Disque 577

Lillian O'Donnell · Capítulo 6 de 19

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Disque 577

Cuatro

NORAH encontró el vestido perfecto para la cita. Parecía un Pucci, pero por supuesto no podía comprarse un Pucci verdadero.

Este, sin embargo, tenía el mismo tipo de maravilloso colorido; un fondo herrumbre con líneas violetas y celestes en el borde, que hacían resaltar el color de sus ojos. Tenía también una textura sedosa que le pareció deliciosa contra la piel y que la hacía sentir escurridiza y provocativa. Estaba probándose los accesorios en su cuarto cuando sonó el teléfono.

—Habla Sam Vickers, Norah. Disculpe por molestarla en su casa, pero usted me dijo que quería que la tuviera informada.

—Oh, sí, Sam, seguro. ¿Qué hay de nuevo?

—Acabo de hablar al laboratorio…

—Eso sí que fue rapidez.

—Sí, bueno, tengo un compañero allí que me debe un favor. Tal vez haya algo para ese asunto de Sherlock Holmes, después de todo. Parece que había una mancha en los calzones de Miss Constante; aparte de sangre y semen, quiero decir. Grasa de motor.

—Grasa de motor…

—No saque conclusiones. Podría ser que hubiera estado trabajando en su propio auto.

—Si tiene auto, ¿por qué viaja en subterráneo?

—Porque se le descompuso y no lo pudo arreglar.

—Si es eso lo que usted pensó, no me hubiera llamado por teléfono. Trabaja en un garaje.

—Es posible. Solo que la gente que trabaja en los garajes generalmente se lava antes de ir a su casa.

Norah pensó con rapidez.

—Era tarde, bien pasadas las once cuando Gabby lo descubrió a la entrada del subterráneo. Suponiendo que el garaje cerrara a las once, pudo haber ordenado todo y estar ya saliendo cuando llegó un cliente. Podría ser que haya accedido a atenderlo, se haya engrasado las manos, pero no se haya molestado en abrir el baño que ya estaba cerrado con llave. ¿Qué le parece?

—Es posible. ¿Sabe usted cuántas estaciones de servicio y garajes hay en Manhattan?

—Lo único que nos importa es cuántos hay alrededor de Broadway y la entrada de la Sesenta y Tres del subterráneo, ¿no?

Haremos una lista y la dividiremos y…

—No.

—Sé que usted tiene mucho trabajo. Solo le quiero dar una mano, Sam, eso es todo. Si lo encuentro, lo llamaré enseguida, naturalmente no hablaré con él. No me acercaré a él.

—Bueno…

—Usted está en el turno de doce a ocho: ¿cómo puede llegar a hacer una inspección? No podemos esperar hasta que usted cambió el turno ¿no? Usted tendrá que trabajar en su horario.

—Si no le molesta a usted trabajar en su horario, ¿por qué me habría de importar a mí? Muy bien, muy bien, no estoy tan enloquecido por hacer ejercicio. Dividiremos el territorio.

Norah se sonrió un poco porque él se había enterado de que ella trabajaba en el mismo turno que él. De modo que se había tomado el trabajo de averiguarlo. Bueno, estaba bien. Quería decir que se interesaba por el caso, y cuanto más interesado y más sagaz se mostraba Sam Vickers, tanto más confianza le tenía Norah. Lo más importante era que había aceptado que lo ayudara. Fue directamente al asunto.

—Primero tenemos que definir la zona que vamos a inspeccionar. Debería estar a una distancia de la entrada del

subterráneo que se pudiera cubrir caminando. La parada anterior es en la Cincuenta y Nueve y la posterior es la Setenta y Dos, entonces digamos que los límites son posteriores a la Sesenta y Dos y Setenta, al Norte y al Sur. Al Este y Oeste… bueno, el parque y el río. Hojearé las páginas amarillas de la guía y escogeré… no, lo dividiremos geográficamente con Broadway como línea divisoria.

Usted toma el Este y yo el Oeste. ¿Qué le parece, Sam?

—Hay muchos más garajes al Oeste de Broadway —observó suavemente Vickers—. Hay una línea continuada de ellos sobre la Décima y Undécima avenidas.

—¿Sí? Bueno, podemos cambiar si quiere. Usted tome el Oeste.

—No, quédese con él. Solo que quiero que sepa que me doy cuenta de lo que se propone.

—No me propongo nada, Sam.

—¡Caramba si no!

Norah se rio entredientes y colgó el receptor.

Estaba excitada. La descripción que Gabby había dado del hombre estaba tan clara en su mente que era como si hubiera tenido una fotografía del sospechoso. Estaba convencida de que trabajaba en una estación de servicio o en un garaje. Siendo así, tenía todas las esperanzas de que en el próximo par de días lo descubrirían. Se había quedado apartada de Gabby y sus padres a propósito, para darles oportunidad de recobrarse, pero tal vez, en vista de las novedades… No. La mejor medicina para todos ellos sería el arresto y fallo condenatorio del atacante, pero también era conveniente no acrecentarles las esperanzas demasiado pronto.

Norah estaba deseando empezar. Si no hubiera tenido esa cita con Joe, y si no hubiera sacado las entradas para la ópera… Olvídalo.

Joe era un verdadero loco por la ópera; ni siquiera consideraría…

El resultado del llamado de Vickers y los planes subsiguientes fue que cuando sonó el timbre, Norah no estaba vestida. A pesar del hecho de que se estaban llevando mucho mejor, Norah no se sentía inclinada a dejar a su padre y Joe solos durante demasiado tiempo; nunca se sabía cuál podía explotar primero, el temperamento

irlandés de su padre o el orgullo italiano de Joe. Así que Norah se apresuró con el maquillaje: desistiendo del nuevo estilo de peinado que había imaginado, se decidió por el simple rodete en la nuca con un par de mechones enrulados alrededor de las orejas para suavizar. Sin embargo, cuando apareció, el efecto fue gratificante.

Ambos hombres dejaron de hablar para mirarla. Joe se le acercó y le tomó ambas manos en las suyas.

Al encontrarse con su intensa mirada, Norah pensó que él también se veía particularmente buen mozo en su buen traje azul marino. La pérdida de peso, que Joe atribuía en broma a la terrible comida del hospital, había agudizado su perfil y le había quitado flaccidez.

—Discúlpame el atraso.

—Valía la pena.

—¿Eso es todo lo que vas a llevar puesto? —interrumpió su padre y señaló la negra estola de terciopelo que ella había tomado a último momento.

—Es una noche cálida.

—Le haré un servicio de puerta a puerta, Mr. Mulcahaney —

prometió Joe.

—No lleguen demasiado tarde. —Mulcahaney hizo un gesto y apretó los labios. Maldito sea. No había querido decirlo; se había prometido a sí mismo que no lo haría y se le había escapado.

La ópera era La Bohème. La prima donna no solo se asemejaba a su papel sino que lo representó muy bien, y Norah se encontró inesperadamente conmovida por la escena de la muerte. Al ser italiano, Joe no pudo importarle menos del aspecto de aquella o de su habilidad como artista, mientras supiera cantar, y en esto Mimí era un poco floja en el registro más alto. Pero estuvo encantado de la reacción de Norah.

—Te dije que te gustaría.

Abandonaron el State Theatre, pasando por el pequeño parque formal frente a la Vivian Beaumont y saliendo por detrás de la

Décima Avenida y la Sesenta y Cinco. El auto estaba estacionado en la Undécima y la Sesenta y Tres. Al entrar y poner el motor en marcha, Norah le dio una mirada al indicador de nafta.

—Necesitas nafta.

—Tengo mitad de tanque.

—Hay una estación de servicio justo a dos cuadras de aquí. —

Dirigió el mentón en esa dirección—. De todos modos puedes cargar un poco.

—¿Por qué?

—¿Por qué no?

—¿Por qué quieres ir a esa estación de servicio?

La conocía demasiado bien. Ella suspiró.

—Estoy en busca de un violador sexual sospechoso. Podría estar trabajando en uno de los garajes de esta zona. Pensé que ya que estábamos aquí, podríamos…

—No. Esta es una cita. Además, esa estación de servicio está cerrada.

—¿Sí? Hay otra justo…

—Seguro, y otra más allá de esa, y luego otra, y otra. ¿Nunca te das por vencida? —Se rio, pero también estaba un poco fastidiado

—. Le dije a tu padre que te llevaría a casa temprano. Me lo estoy poniendo de mi parte, no quiero estropearlo.

—No llevará más de un par de minutos. La víctima dio una buena descripción; podré decir enseguida si…

—¿Desde cuándo estás trabajando en un caso de violación?

—No lo estoy, oficialmente. Estoy solo ayudando en mi tiempo libre.

—Este es mi tiempo. El nuestro. O por lo menos así lo pensaba.

¿Lo sabe el teniente Felix?

—Todavía no. Se lo iba a mencionar mañana.

—Entonces puede esperar hasta mañana. Sabes que creo que tu padre tiene razón, estás demasiado inmersa en tu trabajo. ¿No piensas nunca en otra cosa?

—Seguro que sí.

—¿Por ejemplo? ¿Piensas alguna vez en mí? —Por debajo de la broma había una seria corriente subterránea.

—Por supuesto.

—¿Qué? ¿Qué piensas de mí?

Las luces fluorescentes de la calle hacían aparecer la oscura cara de él, cetrina y resuelta.

—Me gustas, naturalmente, y… te respeto. Eres un excelente agente de policía y un buen amigo.

—¿Eso es todo?

Norah sintió frío y calor alternadamente, timidez y vehemencia, totalmente imprevista.

—Disfruto de tu compañía, obviamente, o no saldría tanto contigo. Nos divertimos mucho juntos. —Fue lo mejor que se le ocurrió decir.

—Así es, ¿no?

Se había corrido del volante y estaba sentado cerca de ella.

Girando sobre el asiento para enfrentarla directamente, le puso suavemente las manos en los hombros, y la besó de lleno en la boca. No era el casual beso de costumbre, de buenas noches, sino un beso firme, largo, tierno. Al principio Norah se resistió, pero no pudo hacerlo por mucho tiempo, en realidad no lo quería hacer…

Fue Joe el que finalmente lo interrumpió.

—Piensa en mí un poco más, Norah, durante estas próximas semanas. Tómate el tiempo para ello, ¿lo harás?

Volvió a colocarse detrás del volante y arrancó el auto.

Los dos días siguientes, Norah, junto con otros diecinueve detectives del Distrito Quinto de Homicidios y Asaltos, fue designada para inspeccionar el barrio en el que una maestra de escuela había sido asesinada el día anterior. Estaban buscando al hombre que le había dado cita últimamente o a alguien que lo hubiera visto o conocido. Eso significaba tocar el timbre de cada departamento de cada edificio, así como hacer preguntas en los negocios, oficinas y bares de la zona. Norah no lo encontró ni pesado ni aburrido —

nunca se sabía qué había detrás de la siguiente puerta o quién le daría el trozo de información que abriría la brecha en el caso—.

Estaba pensando ir a almorzar cuando el encargado del edificio en el que estaba la vino a buscar con un mensaje. Sam Vickers estaba tratando de conectarse con ella. Llamó por teléfono desde el departamento del encargado.

—Me he encontrado con un obstáculo —le dijo.

El que lo admitiera era bastante sorprendente: su abierta agitación, completamente fuera de su temperamento.

—¿Qué pasa, Sam?

—Lo llamé a su teniente Felix, y dice que puede dejar lo que está haciendo.

—¿Para qué, Sam?

—Oh. No se lo dije, ¿no? Tengo a nuestro hombre. Lo pesqué anoche.

—¿Sí? —Ella no lo había esperado tan pronto. Estaba alborozada.

—Fabuloso. Felicitaciones. —Y confundida; ¿por qué no se sentía gratificado Sam?—. ¿Dónde lo encontró?

—En un garaje de Broadway, en la Sesenta y Nueve. No era aquel en el que quería entrar ella esa noche con Joe, no importaba.

—Su nombre es Earl Dana, y concuerda con la descripción, incluyendo el tatuaje en el antebrazo izquierdo.

—¿Qué pasa entonces?

—¡La chica no quiere venir aquí a identificarlo! —Sam había hecho explotar su rabia y frustración—. Rehúsa totalmente. Fui al departamento, y rompió a llorar cuando le pedí que viniera conmigo.

Cuando traté de explicarle salió corriendo del cuarto.

—¿Comprendió ella que no era una identificación cara a cara…?

—Seguro —interrumpió Vickers—. Llegué a poder explicarle que estarían en cuartos separados y que él no la podría ver para nada.

Repetía solo que tenía miedo, diablos, él no tiene ningún antecedente policial anterior ni historia psiquiátrica. Está limpio. A menos que ella lo identifique, no lo podemos mantener detenido.

—¿Y la familia? ¿Trataron de hacerla razonar?

—Sí, y fue una escena terrible, créame. Su novio, Enrique Ferrer, llegó de San Juan, y él también hizo todo lo que pudo, pero ella solo se puso más trastornada.

—¿Quiere que vaya a hablarle?

—No es necesario. Finalmente accedió a asistir a la rueda de presos, si usted va con ella. ¿Lo hará?

—Naturalmente. Lo haré encantada, Sam; usted lo sabe.

¿Cuándo quiere que vayamos?

—Ahora, ya mismo, lo más pronto que pueda. No puedo retener a este tipo para siempre.

—Quédese tranquilo, Sam. Estoy en camino.

Gabriela Constante estaba vestida y esperando. Se la veía muy mal. Su pequeña cara estaba tensa, su piel normalmente de destellos oscuros estaba amarillenta, tenía sombras oscuras debajo de los ojos. A Norah le parecía, si se podía pensar en algo, que estaba en peor estado que cuatro noches atrás, justo después del ataque. Habría estado cavilando, por supuesto; esa era una razón.

Posiblemente estuviera parcialmente bajo los efectos de los sedantes; eso explicaría su estado de apatía.

Antes de partir, Norah lo miró a Pablo Constante interrogativamente, esperando que él o Mrs. Constante o el novio planearan acompañarlas. Constante sacudió la cabeza.

—Quiere ir con usted solamente.

Ferrer, una versión de mejor aspecto, más esbelta y joven de Pablo Constante, pareció turbado. Se quedó a un lado desdibujándose lo más que pudo y observando a Gabby fijamente.

Gabby ni siquiera miró en su dirección.

—No demoraremos mucho —dijo Norah, y tomando a Gabby del codo la guio suavemente hasta salir de la casa.

Durante el corto viaje en taxi no hizo ningún esfuerzo por hablar con la chica. Cualquier palabra fuera de lugar la podía descompaginar. Había accedido a pasar por la difícil prueba y por el

momento eso era suficiente. Cuando llegaron, sin embargo, Norah se detuvo un momento en la vereda antes de entrar a la comisaría.

Sam había dicho que había tratado de explicarle el procedimiento, pero lo que Gabby había comprendido en su perturbado estado antes de salir corriendo del cuarto era dudoso. Norah volvió a explicarle tranquilamente una vez más.

—Estarás en un lugar que tiene aspecto de corredor entre dos cuartos. Habrá un espejo en la pared por el que se puede ver de un solo lado. Podrás ver a través de él, pero nadie te podrá ver a ti desde el otro lado. Habrá varios hombres alineados, y lo único que tienes que hacer es señalar al hombre que te atacó. Ahora, te repito, Gabby, estarás en un cuarto separado. Él no te podrá ver y ni siquiera sabrá que estás allí.

Gabby frunció el ceño. No dijo nada.

—¿Gabby? ¿Entiendes? No correrás ningún peligro.

—¿Y si no lo veo? ¿Y si no está allí? Quiero decir, ¿y si el detective Vickers se equivocó de hombre?

Norah sintió un momento de pánico. ¿Estaría planeando Gabby negar reconocer al sospechoso? ¿Sería por eso que finalmente había aceptado ir?

—Si no es uno de los hombres que están alineados, entonces tendrás que decirlo —replicó ella con calma.

Gabby asintió satisfecha.

—Y entonces se soltará al hombre, y tendremos que seguir buscando.

—¿Quiere usted decir… que pueda ser que tenga que volver otra vez?

—Probablemente.

—Pero…

—Esperemos que el detective Vickers haya pescado al hombre correcto de primera intención.

Entraron a la comisaría.

Tan pronto como salió, Norah lo reconoció. Earl Dana concordaba con la imagen que se había formado por la descripción

de Gabby, pero esta, parada junto a Norah, no dijo nada. Se puso rígida como si tuviera miedo de que cualquier movimiento fuera de lugar pudiera ser interpretado como señal de reconocimiento.

¿Admitiría reconocerlo, o lo negaría?

Los hombres estaban alineados de cara al frente. Todos eran más o menos de la misma altura con textura y colorido (la ley lo exigía); sin embargo, no había ninguna duda en la mente de Norah de que el tercero de la línea era el que había atacado a Gabby. Se quedó observando a ese tercer hombre. Debajo de los fuertes focos de luz, calculados para revelar cada detalle no comprometedor con tanta crueldad como una fiel fotografía, escudriñado por un acusador al que no podía ver, el ciudadano más decente parecía deleznable, cambiante, evasivo. Este sospechoso se las arregló para aparecer menos furtivo que la mayoría.

Enfrentados a ese espejo de una sola dirección la mayoría también tendió a evitar mirarlo directamente, desviando la mirada en toda otra dirección posible; unos cuantos agresivos miraron fijo con beligerancia, como si pudieran mirar directamente a través de él, amenazando a su acusador. El tercer hombre encontró refugio en una vaga mirada fuera de foco. Parecía no saber cómo había legado allí o qué estaba pasando. Sin embargo se había vestido para la ocasión con cuidado, de traje gris usado pero recién planchado, limpia camisa celeste, y conservadora corbata a rayas. Su enrulado pelo castaño había sido cuidadosamente aplastado con agua, y se había afeitado muy bien o tenía una barba muy liviana. Era, de una tímida manera, sorprendentemente buen mozo, no tenía necesidad de andar violando mujeres extrañas.

Cuando le tocó a él, dio un paso adelante obedientemente, presentó su perfil derecho e izquierdo como le ordenaba del otro lado el oficial, y su mansedumbre reforzó la impresión de desamparo que daba. La hipocresía de él era enloquecedora.

Norah esperó a que hubiera dado un paso atrás y que los otros hombres hubieran dado un paso adelante uno tras otro para ser individualmente inspeccionados.

—Bueno, ¿lo ves? —preguntó.

Gabby todavía no contestó.

—¿Quieres volver a ver a alguno de ellos otra vez?

—¡No!

—¿Bueno?

Gabby suspiró. Cuando contestó su voz fue tan baja que Norah se tuvo que acercar para oír lo que decía.

—El tercero, el tercero de la izquierda.

—¿Estás segura? —Indagó la cara de la chica—. ¿Te quedas en eso?

Gabby se mordió los labios y asintió.

—Bien.

Afuera, en la calle la luz del día pareció especialmente brillante y Gabby más nerviosa que nunca. Norah trató de animarla.

—No fue tan malo, ¿no?

—No.

—Entonces, ¿qué pasa?

Gabriela Constante suspiró pesadamente y sacudió la cabeza.

—Hiciste lo que tenías que hacer. Tu madre y tu padre estarán orgullosos de ti, y también Enrique.

—No.

—¿Por qué no?

—Allá, en San Juan, Enrique estaba tan ansioso porque nos casáramos. No quería que yo viniera a New York, pero papá dijo que tenía que ser así. No me dio permiso para quedarme y casarme con Enrique. Papá quería que Enrique se recibiera y encontrara un trabajo primero. Tuve que obedecer a papá. —Las lágrimas manaron de los enormes ojos pardos de Gabby—. Ahora me casaría con él sin importarme lo que dijera papá, pero Enrique ni siquiera lo menciona.

¡Era esto! La simpatía de Norah desbordó por ambos.

—Pero Gabby querida, él no lo traería a colación en un momento así. Probablemente piense que estás demasiado trastornada…

—No se quiere casar conmigo porque… por lo que pasó.

—¿Entonces?, ¿por qué vino? ¿Por qué dejó todo para venir volando hacia ti?

—Porque papá se lo ordenó.

—Oh, Gabby…

—¡Usted misma vio cómo se quedó parado a un lado! No se me ha acercado. ¡No me ha tocado!

—Tal vez piense que tú no quieres que lo haga.

—¿Sí? —Claramente este era un nuevo argumento.

—¿Le has dado a Enrique alguna señal de que quieres y necesitas de su amor? ¿De que quieres que te abrace? ¿De que buscas el calor y el consuelo de sus brazos, abrazándote?

Lentamente Gabby sacudió la cabeza.

—Estaba esperando…

—Tal vez él también esté esperando.

Cuando Gabby y Norah se encontraron por primera vez, había sido el comienzo de una amistad, pero no había podido desarrollarse por la posición oficial de Norah. Ahora, dejando de lado toda formalidad, Gabby tomó la mano de la policía.

—Oh, Norah, ¿lo cree? ¿Realmente piensa así?

—Sí. Sí, lo pienso.

Suavemente se soltó para poder hacerle señas a un taxi que pasaba. Norah deseaba estar tan segura como parecía.

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