Disque 577
Nueve
LA TEORÍA de Norah era que la mujer que había entrado a la estación de servicio Broadway para cargar nafta el miércoles a la tarde, era una víctima anterior de Dana. Ya sea que hubiera ido por haber visto la foto de él en el diario en conexión con la denuncia de Gabriela Constante o por casualidad, o que ni siquiera lo haya reconocido a Earl Dana, ciertamente este la había reconocido a ella.
Probablemente haya pensado que lo iba a delatar y de esa forma escapó. De los cinco nombres que Norah había elegido de la lista original, tomó el de Mrs. Catherine Mercer para la primera entrevista. La razón por la que lo hizo fue que Mrs. Mercer vivía en la calle Diez Este y Dana había trabajado en esa zona antes de ir al centro, porque había muchos maricones en el Village.
No tenía idea de cuál sería el mejor momento para pescar a Mrs.
Mercer; justo después de las nueve, probablemente. Para entonces el marido habría salido a trabajar, y los chicos, si los había, habrían sido despachados al colegio. La señora de la casa estaría tomando una segunda taza de café… antes de hacer lo que fuera que hicieran todo el día las mujeres que no trabajaban. De todos modos, era importante primero revisar los archivos de la comisaria para ver si Mrs. Mercer había hecho alguna vez una denuncia por violación.
Si lo había hecho, por supuesto, las cosas irían mucho mejor.
Revisar los archivos le llevó mucho más tiempo del que Norah había calculado, y no llegó a nada. Había muchas denuncias en las que no se había apresado a ningún sospechoso. Por temor a
perderse a Mrs. Mercer, no se pudo tomar el tiempo suficiente para revisarlas tratando de ver si estas descripciones coincidían con Dana. Más tarde, si era necesario, volvería.
El edificio en el que vivía Mrs. Mercer era viejo y todavía digno, aunque donde alguna vez debía haber habido personal completo durante las veinticuatro horas, ahora era estrictamente autoservicio.
Tenía una instalación de circuito cerrado de televisión para ver a los visitantes. Norah se quedó parada delante, tocó el timbre del 12.º A, se identificó y se le permitió pasar.
Arriba, delante de su propia puerta de entrada, Mrs. Mercer ofreció resistencia.
—Estaba por salir, detective Mulcahaney, pero pensé que debía recibirla para evitarle tener que volver más tarde. Espero que sea lo más breve posible.
Bill, el empleado de la estación de servicio, había descripto a la mujer como una rubia de unos cuarenta años. Bueno, tenía razón, pero pudo haber dicho mucho más. Mrs. Mercer era sofisticada, zalamera y enormemente cuidada. Por supuesto, Bill no le había visto la figura, que era maravillosa y que esa mañana se exhibía con un traje de gamuza, de confección, de saco y pantalón. Era difícil imaginarse a esta mujer elegante, segura de sí misma, cómo víctima de una violación.
—Haré lo posible para que así sea —dijo Norah y esperó a que se la invitara a pasar adentro.
Mrs. Mercer suspiró y retrocedió de mala gana. El cuarto al que la siguió Norah estaba tan lustrado como la dama, y cualquiera fuese la tarea que hiciera en su tiempo libre, seguramente no era el trabajo de la casa. No iba a ser fácil llevarla a Catherine Mercer a la cuestión.
—Tengo entendido que cargó nafta en el garaje Broadway, una estación de servicio Mobil en la Sesenta y Nueve y Broadway, el miércoles a la tarde aproximadamente a las cinco —comenzó a decir Norah.
—Así es.
—¿Es esa la estación de servicio que frecuenta generalmente?
—No, no es.
—¿Le puedo preguntar por qué se le ocurrió ir allí?
—Necesitaba nafta. Lo siento. No quiero hacerme la chistosa. —
Se sonrió levemente, no pretendiendo disculparse—. Había estado en la Oficina Meteorológica; noté que necesitaba nafta y esa era la estación de servicio más cercana.
—¿A qué estación va generalmente?
—¿Esto es por el reloj que alguien perdió el miércoles? Recibí el llamado de una mujer… ¿fue usted?
—No, fue otra agente de policía. ¿Qué estación de servicio utiliza generalmente, Mrs. Mercer?
—Le contesté que no había perdido ningún reloj.
—No se perdió ningún reloj, Mrs. Mercer. Tenemos que descubrir quién cargó nafta particularmente en esa estación de servicio a una determinada hora. Parecía la mejor forma de hacerlo.
—Pensé que la policía no debía utilizar triquiñuelas. ¿No fue sobre eso que trató la importante decisión de la Suprema Corte?
—Se refiere al caso Miranda. Esa reglamentación fue para la protección de los derechos de los sospechosos. No sospechamos nada de usted.
—Eso es sumamente tranquilizador. —Nuevamente esa fina y tensa sonrisa—. Desearía que concretara el asunto, detective Mulcahaney.
Norah decidió que era su turno esta vez de contestar a una pregunta con otra pregunta.
—¿Hay alguna razón por la que no quiere que sepa dónde carga generalmente nafta?
Una inclinación de la hermosamente peinada cabeza fue la admisión de que Norah había ganado un tanto.
—La estación Amoco en la calle Octava. —Pero solo un round
—. Ahora tal vez me dirá usted por qué está tan ansiosa de saberlo.
Podría ser, pensó Norah.
—Estamos tratando de rastrear a un sospechoso de violación. —
No hubo ninguna reacción—. Creemos que usted puede haber reconocido al hombre que la atendió en la estación de servicio de la Sesenta y Nueve, el miércoles.
—¿Yo? ¿Reconocer a un violador? Realmente, detective Mulcahaney.
—No dije eso. Teníamos la esperanza de que hubiera reconocido al hombre que la atendió el miércoles como la persona que trabajaba en la estación de servicio donde generalmente carga usted nafta.
—No presto atención al que me pone nafta al auto.
—Él la reconoció.
Mrs. Mercer se encogió de hombros. Dio una vuelta por el cuarto, de espaldas a Norah.
—¿Y?
—¿La llamó él, Mrs. Mercer? ¿La llamó Earl Dana y le advirtió que se quedara tranquila?
—No conozco a ningún Earl Dana. No sé de qué está hablando.
—Estoy segura de que usted tuvo sus razones para no denunciar el ataque. Si hubiera sido cuestión de un único ataque, entonces tal vez tuviera usted el derecho de quedarse callada. Pero el apetito del violador crece a medida que lo alimenta. Otras mujeres han sido y serán víctimas.
—¡Entonces vaya a hablarles a ellas! —Repentinamente Catherine Mercer gritó—: Que una de ellas haga la denuncia.
—Una de ellas ya lo ha hecho, Mrs. Mercer. Su nombre es Gabriela Constante. ¿Tal vez usted haya leído algo sobre eso? —La mujer sacudió la cabeza—. Miss Constante identificó positivamente a su atacante. Este compareció ante el gran jurado y reclamó indulgencia. Se negaron a sentenciarlo.
Catherine Mercer pestañeó; los músculos costosamente masajeados, de buen tono, de su cara, le fallaron, se aflojaron, de forma tal que aparentó la edad que tenía realmente. Su clara y elegante voz se convirtió en un áspero susurro.
—De qué le sirvió. —Se sacudió, fue hasta la mesa de café, y recogió la cartera y los guantes que estaban allí. Cuando se enderezó, era nuevamente la mujer tranquila que había sido cuando la recibió a Norah—. Lo siento, detective Mulcahaney, este es todo el tiempo que puedo perder.
—Esa chica ha sido rebajada y humillada, Mrs. Mercer. Se estaba por casar y el casamiento ha sido suspendido. Su vida entera es una gran confusión.
—Bueno, eso es terrible. Lo siento por ella, pero ¿qué puedo hacer?
Norah sintió compasión por esa mujer fuertemente disciplinada; no quería aumentar su dolor, pero también tenía que saber la verdad.
—Muy bien, Mrs. Mercer. Tengo el propósito de probar que Earl Dana es el violador. Cuando lo haga, le preguntaré por usted, y él me contará, no tendrá para ese entonces ninguna razón para no hacerlo. Me ocuparé de que la citen por escrito, para atestiguar en la corte. ¿Lo quiere así? ¿O me lo dirá usted ahora? Cuénteme lo que pasó, y le juro que no seguiré más adelante. No haré ningún informe oficial.
—Entonces, ¿qué utilidad podría tener para usted?
Norah extendió las manos y contestó honestamente:
—No sé. Tal vez indique una forma permanente en la manera de elegir a sus víctimas, en cómo las acecha, o en el mismo acto sexual; cualquiera de esos datos nos podría ayudar a rastrear otras víctimas. Tal vez se podría persuadir a otra víctima para que dé testimonio.
—Me gustaría ayudarla, pero…
—Entonces hágalo, Mrs. Mercer. Cuénteme sobre ello. Se sentirá mejor.
Catherine Mercer clavó las uñas en los guantes y el cierre de la cartera.
—Mi marido es un hombre muy celoso, detective Mulcahaney.
Tiene que comprender. Nos casamos tarde. Hubo otros hombres;
trabajábamos en la misma oficina, de modo que él sabía. En realidad me casé con Jeff como repercusión de otro infortunado affaire con uno de los jefes, y él sabía también esto y nunca dijo una palabra, ni entonces ni desde entonces, últimamente, sin embargo, no sé por qué se ha puesto muy desconfiado. Sin razón. Lo juro. No haría nada que lastimara a Jeff; me dio su amor y confianza cuando necesitaba mucho ambas cosas, y nunca lo olvidaré. Tal vez sea porque ha tenido que estar últimamente afuera, viajando mucho.
Cuando vuelve a casa… las preguntas que hace, la forma en que me mira… y luego verifica mis contestaciones. Lo sé porque mis amigos me han dicho que los llama y les hace preguntas sobre mí.
Le lleva días tranquilizarse como para… acercárseme. Dios mío, si Jeff descubriera…
—No lo descubrirá por mí.
Catherine Mercer inspiró profundamente. Dejó la cartera y los guantes y tomó en cambio la cigarrera de plata.
—Estoy tratando de dejar de fumar, pero cuando estoy nerviosa… lo necesito realmente. —Aspiró una larga y profunda bocanada—. La ironía de esto es que me fijé en este… Earl Dana…
cuando me atendía en la estación de Servicio Amoco aquí cerca.
Pensaba que era muy agradable. Siempre me recibía con una sonrisa y una pequeña charla y un halago implícito. Pero yo no lo alenté; no estoy tan necesitada. Después, cuando pasó realmente, no lo reconocí. ¿Creería usted que no supe quién era hasta después? ¿Hasta después que sucedió y que él se hubo ido?
¿Creería usted eso?
—Sí.
—Esa es otra razón por la que no me decidí a denunciarlo. Una vez que Jeff descubriera que yo lo conocía, sin importarle en qué medida, nunca creería que yo… no me lo hubiera buscado.
Hasta ese momento Norah había tenido esperanzas de que una vez que hubiera dicho todo, Mrs. Mercer pudiera ser convencida de dar su testimonio a pesar de todo. Ahora esa esperanza casi había desaparecido.
—¿Me describiría el incidente?
—Yo traté de borrar todo el asunto de mi cabeza, no solo cómo sucedió, sino que haya sucedido alguna vez. No fue fácil. Al principio no podía pensar en otra cosa, pero después de un tiempo, se piensa que nunca se olvidará el dolor y la vergüenza de ello, pero se olvida, gracias a Dios. Naturalmente dejé de ir a esa estación de servicio. No me podía volver a enfrentar con él, y no quería que tuviera la más mínima excusa para volver. De modo que el miércoles a la tarde cuando se acercó a la ventanilla de mi auto…
bueno, simplemente no lo podía creer. Había cambiado de aspecto, por supuesto, pero lo reconocí.
Norah se incorporó.
—¿Cambió de aspecto? —preguntó—. ¿Cómo?
—Tenía un pelo largo rubio, hasta los hombros, y esos ojos acuosos ojos azules; no los pudo cambiar, o esas manos grasosas con las puntas de los dedos gruesas y chatas…
Esa era la explicación de lo que Norah había notado en la rueda de presos y atribuido al hecho de que se hubiera dado una buena afeitada. La barba era liviana porque era naturalmente rubio.
—¿Y no recuerda un tatuaje? ¿Notó si tenía un tatuaje en el brazo?
—Era noviembre. Tenía puesto el sobretodo; se lo dejó puesto.
Norah suspiró.
—¿Alrededor de qué hora tuvo lugar el ataque?
Catherine Mercer tiró al piso el cigarrillo y encendió otro.
—Las chicas (tengo dos hijas), todavía no habían vuelto del colegio, de modo que no eran las cuatro. ¿Piensa usted que podía haberlo sabido? Quiero decir, lo de las chicas. —Sacudió la cabeza al pensarlo, luego continuó directamente—. Había estado haciendo compras; tenía un par de paquetes y estaba tratando de entrar con la llave por la puerta de abajo, cuando alguien vino de atrás, me tapó la boca con una mano para que no pudiera gritar, y me empujó, entrando conmigo. Antes de poder darme cuenta, me arrastró por el vestíbulo y me subió por las escaleras del fondo. Era como si
hubiera revisado el lugar antes, y supiera dónde ir. —Estaba un poco más calmada—. Soy fuerte, me mantengo con clases de baile, esquiando en invierno, cuando puede ir Jeff, y con el tenis en verano, pero cuando me tiró al suelo y se me puso encima…
Simplemente no me pude liberar.
—¿Tenía algún cuchillo o revólver?
—No.
—¿Le pegó o se abusó de usted en alguna otra forma que no fuera sexualmente?
—No.
—¿Pudo lastimarlo usted de alguna manera?
—No, pero traté de hacerlo. Oh, Dios, detective Mulcahaney, tiene que creerme que traté de hacerlo.
—Le creo. Estoy tratando de hacerlo concordar con lo que le hizo a la otra mujer. ¿Intentó usted gritar?
—Tenía la mano sobre mi boca.
—Sí. Comprendo, pero ¿la mantuvo allí durante todo el tiempo?
Mrs. Mercer desvió la mirada.
—No, pero antes de sacarla me advirtió que si yo profería el menor sonido, aún un lloriqueo o un quejido, me destrozaría la cabeza contra la pared.
Exactamente lo que le había dicho a Gabby. Ciertamente era suficiente para que cualquier mujer dejara de resistirse. Había que hacer una pregunta más, delicada, y no había forma de aminorar la turbación que provocaría.
—¿No mostró algún tic especial? ¿Alguna anormalidad?
—No. Oh, no, y gracias a Dios. Fue suficientemente terrible sin eso. —Como Norah lo había anticipado, hablar de ello había aliviado en algo a Catherine Mercer—. Tuve que arreglarme antes de que llegaran las chicas del colegio. No quería que me vieran en esas condiciones: están en la edad… nueve y once, muy impresionable; recién están empezando a comprender… Por el bien de ellas, me lavé y cambié de ropa y traté de actuar normalmente. Hasta recuerdo haber recogido mis paquetes —agregó disgustada—. Creo
que esa fue la peor parte de todo, tener que comportarme delante de mis hijas como si nada hubiera pasado.
Sí, pensó Norah, eso debió requerir mucha disciplina y amor. Al principio ella se había indignado porque Catherine Mercer no había hecho la denuncia; más tarde esto se había convertido en lástima.
Ahora la policía le tenía respeto. Le mostró a la víctima una de las instantáneas de Dana.
—¿Es este el hombre?
—Ese es el aspecto que tiene ahora, sí.
—¿Y es el mismo hombre que la violó?
—Sí.
—Gracias, Mrs. Mercer, ha sido usted muy útil. No lo digo solo por decir; realmente lo ha sido. Y yo mantendré mi parte del convenio: no tiene que preocuparse.
Aunque la esbelta, muy cuidada mujer había recobrado en gran medida su compostura, se la veía ojerosa como después de una enfermedad. Cerca de un año atrás había tomado una decisión y nunca había titubeado. Ahora la observaba a Norah insegura.
—Desearía poder atestiguar, detective Mulcahaney. Si piensa que serviría de algo después de tanto tiempo…
Norah vaciló también. Solo un empujoncito, un poco de persuasión que agregara… Luego suspiró.
—Es la identificación, Mrs. Mercer. Me temo que no se sostendrá. Si Dana no hubiera cambiado de aspecto o si usted hubiera notado el tatuaje… —No se requeriría un abogado del calibre de Edwin Wallington para diezmar a Mrs. Mercer en un interrogatorio, y no era justo exponerla inútilmente.
Pero ella había hecho la oferta, y eso era una buena cosa. Por su bien, Norah estuvo contenta de haber podido rechazarla.
El M. O. en ambos casos coincidía; la discrepancia estaba en la forma en que había sido elegida la víctima. En el caso de Mrs.
Mercer parecía que la había avistado en la estación de servicio, se había tomado el trabajo de familiarizarse con el lugar donde vivía y
con sus movimientos, y luego había elegido el momento en que fuera vulnerable y en que su marido e hijas no estuvieran alrededor.
El hecho de que Jeff Mercer hubiera estado fuera de la ciudad, Norah lo consideró como una coincidencia, aunque siempre era posible que Catherine Mercer charlando un poco en el garaje pudiera haber mencionado casualmente que aquel se estuviera por ir. No importaba. Lo que interesaba era que Gabby parecía haber sido blanco de la oportunidad, y el ataque a su persona pura casualidad. Pregunta: ¿cuál era el hábito y cuál la desviación?
Al doblar la esquina hacia la Quinta avenida, un viento aguijoneante que soplaba desde Washington Square le dio a Norah de lleno en la cara y la hizo lagrimear. De todos modos siguió camino al arco, en busca de algún lugar donde sentarse y pensar unos minutos. Cuando chica, su madre acostumbraba a llevarla allí todos los años a una función de títeres (un pacto de Navidad). La pequeña Norah había llamado al Village «El pequeño viejo New York» y había poblado sus angostas calles serpenteantes de prolijas casas en fila, detrás de cercos de hierro pintados, con mujeres de miriñaque y cofias, y hombres de levita y galera. Ni aun la inocente imaginación de una criatura podría transformar ahora a Washington Square. El tránsito la cruzaba por la mitad. Los bancos estaban rotos, las fuentes de agua destrozadas por el vandalismo, el pasto pisoteado más allá de la próxima revitalización primaveral. Por lo menos el viento frío había limpiado el lugar de los acostumbrados adictos y traficantes de drogas, aunque quedaba la mancha de sus transacciones y de todos los otros sucios negocios regularmente iniciados en este lugar. Norah encontró un banco que parecía poder soportar su peso y cuidadosamente se balanceó sobre el borde.
Repasó las similitudes entre los dos ataques. La escena: el primer descanso de las escaleras del fondo. No, más fundamentalmente: los edificios, ambos enormes, impersonales, de modo que los extraños que entraran o salieran no atrajeran la atención; ambos, edificios de autoservicio. Ninguno de los dos tenía portero o ascensorista, eso era crucial. Hoy en día solo los edificios
de verdadero lujo podían afrontar el gasto de un personal completo; sin embargo, si Dana seleccionaba sus víctimas por adelantado, era una consideración fundamental. Mrs. Mercer había declarado que pareció saber exactamente adonde llevarla. ¿Cómo sabía dónde estaban las escaleras del fondo cuando la empujó a Gabby al vestíbulo? ¿Habría cometido el acto tantas veces de la misma manera, que instintivamente presentía la disposición del lugar aun sin haber estado antes allí?
Tenía que descubrir otra víctima. Pero Norah se estaba poniendo más realista. La ley debía haber sido modificada para que no fuera ya necesario demostrar penetración y que la amenaza de violencia, no la real violencia, fuera suficiente. Esa era la teoría. En la práctica era mejor mostrar semen y lesiones. Uno sin lo otro no era suficiente
—pensó con amargura—. De modo que encontrar a otra víctima no sería suficiente. Tenía que ser alguien que cumpliera esos dos requerimientos y que también hiciera una identificación positiva.
Eso significaba más listas, más trabajo para las piernas, más entrevistas, pero la detective de segundo grado Mulcahaney estaba convencida de que compensaría, porque estaba segura de que semejante víctima existía. Encorvando las espaldas contra el viento tajante dejó el destartalado banco y se encaminó a la estación de servicio Amoco.
El dueño era Paul Zoubek, un hombre bajo, rechoncho, con finos mechones de pelo rubio rojizo a través del cual relucía una rosada coronilla y cuya expansiva sonrisa se veía iluminada por una fila de coronas de oro.
¡Pero por supuesto que tenía tiempo para atender a la detective Mulcahaney! Zoubek hizo un ademán con su manicurada mano para indicar un batallón de empleados en overols casi tan exageradamente limpios como su propio movimiento apresurado entre los surtidores.
Allí no existía falta de empleados, notó Norah al aceptar su invitación a entrar a una oficina inmaculada y tomar la ofrecida silla.
Aunque solo habían pasado dos meses desde que se había ido, Earl Dana ya debía haber sido olvidado si no hubiera sido por la reciente historia de los diarios, explicó Paul Zoubek. No sentía nada con respecto al incidente, ni a favor ni en contra. Se sacudió todo el asunto de encima. Era parte de la miseria de la ciudad que uno ignoraba, esto es, si se quería conservar la cordura. ¡Oh, pero por supuesto que quería ser útil! Quería hacer lo que debía. Estaba dispuesto a cooperar con la policía. ¡La policía de New York era maravillosa! Era terrible la forma en que los trataban, se abusaba de ellos y se los vilipendiaba, un ultraje. Injustificado. Bueno, en algunos casos por supuesto… hay desgraciadamente hombres deshonestos en cualquier tipo de trabajo, pero… Ah, sí, sí, sobre Dana. Bueno, no sabía realmente nada de su vida privada. Se da cuenta, detective Mulcahaney, los empleados venían y se iban en gran medida a su gusto. Los mecánicos especializados, particularmente, sabían que podían conseguir trabajo en cualquier parte y en cualquier momento. Vagabundos, realmente, sin ninguna ambición, sin ninguna clase de meta en la vida.
Norah lo interrumpió para preguntarle si podía ver el fichero de empleados. No se sorprendió de que Paul Zoubek tuviera mejores ficheros que su contraparte de la Broadway; a pesar de eso la tarjeta de Earl Dana no era tan informativa. Debajo de empleos anteriores nuevamente había dado una sola referencia, un garaje de Syracuse, New York. No había un período de importancia entre los dos empleos.
—¿Lo verificó con su último empleador?
Zoubek miró con ojos de carnero.
—Pensé que no se quedaría tanto tiempo como para que valiera la pena. Sin embargo se quedó más tiempo que muchos, casi un año. Se fue… bueno, usted misma lo puede ver, a fines de agosto.
—Sí. ¿Dio alguna razón?
—Me dijo que tenía un trabajo mejor. Yo le pagaba bien, pero…
es posible.
—¿Tal vez fuera mejor el horario? ¿Qué horario tenía aquí?
—Desde las tres de la tarde hasta las once de la noche. Nunca se quejó, nunca trató de pasarse al turno diurno.
La había atacado a Mrs. Mercer a las cuatro de la tarde.
—¿Cuál era su día franco?
Zoubek hizo un ademán con las manos.
—Variaba.
—¿Era un buen trabajador?
—Sí, sí. Sabía su trabajo, y no tuvo problemas.
—¿Y los clientes? ¿Se llevaba bien con ellos?
—Simpatizaban con él. Era agradable. Yo exijo eso de mis empleados. No quiero avinagrados aquí. No cuesta nada sonreír.
—¿Parecía ser particularmente agradable con las clientes mujeres?
Zoubek se quedó boquiabierto.
—Ya veo lo que quiere decir. —Todavía estaba sonriendo pero no tan fácilmente—. No noté nada de eso.
Lo estaba pensando, sin embargo; Norah lo pudo ver en eso, recordando y midiendo las respuestas de las mujeres a Dana.
—¿Tiene alguna lista de clientes regulares? ¿Gente que tiene cuenta corriente?
A Zoubek no le gustaba el viso que iba tomando la cosa. No quería ser el que causara el contacto de un buen cliente con la policía, particularmente cuando podría colocarlo en una mala situación.
—Mantengo las cuentas al mínimo —explicó—. Es al contado o con una tarjeta de crédito de una empresa de combustibles.
Eso era lo que se acostumbraba.
—Sin embargo, debe haber algunos clientes que vienen tan regularmente que los conoce por el nombre.
Frunció el ceño, tratando de encontrar la salida a esto.
—Le dije al principio que no me interesa la vida privada de mis empleados. Considero que la vida privada de mis empleados no es asunto mío.
—¿Le importaría que revisara el archivo de recibos anteriores?
—No hay mucho para revisar; solo los guardo una semana.
—¿Eso es todo?
Su cordialidad se estaba desvaneciendo rápidamente.
—¿Cómo cree usted que pago mi nafta?
—La compañía tiene archivos anuales de sus clientes con crédito ¿no?
—No me lo pregunte.
—Hay solo una forma de descubrirlo. —Norah se puso de pie—.
Casualmente, ¿cuáles son las tarjetas que usted acepta? No todas, espero.
—Solo esa.
—Eso es algo para estar agradecida de todos modos.
Norah se sonrió. Paul Zoubek no.
El ataque que Norah quería descubrir en especial probablemente habría ocurrido justo antes de que Dana se hubiera ido de la estación de servicio Amoco, pero no podía ignorar el resto del tiempo que había transcurrido mientras estuvo empleado allí. El manejo de las tarjetas de crédito estaba computadorizado, naturalmente, pero la computadora no estaba programada para dar la lectura que Norah necesitaba, y el archivo de cuentas de un año de toda la ciudad de New York y de los estados vecinos, llevaba mucho tiempo para ser revisado. Podía eliminar la gente de las afueras de la ciudad, pues era muy improbable que Earl Dana hubiera elegido una víctima que tuviera que seguir a New Jersey o a Connecticut. Desgraciadamente eso no acortó el trabajo en mucho.
Seguían apareciendo nombres y más nombres. Como clientes regulares, estos iban a la lista de gente más probable, pero los clientes de una sola vez tampoco podían ser eliminados. Habiendo revisado las cuentas acreditadas a la estación de servicio, Norah tuvo entonces que remitirse a las cuentas individuales de los clientes. Trabajó el resto de la semana en la oficina de contaduría de la compañía, y al final había seleccionado cientos de nombres, y como anteriormente, quedaba por hacer la difícil tarea de encontrar
cuáles de las tarjetas registradas a nombre de hombres habían sido utilizadas por mujeres.
De tanto en tanto, como cambio de paso, trabajó en la búsqueda del paradero de Dana. En la suposición de que todavía estuviera en New York, llamó a las estaciones de servicio, empezando por la AAAA del bajo Manhattan, para preguntar si habían tomado recientemente algún mecánico. Para cuando llegó a la élite de la zona de Sutton Place, lo tenía ubicado. No hizo nada, sin embargo; por ahora era suficiente saber simplemente dónde estaba.
Así que aparte de saber el paradero del sospechoso, lo único que Norah podía mostrar después de dos semanas de exhaustiva investigación era una nueva lista de nombres. No, en Catherine Mercer por lo menos había tenido la confirmación personal de que la violación de Gabby no había sido el primer delito de Dana. Su esperanza era ahora que uno de los cientos de nombres de esa lista apareciera en los libros de las denuncias de violaciones sin resolver de las comisarías. Eligió los archivos de comisaría, más bien que la Oficina de Códigos de Arrestos y Crímenes, porque esa era la zona en la que Dana había estado trabajando y viviendo, y era más probable que la víctima viviera en esa zona también. Pensaba que Dana no solo seguía el esquema de costumbre del violador, de operar dentro de su propio barrio, sino que lo había perfeccionado más aún eligiendo a sus víctimas entre los clientes del lugar donde trabajaba.
El «veranito de San Juan» revivió la ciudad, y con él, el natural optimismo de Norah, que se reafirmó en las largas horas de trabajo visual forzado. Se encaminó directamente a la comisaría. Allí se instaló para recopilar una lista de los casos de violación no resueltos durante el año anterior. El próximo paso era comparar esos nombres con los de la lista de las tarjetas emitidas directamente a nombre de mujeres e hizo el cotejo en menos de una hora.
Apenas pudo creer en su buena suerte. Era como revisar una de esas circulares de concursos (se lo hacía por principio, no esperando encontrar el número de uno, y cuando se lo encontraba,
se seguía revisándola una y otra vez para asegurarse de no haber cometido un error antes de entregarse al regocijo. Por supuesto, después se descubría que no se ganaba el viaje a Europa para dos personas, sino un paquete de semillas). Norah volvió a revisar el nombre y dirección: Isabel M. Haggerty, 340 calle Diecinueve Este.
No había error. De acuerdo con las cuentas acreditadas, parecía que Miss Haggerty utilizaba su auto solo durante los meses de verano. La primera factura del año había sido hecha justamente antes del fin de semana del «Decoration Day». El ataque había sido denunciado como habiendo tenido lugar el 18 de junio, antes de lo que Norah hubiera esperado y antes de la violación de Mrs. Mercer.
De acuerdo a la denuncia, la violación había tenido lugar a las 23.30
al volver la víctima del cine. El perpetrador se había abierto paso en el vestíbulo a los empujones, detrás de ella; la había arrastrado a las escaleras del fondo y la había hecho subir al primer descanso, donde la había atacado sexualmente. Un temblor de nervioso regocijo la recorrió a Norah. Esta vez había ganado; había ganado el premio gordo.
Siguió leyendo. El violador era descripto como alto, fuerte, delgado, de largo pelo rubio. Desgraciadamente la lamparita del descanso de la escalera estaba quemada de modo que Miss Haggerty no pudo verlo bien.
Maldito sea, musitó Norah por lo bajo. Aquí finalmente había encontrado a alguien con el coraje necesario para hacer la denuncia y era inútil porque no podría identificar a Dana. Parecía que solo hubiera ganado el paquete de semillas después de todo. ¡Maldito sea! Esta vez Norah lo dijo en voz alta, pero la empleada del archivo vestida de civil, ni siquiera levantó la vista; con seguridad había oído cosas mucho peores anteriormente.
Bueno, hasta ese momento había descubierto dos víctimas de las que estaba moralmente segura que habían sido violadas por Earl Dana. Si todavía no lo podía arrestar, entonces tendría que seguir buscando. No era que estuviera renunciando a Isabel Haggerty. De ninguna manera. De la oscuridad de la comisaría, Norah pasó al sol
enceguecedor. Nunca se sabía, pensó mientras respiró hondo llenándose los pulmones del fresco aire de noviembre. Nunca se sabía qué podía resultar de una entrevista.
El edificio en el que vivía Isabel-Haggerty era exactamente el que correspondía: autoservicio, tamaño mediano, de clase media.
Hasta tenía salón de belleza en el segundo piso, lo que significaba que la puerta de abajo estaba abierta, aunque eso sería solo en las horas del día probablemente. Repasó los nombres junto a los timbres, pero no había ninguna Isabel Haggerty. Tocó el timbre del encargado. Era un hombrecito de apariencia marchita pero movedizo, de prolijo traje de trabajo, chaleco ajustado, camisa a rayas marrón y blanca. Podría haber congeniado con los íntimos amigos de su padre en Houlihan, excepto la pluma alpina metida en la cinta de su sombrero, que lo ubicaba en un plano superior de elegancia.
—Oh, se ha ido. Miss Haggerty se mudó hace unos meses.
¿No debería haberse tomado nota de esto en la comisaría?, se preguntó Norah.
—¿Dejó alguna otra dirección?
—Bueno… —El movedizo hombrecito evaluó a Norah.
—No se aflija, soy agente de policía. Mire. —Norah le mostró su credencial.
—Oh. —Hubo sorpresa seguida de respeto y alivio—. Oh, bueno… Bueno, entonces usted sabe todo, lo del ataque, quiero decir. Fue terrible. Nunca más se sintió segura en el edificio. Era una chica realmente alegre, saludable, llena de energía, como usted, señora. Pero después del ataque… —Sacudió la cabeza dolorido—.
Usted le hablaba y no la escuchaba. Siempre estaba mirando para atrás. Realmente nerviosa. No era que uno la culpara de ello.
Finalmente se mudó.
Norah asintió.
—Si me pudiera dar su nueva dirección.
Debe costar mucho dinero vivir aquí, pensó Norah mientras repasaba con la mirada el lugar al que Isabel Haggerty había volado como refugio. Dinero gastado para tener la presencia del impávido portero aburrido y del impávido ascensorista también aburrido, sentado en un banquito junto a la puerta abierta del ascensor, mientras leía el «Daily News». Cuando ella preguntó por Miss Haggerty, el portero, que al acercarse ella, automáticamente había comenzado a ponerse en movimiento hacia la cabina telefónica, se detuvo, y el ascensorista levantó la vista del diario.
—¿Vive aquí, no?
El portero tragó saliva. A pesar del hecho de estar parado afuera la mayor parte del día, tenía una palidez enfermiza.
—No, señora. —La miró extrañado—. ¿Qué quiere de ella?
El ascensorista se levantó y se acercó a ellos.
Sin palabras Norah sacó su credencial.
—¡Policía! —Esto pareció confundir al portero—. Policía —repitió
—. ¿Y usted no sabe?
Pudo adivinarlo.
—No soy de la comisaría de la zona. Cuénteme lo que pasó.
—Está muerta, señora. Miss Haggerty está muerta. Se tiró por la ventana. Hace alrededor de un año. Exactamente hace un año.
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