Disque 577
Quince
Los marineros andan por los puertos, pero New York tiene muchos puertos; el Battery, a lo largo del Hudson, Long Island, New Jersey, Connecticut, todos tiene rincones y resquicios que eran imposibles de cubrir por Bobby Hoff y ella solos. La única forma era descubrir la conexión de Dana con el mar. Sería simple verificarlo en las fuerzas armadas de Washington. Ahora que la excitación inicial había pasado, Norah volvió a sentir frío, más dolorida que nunca.
Era demasiado tarde para empezar ese día, de todos modos. Se encaminó al subterráneo para ir a su casa.
Pasó una noche intranquila temblando alternadamente bajo una pila de frazadas, luego transpirando tanto que tenía que tirarlas a todas. Se despertó con dolor de garganta y de cabeza, y fue casi tambaleando a la cocina. En cuanto la vio su padre le ordenó que volviera a la cama.
—Hoy no vas a salir de esta casa.
—Es solo un resfrío.
—Muy bien. Y te quedarás en casa y te cuidarás del resfrío.
En realidad podía resolver muchas cosas por teléfono.
—Tal vez tengas razón.
A Patrick Mulcahaney no le gustó la fácil capitulación. Observó con creciente desaprobación cómo su hija sacaba la guía telefónica, tomaba un lápiz e instalaba una oficina en la cama. Vio que le brotaba transpiración de la frente y que le brillaba sobre el labio, solo con este pequeño esfuerzo.
—¿Tienes que hacer todo sola? ¿No tienes ninguna confianza en tu compañero? —Recogió todos los objetos que ella había desparramado—. Llama a Hoff.
Norah obedeció mansamente otra vez.
Si se sentía tan mal como se la oía Hoff no quería discutir con ella, pero tenía sus reservas.
—Solo porque tiene un tatuaje no quiere decir que sea marinero, Norah, —protestó él suavemente.
—Ya sé eso, pero es la línea más directa para verificar el tatuaje.
Si no es un marinero, si no tiene ninguna asociación con el mar…
tendremos que intentar alguna otra cosa. Pero tenemos que ir primero a lo más obvio, ¿correcto?
Hoff gruñó en señal de aprobación.
—El tatuaje es la llave de todo el asunto, Bobby. Yo lo sé. —
Norah rompió en un ataque de tos. Cuando pudo hablar nuevamente, agregó—, apostaría dinero por ello.
—Muy bien, muy bien, seguro. Me pondré en marcha. Cálmese y déjelo por mi cuenta.
—¿Volverá a llamarme?
—En cuanto tenga novedades.
Norah se deslizó sobre los almohadones y casi inmediatamente cayó en un sueño febril. Raramente soñaba, pero en ese momento pasaba de pesadilla en pesadilla. No había visto el cadáver de Isabel Haggerty, la chica que se había tirado por la ventana, pero lo vio en ese momento en sueños, tendido, quebrado sobre el pavimento. Ella estaba parada, mirando hacia abajo el cadáver de Isabel Haggerty pero la cara que le devolvió la mirada era la de Jenna Carpenter. Los ojos estaban vacíos pero los labios muertos se movieron, formando una palabra silenciosa: Cerdo.
Sabía que estaba soñando, pero no se podía despertar. Por último se las arregló para librarse de la maligna imagen, y por un rato la pantalla de su mente quedó en blanco. Norah tampoco había visto a Frances Russo, aunque había estudiado los detalles y la descripción del aspecto que tenía, y por supuesto había visto las
fotografías del laboratorio. Estas, ahora inexorablemente mezcladas con las innumerables fotos de víctimas de violaciones de su libro de medicina. La vio a Frances Russo tendida, las piernas separadas en la clásica posición despatarrada, pero la cara, hinchada y magullada, era nuevamente la de Jenna. Esta vez las palabras que los labios muertos formaron, fueron audibles: Lo quiero.
Norah se despertó cubierta de transpiración. El cuarto estaba casi oscuro. Las agujas del reloj junto a la cama marcaban las cuatro. ¡Había dormido todo el día! Le llevó un par de minutos recordar por qué estaba en cama y luchar contra la sensación de desmayo y alarma que acompaña al tiempo perdido involuntariamente. El pito de un bote que silbó en el río la sacó a Norah del aturdimiento. Bobby Hoff, ¿por qué no había llamado?
Frunció el ceño al ver el teléfono, lo levantó y lo dio vuelta. Con un suspiro de exasperación salió de la cama y fue al living para buscar a su padre.
Patrick Mulcahaney estaba leyendo plácidamente el diario.
—¿Qué haces fuera de la cama?
—¿Desconectaste mi teléfono?
—Sí. Tenemos otra línea, sabes —le recordó suavemente.
Se tragó el fastidio.
—¿Llamó Bobby?
—Sí. Tienes un aspecto terrible. Vuelve a la cama.
—¿Por qué no me despertaste? Oh, papá, quería hablar específicamente…
—Él fue quien me dijo que no te molestara.
Ella suspiró.
—Muy bien, lo llamaré yo.
—Dijo que te dijera que Earl Dana cumplió servicios en la división de ingenieros del ejército, pero que nació y se educó en Lancaster, New Hampshire. Eso es justo cerca de Portsmouth, dijo.
—¡Y Portsmouth era, había sido, un puerto importante!
—Dijo que arreglaría todo para el viaje y que te vendrá a buscar mañana alrededor de las ocho. Dijo que te dijera que iría solo si no
estabas bien como para viajar.
—Estaré lo suficientemente bien. —Eso significaba, como los dos lo sabían, que, bien o no, viajaría igual.
—Tuviste otro llamado —dijo Mulcahaney mientras ella se ponía en movimiento hacia su cuarto.
—¿Oh?
—Joe.
—Oh. —Norah titubeó—. ¿Qué quería? —No se sentía como para hablar con Joe en ese momento. Había llegado al punto en que estaba insegura, no solo de los sentimientos de él hacia ella, sino de los de ella hacia él—. ¿Le dijiste que no estaba bien?
—Sí. —Mulcahaney suspiró y le pasó el mensaje.
—Quiere que lo llames. Dice que es importante.
Sonrojada por la fiebre, Norah sintió un estallido de helados aguijones. ¿De qué se trataría? No del caso; Joe no se ocupaba de él. Tal vez Helen lo habría convencido de que todavía estaba enamorado de ella. Tal vez lo había logrado. Tal vez se había quedado soltero durante todos esos años no porque estuviera buscando la chica ideal sino porque ya la había perdido. Solo que Norah no quería oír hablar de ello. No en ese momento.
—Lo llamaré por la mañana. —Salió del living.
Su padre la miró fijo. No tendría tiempo de hacer ningún llamado personal por la mañana, los dos sabían también eso. Aunque Mulcahaney había tratado de ser justo, todavía sentía que Joe Capretto no era el hombre para su hija. Debió haber estado encantado de que Norah no quisiera hablar con el sargento, pero
¿cómo podía estarlo cuando podía ver claramente que el problema, fuera el que fuese, la hacía desdichada?
Si a su hija realmente le gustaba el sargento…
No siendo ya más el puerto importante que había sido anteriormente, Portsmouth estaba todavía activo como base naval; sin embargo no había vuelos directos desde New York. Aunque Manchester estaba más cerca, Hoff eligió ir vía Boston por contar
con un mejor servicio aéreo. Allí, él y Norah alquilaron un auto e hicieron el resto del camino en él. Llegaron justo antes del almuerzo.
Lo primero que hicieron fue presentarse a la policía local. Una vez cumplidas las formalidades de rigor fueron dirigidos a Wentworth House, un pequeño hotel cerca de la costa. Desde afuera el edificio blanco tenía un aspecto poco simpático, apoyado en un depósito vecino y boqueando por respirar entre el cemento armado y el acero que había crecido por todas partes a su alrededor; pero adentro el amable pasado estaba vivo en las vigas de fino roble, las anchas y abiertas chimeneas, los adornos relucientes de bronce y cobre. No tuvieron problema en conseguir cuartos; sin embargo el comedor y el bar estaban llenos. Los dos detectives almorzaron bien. Comieron roast beef Yankee a la cacerola y luego se pusieron a trabajar.
Buscaron el certificado de nacimiento de Dana y luego fueron a la dirección que figuraba en los registros.
Mientras que Wentworth House todavía luchaba contra los avances del cambio, Castle Road había sucumbido hacía rato. De una calle que debió haber sido de agradables casas de clase media, cada cual con su diferente sendero, con vista a una fina extensión de costa, había caído en una zona de casas alojamiento baratas y estaba camino a transformarse en un arrabal miserable. El número 25 no era diferente del resto. Una joven mal vestida, de robe de chambre estilo japonés, se acercó a la puerta.
Se disculpó, pero nunca había oído hablar de los Dana. No, no era dueña de la casa, la alquilaba. No, no conocía al dueño, había tratado con los intermediarios. Peabody y Shane, de Manchester. Lo sentía, pero era todo lo que podía decirles. Ni siquiera se interesó por saber por qué se lo preguntaban; lo único que quería era librarse de ellos. El ánimo de Norah, que había estado muy alto al salir esa mañana de New York, decayó ante el pensamiento de tener que rastrear hacia atrás, pasando por los diferentes compradores y vendedores. Bueno, ¿cuándo había sido fácil?
Primero, sin embargo, investigaron el barrio, y para ello, Norah y Hoff se separaron. Ninguna de las personas con las que habló
Norah recordaba a los Dana, y como la joven del número 25, ninguno tuvo ni siquiera curiosidad por enterarse por qué lo quería saber. Había sido, después de todo, casi treinta años atrás, y la mayoría de la gente que vivía en la zona se había ido, o se había muerto o, como los Dana, se habían mudado a otra parte. En el momento en que la temprana oscuridad del invierno cubría la actual miseria de Castle Road, Norah tocó el timbre de la última casa, la que estaba más cerca del agua, y descubrió un hombre frágil perdido al borde de la senectud y temblando por el mal de Parkinson, y que no había podido escapar de ese lugar sórdido.
—¿El capitán Dana?… recuerdo al capitán Dana. —El tono nasal del extremo Este enriquecía su voz fina—. Hombre grande.
Carácter odioso. Trabajaba en Jenning’s Wharf. Pequeña mujer pelirroja bonita. La trataba realmente mal. Le pegaba en forma terrible. Mi Alicia, ella acostumbraba a ir allí y sentarse con Lois Dana. —Llegaron las lágrimas—. Mi Alicia… —Respiró silbando; se le aflojó la mandíbula, se le formó saliva al costado de la boca.
—¿No sabe adónde fueron los Dana cuando dejaron este lugar?
—No se lo dijeron a nadie. Ni siquiera dijeron que se iban. Un día mi Alicia fue para allí con un pote de su guiso especial de almejas, y se habían ido. Mi Alicia era la mejor cocinera de toda New England.
—¿Cuándo fue eso? Quiero decir, ¿cuándo se fueron los Dana?
Las lágrimas se desparramaron cayendo por las hundidas mejillas, acumulándose temporariamente en los huecos inferiores y volviendo a desparramarse.
—¿Recuerda al chico? —preguntó Norah—. ¿Recuerda al joven Earl Dana? ¿Qué edad habrá tenido cuando se mudó la familia?
—Usted debería haber probado el budín de zapallo de mi Alicia, señorita. Esto sí que era un placer, un verdadero placer. El mejor budín de toda New England. —Estaba llorando copiosamente, pero se sonreía al mismo tiempo.
Jenning’s Wharf estaba del otro lado de la ciudad desde la base naval. Norah no tenía idea de lo que habría sido en otros tiempos, pero era próspero en ese momento por causa de un pequeño pero atractivo malecón para barcos de placer. El mar tenía la quietud de la noche. Las olas lamían suavemente los pilotes, moviendo apenas los pocos botes que había en esa época del año. La luna todavía no había salido. Norah se tomó un momento para sumergirse en la tranquilidad. Adoraba el mar para mirarlo, para nadar en él, pero no para navegarlo. Cuando niña había estado en un barco diurno del Hudson River y al ver vomitar a un hombre, se había sentido violentamente mal ella también. Desde entonces había perdido todo interés por los barcos. La mayoría de los diferentes establecimientos que apoyaban y eran apoyados por el malecón estaban clausurados en esa época del año, pero algunos parecían cerrados solo por la noche. Norah y Bobby volvieron al hotel.
A la mañana siguiente hizo frío, estaba desapacible, con una niebla tan espesa que parecía lluvia. Una vez más se dividieron el trabajo. Hoff fue al registro de embarcaciones para verificar el negocio de fletes de Mr. Dana padre, y Norah volvió al malecón. No había mucha más actividad de la que había habido la noche anterior, pero el almacén de Grant, al pie del desembarcadero, estaba abierta. Bien provisto, el lugar estaba también bien ordenado, y sin embargo no había clientes en ese momento; daba toda la impresión de ser un negocio próspero en temporada. Al tañido de la antigua campana que había encima de la puerta y que anunció la entrada de Norah, el hombre que estaba trabajando junto al escritorio levantó la vista.
—¿Mr. Grant?
Tenía poco más de sesenta años. Tenía el pelo completamente gris pero todavía espeso y ondulado. No había porción de la cara que no estuviera marcada con cicatrices y pozos, minada por los años, y sin embargo era buen mozo. Se erguía con su metro ochenta de altura, flaco, en su orgullo yankee. Se sacó los anteojos
de aro de metal e hizo destellar unos dientes que aún debían ser seguramente suyos, manchados de tabaco pero fuertes.
—¿Le puedo ser útil?
Norah se presentó y comenzó a explicar su misión, pero en cuanto mencionó el nombre de Dana la afabilidad del dueño hacia el cliente se trocó en la desconfianza por el extraño, inherente a la gente de New England.
—¿Qué quiere saber?
—Lo que pueda decirme.
—¿Por qué?
—¿Hace cuánto que está usted aquí en Jenning’s Wharf, Mr.
Grant?
Hamilton Grant le dirigió una mirada tajante.
—Van para veinte años. —Su malhumor estuvo subrayado por un dejo de ese acento seco que ella empezaba a asociar con la gente de verdadera antigüedad de los alrededores de la costa.
Norah siempre hacía las preguntas fáciles primero, las que podía preguntar en cualquier parte, sabiendo que serían contestadas por esa sola razón y en la esperanza de establecer en esta forma el hábito de contestar por el testigo.
—Usted no parece un hombre encerrado en la casa, Mr. Grant,
¿no?
—He vuelto a recuperar mis fuerzas el año pasado.
¿Había estado enfermo? Norah lo dejó pasar. Habiendo confesado el tiempo que había estado en esa localidad, Grant difícilmente podía negar ahora haber conocido a los Dana.
No trató de negarlo.
—Vic Dana acostumbraba a trabajar conmigo. Yo fui quien le vendió el «Lorelei» cuando ya no lo pude tener más. Después del accidente. —Levantó su brazo izquierdo, y Norah captó el destello del metal y vio un garfio que sobresalía donde antes debió haber estado la mano.
Intencionalmente o no, Grant le había dicho mucho más que los hechos que Bobby Hoff estaría extrayendo probablemente en ese
momento de los archivos. Había indicado que se había visto forzado a vender el barco, que Victor Dana no era el hombre que hubiera elegido para vendérselo.
—El hijo, Earl, es el que me interesa. ¿Ha vuelto por estos sitios últimamente?
—Earl me viene a ver tan frecuentemente como le es posible. Es como un hijo para mí. No tengo a nadie más, y él tampoco. ¿Qué quiere de él?
¡La grande! No había utilizado el sobrenombre Buzz, pero lo podría utilizar más adelante. Controlando su excitación, Norah preguntó.
—¿Están sus padres muertos, entonces?
—La madre sí. No sé nada de su padre, y no me importa.
Su desprecio por Victor Dana todavía era virulento y enconado.
Eso, más lo que Norah había sabido por el hombre tembloroso de Castle Road, sobre la violencia de la vida familiar de Dana, conjuró la imagen de un hombre solitario y de un chico asustado que encontraban solaz uno en el otro. Ella preguntó:
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo Dana aquí?
Señalándole un sillón, Hamilton Grant se dio vuelta y volvió a sentarse en el escritorio al lado de la ventana con vista al agua. No era por cortesía sino un medio para ganar un poco de tiempo extra para pensar.
—En agosto. En algún momento de agosto.
Debió darse cuenta de que ella lo podía averiguar con solo preguntar por el muelle, a pesar de lo cual no había mencionado una fecha específica.
—¿A principios de agosto? Digamos, ¿la primera semana?
—Tal vez.
Cada vez que se sentía presionado caía en ese acento duro.
—¿Fue entonces cuando se hizo el tatuaje?
—¿Tatuaje?
—Por favor, Mr. Grant, si está tan cerca de él como dice, debe saber que Dana tiene problemas.
—¿Qué tipo de problemas?
—Bueno, tal vez Earl no le hubiera contado; no era de todos modos el tipo de cosa que se confía apresuradamente. Sin embargo, debió presentir que algo andaba mal o no hubiera estado tan preocupado.
Repentinamente Grant cambió de táctica. Su frialdad disminuyó; se puso casi cordial.
—¿Qué tipo de problemas, detective Mulcahaney? No puedo creer que Earl haya hecho algo tan malo como para que tenga que venir un detective hasta aquí desde New York para hacer preguntas.
Es un buen chico. Lo conozco desde que tenía nueve años. Es tímido y sensible y… fundamentalmente decente. Es el hijo de Lois Dana. Si usted hubiera conocido a Lois sabría que su hijo no pudo haber hecho nada malo.
La formalidad de la defensa hecha por un hombre que hasta ese momento había tenido un comportamiento tosco, lo estaba diciendo claramente. Hamilton Grant se había interesado por Lois Dana.
Había querido a la madre de Earl Dana.
—Earl es también hijo de su padre, y por lo que he oído, era un hombre violento.
—Era un hombre brutal que abusó de su mujer y andaba con otras mujeres. Pero no tuvo ninguna influencia sobre el chico. Earl le tenía tanto miedo como Lois. Fue una de las razones por las que ella trató de irse.
—¿Trató?
Hamilton Grant inspiró profundamente.
—Hace veinte años el divorcio no era de producción en serie como ahora, detective Mulcahaney. Además de la complicación legal y el ostracismo social, era también una cuestión de dólares y monedas para la mujer. No podía tener esperanzas más que de un mínimo sustento de parte de su marido si lo abandonaba voluntariamente, y conseguir trabajo y educar a un chico de diez años no era fácil. Vic le decía constantemente a Lois que se fuera, le mostraba continuamente la puerta, porque sabía que ella no se
podía ir. Tan pronto como se dio cuenta de que había alguien que la quería, que estaba dispuesta a cuidar de ella y del chico, entonces no la dejó ir. No la quería pero no se la dejaría tener a ninguna otra persona. —Bajo la lechosa luz de la ventana la cara poceada de Grant pareció tan desolada como una desmoronada estatua de un jardín abandonado—. La sacó en medio de la noche. Los puso a ella y al chico a bordo del «Lorelei», y a la mañana, cuando los fui a buscar, se habían ido.
—¿No la siguió? —No hubiera sido difícil rastrearlos, pensó Norah; era solo cuestión de seguirle la pista al barco.
Grant no perdió tiempo en negar haber sido el hombre que había querido cuidar de Lois Dana y de su hijo.
—Por supuesto. Y los encontré. Pero fue inútil. Lois no quiso venir. Tenía demasiado miedo, por mí. Se da cuenta, ya habíamos peleado, Vic y yo, en el «Lorelei». Así perdí el brazo. Quedé atrapado por la cadena del ancla mientras luchábamos. De alguna manera el cabrestante se aflojó, y el ancla cayó de lado. Fui arrastrado y clavado contra el riel. Casi me arranca el brazo del tirón. Tuvieron que hacerme un nuevo corte, prolijo. Para cuando salí del hospital se me habían terminado la plata, las fuerzas, y los medios para ganarme la vida. Así que Vic ofreció comprarme el barco. No pude elegir demasiado. Tomé el dinero y me instalé aquí.
—Grant hizo una pausa—. Por supuesto que el chico era el verdadero vínculo de Vic con Lois. Ella sabía que aún dejándome, él haría todos los esfuerzos para quitarle el chico.
Grant se quedó en silencio por un rato. Tal vez estuviera recordando; tal vez estuviera considerando cuánto más le debía decir a Norah.
—Nos mantuvimos en contacto. Esto es, Lois y el chico escribieron; yo no podía contestarles porque él revisaba la correspondencia. Después que murió Lois, Earl abandonó a su padre y vino junto a mí. Vic debió saber adónde había ido, pero no le importó; nunca le importó del chico, solo lo utilizaba para
conservar a Lois. Nunca vino a buscar a Earl. Nunca oímos más de él.
—¿Cuántos años tenía Earl cuando vino junto a usted, Mr.
Grant?
—Dieciséis —contestó rápidamente.
Hasta ese momento Norah había pensado poco en las motivaciones que tenía Earl para sus crímenes. No tenía paciencia con los modernos apologistas que consideraban la violación al mismo nivel del alcoholismo o la drogadicción y la llamaban una enfermedad. Esto era correcto mientras la afición siguiera siendo autodestructiva, pero una vez cruzado el límite e infligida la violencia sobre otro ser humano se convertía en un crimen. ¡Por su naturaleza, la violación necesitaba una víctima! A Norah le indignaban las eruditas disertaciones psiquiátricas. Coincidían en que la violación era una forma de agresión, pero de allí en adelante todo era contradictorio. La violación se debía a un impulso sexual muy elevado, a un bajo impulso sexual; odio a uno mismo, odio a la sociedad, particularmente a las mujeres; fuertes vínculos maternales, antagonismo materno; temor a la inclinación homosexual. Elija lo que quiera. Era lo mismo para la víctima.
Tampoco le interesaba a Norah, excepto en la medida en que pudiera ayudar a conseguir las pruebas que probaran la culpabilidad de Dana.
Ya fuera que Earl Dana hubiera cometido su primera violación antes de mudarse junto a Grant, o que su padre hasta lo hubiera echado por esa causa, o que la primera violación hubiera ocurrido más tarde, Hamilton Grant era seguramente consciente de la corrupción del joven que consideraba su hijo adoptivo. Como hombre autocontenido, reticente, muy cerrado, Grant nunca le hubiera contado a Norah tanto si no hubiera tenido esperanzas de conquistarse la simpatía de ella. Había elegido la persona menos indicada; la lástima y la indignación de Norah estaban reservadas para las víctimas de Earl Dana. Quería que las cosas quedaran de esa manera.
—Se sospecha de Earl por un caso de violación y asesinato —le dijo a Grant bruscamente.
Parpadeó. Un sonido bajo comenzó a salir desde el fondo de la garganta y emergió casi ininteligible.
—No… oh, Dios, asesinato no… —Se contuvo demasiado tarde
—. No lo creo. Hay un error. Tiene que haber un error.
Lo que lo había impresionado había sido la mención del asesinato, no de la violación. Por lo que respecta a Norah, eso lo confirmaba; él sabía, había sabido hacía algún tiempo lo que hacía Dana. Existían aquellos que rehusaban reconocer la violación como un crimen, que insistían en que la mujer lo permitía, y tal vez Grant fuera uno de ellos. ¡Pero no podía extender esa disculpa al asesinato!
—¿Tiene Earl un sobrenombre, Mr. Grant? ¿Tuvo alguna vez un sobrenombre… en el colegio, tal vez?
Grant pareció confundido. Sacudió la cabeza.
No había razón para que negara el sobrenombre. Norah luchó contra un repentino pánico creciente. ¿Sería posible, simplemente posible, que Dolly tuviera razón después de todo? ¿No estaría el homicidio desconectado del conjunto de las violaciones? ¿Habría dos violadores?
—¿En el ejército, tal vez? ¿Pudo haber tenido un sobrenombre en el ejército? —preguntó.
—Nunca habló del ejército.
Norah apretó los labios. Pudo haber tenido el sobrenombre en el ejército; todavía era posible que Earl y Buzz fueran la misma persona. Pronunció la siguiente pregunta cuidadosamente, para que Grant no tuviera manera de saber cuál sería la respuesta correcta y, al no saberla, optara por la verdad.
—¿Cuándo se hizo Earl el tatuaje en el brazo? ¿Tenía el tatuaje cuando vino a verlo a principios de agosto? —Contuvo la respiración.
—Sí. Se tatuó en junio. Yo se lo apliqué.
Su vacilación había sido tan leve que si ella no hubiera estado esperándola, podría no haberla notado. Y la contestación a la que había llegado él no era la que ella quería. Si él hubiera declarado que Dana tenía el tatuaje hacía años hubiera tenido la oportunidad de rebatirlo. Así como estaba…
—¿Usted lo hizo? ¿Con una mano? —El desafío fue automático.
—Sí, señora. Con una mano.
—¿Por qué?
—Porque él lo quiso.
—¿Por qué lo quiso?
Grant le dirigió una fina, desolada sonrisa.
—¿Por qué querría tatuarse alguien?
Otra vez la estaba acorralando, y ella lo tomó como signo alentador.
—Muchas veces me pregunté eso.
—Yo tengo un tatuaje. —Con su hábil mano derecha se desabrochó la camisa y descubrió entre los pelos del pecho una antigua embarcación en plena navegación sobre un mar ondulado
—. Era un chiquilín cuando me lo hice; lo consideraba una marca de virilidad.
—Earl tiene veintinueve años y no es un marinero.
—Ahora que pienso en ello tenía una razón particular. Parece que había conocido un marinero en el Café Anchor, que tenía una belleza de tatuaje. Estaba alardeando mucho con eso. Habían tomado unos tragos, usted sabe cómo es, y Earl le dijo que él podía hacerse uno mejor que ese en cualquier momento. Hicieron una apuesta.
—Supongo que alguien del Café Anchor lo recordará.
—No se lo podría decir.
—Lo conocen a Earl allí, ¿no?
—Bueno, no va regularmente. Earl no bebe tanto.
—Sin embargo ese tipo de discusión debe haber causado interés, y luego la apuesta… El barman probablemente recuerde la apuesta.
—No era una apuesta tan grande. Tal vez… de diez dólares.
—Oh. Yo tenía la impresión… bueno, preguntaré todos modos.
—Norah se levantó—, Dicho sea de paso ¿ganó Earl la apuesta?
—Ajá.
—Nunca miré de cerca un tatuaje —comentó Norah—. Debe ser algo realmente especial.
Grant pareció sorprendido. Luego se encogió de hombros.
—No tanto como eso.
El Café Anchor estaba cerrado durante el invierno y no reabrirían hasta el año siguiente para el fin de semana del «Decoration Day».
El dueño estaba en Florida, donde administraba un local similar cerca de Clearwater; el personal había ido con él. Grant seguramente sabía eso cuando inventó la historia. Otras averiguaciones sobre Jennings Wharf confirmaron que Grant había sido conocido por hacer algún trabajo de tatuajes en el pasado, pero nadie sabía nada del trabajo que le había hecho a Dana. Nadie había oído nunca que lo llamaran Buzz a Earl tampoco. Lo único que pudo averiguar Norah fue que había vivido con Grant hasta que lo llamaron para la conscripción. Después que salió del ejército volvió pero no se quedó por mucho tiempo. Hacía visitas a intervalos irregulares, especialmente en vacaciones, quedándose algunas veces tanto como dos semanas. El hecho era que nadie parecía saber mucho sobre Dana o Grant. Para ser una persona instalada desde hacía tiempo, Grant tenía muy pocos amigos. Por supuesto, la mayoría de los comerciantes de los alrededores del muelle eran recién llegados, y tal vez no le interesara mezclarse con ellos. Los pocos que llegaban lo suficientemente atrás como para recordar a Victor y Lois Dana no tenían interés en hablar con un detective de New York. Aunque no tenían otra cosa que hacer, ni la tendrían hasta que los turistas y marineros amateurs empezaran a volver para la primavera, permanecían con la boca cerrada.
Después de almorzar Norah y Bobby decidieron volver a New York. Hicieron el camino en auto a Boston pero la niebla de la mañana se había intensificado, y los vuelos desde Logan estaban
demorados indefinidamente. Consideraron tomar el tren, pero prefirieron esperar.
Eran más de las diez de la noche cuando llegaron a La Guardia.
El tren hubiera sido más rápido pero, como lo señaló Hoff amargamente, habían perdido solo su propio tiempo.
Estaba lloviendo en New York. Para cuando Hoff sacó su auto del estacionamiento del aeropuerto, se movió lentamente entre las inevitables colas de tránsito de las noches lluviosas, y la dejó a Norah delante de la puerta de su casa, eran más de las once. Por lo que a él respecta, el viaje había sido un fracaso. Norah no estaba tan segura. Había pensado mucho en las horas de espera y de vuelo. Si Grant había mentido con respecto a la apuesta debió saber que la mentira no se sostendría; seguramente no pensó que solo porque el Café Anchor estuviera cerrado se dejaría de lado el asunto. ¿Qué ganaba pues con la mentira? Tiempo. ¿Tiempo para qué? Tiempo para que Dana se fuera nuevamente, desapareciera.
Mientras Hoff empezaba a salir del auto, Norah le puso una mano sobre el brazo.
—Vamos a detener a Dana.
—¿Qué? ¿Por qué razón?
—Para interrogarlo.
—¿Con qué fundamento? No tenemos nuevas pruebas.
—Muy bien, lo detendremos por la denuncia de Eva Lynn.
—Ese es trabajo de Rand. Le podemos notificar y decirle que se adelante y consiga una orden judicial.
—No hay tiempo para eso. Pensaremos algo en el camino, pero vamos, Bobby, por favor. Puede ser ya demasiado tarde.
Lo era. Dana se había ido. La casera todavía estaba que ardía.
—He subido y bajado esas escaleras toda la tarde para llamarlo al teléfono. No puedo hacerlo; mi artritis, es algo terrible, especialmente con este tiempo. No recibo llamados para los inquilinos; ellos lo saben. Pueden utilizar el teléfono del hall, pero yo no trepo escaleras para llamarlos. Era un llamado de larga distancia, de modo que hice una excepción. ¡Huh! No estaba en su cuarto. Le
dije a la operadora que tratara de conseguirlo donde trabajaba. No había pasado media hora cuando vuelve a sonar el teléfono. Parece que no había aparecido por el garaje. Esta vez un hombre sale a hablar conmigo, un pariente, dijo. Prácticamente me rogó que subiera y tratara de encontrarlo nuevamente. Yo sabía que no había entrado a la casa, pero fui de todos modos. Esta vez traté de abrir la puerta. Estaba sin llave, de modo que entré. ¿Y sabe qué? Se había ido. ¡Con valija y todo! Ni una nota, ni una palabra, simplemente se había ido. Dejó el pago del alquiler sobre el escritorio; pudo no obstante haber dicho algo, haber pasado una nota por debajo de mi puerta. Algunas personas no tienen ninguna consideración.
Era Hamilton Grant el que había llamado, por supuesto. Y
repentinamente Norah se dio cuenta por qué Grant estaba tan frenético. Cuando ella había mencionado al pasar que en realidad nunca había visto de cerca el tatuaje de Earl, pareció sorprendido.
No quería que viera bien el tatuaje. Ella había descubierto la razón de eso en el libro «Medicina Legal, Patología y Toxicología», en el capítulo sobre violaciones, que había leído una y otra vez.
Lo que la hizo empujar a Hoff y prácticamente arrastrarlo de la puerta era que Dana había desaparecido antes del llamado de Grant.
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