Disque 577

Lillian O'Donnell · Capítulo 7 de 19

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Disque 577

Cinco

CUANDO llegaron de vuelta, Gabriela Constante tenía mucho mejor aspecto; había mejorado su color, estaba menos tensa. Sus padres lo notaron en seguida y reaccionaron con obvio alivio. La madre tomó a Gabby en sus brazos. Pablo Constante, mucho más conmovido y sin avergonzarse de demostrarlo, miró por encima de las cabezas de madre e hija, a Norah.

—¿Era él?

Norah asintió.

Se dio vuelta hacia su hija.

—Bien hecho, niña*. —Cuando Mrs. Constante la dejó ir, él la tomó en sus brazos.

Como antes, Enrique Ferrer se quedó al fondo. Estaba, naturalmente, desconcertado por lo que le había sucedido a la chica con la que pensaba casarse; cualquier hombre lo hubiera estado (un latino, supuso Norah, mucho más que otros). Seguramente se olvidaría de ello. Gabby no había querido que Enrique o sus padres estuvieran con ella en el reconocimiento porque intuitivamente había presentido que sería más fácil para ellos si no tenían que borrar el recuerdo del hombre real. Todavía habría que oír al gran jurado, pero él no estaría presente allí. Difícilmente podría evitar verlo en el juicio, sin embargo… pero para entonces Enrique estaría de vuelta en San Juan. Norah observó ansiosamente mientras Gabby se apartaba de su padre y se daba vuelta esperanzadamente hacia Ferrer.

Los dos jóvenes estuvieron en silencio durante varios minutos.

—Bien hecho, querida* —dijo como el eco de lo que había dicho el padre, todavía sin hacer ningún movimiento.

Los ojos de Gabby buscaron los de Norah, y ella le hizo un cabeceo animándola. Gabby tragó, intentó dar medio paso hacia Enrique…

Fue suficiente.

—¡Mi alma!*. —La atrajo hacia sus brazos. Norah se imaginó que era la primera vez que Gabriela Constante y Enrique se habían abrazado en presencia de los padres de ella. Aquellos parecieron no desaprobarlo.

Silenciosamente Norah pasó al hall y salió.

La próxima vez que Gabby enfrentara a Earl Dana sería al descubierto, sin la protección de una pared y un espejo de una sola dirección. Aunque era probable que el juicio no atrayera mucha atención, tendría con todo que subir al estrado y contar su historia frente al juez y al jurado y testigos. Tendría que pasar por el interrogatorio, un examen humillante de la defensa. Aun siendo una policía habituada, Norah lo consideraba una prueba difícil. Se preguntaba si la gente se daba cuenta de lo que le costaba a una mujer, cualquier mujer, exponer los íntimos detalles de su violación en público. Se sentía aliviado al pensar que Gabby tendría el apoyo amoroso de sus padres y su novio.

Norah volvió a la inspección del caso del homicida de la maestra.

La solución surgió de uno de los otros diecinueve detectives que estaban trabajando. La resultante agitación por la actividad desplegada los condujo a otro Estado y terminó en el arresto de un sospechoso, cuarenta y ocho horas después de la comisión del crimen. Esto le produjo un gran orgullo al comisionado y le permitió referirse a la cooperación entre departamentos como la causa de semejante veloz conclusión. Norah estaba para entonces trabajando en el homicidio de dos hombres cuyos cadáveres habían sido encontrados entre los escombros de un incendio de una casa de

departamentos pero que habían muerto antes, por heridas de revólver. Esta vez su trabajo consistía en reconstruir los antecedentes de la víctima que había estado alquilando el departamento. David Link estaba trabajando en el pasado del otro hombre que vivía con él (aparentemente en una relación homosexual).

Los detectives Mulcahaney y Link raramente eran asignados juntos. El teniente Felix, que comandaba la patrulla, prefería juntar a cada uno con un agente de policía más sosegado, que amortiguara la exuberancia característica de ambos. En esta circunstancia el caso estaba a cargo de un sargento y el trabajo de ellos era de apoyo y bajo su dirección. De todos los hombres de la patrulla, del que Norah se sentía más cerca era de David, después de Joe, por supuesto. Tanto ella como Link habían sido nombrados antes de la reorganización del «bureau», es decir, de la división de detectives, cuando Homicidios Norte y Sur tenía jurisdicción sobre toda la ciudad y era la mejor de las asignaciones. Habían sido los principiantes y los dos miembros más jóvenes. Podía haber causado rivalidad entre ellos; en cambio se creó una alianza. En este momento estaban trabajando en sus informes, en escritorios contiguos, y compartían un silencio amistoso en el cuarto vacío de la patrulla.

Sonó un teléfono. Los dos levantaron la vista. Era el teléfono del escritorio de Joe.

David suspiró.

—Apuesto a que es esa misma dama. Le dije una docena de veces que Joe no está disponible. Tal vez tú la convenzas.

Norah se levantó, se estiró, y cruzó el cuarto mientras el teléfono continuaba sonando.

—Homicidios y Asaltos. Habla Mulcahaney.

—Oh, quería hablar con el sargento Capretto.

—El sargento Capretto está temporariamente fuera de servicio.

¿Le puedo ser útil en algo?

—No, gracias. Es un asunto personal. ¿Cuándo estará disponible?

—Dentro de varias semanas.

—¿Dónde le podría hablar?

La mujer tenía una de esas voces bajas, roncas, que se supone son seductoras.

—Lo siento. No le puedo dar esa información.

—Pero soy una amiga de él, una vieja amiga. Él espera mi llamado.

Realmente, pensó Norah, entonces ¿por qué no lo llama a su casa? El número de la casa de Joe no estaba en la guía, naturalmente, pero si ella no lo sabía, entonces no sería tan amiga.

—¿Quiere dejarle algún mensaje?

—Si me asegura que este mensaje le llegará finalmente… —

comenzó a decir con impaciencia, luego cambió a un tono encantador. Gracias, sí. Simplemente dígale que lo llamó Helen Scott, Helen Iverson Scott. Estoy parando en el Aylward, suite 507.

—Muy bien, Miss Scott. Ya tomé nota.

—Mrs. Scott.

—Muy bien, Mrs. Scott, me ocuparé de que el sargento Capretto reciba su mensaje.

—Gracias, Miss… uh… Mulcahaney, ¿no?

—Detective Mulcahaney.

—Oh. Gracias, detective Mulcahaney.

—Ha estado llamando tres o cuatro veces por día, durante los últimos tres días —le informó David a Norah cuando esta colgó el tubo. Señaló la variedad de pedacitos de papel metidos por los costados del papel secante de Joe, todos con el nombre de Scott garabateado en distintas escrituras. Norah agregó su propia anotación sin hacer comentarios. David la miró largamente—.

Parece «sexy».

Bueno, él sabía, como también lo sabían todos los hombres, que ella y Joe se habían estado viendo mucho últimamente. No era ningún secreto. Norah no había dejado de pensar en ello, pero

probablemente había mucho de especulación sobre ellos. Sabía que David estaba bromeando; sin embargo no pudo evitar un repentino destello de celos.

—Me parece que fuma demasiado. —Norah se puso de costado para que David no viera su rubor. Estaba sorprendida de su propia reacción.

Pero David no necesitaba verla.

—Parecería que Joe no tiene demasiado interés. Después del quinto llamado me harté de tomar mensajes, y decidí llamarlo a su casa y pasarle la información. Evidentemente no le ha contestado, si no nos estaría molestando aquí, ¿no?

Esto alivió considerablemente a Norah, pero no lo pudo decir.

—Se lo recordaré a Joe la próxima vez que hable con él.

Antes de que pudiera suceder eso, sin embargo, estaba citada por el fiscal del distrito para presentarse ante el gran jurado en el juicio oral de Dana. Aunque Norah no había sido conectada oficialmente con el caso se había enterado que como primer policía que entrevistó a la demandante, seguramente la llamarían. Estaba preocupada por Gabby, de modo que antes de subir las escaleras tocó el timbre del 3.º H. Fue una Gabriela completamente recuperada, hasta radiante, la que contestó el llamado, extendió los brazos para abrazar a la policía y la atrajo hacia adentro.

—¡Oh!, ¡me alegro de verla! Si no hubiera venido, la hubiera buscado para contarle las maravillosas noticias y agradecerle.

Porque todo se debe a usted y a sus buenos consejos. Tenía usted razón, Enrique solo parecía distante y se quedaba silencioso por mi angustia, exactamente como usted lo dijo. Fue un malentendido.

Pero ya pasó, y nos vamos a casar. Lo antes posible. Papá ha dado su consentimiento.

—Gabby, ¡qué maravilla! Me siento tan feliz por ti.

—El casamiento será en San Juan. Enrique ya está de vuelta allí para buscar un departamento cerca de la Universidad. Todavía no hemos fijado fecha por… bueno, usted sabe, por el juicio y todo eso.

Es una de las cosas que le tengo que consultar, Norah. Los dos,

Enrique y papá, quieren que lo siga hasta el final. Ahora que ha sido fijada la fecha… bueno, ¿el sábado siguiente estaría bien? Para entonces ya tendría que estar terminado, ¿no le parece?

Sus oscuros ojos brillaban, su piel morena resplandecía, estaba tan distinta de la chica asustada, avergonzada, tendida en su cama cara a la pared, que era imposible imaginarlo. Norah odiaba tener que echar alguna sombra a su felicidad.

—La audiencia no debería durar más de un día, pero todavía habrá un proceso después, y puede pasar un tiempo largo hasta que termine.

Gabby hizo a un lado las palabras de Norah con impaciencia.

—Sí, sí, ya hablé de eso con Enrique por teléfono anoche (ya me ha llamado de larga distancia tres veces… muy extravagante). —

Todo su ser estaba lleno de la alegría que tanto le debía a él—. Él dice que pueden pasar muchos meses hasta que el caso llegue al tribunal, y piensa que nos deberíamos casar mientras tanto; yo podría volver cuando me necesiten. —Esperó con una pizca de ansiedad—. ¿Estará permitido?

—No veo por qué no.

Gabby asintió con la satisfacción de la que en realidad nunca tuvo dudas.

—Nos gustaría que estuviera presente en nuestro casamiento, Norah, si nos concede el honor. Le estamos tan agradecidos los dos, Enrique y yo: usted nos volvió a reunir. Quiero que sea mi…

madrina •… dama de honor.

—Oh, Gabby, es muy amable. Gracias por pedírmelo, me encantaría, pero no sé si podré ir.

—Le pagaremos el viaje, por supuesto, y si no le importa alojarse en la casa de los padres de Enrique…

—No podría permitir que me paguen el viaje, pero… —Norah consideró rápidamente las posibilidades. Tenía un período bravo por delante. Podría combinar los festejos del casamiento con sus vacaciones. ¿Por qué no? ¡Una semana al sol! Nunca había estado en Puerto Rico ni en ninguna isla del Caribe, ni en ninguna parte

fuera de los Estados Unidos. Tal vez pudiera también ir su padre. Le haría mucho bien. Cuanto más lo pensaba más ganas tenía de hacerlo. Si Gabby, o más bien Enrique, les encontrara cuartos en alguna pensión, lo podrían llevar a cabo—. Déjame hablar con el teniente, ¿quieres?

—¡Ay, sí! Seguro*. Norah, estoy tan feliz.

—Bueno, no hay nada arreglado, pero… veremos. —Los azules ojos de Norah estaban tan brillantes como los de la futura novia—.

Tienes que buscar a otra persona para madrina, sin embargo… —

Norah se dio cuenta que ya estaba pensando en el viaje como cosa resuelta—. Solo por si se diera el caso a último momento de que algo impidiera…

—No. La queremos a usted. Contaremos con usted. Si sucede algo y usted no pudiera venir no habrá madrina.

Patrick Mulcahaney reaccionó ante la idea con un despliegue de actividad. Tan pronto como el teniente Felix, el superior de Norah, dio su visto bueno, Mulcahaney comenzó a prepararse. Reunió folletos de viajes; fue a una biblioteca y sacó libros sobre Puerto Rico; consultó los de sus amigos que habían estado allí; de todo esto recopiló en una lista las cosas que se podían hacer, los lugares adonde ir, y los restaurantes para probar, lo que hubiera llevado por lo menos un mes. Norah estaba encantada, últimamente su padre no había andado bien, había perdido peso, se cansaba muy fácilmente, pero lo que realmente le preocupaba a Norah era que ya no tenía interés en las actividades que habían formado la estructura de sus días. Todavía salía a caminar sus acostumbradas dos horas sin importarle del tiempo que hiciera, pero ella sospechaba que descansaría bastante en los bancos de la plaza durante el trayecto.

Él admitía que ya no se ejercitaba con las pesas en O’Flaherty Gym, y Norah sabía de buena fuente que su consumición de cerveza Houlihan estaba bajando. Pero se mantenía activo en el local del Democratic Club y podía salirse con la suya en cualquier discusión.

¡Gracias a Dios! Porque cuando llegara el día en que Patrick Mulcahaney no pudiera discutir más, estaría seguramente muerto.

Como todos los auténticos irlandeses, Mulcahaney consideraba el debate como el primer deporte y estaba dispuesto a tomar ambos partido en un punto dudoso de la discusión. Pero la vehemencia había desaparecido de su dialéctica; racionaba sus pasiones. ¡Vean la forma en que lo toleraba ahora a Joe! Al ver a su padre apasionado, revitalizado, Norah se sentía alborozada. Por lo que se refería a ella, por solo esto, el viaje ya era un éxito.

Ella misma se vio arrastrada por log preparativos del casamiento mucho más de lo que había pensado. Gabby estaba constantemente o en el teléfono, hablándole, o haciéndola bajar a Norah a su departamento para consultarle algo. Quería su opinión sobre todo: el traje, los trajes de las damas de compañía. La lista de invitados. Aunque Norah no conocía la gente involucrada, de todos modos se le pedía que ayudara a decidir si invitar a la tía abuela Sofía, a la que todos querían, cuando eso significaba también invitar al primo Alberto, ¡ese pequeño sinvergüenza! ¿Qué se serviría en la recepción? Cien detalles insólitos que Norah hubiera tenido por tontos e inconsecuentes en un momento dado, ahora la absorbían.

No se había dado cuenta de lo intrincado que podía ser un supuestamente simple casamiento familiar. La síntesis de todo esto fue dada un día cuando Gabby llevó a su nueva amiga a su cuarto, con sus muebles baratos de segunda mano, y abrió la tapa de la única pieza fina traída desde su país, el arcón de caoba. Dentro, cuidadosamente colocado entre hojas de papel de seda, estaba su

«trousseau». Había pilas de delicadas cosas personales de encaje, y ropa blanca para la casa, toallas, sábanas, manteles, hechos a mano, bordados a mano, en los que Gabriela Constante debió haber trabajado y que debió haber guardado por años, mucho antes de haber conocido a Enrique Ferrer. Ahora se estaba haciendo su propio vestido de novia (el lustroso satin estaba plegado en la máquina de coser). Los tiempos han cambiado, se recordó Norah a sí misma; nadie hacía más esto. Sin embargo, se sintió emocionada, y si antes no había comprendido cuánto significaba el casamiento

para Gabby, seguramente ahora estaba más cerca de la comprensión.

Estas preocupaciones exclusivamente femeninas eran una nueva experiencia para Norah Mulcahaney. Su madre había muerto cuando tenía doce años. Su padre nunca consideró siquiera el volver a casarse. Este había intentado tomar una ama de llaves, pero la había desechado desde el principio porque el hacer las tareas de la casa había parecido importante para la dolorida niña, ya que se había enorgullecido tanto de su destreza para mantener la casa y ocuparse de él y los dos chicos. Había sido una especie de terapia para ella. Una vez que se establecieron así las cosas, fue difícil cambiarlas. De modo que en la época en que otras adolescentes se divertían juntas, descubriendo a los muchachos, Norah iba al mercado, cocinaba, limpiaba, aprendía a equilibrar el presupuesto doméstico. Luego, justo cuando estaba preparada para entrar a la universidad, una grúa le destrozó la pierna a Patrick Mulcahaney. Fue solo su feroz voluntad la que le evitó llegar a convertirse en un lisiado para el resto de su vida. La universidad fue pospuesta, luego abandonada. Norah se quedó en la casa y se ocupó de ella y de sus tres hombres hasta que con el correr del tiempo sus hermanos se casaron y se fueron al Oeste. Mulcahaney, sintiéndose culpable de los años dedicados por Norah a ellos, había sido el que había insistido en que ella se fuera de la casa y se buscara un trabajo. Lo que en realidad se proponía, era que por el trabajo encontrara un marido. No había calculado con que ella se enrolaría en la policía. Al ver a su hija por fin actuar como las otras chicas, se regocijó. Por lo que se refería a Patrick Mulcahaney, esto solo ya hacía del viaje también un éxito.

El placer de Joe Capretto por el viaje era algo menos entusiasta.

—¿Estarás de vuelta a tiempo para mi graduación?

—Estaré mucho tiempo antes —le aseguró Norah.

—Mamá ya está planeando el menú de la celebración. —Se sonrió desaprobándolo—. Toda la familia va a estar presente, las

chicas con sus maridos e hijos, una multitud. Pensé que tú y tu padre… si es que lo aguantan.

Era la primera vez que Joe les pedía que fueran a su casa.

—No nos lo perderemos, Joe.

Al ir acercándose el momento de la audiencia del gran jurado, Norah notó indicios de nerviosidad en Gabby. Su mente se iba de lo que hasta ese momento habían sido los temas totalmente fascinantes de la etiqueta del casamiento. Se ponía repentinamente pálida, le transpiraba la frente y la casi imperceptible línea de vello que tenía sobre el labio superior. Bueno, era de esperar. Después de la sesión con John Cootes, fiscal del distrito a cargo del caso, Gabby volvió con más confianza. Parecía impaciente por terminar el asunto, como si fuera la última cosa desagradable que debía superar antes de entrar a un estado de permanente felicidad. Era una actitud tan buena como cualquier otra. Norah tuvo cuidado de no perturbarla.

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