Disque 577

Lillian O'Donnell · Capítulo 10 de 19

Páginas del PDF

Disque 577

Ocho

EL GARAJE Broadway no era particularmente grande: seis surtidores. Aunque relativamente nuevo, el pulido diseño de los surtidores lo indicaba, se veían ya signos de negligencia, extensas manchas de grasa en el cemento, tachos de basura repletos, las superficies cromadas sucias. Earl Dana no había llegado a trabajar todavía; Norah se había salteado el almuerzo para llegar allí lo suficientemente temprano como para no encontrarse con él. De los dos empleados que había allí, uno, joven, flaco, con marcado acné, estaba sumergiendo apáticamente un neumático en una tina de agua para verificar si tenía pinchaduras; el otro, que promediaba los cuarenta años, bajo, regordete, de frente retirada y labios como fuentes chatas que le daban, un asombroso aspecto de mono, estaba apoyado en el guardabarros de un relumbrante Pinto amarillo, mirando fijo debajo del capot, como si deseara que alguien le dijera qué andaba mal. Norah se le acercó antes de notar la pequeña chapa de plástico que tenía prendida al bolsillo de la camisa, que decía que era Frank Gerard, gerente.

—Buenas tardes, Mr. Gerard. —Norah le extendió la mano. El gerente se sorprendió y luego instintivamente tomó el trapo que colgaba del bolsillo de atrás del pantalón antes de aceptarla. Podía no haberse molestado; salió más grasa del trapo de la que probablemente tenía en la mano al principio. Rápidamente Norah pensó en la grasa que se había pegado a los calzones de Gaby y que había sido la clave inicial que llevó a la detención de Dana. No

era que tuviera importancia; eso era ya algo del pasado. Ella se presentó y mostró su credencial.

—Le agradecería que me concediera unos minutos.

Gerard le dirigió una mirada feroz como si al ofrecerle ella la mano, en cierta forma disimulada su condición.

—¿Para qué?

—Quiero hablar con usted acerca de uno de sus empleados.

—¿Sí? ¿Cuál? Como si yo supiera…

—¿Podríamos hablar en algún lugar privadamente?

—No, señorita, no hay ningún lugar. Ya he dicho todo lo que tengo que decir sobre Earl, lo que significa que yo no sé nada de él o sobre lo que hace en su tiempo libre. Era un buen trabajador.

Venía regularmente, a la hora, y sobrio. No traía problemas. ¿Qué más se puede pedir hoy en día?

—¿ Era, Mr. Gerard?

—Sí, era. Se fue. Gracias a usted.

—No comprendo.

—¿Qué hay que comprender? Se fue. Se fue, así no más. Sin aviso, sin advertencia. ¿Usted sabe lo difícil que es conseguir empleados hoy día? Mucho más un mecánico diplomado. ¿Y uno que quiera trabajar por las noches? Yo ya trabajo diez horas; diablos, no me puedo quedar también de noche. Así que ahora tengo que cerrar a las seis. ¿Sabe usted lo que significa eso en términos monetarios?

—Lo siento mucho.

—Seguro. ¿En qué me beneficia a mí?

No tenía objeto seguir con eso.

—¿Cuándo se fue Dana?

—Ayer. Llegó a las tres como de costumbre, trabajó hasta cerca de las cinco. Entonces irrumpió en mi oficina y me dijo que se iba. —

Gerard lanzó un pulgar hacia una construcción pequeña de frente de vidrio, tan sucio que no era posible ver a través de él el interior—.

Se sacó el uniforme, recogió su dinero y se fue.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Porque no podía soportar las miradas y las sonrisas y observaciones burlonas, por eso. En la última semana hemos tenido una fila de autos que compraban un dólar de nafta para mirar como bobos al chico.

Chico. Earl Dana tenía veintiséis años.

—Es una lástima lo que usted le hizo. Lo marcó para toda la vida, usted y esa… —Gerard tuvo que buscar dentro del vocabulario de su generación—. ¡Usted y esa prostituta!

—Mr. Gerard, el jurado se negó a acusar a Earl Dana. El proceso contra él quedó sin efecto.

—¡Muy bien! ¿Quiere pararse junto a los surtidores y decírselo a cada estúpido, hambriento de sensacionalismo, que entre aquí?

Quiero decir… ¡No tiene usted idea…! Desde que la fotografía de Earl salió en los diarios junto a la del eminente abogado… Bueno, nuestros clientes regulares no pueden superar la impresión que recibieron. Lo que quiero decir es si era necesario revelar dónde trabajaba Earl. Dar esta dirección. No tenía derecho a hacer eso, usted lo sabe; no tenía derecho a publicar la dirección de mi estación de servicio.

—La policía no lo hizo. Los diarios…

—Quienquiera que fuese. No tendrían que haber dado esa clase de información. No es justo.

Norah no contestó porque personalmente estaba de acuerdo.

De modo que la indignación de Gerard aumentó.

—Una vez que un hombre es acusado de una cosa así, nunca puede llegar a sacarse el estigma de encima. Está marcado para la vida entera. Usted rotula a un hombre como ladrón, asesino, violador, simplemente poniéndole delante la palabra «acusado» y luego más tarde dice: «Oh, lo siento, es error nuestro», eso no lo arregla. Es una gran lástima. Un muchacho así…

Ahora es un muchacho, pensó Norah, que por minutos se va haciendo más joven.

—De todos modos, usted dijo que el proceso quedaba sin efecto.

Entonces, ¿por qué sigue persiguiéndolo? Usted lo ha obligado a

dejar el trabajo: probablemente se tendrá que cambiar el nombre.

Oh, sí, pensó Norah, probablemente ocurra eso.

—¿Y qué hizo de tan terrible después de todo? Se acostó con la chica. ¿Quién le presta atención a esa clase de cosas hoy en día?

Ya no hay más moralidad. Mire las revistas, lo que publican y venden en cada esquina. ¡Y las películas! ¡Dios, las películas!

La indignación de Norah se avivó.

—No estoy aquí para discutir de moralidad, Mr. Gerard, o de lo que hizo Earl Dana…

—¿Entonces por qué está aquí? ¿Qué quiere?

—Solo dar un vistazo a la solicitud de empleo de Earl Dana.

—¿Por qué?

—Por rutina.

El gesto de desagrado distendió los labios chatos de Gerard en una mueca que recordaba más intensamente a su ancestro humano.

—Supongo que va a seguir persiguiéndolo hasta que se la muestre, de modo que venga. —Abruptamente se dio vuelta y fue a grandes trancos a la oficina que tenía el frente de vidrio sucio. Allí todos los esfuerzos de mantenimiento habían sido abandonados: estaba asquerosa. El dueño revolvió un fichero que se hallaba sobre un escritorio desvencijado, escogió una tarjeta, y se la entregó a Norah.

Era una de esas solicitudes personales standard que podía ser aplicada a cualquier asunto y que están planeadas para que el solicitante se sintiera inferior, con sus largas columnas de espacios para llenar. En la solicitud de Dana la mayoría de los espacios seguía en blanco. La dirección de su casa y teléfono estaban allí, pero Norah ya los tenía. En la columna de empleos anteriores había dado una referencia, otra estación de servicio en el Village. Duración del empleo allí: un poco más de un año, un informe adecuado de acuerdo al nivel de Mr. Gerard. Ella suponía que no había preguntado demasiado por el resto del pasado de Dana tampoco.

—¿No le mencionó por casualidad Earl Dana por qué dejó la otra estación de servicio?

—No le gustaba el barrio. Demasiados homosexuales.

Bueno, bueno.

—Eso es todo, entonces, Mr. Gerard. Gracias nuevamente. —

Esta vez no le ofreció la mano.

—Este… oficial. Escuche, siento haber sido tan rudo con usted.

Me doy cuenta de que no es culpa suya lo que pasó. Quiero decir, quiero decir, usted simplemente está cumpliendo con su trabajo.

—Así es.

—¿No está ofendida, no?

—No.

—Así que… como le dije, es difícil conseguir empleados hoy en día y eso que pago buen sueldo. Tal vez usted conozca a alguien, no tiene que ser un mecánico especializado, eso sería demasiado aspirar, pero… usted sabe, alguien con buena voluntad. Mientras aparezca sobrio y mientras no meta la mano en el tarro, lo apreciaré.

—Si sé de alguien…

—Dígale que solo tiene que mencionar su nombre. —El acosado dueño extrajo una sonrisa; no le salió fácilmente—. Si usted da su visto bueno, a mí me basta.

Aceptando que Gerard era prejuicioso y miraba las cosas de acuerdo a su interés, su actitud sin embargo había tomado a Norah de sorpresa. Cuanto más pensaba en ello, más indignada estaba.

Probablemente le serviría para recordar que no todos compartían la indignación que sentía ella y que no todos se desvivirían por ayudarla. Todavía estaba pensando en él cuando notó con desaliento que el nombre de Earl Dana faltaba de la lista de inquilinos en el vestíbulo del remodelado edificio donde se suponía que vivía. Tuvo en consideración que uno de los espacios estaba vacío porque podría haber retirado su nombre como precaución contra los visitantes no esperados. Tocó el timbre que decía E. Bateman. Encargado.

Un ruido áspero que indicaba que la cerradura de la puerta se había abierto sonó casi inmediatamente. Norah entró a un hall sombrío y angosto. Para una casa de alquiler de cuartos no estaba mal. La alfombra estaba desteñida pero aparentemente más, como resultado de una mala limpieza, que por el uso; las paredes estaban rayadas por el lavado inexperto. Por lo menos alguien lo intentaba.

Se abrió una puerta al fondo y se asomó una mujer.

—¿Me busca?

—Estoy buscando al encargado.

—Soy yo. No pongo mi nombre completo afuera porque…

pienso que no es buena idea dado como andan las cosas. Le aconsejé a mis pensionistas mujeres que no lo hicieran tampoco, evita una cantidad de problemas. En realidad soy la dueña del edificio. ¿En qué le puedo ser útil?

Norah se identificó, explicó para qué había ido, y fue invitada a pasar.

E. Bateman tenía una suave cara rosa y blanca, ordinario pelo gris marcado con grandes ondas y fijado por pródigas aplicaciones de spray. Sus caderas eran demasiado anchas como para usar pantalones pero los usaba lo mismo, Junto con una camisa blanca demasiado ajustada con dibujos de corazones colorados.

—Siéntese, este… agente… detective… ¿Cómo la llamo? Nunca he conocido una mujer policía anteriormente. —Se sonrió insinuantemente.

Por lo menos era un progreso sobre Gerard.

—Agente o detective, lo que usted prefiera.

—Detective. —E. Bateman saboreó el título—. ¡No es grandioso!

Por supuesto sabía que tenían mujeres detectives, pero pensé que la mayoría trabajaba en los archivos y cosas así. No pensé que realmente salían y… hacían averiguaciones. Estoy realmente impresionada. Así que siéntese, detective Mulcahaney; póngase cómoda. ¿Quiere café? Justo estaba por hacerme yo una taza.

—Gracias. ¿Mrs. Bateman?

—Miss, Miss Elizabeth Bateman.

—Nunca digo que no al café, Miss Bateman.

—Bueno. Bueno. No demoraré más de un minuto. —Elizabeth Bateman revoloteó unas manos regordetas, fuertes y toscas, mientras seguía admirando a Norah—. Disculpe el aspecto del lugar; tuvimos una inundación en el 3.º A y estuve tan ocupada, tratando de conseguir al plomero, nunca están disponibles cuando se los necesita, luego ayudando a limpiar, después… bueno, simplemente todavía no he tenido tiempo de ponerme a hacer mis cosas.

—Ya sé como es. —El lugar en realidad estaba inmaculado.

—¿Sí? —La propietaria se agarró de ese indicio de afinidad—.

¿Hace usted el trabajo de la casa?

Una charlatana, pensó Norah suspirando interiormente; iba a ser difícil pararle el chorro Sin embargo, estas mujeres solitarias que charlan compulsivamente tenían ojos penetrantes y oídos sensibles; no se perdían demasiado de lo que sucedía a su alrededor y estaban más que encantadas de hablar si se sabía cómo llevarlas al verdadero tema, y mantenerlas allí. Norah deseaba no haber sido tan rápida en aceptar el ofrecimiento del café, haría solo que se prolongara la sesión.

—Pero le estoy dando charla y estoy segura que distrayéndola de sus importantes asuntos. Buscaré el café. —Tal vez haya sentido la impaciencia de Norah; de todos modos la encargada se escabulló rápidamente en la cocina y estuvo de vuelta con el café mucho más rápido de lo que Norah hubiera esperado—. ¿Y si le traigo unas masas? Podría ir de una disparada. La panadería está en la esquina, no serán más de dos minutos…

—No, gracias, realmente no, tengo un largo itinerario por delante. —Norah hizo sus preguntas directamente porque esta testigo proveería por sí misma toda suerte de rodeos antes de hablar—. He venido para investigar sobre uno de sus inquilinos, Earl Dana.

—Ah… —Sin tomar más que un sorbo, Elizabeth Bateman puso su taza a un lado, haciéndole ver a Norah que había estado

esperando justamente eso y se sentía gratificada de haber acertado

—. Estaré encantada de decirle lo que pueda, detective Mulcahaney.

Fue una lástima lo que pasó. Earl Dana era un hombre muy agradable, tranquilo, amable, no causó disturbios en la casa, en realidad ni se notaba casi que estuviera en la casa. Limpio también, no como alguno de ellos hoy día. No es que no tendría en la casa a ninguno de esos hippies. No es el largo del pelo ni la barba, detective Mulcahaney, pero parece que nunca se dieran un baño.

¿Qué hay de malo en ser limpio?

Era lo que decían todos los que desconfiaban de los hippies, pero Norah estaba interesada solo en el uso del tiempo pasado por parte de Miss Bateman al hablar de Dana.

—¿Cuándo se fue?

Pasaron un par de minutos hasta que Miss Bateman se figuró cómo la detective sabía que se había ido.

—Se fue ayer a la tarde, repentinamente, muy repentinamente.

No avisó nada. Por supuesto que el alquiler está pago hasta fin de mes; sin embargo hubiera esperado… Éramos muy amigos, se da cuenta. Yo lo tenía por, bueno, no por un hijo, era demasiado grande, pero por un hermano menor. —Se sonrió satisfecha—.

Bueno, lo que pasó es que fue a trabajar como de costumbre ayer a la tarde a eso de las dos y media, y un poco después de las cinco…

justo estaba mirando yo por la ventana, y vi que venía por la calle.

Caminaba ligero y tenía muy mal aspecto, demacrado, tambaleante, como si hubiera estado enfermo. Estuvo dentro de la casa y arriba, camino a su cuarto, antes de que pudiera yo salir al hall y preguntarle qué le pasaba. Me pregunté si debía subir, se imagina, solo para estar segura de que no necesitaba un médico o algo, pero para cuando tomé una decisión, ya estaba nuevamente abajo con su valija. —Miss Bateman suspiró—. Me entregó la llave y dijo que se iba.

—¿Dio alguna razón?

—Oh, no necesitaba. No tiene idea de lo que estaba pasando este joven, detective Mulcahaney. Nunca lo hablamos, naturalmente,

pero yo me podía dar cuenta. Nunca hubiera traído el tema a colación por mi cuenta, bueno, parecía demasiado malo para él después que todo pasó, y no fue acusado, sentir que debía dejar el barrio. De modo que yo simplemente traté de decirle que lo peor había pasado, y se puso colorado, no me miró, no dijo una palabra.

Me sentí muy mal por él.

Y decepcionada también porque se negó a confiarle nada.

—¿Tenía algún amigo o gente que lo visitara?

—Si usted quiere decir si subía alguna chica a su cuarto, la contestación es que no. No permito ese tipo de cosas.

—¿Qué hacía en su tiempo libre?

—No mucho. Las horas que trabajaba eran más bien restrictivas,

¿no lo sabe? Dormía hasta tarde, limpiaba su cuarto, lo tenía realmente lindo, hacía las compras y demás. —Se encogió de hombros—. Corría mucho, al trote, alrededor del barrio. Tenía uno de esos buzos para transpirar. Volvía a tiempo para que le preparara el almuerzo e iba a trabajar.

No era una gran vida, pensó Norah, si eso era todo.

—¿A qué hora volvía a la noche? —Entonces por tacto, agregó

—. ¿Tiene alguna idea?

Pero Miss Bateman tenía demasiadas ganas de contar para descubrir alguna implicancia que indicara que era una entrometida.

—Nunca me voy a dormir antes del noticiario de las once, y generalmente él estaba en casa para cuando este terminaba.

Algunas veces no, pero entonces era que había ido a ver una película tarde; siempre me lo contaba al día siguiente.

Hacía notar que le contaba todo, sin duda.

—¿Dejó alguna dirección?

—No.

—¿No dispuso nada con respecto a su correspondencia? ¿Le pidió que se la retuviera, tal vez?

—No recibía mucha correspondencia, solo basura de propaganda, nada personal.

Un verdadero solitario. Así que ahora existía el problema adicional de rastrearlo.

—Ya veo. —Norah sacó una tarjeta, escribió de prisa el número telefónico de la nueva oficina de Centre Street, y se lo entregó a Miss Bateman—. Si oyera algo de él, le agradecería que me llamara.

—¿Por qué? ¿Qué quiere de él? Ya pasó todo, ¿no es así?

Pensé que ya había pasado todo.

Fue una ansiosa pregunta, que sugería algo más que la curiosidad. Antes de que Norah pudiera contestarle, la mujer respondió por sí misma:

—No pasa nada malo con la chica, ¿no? No está enferma… o algo, ¿no?

Se refería a alguna enfermedad venérea, pero no estaba claro si pensaba que Gabby se la hubiera pescado o si se la había pasado a él.

—No, aparentemente está bien en ese sentido.

—Bien. Eso es una suerte. No crea que no simpatizo con la chica, detective Mulcahaney. Fue triste para los dos. Esta gente joven, no son realmente muy diferentes de lo que éramos nosotros; las cosas no han cambiado tanto. No lo disculpo a Earl; solo digo que la responsabilidad es mutua. Él la siguió y ella en cierta forma lo dejó, una especie de flirteo, ¿no cree? Luego se dejaron llevar y fueron un poco más allá de lo que ninguno de los dos hubiera querido. —Suspiró—. Sucede. Sucede así.

—Algunas veces.

La cara rosa y blanca de la mujer se ruborizó; sus finos labios temblaron; los ojos se retrotrayeron a una visión del pasado.

—Si los padres solo supieran que restringir a una chica la hace mucho más vulnerable, intensifica su deseo a tal punto, que en la primera oportunidad… No es justo culpar a la chica; realmente no lo puede remediar. —La visión desapareció, y se le puso un color normal, la boca en una fea línea de desaprobación.

—No debería haberlo denunciado sin embargo. No estuvo bien que lo hiciera.

Por supuesto que Gabby no había querido denunciarlo; lo había hecho por la insistencia de su padre, y a Gabriela Constante le habían enseñado a obedecer a su padre. Norah caminó despacio y pensativamente hacia West End Avenue. Miss Bateman era una solterona solitaria con la que Earl Dana, un hombre soltero, razonablemente atractivo, se había tomado el trabajo de ser amable.

Eso, más un encuentro similar en su juventud, hacían que su visión del incidente fuera tontamente romántica. Sin embargo su interpretación era la misma que la que había expuesto Dana. Esto la puso a Norah a reexaminar la reacción de Gabby. Se había puesto histérica; se había encerrado en el cuarto; había destrozado salvajemente el vestido de novia. No lo había negado.

Norah se estremeció ante las dudas. ¿Habría alentado Gabby a Dana? Ciertamente el comportamiento de Dana tanto antes como después de la actuación del gran jurado era inobjetable. Se ocupó de sus cosas habituales, trató de reanudar su vida normal hasta…

hasta ayer a la tarde. Su conducta había sido coherente y correcta hasta el momento en que ayer a la tarde, sin previo aviso, dejó su trabajo, en que sin previo aviso había dejado el cuarto, en que había desaparecido.

Norah se sonrió; luego se rio fuerte. Al cruzar la avenida al sol, se sintió tan alborozada que casi le hace señas a un taxi que pasaba. Se acordó a tiempo que no lo podía cargar en la cuenta de gastos, de modo que dejó caer el brazo y se apresuró a la parada del ómnibus. Este la llevaría al Garaje Broadway casi tan rápidamente como el taxi.

Mr. Gerard había salido un momento para comer algo. Norah vaciló. Podría esperarlo o… estudió al joven empleado con la cara marcada de acné. Su nombre estaba bordado en la tapa del bolsillo de su overol.

—Soy la detective Mulcahaney, Bill. Estuve aquí antes, hablando con Mr. Gerard.

—Sí, ya sé.

Tenía curiosidad; bien.

—Es sobre Earl Dana. Hay un par de puntos que necesito aclarar todavía. —Aparentó vacilar—. ¿Tal vez usted pudiera ayudarme? Esto es, si usted estuvo ayer a la tarde cuando él dejó su trabajo.

Se encogió de hombros.

—Andaba por aquí.

Norah le sonrió alentadoramente.

—Podría ser que usted haya notado algo que Mr. Gerard no haya notado.

Bill miró fijo hacia abajo al cemento manchado de grasa; siguiendo el borde de la mancha con la punta de su zapato de trabajo.

—¿Como qué?

—Como lo que repentinamente lo decidió a irse.

—¿Cómo podría saberlo? No me lo dijo.

—Pero algo debe haber pasado. —Insistió a medias Norah, engatusándolo en parte—. Por lo que tengo entendido, apareció en su trabajo a la hora de costumbre y luego después de dos horas fue a la oficina y dijo que se iba. ¿Recibió algún llamado telefónico?

¿Vino a verlo alguien, o a hablarle?

—No. Yo estaba adentro tomando café —Bill hizo un gesto hacia la oficina—. Llegó un auto, y Earl se puso a atenderlo. Lo que sé es que después se apareció en la puerta y me dijo: «Toma tú este cliente»; luego se dio vuelta hacia Gerard y dijo: «Me voy». Así no más. Los dos pensamos que estaba bromeando.

—¿Se ocupó usted del cliente?

—Sí, seguro. El surtidor estaba andando, no lo podía dejar así.

Norah retuvo su ansiedad.

—¿Era uno de los clientes de costumbre?

—Nunca la había visto antes.

—¿La podría describir?

—Hum… rubia, vieja… tal vez de unos cuarenta años. Tenía una especie de tapado de piel blanco.

—¿Blanco?

—Bueno, un color realmente claro. Manejaba un Impala 74, color crema. —Ahí estaba en terreno seguro.

Norah lo miró resplandeciente.

—Apuesto a que se fijó en la patente.

—Bueno, no, señora. No, lo siento.

Realmente lo sentía, y por supuesto era esperar demasiado.

—¿Supongo que eso significa que pagó en efectivo, no?

Frunció el ceño ante eso.

—Creo que no. Creo que utilizó una tarjeta de crédito. No puedo estar seguro, pero me parece que me fijé en la patente. Estoy seguro que sí, pero no me puedo acordar el número.

—Pero usted tiene la boleta, ¿no? Estará en el archivo.

—Bueno, sí pero… no sé su nombre. Quiero decir que se supone que debemos verificar la firma, y lo hice pero… no la registré, si sabe lo que quiere decir.

—No hay razón para que la sepa —le afirmó Norah—. ¿Qué le parece si revisamos el fichero? Tal vez si usted viera el nombre o el número de patente, se pueda acordar.

Pero no se acordó. El montón de boletas diarias era demasiado grande, y no había forma de limitarlo de acuerdo a la hora, porque no había ninguna hora escrita en ellas, y tampoco estaban puestas en orden. Solo algunas de las boletas estaban firmadas por mujeres, pero solamente con la primera inicial, y esas no podían ser eliminadas. Aun si el nombre impreso era el de un hombre, su mujer podía haber utilizado la tarjeta. De modo que Norah las copió todas, y cuando terminó, tenía una lista que cubría ambos lados de dos páginas de su anotador. Los negocios en el garaje Broadway andaban mucho mejor de lo que Frank Gerard había estado dispuesto a admitir.

Norah agradeció a Bill y le dio la mano. Después de una inútil limpieza en el trapo, tomó la mano que ella le ofrecía. A Norah no le importó la grasa. Bill le había sido útil, y se lo dijo. Se sintió extraordinariamente gratificado. Norah se encaminó a Centre Street.

Las luces todavía estaban encendidas cuando entró a la pequeña oficina de P. A. I. Una mujer joven regordeta, de pelo corto castaño y flequillo, estaba sentada en el escritorio de la teniente. Al ver a Norah vacilar en la entrada, se sonrió alentándola.

—Hola. Entre, por favor. ¿Le puedo ser útil?

—Bueno, en realidad, estaba buscando a…

—¿Alguien con quien hablar? —La mujer dio vuelta al escritorio y se acercó—. Soy Ethel Dollinger, y estoy aquí para escuchar. —Le extendió la mano.

Norah le tomó la mano y se sonrió.

—Bueno, gracias, detective…

—Agente, pero llámeme Dolly y siéntese.

—Gracias, pero yo no soy, es decir… soy Norah Mulcahaney.

—Oh, ¡no me diga! Lo siento. Escuche, discúlpeme. Debía haberme dado cuenta… —Dolly Dollinger no permaneció turbada por mucho rato—. ¿Qué puedo hacer por usted, detective Mulcahaney?

Su cara de muñeca china estaba de acuerdo con su sobrenombre, pero su altura y peso la estropeaban. De hecho Dolly Dollinger solo pasaba raspando el mínimum requerido de estatura.

De acuerdo con la cartilla del peso del departamento basada en la altura y la edad, si tenía entre veinticinco y veintinueve años, como juzgaba Norah, no debería pesar más de sesenta kilos. Pero pesaba más. Sin embargo irradiaba cordialidad y simpatía. Cualquier mujer que entrara con una queja sentiría esa oleada de bondad innata y se sentiría aliviada. La teniente evidentemente consideraba esto más importante que la cartilla de peso.

Norah misma se sintió menos incómoda, por los modales de Dolly.

—Hola, Dolly, soy Norah. Tengo que hacer unos llamados telefónicos. ¿Debo utilizar algún teléfono en especial?

Dolly le señaló.

—Úselo no más.

—Gracias. —Norah se sentó en el escritorio más cercano, se sacó la chaqueta del traje y tomó su anotador—. ¿Dónde puedo conseguir una guía de Manhattan?

—En el cajón de arriba. Parece que tiene algo entre manos.

—Espero. —Norah abrió el anotador en las páginas donde tenía anotada la lista de nombres que había copiado.

Dolly miró.

—Le llevará media noche solo buscar esos números y la otra mitad para hacer los llamados. ¿La puedo ayudar?

—Oh… —Norah no había estado preparada para semejante pronta y abierta buena acogida—. Es muy amable de su parte, Dolly, pero… —Estuvo a punto de rehusar cuando se dio cuenta que no solo sería descortés sino también como anunciar que consideraba el caso como propiedad privada—. Bueno —comenzó a decir enérgicamente—, estos son los nombres de gente que cargó nafta en el garaje Broadway ayer. Allí es donde el sospechoso Earl Dana trabajaba. —Hizo una pausa, pensando en qué medida tendría que seguir explicándole.

—¿Dejó el trabajo?

—Correcto. —Evidentemente, las mujeres de la patrulla habían sido bien informadas; una nueva advertencia contra el retraimiento en lo que la teniente Wilburn llamaba «acción unilateral».

—¿Usted se imagina que apareció alguna de estas personas y lo asustó?

Nuevamente Norah se sintió desconcertada, esta vez por la astucia de la agente Dollinger.

—Una mujer rubia entró con su auto a cargar nafta, y tan pronto como la vio, Dana fue a la oficina y dijo que se iba. Ni siquiera terminó de atenderla. De modo que lo primero que tenemos que hacer es determinar cuáles de estas boletas fueron hechas por

mujeres, la mujer o la hija del hombre a cuyo nombre fue expedida la tarjeta. La próxima cosa es fijar la hora en que entró esa cliente.

Pero no la quiero alarmar.

—¿Entonces qué va a decir?

Norah ya lo había pensado.

—Que encontré un valioso reloj de mujer en el garaje y que estoy tratando de localizar al dueño.

—¿Tal vez insinuar que está en busca de una recompensa?

—Sí. Sí, eso está bien, muy bien, Dolly.

Mirando por encima del hombro de Norah, la agente Dollinger escudriñó la lista.

—¿Qué le parece si buscamos donde ya tiene un nombre de mujer? ¿Quiere que llame de todos modos?

—Sí, porque necesitamos precisar la hora en que estuvo en el garaje.

—Muy bien. —Sin hacer más preguntas o comentarios Dolly tomó la hoja suelta que Norah le dio, buscó otro ejemplar de la guía, y se puso a trabajar.

Las dos mujeres trabajaron diligentemente sin conversación ni interrupciones. A las cinco y cinco Dolly Dollinger dejó la guía, se estiró, movió la espalda en un movimiento rotatorio como para aliviar el entumecimiento, y lanzó un quejido. Esperó que Norah terminara el llamado que estaba haciendo en ese momento.

—Bueno —dijo cuando Norah colgó el tubo—. Tengo tres posibilidades para usted. —Se acercó a Norah con los nombres—.

Cada una de estas personas estuvo ayer entre las cuatro y las cinco y media. Ninguna de ellas perdió un reloj, naturalmente.

—Yo tengo dos —dijo Norah—. Son muchas menos de las que pensábamos. —Suspiró cansada, se quedó aplastada por un momento, luego giró para tomar su chaqueta—. Gracias, Dolly, le agradezco verdaderamente su ayuda.

—¿Qué va a hacer ahora?

—Decidirme por una y comenzar el interrogatorio. —Norah estaba cansada pero también ansiosa; sentía que estaba en la pista

correcta, y no podía soportar perder tiempo.

Dolly frunció el ceño, apenas si se le marcó en la cara regordeta, de buena salud.

—Escuche, Norah, no pretendo decirle cómo hacer el trabajo, pero… usted sabe, son más de las seis.

—¿Y?

—De modo que los maridos están en la casa. No creo que consiga lo que está buscando de estas mujeres si habla con ellas mientras estén los maridos alrededor.

Norah se detuvo en el acto de abrocharse la chaqueta.

—Oh. Tiene razón. Por supuesto. Esperaré hasta la mañana.

Gracias por el consejo, Dolly. Es usted un encanto.

OceanofPDF.com