había tratado de decirle durante mucho tiempo; que las cosas no eran como se las había contado la mamá; para

conseguir a un hombre, la chica tiene que insinuarse.

Norah contuvo el aliento.

—No se convenció —suspiró Miss Petrie—. Insistió en que él le perdería el respeto si ella tan solo le insinuara que quería acostarse con él. De modo que lo único que le quedaba por hacer era tratar de ponerlo celoso. Le dije que la próxima vez que la llamara no tendría que demostrar tanta ansiedad por verlo; debía posponerlo. La vez siguiente debía decirle que tenía otro programa y hacerlo.

—¿Y ella estuvo de acuerdo y usted combinó esa doble cita?

—Correcto.

—¿Y Frances le dijo…? —Norah se detuvo justo a punto de mencionar a Earl Dana por el nombre—. ¿Le dijo al novio?

—Por supuesto. Esa era la idea. Se pasó toda la noche mirando por encima del hombro como si esperara que él apareciera. Lo hizo tan a menudo que también yo me puse a hacerlo. Cuando salíamos de los diferentes lugares a esperar taxis, me ponía realmente nerviosa. Quiero decir que no quería que se produjera una escena.

Tal vez él no la hubiera estado siguiendo, pero podía haber estado esperándola fuera del departamento a que volviera. Si fue Dana, salió del trabajo con suficiente tiempo como para llegar allí.

Frances Russo sentía que había algo que andaba mal en sus relaciones y se había culpado a sí misma de su propia reticencia, su falta de sex-appeal; mientras que la falta residía en el novio. Por el momento Norah se permitía asumir que era Dana. Tal vez a Dana realmente ella le importó; tal vez la inusual timidez de Frances Russo y su modestia lo habían afectado lo suficiente como para tratar de marchar derecho. Mientras ella no le hiciera demandas sexuales, mientras ella mantuviera la postura de pureza, no era probable que la tocara. Sin embargo él debe haber sentido el delicado equilibrio de sus emociones, o no hubiera seguido evitando ser visto con ella. La intuición de Frances Russo había sido más precisa que la amplia experiencia de su amiga. Cuando salió para esa doble cita, sin embargo, se redujo al mismo nivel que las otras mujeres de Dana, y él la utilizó de la misma manera. Las buenas

intenciones de Sylvia Petrie no habían provocado la tragedia, pero la habían apresurado. No tenía objeto decírselo.

—¿No vio a nadie que anduviera cerca del edificio cuando la dejaron a Frances y a su compañero al final de la noche? —

preguntó Norah.

—Yo ya no miraba más. A esa altura simplemente me sentía aliviada de que hubiera pasado todo. Y en cierta forma estaba ocupada en el taxi de todos modos.

Bueno, Frances Russo lo había estado buscando toda la noche y pudiera ser que finalmente lo hubiera visto. Podría ser que por eso haya estado tan nerviosa de que Laighold subiera con ella, y esa haya sido la razón por la que rompió a llorar frente a sus avances.

Se libró de él rápido, pero no lo suficiente. Dana asumió lo peor. Un novio normalmente celoso habría subido hecho una furia para afrontar a su novia, podría hasta haber forzado, contra la voluntad de ella, su entrada al departamento. Dana debió haber seguido compulsivamente sus esquemas. La debió atraer hacia afuera del departamento.

El novio era el único que pudo haber conseguido hacerla salir nuevamente. Probablemente lo único que necesitó fue un simple llamado telefónico para decirle que la quería ver. Ella, pensando que la estratagema había resultado y que se le declararía, habría salido a su encuentro, vehemente y radiante de felicidad.

Sin embargo ¿dónde tendría lugar la cita? ¿En un restaurante o en el bar de al lado? ¿En el parque? ¿La había acompañado a su casa de vuelta, entrando al edificio por primera vez? ¿O tal vez, ni se haya molestado en encontrarse con ella? Tal vez la haya dejado esperando solitarios, interminables, tristes minutos y horas, preocupada por que le hubiera pasado algo malo a él. Tal vez, finalmente, volvía a su casa para llamar a la policía en ayuda de él, mientras este esperaba en las sombras para saltar a su paso desde atrás. Probablemente ella no habrá sabido que era él cuando la agarró, forzó la entrada al edificio, la arrastró hasta las escaleras del fondo, al primer descanso, y la tiró al piso. Cuando se le subió

encima le vio la cara, y entonces gritó. De sorpresa, de la impresión, de horror. Por supuesto, ella le suplicó: lo quería; no podía creer que hiciera realmente lo que amenazaba hacer. Por supuesto que luchó, pateando, tirándole del pelo, arañándolo, en cambio de calmarse mansamente como lo habían hecho todas las otras víctimas, porque Frances Russo creía que él le estaba infligiendo los celos que ella misma había provocado a propósito, y los celos son una faceta del amor, y tal vez pensó que podía rogarle con lágrimas que volviera a la razón. Y cuando vio que era inútil… por supuesto volvió a gritar y siguió gritando mientras pudo.

—¿Cómo es que usted no informó de esto a la policía?

—No vino nadie, esto es, ese primer día. En realidad no lo supimos hasta la tarde. Fran no apareció en el trabajo, y yo traté de llamarla a la casa, pero no contestaban, pensé… bueno, que quería estar sola. Luego, justo antes de irnos, alguien, me olvidé quién, descubrió la noticia en la última edición del diario. Yo me sentí simplemente horrorizada. Todos estaban horrorizados. Al día siguiente partía para Europa con mi jefe. Cubrimos todas las principales ciudades y nos quedamos afuera durante tres semanas.

Era razonable que Schonbar no hubiera ido a Union Utilities ese primer día en que fue descubierto el crimen; había demasiado que hacer en el lugar.

—Tuvo suficiente tiempo para llamar esa noche.

—No se me ocurrió. Lo juro, detective Mulcahaney. De acuerdo a lo que decía el diario, Fran había sido violada y asesinada por un extraño.

—Y por supuesto no quería arriesgarse a ser detenida, tal vez a tener que cancelar el viaje.

—No, no, no fue eso. Es que simplemente nunca pensé que él pudiera ser el sospechoso. Quiero decir, ¿cómo pudo haberlo hecho él? El hombre era impotente; ese era el único problema entre ellos.

—Cuando volvió y descubrió que no se había encontrado al asesino ¿no sintió que tenía la obligación de decir lo que sabía y dejar que la policía sacara sus propias conclusiones?

Sylvia Petrie se mordió los labios. Sus pequeños ojos, pintados, enmarcados por pestañas postizas, denotaban su angustia y suplicaban la comprensión de la policía.

—No quería que se corriera la voz de que yo había estado de programa ese día.

Norah la miró fijo.

—No comprendo.

—Bueno, se da cuenta, bueno… tengo un arreglo permanente.

¿Comprende? El hombre es muy bueno conmigo, y no quisiera que descubriera que lo engañé. Maldito sea, detective Mulcahaney, ¡es Alan Saxon, mi jefe!

La secretaria se puso de pie de un salto y caminó a grandes pasos al bar de su jefe, donde se preparó una generosa bebida de algo y la tomó.

—Yo salí con suerte. No quiero ser insensible, pero el hecho de partir al día siguiente como lo hicimos evitó que Alan se enterara. Ni George ni Ernie se lo dirían, de modo que ¿por qué lo haría yo?

Hubiera sido un sacrificio inútil. Yo nunca conocí al novio de Fran. Ni siquiera sé su nombre.

Norah se quedó pasmada.

—Ella le hablaba siempre de él; debe haberlo nombrado de alguna manera, Joe, Mac, Johnny, Clarence…

—Lo llamaba Buzz.

—¿Buzz? —repitió Norah con extrema frustración. Suspiró—.

Bueno, ¿se lo describió alguna vez? ¿Mencionó qué clase de trabajo hacía?

Ahora que estaba segura de que Norah no iría corriendo a contarle a su jefe, Sylvia Petrie quería descargar su conciencia siendo lo más útil posible.

—Lo vi una vez, sin embargo, en el Central Park. Fue la última Pascua… el domingo de Pascua. Mi amigo y yo estábamos dando un paseo en uno de esos mateos…

Miss Petrie se sonrojó.

Chica ocupada, pensó Norah, pero no le interesaban los hombres en la vida de la secretaria.

—En realidad era mi primo. Realmente. Bueno, era un día precioso y muy caluroso. ¿Tal vez lo recuerda usted? Era como verano. No había tránsito en el parque excepto esos mateos tirados por caballos, y bicicletas. Fran andaba en bicicleta con un hombre joven. Pasamos por al lado y nos saludamos. Nos movíamos lentamente y lo pude ver bien.

—¿Está segura que ese hombre estaba con Frances Russo?

—Absolutamente. Andaban uno junto al otro. De todos modos, le pregunté al día siguiente si era Buzz y me dijo que sí.

—Bien. ¿Me lo puede describir?

—Ciertamente que sí. Era un hippie. Lo que quiero decir es que tenía todo el aspecto de uno de ellos: pelo largo rubio, bigotes. En realidad nunca pensé que Fran anduviera detrás de un tipo así. —

Sylvia Petrie todavía estaba temblando. Echaba miradas ansiosas hacia el bar, luego se decidió por uno de los cigarrillos de su patrón en lugar de otro trago.

—¿Y los ojos?

—Llevaba anteojos oscuros.

No era una gran descripción, pero lo que había, coincidía con la de Catherine Mercer.

—¿Cómo estaba vestido?

—Los jeans de costumbre y una camisa sucia.

—¿De mangas cortas o largas?

—Oh, una de esas horribles remeras. Recuerdo haber pensado que no hacía realmente tanto calor, y lo poco atractivos que lucen los hombres con ellas, a menos que estén bien bronceados y tengan buen físico.

—¿Él no lo tenía?

Ella sacudió la cabeza.

—Era espantosamente flaco… y pálido. No quiero ser sacrílega pero me recordó a esos cuadros de mártires de la antigüedad, pelo

abultado y bastante barbudo, pero sin pelo en el cuerpo. ¿Se dio cuenta?

—Pero este hombre no tenía barba, solo tenía bigotes, ¿no?

—Así es. Fue solo una analogía.

—Ya veo. Ya que lo observó tan de cerca, entonces probablemente habrá visto si tenía un tatuaje en el brazo.

—No le vi ninguno.

—Tendría que haber sido bastante grande, haberle cubierto todo el antebrazo.

—No, nada de eso. Como le dije, era tan blanco y sin pelo que seguramente hubiera notado algo así.

Norah le mostró la instantánea, pero Sylvia Petrie sacudió la cabeza.

—No veo ninguna semejanza.

Sonó la chicharra de la sala de recepción. La secretaria se levantó en seguida, apagó el cigarrillo, volvió a colocar en el bar el vaso, y fijando una agradable sonrisa en la cara fue hacia la puerta.

Podía ser la amante de Alan Saxon pero era evidente que sus privilegios no se extendían dentro de la oficina.

Era solo Bobby Hoff.

—Calculó bien, Bobby —lo recibió Norah—. Estaba justo por salir.

—¡Ah, muy bien! —contestó él—. Acabo de encontrar estacionamiento.

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