Disque 577

Lillian O'Donnell · Capítulo 8 de 19

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Disque 577

Seis

EN EL camino hacia la cámara del gran jurado, Norah vio a Gabby y a sus padres junto al refrigerador de agua del corredor.

Supuso que Gabby ya había testificado. Cootes le habría hecho repetir su historia benévolamente. Seguramente no habría habido ningún desafío en la forma del interrogatorio, ya que el propósito de la audiencia era simplemente establecer que se había cometido un crimen que el sospechoso acusado era en realidad el perpetrador probable. Por eso Dana no debía haber estado presente para una confrontación. Debió haber sido relativamente fácil para ella; sin embargo. Gabby estaba sentada con el vasito de papel en la mano y mirando sombríamente al suelo. Su piel oliva estaba cetrina, sus carnosos labios estaban metidos hacia adentro formando una fina línea recta, los hombros encorvados como estremecidos por una serie de golpes. Los Constante estaban parados uno a cada lado de ella, sin saber qué había sucedido y por eso sin saber qué hacer por ella. Los ojos de Ofelia Constante estaban colorados como si hubiera estado llorando, pero ya no lloraba, pues no ayudaría a su hija en la angustia llorando delante de ella. La necesidad de tomar a su niña en brazos y consolarla era tan palpable que Norah lo pudo sentir desde la distancia. Pablo Constante fue el único de los tres que vio a Norah. Con la fina cabeza leoninamente en alto, le dirigió una mirada que demostró que también él había llorado interiormente por la vergonzosa prueba a la que su hija había sido expuesta: al

mismo tiempo indicaba su orgullo por el coraje de ella y la horrenda expectativa por su vindicación. Norah entró.

Dio su testimonio concisa e imparcialmente como había aprendido a hacerlo. Cootes fue diestro en sacarle todos los puntos que ella misma hubiera querido exponer de haber podido contar su historia libremente, incluyendo el fuerte shock emocional en que había encontrado a Gabby. El Dr. López, por supuesto, ofrecería la fundamental prueba relacionada con la condición de la víctima y con el hecho de que era virgen. Norah se vio alentada a contar también el encuentro en el subterráneo como se lo habían contado a ella (esto para que sirviera de base para el posterior interrogatorio de Luisa Alvarez y Raúl Martín). No era acostumbrado hacer la corroboración de las dos cosas, de la penetración y de la identificación; era un caso bravo. Norah dejó la sala confiada.

Volviendo al corredor, tuvo un shock. ¡El sospechoso, Earl Dana, venía directamente hacia ella! Se detuvo de golpe; por un momento sus ojos se encontraron; los de él, mansos, confusos, desamparados como en la rueda de presos. Luego siguió de largo.

Por supuesto, no la conocía. El hombre que estaba con él, sin embargo, el delicado, meticulosamente arreglado hombre mayor que llevaba a Earl Dana hacia la sala de espera de los testigos, le dirigió a Norah una mirada rápida escudriñadora. ¿Sabía él quién era? Ella lo conocía. Edwin Wallingford, el abogado. Wallingford era experimentado y costoso, de un nivel mucho más alto de lo que el caso requería. ¿Qué hacía aquí de todos modos? El sospechoso no había sido requerido para que apareciera. En realidad, solo podía aparecer por su propio pedido, y si lo hacía, tenía a su vez que desistir de la inmunidad. Y al abogado no se le permitiría acompañar a su cliente a la sala, aunque podía permanecer disponible en la antecámara para que su cliente se asomara si necesitaba consejo.

Desalentada, Norah vio que Edwin Wallingford y Earl Dana entraban a la sala de espera. ¿Qué se proponía Wallingford?

Ella tenía mucho trabajo. Tendría solo hoy y mañana para terminar sus asignaciones en curso y dar alguna forma a lo que no

pudiera terminar para que David Link pudiera retomarlo. El miércoles iba a cenar con Joe como despedida. El jueves a la tarde ella y su padre, junto con Gabby y los Constante (la comitiva del casamiento) tomaría el vuelo de las 14.30 de Pan Am a San Juan.

El casamiento tendría lugar el sábado.

Mientras avanzaba el día, la inquietud de Norah por la presencia de Dana y su costoso abogado en el juicio iba en aumento.

Wallingford era un hombre demasiado importante para este tipo de cosas. No se podía imaginar qué lo había inducido a tomar el caso.

Bueno, por supuesto, el dinero, ¿qué otra cosa? Mucho dinero. Lo que quería decir era que no había supuesto que Earl Dana fuera capaz de ganar tanta plata. Evidentemente la ganaba.

No llegó a su casa esa noche hasta cerca de las nueve. La temperatura había bajado inesperadamente y Norah, que llevaba puesto un vestido liviano, estaba todavía temblando cuando entró al departamento.

—Hola, papá, —gritó, disfrutando del calor que hacía adentro—.

Discúlpame por haber llegado tarde: tenía que hacer tantas cosas de último momento. Espero que no me hayas esperado para comer

—dijo al entrar al living.

Su padre estaba sentado en su sillón de costumbre frente al televisor, pero este no estaba encendido. Los folletos de viaje estaban esparcidos a su lado, pero tampoco los miraba.

—Papá, ¿qué pasa? ¿Estás bien?

La cara de Patrick Mulcahaney estaba rígida y la mandíbula tan apretada que le latían las sientes.

—Se suspendió. Se suspendió todo.

La sensación de desastre inminente que Norah se había negado a reconocer durante todo el día la abrumaba ahora.

—¿Qué se suspendió?

—El casamiento, el viaje, todo. El jurado se niega a acusar.

—¿Qué?

Su padre levantó el diario de la mesa que estaba al lado del sillón y se lo entregó. Estaba doblado en la página tres, y allí estaba

la foto del resplandeciente Edwin Wallingford rodeado de reporteros y fotógrafos mientras caminaba a grandes trancos triunfalmente por el corredor al salir de la sala del gran jurado. El titular decía: «Edwin Wallingford vuelve a ganar». Aunque el gran hombre no había puesto un pie en el salón del jurado, Norah admitió de mala gana que la aserción era sin embargo básicamente correcta, ya que había comandado la presentación de Dana y lo había aleccionado en su testimonio.

—Constante llamó hace una hora —le dijo Mulcahaney a Norah

—. Gabby está histérica. Amenaza con matarse.

—¡Mi Dios!

Por una vez no la reprendió por usar el nombre del Señor.

—Han encontrado a López, y este la tiene sedada. —Lágrimas de enojo y frustración llenaron los ojos de Mulcahaney.

Norah volvió al diario. La foto era grande, pero la historia que la acompañaba breve. Daba un resumen del crimen, de la captura de Dana, su aparición voluntaria ante el jurado y la negativa de este a acusar. Que le hubieran dado tanto relieve al caso se debía a la importancia de Wallingford, ciertamente no a la de su cliente, y Norah sospechaba fuertemente que la oficina de Wallingford había avisado a los reporteros y fotógrafos que estuvieran presentes. El artículo terminaba con la cita de Wallingford de una declaración de Julia Heit, abogada especializada en criminología de la Legal Aid Society: «Tengo una sensación muy inquietante cuando cualquier acusado es mandado a la cárcel solamente en base al testimonio de un solo testigo ocular, la víctima».

A lo que Wallingford agregaba sentenciosamente su propio comentario de que la situación de su cliente era una vindicación de la muy criticada ley de violaciones del Estado de New York. La ley había protegido a su cliente en lo que de otro modo podría haber terminado en un craso extravío de la justicia.

Norah casi llega a las arcadas. ¡Por lo menos el periodista había tenido el buen gusto de no hacer comentarios sobre esto! Tiró el diario a un lado y fue a grandes trancos a su dormitorio para hablar

por teléfono. Mulcahaney se quedó parado en la entrada, mientras discaba.

Lo llamó a Cootes, pero no lo pudo localizar. Llamó a la comisaría, pero Sam Vickers estaba de franco. Lo llamó a la casa.

—Sam. —Norah estaba aliviada por haberlo encontrado. No hubiera podido soportar mucho más su shock y su indignación.

—Justamente la iba a llamar.

—Sam, ¿qué diablos pasó?

Mulcahaney tampoco hizo ninguna objeción a esto.

Vickers estaba cansado y abatido y así se lo oía, pero Norah, generalmente tan sensible a los estados de ánimo, no lo pescó.

—No lo puedo creer. Simplemente no lo puedo creer. ¿Qué pasó, Sam? ¿Cómo pudieron no acusar? ¡Mi Dios!; el doctor examinó a la chica… tres horas después del ataque y testimonió que había sido violada. Ella dio una perfecta descripción de Dana. Y

no solo fue la descripción de ella; Luisa Alvarez y Raúl Martin lo identificaron. ¡Dos testigos que lo corroboraron, Sam!

—Lo identificaron como el hombre que habían visto en la plataforma del subterráneo, y atestiguaron que pareció fijarse en Miss Constante. No pudieron decir que fuera él el que más tarde la siguió y la atacó.

—Me doy cuenta de eso, pero… —Norah se detuvo—.

Seguramente que el jurado no pudo pensar que Gabby describiera intencional y maliciosamente a un hombre inocente, ¿no?

Vickers suspiró pesadamente.

—Es peor que eso. La identificación no fue discutida.

Norah contuvo la respiración. Sabía lo que iba a venir; sin embargo hasta el último momento, hasta que Sam Vickers lo dijo realmente, siguió esperando que no fuera así.

Vickers volvió a suspirar.

—Dana admitió haber tenido relaciones sexuales con Miss Constante. Declaró que ella lo consintió.

Norah lanzó un gemido. Debió haberlo sabido; tan pronto como vio a Dana entrar al cuarto de los testigos, debió haberlo adivinado.

Su padre dio un paso adelante.

—¿Qué? ¿Qué dice?

Norah le hizo señas indicándole que estaba escuchando.

—Dana declaró que ella le dio calce, fuera del subterráneo y luego nuevamente abajo en la plataforma.

Norah explotó.

—¡Eso es ridículo! ¿Esa chica inocente, ingenua, decente?

Basta mirarla para ver que no es el tipo de…

—¿Qué? ¿El tipo para qué? —Mulcahaney quería saber.

Norah puso la mano tapando el tubo.

—Dana testimonió que Gabby consintió. —Sacó la mano y le habló a Vickers—. ¿Y el testimonio del doctor López? Me aseguró que todos los indicios coincidían con los de una violación forzada.

No se retractó de eso, ¿no?

—No, pero la chica era virgen, de modo que naturalmente debía haber habido algún desgarramiento de tejidos en cualquier circunstancia.

—¡Oh, Dios!

—Había demasiado en contra de ella.

—Yo no lo veo así —insistió Norah—. Al contrario…

—No había pruebas de que ella hubiera resistido —replicó Vickers—. Si hubiera habido heridas externas de alguna clase, contusiones, raspaduras…

—Supongo que si hubiera tenido la mandíbula rota, le habrían creído —comentó Norah amargamente.

—Hubiera ayudado. —Vickers no se estaba haciendo el gracioso.

—¡La amenazó con incrustarle la cabeza contra la pared, Sam!

De acuerdo con las revisiones de la ley de 1972, se supone que basta con una amenaza de lesión grave.

—Seguro, si puedes hacer que el jurado lo crea. Era la palabra de ella contra la de él.

—Muy bien. Entonces cuando usted interrogó a Dana después de la rueda de presos, insistió en que no se había bajado en la

Setenta y Nueve, y mucho menos de que se hubiera fijado o seguido a Gabby. Declaró que se había bajado en la Ochenta y Seis y luego se había ido directamente a su casa. ¿No trajo Cootes eso a colación?

—Seguro, y Dana muy humildemente admitió haber mentido.

Dijo que tenía miedo que lo que había pasado entre él y Miss Constante pudiera ser malinterpretado.

—Usted tiene que estar bromeando.

—El jurado le creyó. Le vuelvo a repetir Norah, si ella lo hubiera podido marcar en alguna forma, arañarlo, herirlo, morderlo…

—Le desgarró la camisa. —Aun mientras se lo estaba recordando a Sam, sabía, como lo había sabido desde el principio, que no era una prueba consistente.

—Lo que terminó de remachar las cosas contra Miss Constante fue el testimonio de sus dos amigos —continuó Sam—. Los dos, Luisa Alvarez y Raúl Martín, no solo vieron a Dana en el subterráneo, sino que también se dieron cuenta del juego lateral que se producía entre él y Miss Constante. Tenían conciencia del hecho de que aunque él no se había subido al mismo vagón que ella, la seguía mirando desde el otro. Pensaban acompañar a Gabby hasta su casa, y repentinamente ella les dijo que no quería que se molestaran.

—Ella explicó eso, Sam. Quiso ser considerada, quiso evitarles la molestia, tratando de dejarles más tiempo para estar solos.

—La impresión que tuvieron es que ella trató de librarse de ellos.

—¿Lo dijeron? —Norah estaba incrédula.

—En realidad, trataron con gran esfuerzo de evitar decirlo, lo que contribuyó a que fuera tan condenatorio.

—Pero ¿por qué tratarían de evitar decirlo? ¡No era verdad! —

Norah reflexionó. Son amigos; la conocen a Gabby; saben que no es el tipo de chica que levanta a un hombre en una plataforma de subterráneo…— Se quejó. —A menos… que Wallingford haya llegado hasta ellos y les haya metido la duda—. Wallingford. Por

supuesto. Valía cada centavo que Dana hubiera podido recolectar para sus honorarios.

—Cualquiera fuera la forma en que sucedió —siguió Vickers—, la duda existía y era demasiada obvia. El jurado lo sintió enseguida.

Uno de los del panel preguntó directamente si alguno de los dos no sospechaba que Miss Constante pudiera estar tratando de zafarse de ellos para poder encontrarse con Dana una vez que bajaran del subterráneo.

—¿Y dijeron que sí? No lo creo. ¿Cómo podían ponerse en contra de ella en esa forma? ¿Cómo pudo Cootes dejar que sucediera?

—A esa altura estaba fuera del control de Cootes. Todo el jurado se concentró en ese punto, y los dos, Luisa y Raúl, finalmente fueron forzados a admitir que no podían estar seguros de que Miss Constante y Dana no estuvieran preparando un encuentro.

—Y eso fue suficiente —comentó Norah amargamente.

—Tengo que decirle, Norah, que mi primera reacción cuando me pasó el caso, fue que la chica le había dado su consentimiento a Dana. Lo siento, pero fue solo porque usted creía tan firmemente en ella que decidí reservarme el juicio. Después de entrevistarla y hablar con sus padres, también creí en ella. Desafortunadamente esa creencia estaba basada más en sus antecedentes que en los hechos.

Esa era la razón por la que Vickers se había mostrado antagónico al principio.

—Todo el testimonio de Miss Constante se volvió contra ella por la versión de Dana sobre los hechos —continuó Vickers—. Él sostuvo que interpretó como un aliento el hecho de que ella se hubiera liberado de sus amigos. Declaró que si ella hubiera cambiado de idea una vez en la calle o si hubiera tenido miedo, habría tenido suficiente tiempo para pedir auxilio entre la Setenta y Nueve y la Ochenta y Tres. Hasta explicó la dureza con que la trató, admitiendo que a último momento ella tuvo remordimiento de conciencia, pero que para entonces él estaba tan excitado que no se

pudo detener, y por eso fue más rudo de lo que se había propuesto…

—¡Qué cosa! Cubrió casi todo, ¿no?

—Él no demostró animosidad hacia la chica por haberle hecho los cargos. Dijo que comprendía por qué ella declaraba que había sido una violación. Comprendió que una vez que su padre la descubrió en las escaleras, antes de poder recobrarse y llegar a su casa, no tenía otra alternativa.

—¡Pero eso no es verdad! —Norah se aterró de su hipocresía final—. Gabby estuvo medio inconsciente en esas escaleras de atrás, durante casi dos horas antes de que su padre la encontrara.

Si ella hubiera consentido, habría tenido tiempo suficiente para recobrarse y entrar al departamento antes de que su padre llegara del trabajo.

—De acuerdo con lo que dijo Dana, no sucedió hasta cerca de la una y media.

—¿Y cómo dio cuenta del tiempo entre el momento en que la sedujo (que fue establecido por Luisa y Raúl) a la una y treinta? —

preguntó Norah amargamente.

—Dice que dieron un paseo a lo largo del río y se hicieron algunas caricias preliminares.

—¡Eso es mentira! No lo creo. Tiene que haber una forma de ponerlo al descubierto por lo menos en esto —se quejó.

—Le tengo que decir que Dana hizo una muy buena impresión al jurado. Admitió todo en forma muy directa. Cargó con toda la culpa por la parte que le correspondía en ello. Luego dijo que lo sentía, que lo sentía sinceramente.

Norah recordaba la ofuscada y dolida mirada de los ojos azules de Dana al pasar por el corredor. Oh, sí, no tenía dudas de que había sido muy efectivo en su bien aleccionada y bien preparada presentación. También recordaba a Gabby (la cabeza baja, sombría, a la defensiva).

—Y Gabby no.

—Me temo que no. Todos los argumentos a favor de ella (su educación en el colegio de monjas, la estricta moralidad de sus padres) hicieron que la declaración de Dana de que ella se aterró cuando vio la cara de su padre al descubrirla en esas condiciones, fuera más creíble. Cootes volvió a llamar a Miss Constante y le preguntó por el supuesto paseo por el parque. Ella lo negó y luego se puso histérica. Se negó a contestar ninguna pregunta más… y eso fue todo. —Vickers hizo una pausa. Al no decir Norah nada, dijo

—. Lo siento.

—Sí. Seguro. Bueno, gracias, Sam… por todo. —Norah, colgó el tubo. Miró a su padre—. Simplemente no le creyeron a Gabby.

Mulcahaney había seguido lo sustancial de la conversación.

Estaba pálido.

—Dieron vuelta las cosas. Convirtieron a esa pobre chica en una criminal.

—Así es. —Norah se sentó al borde de la cama.

Hubo una larga pausa.

—Bueno —le preguntó por último su padre—. ¿Qué vas a hacer?

—¿Qué puedo hacer?

—No sé. En esto consiste tu trabajo, ¿no?

Norah bajó al departamento de los Constante y tocó el timbre.

—Soy yo, Norah —dijo a través de la puerta cerrada.

Pablo Constante la hizo pasar. Se lo veía desolado. En el living, Ofelia Constante estaba sentada en el desvencijado sofá, las manos cruzadas sobre la falda, los ojos mirando al vacío. Ni siquiera se percató de la presencia de Norah. Por todas partes había muestras del proyectado viaje: valijas nuevas amontonadas en un rincón, los envoltorios y cintas de los regalos para los asistentes al casamiento en San Juan (regalos que Norah misma había ayudado a elegir).

Los rótulos de la línea aérea estaban esparcidos sobre la mesa de café, listos para ser llenados y pegados al nuevo equipaje.

—¿Dónde está Gabby? —preguntó Norah.

—En su dormitorio —contestó Pablo Constante.

—¿Puedo hablarle?

—Tiene la puerta cerrada con llave. No le quiere abrir a nadie, ni siquiera a su madre o a mí.

—Tiene que abrir, Mr. Constante. No hay que dejar que se quede allí dentro sentada sola…

—¡Han marcado a mi hija como mentirosa y prostituta! —

exclamó, no pudiendo ya contenerse. Su mujer levantó la vista con el grito y se quejó en voz alta.

—No diga eso; no lo piense. —Norah pasó la mirada ansiosamente de uno a otro—. Lo que el gran jurado dijo no es que no le creyeran a Gabby, sino que no hay causa legal contra Earl Dana. Eso es muy diferente.

—No le creyeron —repitió el padre. Luego, con los ojos que echaban chispas, agregó—: Prefirieron creerle a un pervertido.

—Pero nosotros le creemos a Gabby —insistió ella—. Sabemos que dijo la verdad.

—Ah… si solo pudiéramos convencerla de eso.

—Tenemos que seguir intentándolo hasta que la convenzamos.

Con esto, Norah se dio vuelta y fue a grandes pasos directamente al cuarto de Gabby. No tenía idea de lo que iba a decir.

La última vez que había estado en el cuarto había sido cuando la novia se había mostrado con su vestido de casamiento terminado.

Ella la había ayudado a sacárselo y a guardarlo cuidadosamente en su caja especial, con generosas capas de papel de seda entre los dobleces. Podía visualizar a la chica dentro, rodeada de todo lo que le recordaba lo que debía haber sido el comienzo de su felicidad, y quiso llorar. En cambio, echó el mentón hacia adelante y golpeó la puerta.

—Gabby, soy Norah. ¿Puedo pasar?

No hubo respuesta.

—Gabby, por favor, déjame entrar y hablar contigo. Todos te creemos, tu madre, tu padre, yo y también el detective Vickers.

Sabemos que cada palabra que dijiste fue verdad.

No hubo ningún indicio de que dentro del cuarto Gabby hubiera oído.

Norah intentó un acercamiento un poco más rudo.

—No puedes cambiar lo que te hizo Dana. Fue terrible pero ya pasó. Todos lo lamentamos, y te queremos ayudar. —Norah hizo una pausa—. Earl Dana te violó: eso ya pasó. No será Earl Dana el que destruya tu futuro, eso lo estás haciendo tú misma.

Detrás de ella hubo un agudo sonido entrecortado; era Mrs.

Constante, que se había acercado mientras Norah estaba suplicando.

Pablo Constante estaba también allí. Rodeó a su mujer con el brazo.

—Es verdad, mi alma*. Norah tiene razón de hablarle.

—Y no hemos terminado, Gabby. No estamos vencidos; eso fue solo el primer round. Vamos a poner al descubierto a Dana mostrando lo que verdaderamente es. Entre nosotros, Gabby, lo podemos hacer. Sé que lo podemos hacer. No te des por vencida.

Te quiero ayudar, y lo voy a hacer.

Todos oyeron los sonidos del elástico de la cama, luego pasos.

Ofelia Constante levantó la cabeza del hombro de su marido y miró esperanzadamente hacia la puerta mientras se abría.

Gabriela estaba parada en la entrada, los oscuros ojos hundidos en las cuencas, la piel con un halo gris. La miró fijo a Norah.

—Déjeme sola —dijo, la voz vieja de desilusión—. No quiero su ayuda. Usted me dijo que lo único que tenía que hacer era describir al hombre, y lo hice. Luego me dijo que tenía que señalarlo en la rueda de presos, y también hice eso. Quería olvidar, pero no me dejaron… usted no me dejó. De modo que no venga más aquí, Norah. No venga nunca más.

—No la culpes a Norah, querida*, cúlpame a mí —intervino Constante—. Fue por pedido mío que ella habló contigo. Yo era el que quería…

—¿Qué importa? ¿Qué importancia tiene quién tuvo la culpa o cómo resultó todo? —La madre comenzó a sollozar.

Las súplicas de sus padres ni siquiera hicieron que Gabriela los mirara. Sin cambiar de expresión se puso de espaldas, cerró silenciosa pero firmemente la puerta en la cara de todos y luego le echó llave.

Pero no antes de que Norah diera un vistazo al interior. El cuarto todavía mostraba los preparativos del casamiento. El hermoso vestido de novia que Gabby había cosido con tanto amor y que había guardado tan cuidadosamente estaba tirado en la cama.

Había sido salvajemente desgarrado en jirones.

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