Disque 577
Uno
ERA una hermosa noche para caminar sin prisa, pero Gabriela Constante se apresuró. Antes de doblar la esquina hacia Riverside Drive, echó una rápida y nerviosa mirada por encima del hombro.
Nadie a la vista. El puñado de gente que había salido del subterráneo unas dos cuadras y media más atrás se había dispersado y toda la extensión detrás de ella estaba ahora desierta.
¡Gracias a Dios[1]!. Aminoró la marcha para aliviar el dolor punzante que tenía al costado.
La noche de septiembre era un rezago del verano, calurosa y cerrada. Aunque llevaba puesto un vestido de algodón sin mangas, descubierto pero modesto, Gabriela Constante estaba cubierta de transpiración, podía sentir una pesada banda de esta sobre la frente, y pequeñas gotas que corrían hacia abajo entre sus pechos.
Aun aquí, cerca del río, no se sentía ningún alivio. No se movía ni una hoja a lo largo de la orilla. Una luna llena las cubría de una dorada inmovilidad. Era tan brillante que hacía desaparecer los faroles de la calle y sus sombras, eclipsaba los letreros de alto voltaje en Jersey Palisades y cubría sus reflejos multicolores sobre las espesas aguas del Hudson con su metálico brillo. Gabriela hubiera saboreado semejante noche en su tierra. No hubiera andado apresurada con temerosas miradas hacia atrás. Y tampoco había necesidad de hacerlo ahora, se dijo firmemente, ordenándose dejar de temblar. De todos modos, se mantuvo al borde de la vereda, bien alejada de la línea de edificación.
Gabriela Constante, de diecinueve años de edad, amable, protegida, pensó con añoranza en San Juan y en lo que había dejado: la angosta, cuidada casa restaurada, a menos de dos cuadras de La Fortaleza, su cuarto con el balcón propio que miraba al puerto. Cuando salía a la calle, cada cara que veía le era familiar y tenía un nombre. En esta ciudad ella misma se sentía sin nombre y sin cara. Pero la cosa más importante que Gabriela había dejado allá, más importante que la suma de todas las otras, era Enrique.
Dentro de un año volvería y se casaría con él. Un año era tan largo para esperar. Enrique no había querido que fuera a New York con sus padres: había querido que se quedara y se casara con él enseguida, pero papá no le había dado permiso. Dijo que Enrique tenía que graduarse y conseguir un trabajo. Gabriela le había suplicado, había llorado, pero no podía desafiar a su padre. Y
Enrique no se lo había exigido: ninguno de los dos había sido educado para llegar tan siquiera a considerar semejante cosa.
La caída drástica del comercio del turismo en Puerto Rico fue la razón por la que la familia se mudó. Pablo Constante Morales se había formado en la escuela creada por el gobierno para empleados de hotel, en los primeros tiempos de la Operación Bootstrap. Su primer trabajo había sido de maletero en el Caribe Hilton, cuando este se erguía solo en la parte saliente de tierra entre la vieja y la nueva ciudad, cuando no había turistas sino solo hombres de negocios que hacían escala en su largo viaje a Latinoamérica, antes de los jets. La erección de ese hotel de lujo fue una aventura tanto para el gobierno, como para sus financistas. Con la clausura de Cuba como lugar de diversión americano y el desarrollo de los jets, los buscadores de placeres fueron desviados a Puerto Rico. La isla prosperó,
y
así
también
Pablo
Constante.
Era
alto,
excepcionalmente alto para ser portorriqueño, buen mozo, y aprendió rápido. Estaba también decidido a mantenerse lejos de los cañaverales. Ascendió de maletero a maître d’hotel en el superclub del Don Quijote, uno de los hoteles más refinados de la extendida hilera de hoteles de lujo a lo largo de la costa dorada de Condado.
Adquirió modales suaves, supo manejar tanto al personal como a los clientes. Luego, cuando pareció que nunca dejaría de crecer, el comercio turístico decayó. Con rapidez impresionante, sin previa notificación a los huéspedes, ni mucho menos a los empleados, el Don Quijote anunció que cerraba. Una típica mañana brillante, en el punto álgido de la temporada, los huéspedes bajaron para descubrir no solo que no había desayuno sino que se les pedía que dejaran sus cuartos esa misma noche. Otros hoteles cerraron, y muchos portorriqueños especializados se quedaron sin trabajo. Pablo Constante era ya demasiado viejo para ir a los cañaverales; además el comercio del azúcar se estaba deteriorando tanto como el de la hotelería. Tenía que ir adonde hubiera trabajo, y se llevó a la familia consigo.
Las chapitas de metal de los tacos de Gabriela resonaron clara y solitariamente en las calles vacías. En ese momento deseaba haber dejado que Luisa y Raúl la acompañaran a casa. Raúl había aparecido inesperadamente en la iglesia para ver a Luisa y Gabriela se había sentido muy de más. Subieron juntos al subterráneo pero Gabriela insistió en que no había necesidad de que se bajaran en la parada de ella y la acompañaran las pocas cuadras hasta su casa.
Después de sus repetidas palabras asegurándoles que todavía era temprano, solo las once y media, que habría mucha gente en las calles, que solo era un camino corto, ellos habían aceptado.
Gabriela se había fijado por primera vez en el joven pálido de corto pelo enrulado y ojos azules, fuera de la entrada del subterráneo. Ella era una chica linda, acostumbrada a que la admiraran. El joven los había seguido a los tres hasta la plataforma, y ella fue muy consciente de su presencia mientras esperaban el tren. Después de un rato se sintió incómoda, pues su mirada no era la inocentemente alegre mirada de los muchachos al mirar a las chicas, sino que era tímida, sugestiva. Desvió la mirada y se alegró de que Luisa y Raúl estuvieran tan ensimismados uno en el otro como para notarlo. Luego vino el tren, y él entró a otro coche, y Gabriela pensó que eso era el fin.
Pero cuando se bajó, también lo hizo él. Por un instante sus ojos se encontraron; luego él se adelantó entre el gentío, precediéndola al subir las escaleras, pasar por el molinete y salir a la calle.
Cuando Gabriela emergió, estaba parado en la esquina mirando alrededor con inseguridad como si no supiera qué rumbo tomar. Ella no supo qué hacer. No había ningún policía por allí. Aun si hubiera habido alguno, ¿de qué se podría haber quejado? «Oficial, por favor, no me gusta la forma en que me mira ese hombre…». Mientras aquel le daba la espalda Gabriela se alejó rápidamente.
Había caminado justo una cuadra cuando sintió que estaba detrás. Había seguido caminando hasta llegar a Drive, y luego cuando volvió a mirar se había ido. Podía haber doblado por una de las calles laterales o haber entrado a uno de los edificios del camino, lo que fuera… había sido una coincidencia, estimulada por una imaginación exagerada. ¡Tonta, vanidosa!*. Gabriela Constante se reprendió a sí misma y al mismo tiempo juró que nunca más saldría sola de noche.
Ciertamente no había esperado que las calles estuvieran tan desiertas. No había nada de tránsito y solo un hombre muy adelante, del otro lado de Riverside Drive, apoyado contra la pared del terraplén mirando hacia el río. Era alto, de caderas angostas y anchas espaldas, y llevaba el saco colgado del hombro como…
como… Gabriela sintió que se le estrangulaba la garganta. Salió de la parcial sombra de los árboles a la luz amarillenta de la luna. La punta de los encrespados rulos oscuros se broncearon bajo su luz, y los pálidos ojos azules destellaron como encendidos desde adentro.
Era él. No cabía duda.
Gabriela se quedó clavada donde estaba, observando mientras él caminaba hacia el borde de la vereda verificando si no venían autos, antes de cruzar. Siguió moviéndose, el hombro derecho hacia abajo y encaminándose… como si estuviera escurriéndose por una esquina o por una puerta entreabierta… ¿Cómo se le había adelantado sin que ella se hubiera dado cuenta? Debió haber entrado al parque por la Setenta y Nueve y luego haberse movido
paralelo a ella pero detrás de la pared. ¡Santa Madre de Dios!*
¿Qué haría? ¿Gritar? ¿Vendría alguien si gritaba? ¿Lo asustaría por lo menos y se iría? ¿O le serviría de excusa para abordarla? Estaba justo por cruzar Riverside Drive mientras ella se preparaba a cruzar la Ochenta y Tres. Ella vivía justamente del otro lado, a un cuarto de cuadra más allá. Si él cruzaba primero estaría en condiciones de interceptarla. Gabriela cruzó corriendo la bocacalle.
No oyó el chillido de los frenos detrás de ella ni el alarido del enfurecido conductor.
Cuando llegó a la entrada de su casa estaba jadeando; la puntada del costado la había doblado en dos; el corazón le latía con fuerza. No tenía idea si el hombre había cruzado, mucho menos si estaba por algún lugar cercano, y no lo quería saber. Usando las dos manos, empujó la pesada puerta de vidrio y entró al vestíbulo del edificio. La puerta interior del hall estaba siempre cerrada con llave, día y noche, y en ese momento Gabriela sollozó débilmente y con miedo mientras desperdiciaba preciosos minutos buscando la llave en la cartera. Cuando finalmente la tuvo, le temblaba tanto la mano que apenas si la pudo calzar en la cerradura. Entonces esta se atrancó. Sintió la corriente de aire caliente en la espalda mientras se abría la puerta exterior; sin embargo, aunque el piso era de piedra, no oyó ningún paso. Pero Gabriela no necesitaba oír ningún paso para saber que estaba allí.
—¡Madre de Dios, ayúdeme!*.
Entonces la llave dio vuelta, pero mientras Gabriela empujaba la perilla, una mano fue colocada sobre su boca y un brazo le rodeó la cintura atrayendo su cuerpo hacia el de él. Abrió la puerta de una patada y luego la empujó a ella hacia adentro. Casi no pudo caminar mientras la llevaba cargada a medias y la empujaba también a medias delante de él. Pasando por el poco iluminado hall, la hizo doblar hacia un corredor más oscuro que llevaba a las escaleras de atrás, casi como si supiera exactamente dónde ir. Con una mano todavía fuertemente apretada contra la boca, arrastró a Gabriela escaleras arriba hacia el primer descanso y de un solo movimiento
la tiró contra el cemento frío y estuvo encima de ella. Tenía los brazos inmovilizados; las piernas pateaban inútilmente. El olor de su lujuriosa transpiración era enfermante; el estómago de ella pugnaba por vaciarse. La transpiración de la mano le goteaba en la garganta.
¡Tenía que sacarse esa mano de encima! Su peso estaba totalmente sobre ella; sin embargo de alguna manera se las ingenió para soltar su brazo derecho. Se prendió de la muñeca, tratando de sacarse la mano de la boca, pero lo único que pudo hacer fue desgarrar la manga de su camisa.
A esto él contestó agarrándole la mano y retorciéndosela. Se estaba ahogando en sus propios alaridos.
—¡No haga eso! —siseó él.
Estaba respirando pesadamente ya. Sus ojos azules eran opacos y no mostraban ningún reflejo al mirar directamente a los ojos de ella.
—Voy a sacar la mano, pero si tan solo abre la boca, le destrozaré la cabeza hasta que quede hecha puré contra estas escaleras. ¿Comprende?
Estaba tan totalmente inmovilizada que ni siquiera pudo asentir con un cabeceo; solo pudo mirar fijo con ansiedad dentro de esos ojos azules y pestañear.
Quedó satisfecho. Sacó la mano. Ella se quedó en silencio.
El dolor la volvió a la conciencia. Se concentró en el dolor, en su acrecentamiento y luego en su disminución, utilizándolo para evitar recordar lo que había sucedido. El dolor era un refugio contra el recuerdo. Pero finalmente el dolor cedió. Débilmente Gabriela se arrastró hasta el rincón del descanso de la escalera y se levantó hasta quedar sentada. Sintió como si se le escurrieran las entrañas por el frío piso de piedra. Intentó arreglarse la ropa. Cuando se dio cuenta de que sus calzones habían sido arrancados y sintió el pringoso limo sobre su cuerpo, comenzó a sollozar.
A las dos y cuarto de la mañana, al volver del trabajo, Pablo Constante oyó el débil gemido que venía de las escaleras de atrás y fue a investigar. Encontró a su hija inconsciente, y la cargó escaleras arriba como a un bebé.
Norah Mulcahaney se despertó con el timbre de la puerta. Había estado durmiendo inquieta. Con todo, el hogareño, familiar sonido en medio de la noche se hizo alarmante. Al principio se sintió confundida y pensó que era el timbre de abajo. El portero eléctrico del edificio siempre funcionaba mal; cada vez que la administración lo arreglaba, los vándalos lo arrancaban de la pared, de modo que no había forma de saber quién estaba allí abajo o qué quería. Norah le dio una mirada a la esfera luminosa del reloj que tenía al lado de la cama; a las dos y veinte de la mañana no pensaba contestar.
Probablemente fuera un gracioso o un borracho que buscaba algún hall donde dormir. Se quedó tendida, inmóvil en la oscuridad y se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que, el que fuera, desistiera y probara otro timbre u otro edificio. Deseaba tan solo que no lo molestara a su padre; le costaba demasiado dormirse esas noches…
Pero el timbre continuó con un firme, paciente, decidido ritmo, y cuando Norah estuvo despierta del todo se dio cuenta de que era el timbre de la puerta del departamento el que sonaba. Saltó de la cama instantáneamente, encendió la luz, tomó un batón y corrió al vestíbulo. Su padre ya estaba allí.
Frunciendo el ceño, Patrick Mulcahaney puso un dedo de advertencia sobre sus labios y cojeó cautelosamente hacia la puerta de entrada. Tenía sesenta y siete años de edad, sufría de la pierna izquierda, y últimamente aparentaba tener más edad de la que tenía. Norah era detective agregada a la Quinta Patrulla de Asaltos y Homicidios, promovida hacía poco a detective de segundo grado, pero el peligro en la puerta de entrada de ellos tenía que ser enfrentado por él. Norah no tenía intención de contradecir ese derecho.
—¿Quién es? —gritó Patrick Mulcahaney con voz firme.
—Pablo Constante. Del departamento 3 H de abajo, Mister Mulcahaney.
Norah le podía ofrecer una pequeña ayuda, sin embargo. Colocó una mano sobre el brazo de su padre. Los Constante eran inquilinos nuevos; ella no los había conocido, pero él sí.
—Asegúrate —susurró ella.
Él asintió y corrió la tapa de la mirilla a un lado.
—Siento tener que molestarlos a esta hora —dijo Constante—.
Es un caso de urgencia.
No había indicio de algún acento, pero Mulcahaney volvió a asentir en señal de satisfacción. A pesar de eso, con la precaución que se había hecho instintiva en toda persona de la gran ciudad, dejó la cadena puesta mientras abría la puerta.
—¿Está solo? —preguntó Norah.
—Por lo que puedo ver, sí. —Mulcahaney encendió la luz del vestíbulo, desenganchó la cadena e hizo pasar al vecino.
Norah no había esperado ver un hombre de aspecto tan fino. Se quedó parado erguido, con el porte de un orgullo heredado. Llevaba puesto smoking y corbata negra. Era su ropa de trabajo, supuso ella, ya que le habían dicho que Constante estaba a cargo de uno de los superclubs de un hotel fino. Tenía los brazos rígidamente colocados a los costados, los puños apretados. Las sienes le latían con fuerza.
—Gracias —le dijo a Mulcahaney, pero instantáneamente miró a Norah—. En realidad, a la que necesitaba era a su hija. —Se detuvo.
—¿La detective Mulcahaney?
—Sí. ¿Qué ha sucedido, Mister Constante?
Ella estaba descalza, el batón azul-pálido con el cinturón caído acomodado apresuradamente, pelo largo tan oscuro que se podía decir negro caía sobre sus hombros, la cara todavía suave y relajada por el sueño. Al verla así, Constante vaciló. Sacudió su gran cabeza, sus hombros se hundieron levemente y suspiró. La
ayuda que necesitaba y que había sido a buscar no era la que esta joven mujer era capaz de darle. Sin embargo, habiendo perturbado el sueño de ellos, les debía a padre e hija una explicación. De modo que habló por cortesía y con la mayor moderación que pudo.
—Es mi hija, mi Gabriela. Ha sido… atacada…
Aunque no había conocido a sus padres, Norah había conocido a Gabriela. La chica había ido a pedir ropa usada para una campaña de caridad de la iglesia. Norah había juntado lo que ya no usaba y habían conversado. Había encontrado que Gabriela era tímida pero entusiasta, intimidada por la gran ciudad, pero ansiosa por adaptarse y encontrar nuevos amigos.
—¿Cuándo y dónde sucedió?
—No sé exactamente cuándo, pero sucedió aquí, en el edificio.
Constante había esperado recibir expresiones de asombro, de conmiseración. El hecho de que Norah Mulcahaney asumiera que él sabía que podía contar con la simpatía de ellos y que no perdiera tiempo, lo alentó. Volvió a mirar por segunda vez a la joven detective y vio una firme suficiencia en sus ojos azules y una firme determinación en su muy prominente y cuadrada mandíbula.
—La encontré en la escalera de atrás… hace un rato… al volver a casa del trabajo. —Trató de estar de acuerdo con la objetividad de Norah, pero el recuerdo de las condiciones en que encontró a su única hija fue demasiado para él.
—Supongo que está ahora en su casa, ¿no?
Constante solo pudo asentir con un cabeceo.
—Muy bien. Me echaré alguna ropa encima y enseguida bajo.
No tiene por qué esperar si no lo desea, Mr. Constante. —Se encaminó a su cuarto.
Constante se sintió aliviado. Por un bendito momento, el amargo peso de la desesperación y la profunda responsabilidad por el paso que había decidido dar fueron transferidos a esta joven mujer autosuficiente.
—Siento realmente haberlos molestado a esta hora, Mister Mulcahaney, sé que debía haber llamado al departamento de
policía…
Norah se preguntaba en realidad por qué no lo había hecho; luego había razonado que la había buscado a ella porque conocía a su padre y por eso pensó que se tomaría un interés personal en el asunto.
—Está muy bien, perfectamente bien. Comprendo.
—No. —Antes había hablado a regañadientes; ahora Pablo Constante estaba ansioso por explicarle—. No, no creo que entienda. No me es posible ir directamente a la policía. Se imagina, la chica está… muy perturbada, está en shock. No quiere hablar conmigo, ni aun con su madre. Seguramente no le hablaría a un extraño. De hecho, un policía, un hombre que le haga las preguntas que se deben hacer, podría empeorar su situación. —Solo por un momento la profundidad de su dolor fue evidente, luego continuó—.
Su madre no quiere siquiera que haga la denuncia del ataque.
Quiere dejarlo pasar, tratar de olvidarlo. —La ira se posesionó de él, creció y le trajo un alivio temporario—. Yo no puedo hacer eso.
Quiero que se descubra a ese… animal. Quiero que ese… ese… —
Tuvo que recurrir a su idioma nativo—. ¡Maldito! ¡Pérfido! ¡Puerco sinvergüenza!*. Quiero que pague por lo que le ha hecho a mi inocente criatura. De modo que pensamos en usted, detective Mulcahaney. Mi mujer y yo, pensamos en usted.
Así que ahora Norah supo la naturaleza del ataque de que había sido objeto Gabriela. Una rápida mirada a su padre le demostró que también él había entendido que no había sido un intento de arrebatarle la cartera o un ataque para robarle.
—¿Ha llamado al médico? —le preguntó a Constante lo más suavemente que pudo.
—No.
—Debe hacerlo, ya mismo. Es importante por varias razones.
Primero por la salud de Gabriela, para asegurarse de que no haya lesiones internas u… otros problemas. También, para la corroboración.
—¿La corroboración?
Norah se mordió el labio: no le gustaba tener que decírselo justamente al padre.
—De la naturaleza sexual del ataque —se apresuró a decir—.
¿La golpearon? ¿Tiene heridas externas, algún moretón, digamos?
—No.
—El doctor la revisará y le dará algún calmante. —Por el bien de Constante se mantuvo objetiva, pero mientras hablaba, se imaginó el estado de Gabriela y podría haberse puesto a llorar—. ¿Conoce algún médico? Si no, yo puedo…
—Gracias, pero conozco a alguien.
—¿Por qué no lo llama mientras me visto? Puede usar nuestro teléfono.
—El teléfono está aquí. —Patrick Mulcahaney lo condujo al living
—. Aquí está la guía en caso que la necesite. Yo… yo… iré a hacer un poco de café. —Era una forma de darle privacidad con tacto al pobre hombre.
En su cuarto, Norah se puso rápidamente unos pantalones y una camisa, recogió su oscuro pelo en un rodete sujeto a la nuca. Se miró rápidamente al espejo y decidió tomarse unos segundos extras para ponerse lápiz labial y un toque de polvo (cuanto más natural apareciera, más confianza le daría a Gabriela y a su madre). Por las breves palabras de Pablo Constante coligió que Mrs. Constante estaba tan profundamente impresionada como la chica. Una vez aplicado el lápiz labial, Norah tomó su cartera, que contenía su credencial y el revólver de servicio, y se presentó en el living.
Constante había terminado de hablar por teléfono y estaba sentado junto a este, esperando. Cuando la vio, se puso de pie de un salto.
—El doctor López está en camino.
—Bien. —Norah gritó hacia la cocina—. ¡Papá! Nos vamos.
Patrick Mulcahaney salió de allí apresuradamente. No le gustaba el trabajo de Norah; consideraba que la tarea de policía era peligrosa y deshumanizadora. Tenía que admitir que hasta ese momento no parecía haber afectado su natural ternura y compasión,
pero tenía miedo que el constante contacto con criminales y con el lado malo y sórdido de la vida pudiera finalmente afectarla. Por lo menos terminaría en amargura y desilusión. Por supuesto, nunca la había observado de hecho en su trabajo, y teniendo en cuenta que esta era una situación especial, tratándose de un vecino, por primera vez Patrick Malcahaney vio a Norah, no como a su hija sino como a un oficial de policía y se impresionó. También estaba orgulloso de que un hombre de la fortaleza y el aplomo de Constante viniera a buscar su ayuda y que ella estuviera capacitada para dársela.
—He puesto el café a calentar. —Le estaba diciendo que la esperaría hasta que volviera. Para estos dos, que raramente demostraban el profundo afecto que se tenían, normalmente eso hubiera sido suficiente. Ahora, en forma menos característica, Patrick Mulcahaney se inclinó hacia adelante y le dio un beso a su hija en la mejilla.
Norah parpadeó por un instante. Generalmente le hubiera pedido que no la esperara. Lo único que dijo fue:
—Gracias, papá.
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