Disque 577

Lillian O'Donnell · Capítulo 4 de 19

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Disque 577

Dos

LA desnuda bombita de luz iluminaba agresivamente el cielo raso del living vacío de los Constante. Era un amplio cuarto escasamente amueblado con muebles modernos baratos. Estilo danés, de segunda mano. Constante, con su innato porte aristocrático y su bien cortada ropa de noche parecía no pertenecer allí. Acababan de entrar cuando Norah oyó que se cerraba suavemente una puerta al fondo, y Mrs. Constante se unió a ellos. Ella tampoco parecía pertenecer a esa atmósfera barata. No era tampoco lo que Norah había esperado que fuera la mujer de Constante. Era baja, regordeta, y anticuada en su vestido negro demasiado largo. Su pelo negro estaba generosamente veteado de gris, la cara cetrina y manchada de lágrimas, sus ojos oscuros hundidos en sombríos huecos. Pero se adelantó y extendió la mano con gracia en señal de bienvenida.

—Gracias. Muchas gracias por venir a ayudarnos, detective Mulcahaney.

Su acento era pesado pero su voz suave, y a pesar de su dolor le hizo sentir a Norah que los honraba. Norah revisó su opinión: era exactamente la mujer para Constante. Era también una mujer afortunada, que tenía la dignidad de envejecer naturalmente, una mujer que no se obligaba a un régimen o a teñirse el pelo para competir con alguna secretaria joven de la oficina de su marido o con la inventada imagen de ama de casa de los avisos comerciales de TV. Norah se imaginó que debió haber sido muy doloroso para

esta agraciada mujer dejar un hogar formado amorosamente y venir a esta ciudad brutal. Y ahora que le sucediera esto…

—¿Cómo está Gabriela? —preguntó.

—Un poco más tranquila, creo.

—¿Quiere que hable con ella?

—¿No se podría esperar hasta mañana?

—¡Ofelia! —la reprendió Constante.

—Cuanto antes conozca los hechos mejor, Mrs. Constante.

—Pablo… ¿por qué debemos hacerlo? ¿Por qué?*.

—Ya está decidido, querida.*

Con un suspiro casi inaudible pero sin protestar más Mrs.

Constante le hizo señas a Norah para que la siguiera, y la guio hasta una puerta cerrada que había al fondo del corredor interior. La mano en la manija, se detuvo para mirar ansiosamente a Norah.

—Gabriela ha rehusado hablar de lo que sucedió, detective Mulcahaney.

—Seré lo más suave que pueda, Mrs. Constante. Puede confiar en mí.

—Así lo creo. Gracias*, gracias. —Bajó la mirada y se colocó a un lado, indicándole a Norah que entrara sola.

Una tenue luz estaba encendida al lado de la cama sobre la mesita de luz, una cama simple contra la pared del fondo. La chica estaba tendida sobre ella de espaldas a Norah, y no se movió.

Norah se tomó un momento para dar una mirada alrededor. Aparte de la cama y la mesa de luz, el único mueble era un pequeño escritorio, una máquina de coser antigua, y un cofre bajo. Excepto este, que era de fina caoba lustrada, todo lo demás, como las cosas del living, era de segunda mano.

—Gabby… —Norah llamó suavemente, pero la chica no hizo ningún ademán de haber oído—. Soy Norah Mulcahaney. Gabby.

Me recuerdas; tuvimos una larga charla el otro día. —Todavía ninguna reacción. Moviéndose silenciosamente, Norah tomó la única silla que estaba delante de la máquina de coser, la llevó hasta la cama, y se sentó. Esperó. Gabriela Constante no se movió.

Se oía el tic-tac del reloj. No hubo ningún otro sonido durante un largo rato.

—Váyase —musitó Gabriela con la cabeza metida en la almohada.

—Si realmente quieres que me vaya, lo haré —dijo Norah y esperó.

Gabriela se hundió más en la almohada.

—Alguna vez tendrás que hablar de ello, Gabriela.

—¿Por qué? ¿Por qué lo he de hacer? No quiero. ¡No lo voy a hacer nunca! —Todavía estaba tendida boca abajo, sus palabras aún ahogadas—. No tengo por qué hacerlo.

Norah no la contradijo.

—Lo viste; lo viste bien. Podrías dar una descripción de él que nos ayudaría a arrestarlo.

—¿De qué serviría? No cambiaría nada.

—Podría salvar a otra chica.

—No me importa de ninguna otra chica.

—¿No? Siento que no te importe, Gabby. Siento que a la chica que él vejó antes de ti no le haya importado tampoco, porque si le hubiera importado tal vez no hubiera andado suelto por la calle para atacarte.

Pasaron unos instantes, y entonces Gabriela se dio vuelta de costado, pero todavía de frente a la pared y alejada de Norah, y comenzó a llorar suavemente. Norah no hizo ningún movimiento para tocarla o consolarla. Finalmente Gabriela se puso de espaldas.

Su morena cara oval estaba hinchada de llorar, y tenía parches rojos que parecían un sarpullido, pero no había machucones o algún otro indicio de haber sido golpeada en la cabeza. Podría haber marcas en el cuerpo, por supuesto, de las que ni su padre ni su madre se hubieran percatado, pero el doctor las descubriría en su examen médico.

Gabriela moqueó.

—¿Qué quiere saber?

—Para empezar… la descripción del hombre.

—No.

—¿Por qué no, Gabby? ¿Por qué no?

—Si lo describo, lo pueden encontrar, y entonces todos se van a enterar. No quiero que nadie lo sepa.

—No tienes por qué tener vergüenza. Lo que pasó no fue culpa tuya. —La chica volvió a dar vuelta la cabeza hacia la pared—. Si te hubiera atacado para robarte la cartera me hubieras dado la descripción, ¿no?

—No es lo mismo.

—No. —Norah estuvo de acuerdo—. Pero…

—Usted no comprende. Es… Enrique. Una vez que descubra que… que no soy… que me han usado… ¡no me va a querer!

¡Así que era eso! Al describir su vida en San Juan, Gabriela había hablado mucho de su novio y de todas sus virtudes. En estos tiempos permisivos era casi un impacto descubrir que se respetaban todavía las viejas normas morales.

—Enrique sabrá que no fue por culpa tuya. Te consolará y te apreciará. —Gabby solo lloró más fuerte. Norah se inclinó sobre ella y le puso una mano tranquilizante sobre la espalda palpitante. ¿En qué medida de inocencia e ingenuidad habían mantenido las monjas del Sagrado Corazón a sus chicas?—. Una vez que te cases, Enrique lo descubrirá. Entonces va a ser mucho más difícil de explicar.

Gradualmente Gabriela dejó de sollozar. Se incorporó.

—Tengo miedo. Tengo miedo de que vuelva.

—Ya nos ocuparemos de que no te dañe a ti ni a nadie más por un largo tiempo —prometió Norah.

Gabby inspiró hondo.

—Tenía pelo marrón, ondeado, crespo, y ojos azules… el blanco de los ojos era amarillento. Estaba resfriado, le goteaba la nariz…

La descripción hasta ahora era tanto emocional como real, pero Norah la dejó seguir.

—Tenía mucha fuerza; me arrastró hasta el primer descanso de la escalera con una sola mano mientras me tapaba con la otra la

boca. Cuando me dejó caer, no me pude mover. —Se estremeció y las lágrimas se derramaron nuevamente.

—Trata de no pensar en esa parte; concéntrate solo en el aspecto que tenía él.

—Ya se lo dije. Eso es todo lo que puedo recordar.

Era el momento de darle una pequeña ayuda.

—¿Era joven o viejo?

—Oh… de mediana edad… alrededor de veinticinco años.

—¿Bajo o alto? ¿Gordo o flaco?

—Alto y… bueno, no realmente flaco, pero más flaco que gordo… Y tenía mucha fuerza. —Repitió eso como si no estuviera segura de que Norah lo hubiera oído la primera vez.

—Bien, está bien. Ahora vamos a ver si yo puedo redondear un poco el retrato. ¿Qué forma de cara tenía, ancha o angosta?

—Angosta, con el nacimiento del pelo de la frente bajo, y un mentón especialmente largo y partido, y las mejillas como hundidas.

Norah se sintió encantada de que la imagen estuviera tan clara en la mente de Gabriela y también apenada, pues se dio cuenta de que pasaría un tiempo muy largo antes de que la chica pudiera borrársela.

—¿Notaste alguna cicatriz o alguna marca identificadora? —

Gabby sacudió la cabeza—. Durante el forcejeo, ¿pudiste marcarlo en alguna forma? Tienes uñas largas: ¿le rasguñaste la cara?

—Usted dijo que no teníamos que hablar de esa parte.

—Solo esto, Gabby; es importante.

—No.

Norah retrocedió. Finalmente tendría que entrar en los detalles del asalto, pero ese no era el momento. Por ahora hablaría solo de los hechos que lo rodearon.

—¿De dónde vino? Lo que quiero decir es ¿estaba ya en el edificio, o te siguió desde la calle hasta adentro?

—Apareció detrás de mí y me agarró cuando estaba abriendo la puerta.

—¿Notaste que te hubiera estado siguiendo desde alguna distancia? ¿O saltó desde alguna entrada cuando pasaste por delante, o qué?

—Me siguió desde el subterráneo.

Eso la sorprendió a Norah, pero se cuidó de no demostrarlo.

—¿Te diste cuenta? ¿Cuándo, exactamente?

—Cuando bajé del subterráneo.

—¿Estaba en el mismo tren contigo?

—No en el mismo coche. Se da cuenta, estaba delante de la entrada del subterráneo cuando subimos Luisa, Raúl y yo. Es mi amiga Luisa Alvarez y su novio*… un amigo, Raúl Martín. Luisa y yo habíamos estado en Santa Teresa clasificando y empaquetando la ropa… usted ya sabe…

—Sí. —En realidad Norah se había preguntado qué estaba haciendo sola cerca de medianoche una chica tan cuidadosamente educada y protegida como Gabriela Constante. No le había preguntado a los padres, no queriendo agregar a su pena la sugerencia de que habían fallado en su responsabilidad—. ¿Se suponía que te acompañarían hasta tu casa?

—Luisa me iba a acompañar. Pero entonces apareció Raúl… la estaba esperando fuera de la iglesia. Me di cuenta de que a él le decepcionó el hecho de que yo estuviera con ellos; quería estar solo con ella. De modo que subimos juntos al subterráneo, pero yo no dejé que se bajaran conmigo en mi parada. Les aseguré que me arreglaría muy bien. No fue culpa de ellos.

—Pero tú ya habías notado que este hombre extraño te estaba observando.

—¡Pero no sabía que había nada de malo en ello! Me miraba, luego, cuando lo pesqué mirándome desvió la mirada rápidamente, luego lo volví a mirar hasta que nuestros ojos se encontraron, y entonces sonrió. ¡Yo pensé… que me estaba admirando!

Una experiencia suficientemente común, que Norah misma había tenido a menudo.

—Y como no subió al mismo coche que tú, naturalmente no esperabas que se bajara en la misma parada.

—No, no lo esperaba. —Gabriela estuvo agradecida por la comprensión de Norah—. Me puso nerviosa, pero subió las escaleras delante de mí. Cuando llegué a la calle estaba parado en la esquina mirando alrededor, pero cuando llegué a Riverside Drive ya se había ido. No lo volví a ver hasta que llegué a la Ochenta y Tres.

Podía haber estado acechándola desde el principio, o podía haber sido que el bajar en la misma estación que ella hubiera sido una coincidencia; Norah no pudo llegar a ver que tuviera importancia. Gabby estaba considerablemente más calma ya, de modo que Norah decidió tratar de volver a preguntarle respecto del asalto mismo. Era verdad que Gabby era inexperta, sin embargo el instinto debió guiarla.

—¿Trató de hacer algo o de forzarte a hacer algo que fuera…

anormal?

—No.

Gracias a Dios por esto. Norah se sonrojó junto con Gabby.

—Durante el forcejeo ¿lo pudiste marcar de alguna forma? —

preguntó por segunda vez.

Por un momento pareció que Gabby iba a buscar refugio en sus lágrimas; luego inesperadamente su rostro se aclaró y contestó:

—Le desgarré la camisa… la manga de la camisa.

Se habría desprendido de la camisa; aun cuando no lo hubiera hecho, nadie podría probar cómo se llegó a desgarrar una camisa.

—¿Pudiste haberle rasguñado el brazo?

—No lo sé. No pude ver. Tenía un… cómo se llama… un dibujo en el brazo.

—¿Un tatuaje?

—Sí, tenía eso en el brazo de modo que no pude darme cuenta si lo rasguñé. Además, retiró el brazo demasiado rápido.

Norah estaba excitada.

—Un tatuaje es la mejor clase de marca de identificación, Gabby.

¿Qué era el dibujo?

—Retiró el brazo enseguida, —repitió ella—. Estaba muy enojado.

Naturalmente no había querido que ella lo viera bien.

—No importa. Una vez que tengamos alguna persona sospechosa, cualquier clase de tatuaje que tenga será altamente significativo. ¿Recuerdas qué brazo?

—No quiero hablar más de ello. Por favor. ¡Por favor!

Norah se puso de pie.

—Te has portado muy bien, Gabby. Gracias.

Un cauteloso golpecito sonó en la puerta, y Mrs. Constante se asomó.

—Llegó el doctor —le susurró a Norah.

Pero Gabriela oyó y abrió los ojos alarmada.

—No quiero a ningún doctor. No quiero que nadie me vea ni me toque. Dígale que se vaya*. Mamá, por favor, no lo quiero, no lo quiero*.

El tipo de examen médico al que estaba por sometérsela podía ser traumático para una chica joven, cualesquiera fueran las circunstancias que lo acompañaran, de modo que Norah intervino.

—Es por tu propia protección, Gabby. —Vaciló, preguntándose nuevamente por la medida de la ingenuidad de la chica—. Por la protección de Enrique, también. No querrías pasarle una infección,

¿no?

Mrs. Constante emitió sonidos entrecortados, pero Gabriela simplemente asintió con un cabeceo, resignada.

A1 comienzo del examen ginecológico, Norah abandonó el cuarto; sintió que podía por lo menos evitarle a Gabriela esa gran humillación.

Norah fue la única que tomó el café que Mrs. Consente había preparado, mientras esperaban en el severamente iluminado living a que el doctor Héctor López terminara. Pablo Constante caminaba de un lado a otro y fumaba; Ofelia Constante estaba sentada al borde

del usado y manchado diván poniéndose tensa con cada sonido que viniera del cuarto de su hija. Nadie hizo ningún intento por conversar. La madre fue la primera en notar la apertura y cierre de la puerta de Gabby. Se levantó instantáneamente y fue al encuentro del doctor.

—Todo está bien, señora. Consuélese*.

Héctor López era un hombre de mediana edad y tamaño, calvo, de cara redonda, llena. Llevaba anteojos sin armazón, pince-nez, y habló con calma profesional, pero la simpatía que le ofrecía a la ansiosa madre fue muy real y personal.

—Parece estar muy bien —agregó en inglés para beneficio de Norah.

—¿Parece? —El padre se tomó de la palabra y en dos grandes pasos estuvo cara a cara frente al doctor López.

—Es una forma de hablar, amigo*, solo eso. Aparte de un largo moretón detrás del hombro derecho y otro a lo largo de las nalgas, no hay heridas externas. Internamente… —dijo, suspirando—. No los voy a engañar, se ha abusado mucho de ella, pero la naturaleza es una buena curandera. Le he dado una inyección de penicilina…

puramente por precaución, usted comprenderá. —Hizo una pausa

—. Emocionalmente… bueno, ha sido un shock muy violento para ella. Es mi responsabilidad, por ley, interrogar a Gabriela, pero como entiendo que usted ya le sacó los detalles, detective Mulcahaney, no quise presionar más a la chica. —Esperó la confirmación de Norah.

—Ya hablé con ella, doctor López, y me dio una muy clara descripción del hombre que la asaltó y detalles generales del ataque.

—Bien. Es una buena cosa que sea capaz de hablar de ello. Sin embargo, Gabriela me hizo una pregunta que es significativa. Me preguntó si yo podía reparar el daño.

Mrs. Constante gimió y se volvió a su marido y fue atraída a los brazos de aquel.

—Le tuve que decir que no podía.

—Está avergonzada de que su novio, Enrique, lo sepa —explicó Norah.

López asintió.

—Pensé que sería algún problema de ese tipo.

—Enrique se casará con ella, lo puedo asegurar —anunció Constante.

—Estoy seguro de que es un joven excelente y se mantendrá fiel a ella —dijo López, apurándose a calmar la agitación de Constante

—. Sin embargo, cuanto más rápidamente pueda tranquilizar a Gabriela personalmente, mejor.

—Él está en San Juan, es estudiante de la Universidad. Lo llamaré y le diré que tiene que venir inmediatamente.

—Bien. Muy bien. Le he dado a Gabriela una medicación para hacerla dormir. Creo, señora que también usted tendría que tomar algo. —El doctor abrió su maletín.

—Gracias, pero yo no necesito…

—Haz lo que el doctor te aconseja, Ofelia. Debes descansar mientras puedas, pues necesitarás muchas energías durante los próximos días.

El cuarto estaba muy quieto. López pareció querer agregar algo.

Pasó la mirada desde los ansiosos padres a Norah y, en vez de hablar, inclinó la cabeza y revolvió en el maletín. Mrs. Constante extendió la mano y aceptó las tabletas que él le puso en un pequeño sobre.

Después de cerrar el maletín, López volvió a vacilar.

—Hay otros dos asuntos técnicos que debería hablar con la detective Mulacahaney. Hay algún lugar… ¿tal vez la cocina…?

—Por favor, quédese aquí, doctor. Si no necesitan más a mi mujer, ella se retirará, pero yo los acompañaré cuando terminen. —

Señaló Constante—. Golpee no más la primera puerta.

López asintió, luego esperó hasta que Constante hubiera acompañado a su mujer al dormitorio. Una vez que se fueron pareció aliviado de un pesado constreñimiento y se sentó. Norah se

sentó también y descubrió para su sorpresa que también ella se sentía aliviada con la partida de ellos.

—Como dije, no hay duda de que Gabriela Constante ha tenido relaciones sexuales —declaró López—. El himen fue roto, y ha sangrado considerablemente. Estoy dispuesto a declararlo. No sé qué conocimientos tiene usted de la ley que rige en caso de violación en New York…

—Solo la conozco en términos generales. Nunca tuve entre manos un caso de este tipo. Trabajo en homicidios.

López la miró más atentamente, sacudió la cabeza, volvió a suspirar.

—Desafortunadamente

yo

he

tenido

una

experiencia

considerable en casos semejantes. Aunque la ley en cierta forma se ha hecho menos rígida recientemente en cuanto a los requisitos para establecer la violación, cuanto mayores sean las pruebas que uno pueda ofrecer, mejor. Conozco a Gabriela Constante (ha estado a mi cuidado por una irregularidad menstrual menor), de modo que no solo puedo declarar que era virgen sino que también estoy dispuesto a testimoniar por su reputación y antecedentes y por el daño traumático causado por la violación. En cuanto al uso de la fuerza… la ropa que llevaba, si está desgarrada y tiene sangre y manchas de esperma puede ser útil. Le sugiero que reúna todo lo que llevaba antes de que su madre erróneamente lo eche a la máquina de lavar o hasta lo tire.

—Sí. Me ocuparé de eso enseguida.

—Bueno… —El doctor se levantó fatigado—. Eso es todo lo que podemos hacer por el momento. Aquí tiene mi tarjeta, detective Mulcahaney. Llámeme en cualquier momento por cualquier ayuda que pueda necesitar.

En cuanto López golpeó la puerta, Pablo Constante salió del dormitorio. Los dos hombres caminaron juntos hacia la puerta de entrada. A Norah le pareció que López estaba preocupado, quería hablar, y como anteriormente, decidió no hacerlo. Se estrecharon las manos, y le dio un fuerte abrazo* a Constante. ¿Era una expresión

de simpatía en razón de su lazo étnico, o le daba coraje para la difícil prueba que el doctor sabía por experiencia propia que recién comenzaba? En el primer momento Norah había pensado poco en la difícil prueba que tenía Gabby por delante. Las denuncias por violación, ella lo sabía, eran generalmente complicadas, duras para la víctima, difíciles de probar. Seguramente en esta instancia, con la excelente descripción del asaltante y la rápida atención del médico, no habría problemas. Sin embargo, Norah pensaba si López no le habría aconsejado a su compatriota que no hiciera la denuncia, si ella no hubiera estado allí. ¿Era eso lo que estaba detrás de la vacilación de López?

—Yo también me voy, Mr. Constante —dijo Norah tan pronto como se hubo ido el doctor.

—No le puedo agradecer suficientemente, detective Mulcahaney.

—Por favor. ¿Para qué están los vecinos? —Ella también vaciló, pensando si él se daría cuenta de las dificultades que tenía por delante—. Usted comprende que yo no estaré personalmente a cargo del caso de Gabby, ¿no? Estamos en el cuarto distrito de detectives aquí, y yo trabajo para el quinto. Tendré que pasar el informe al…

—Pero yo entendí… yo pensaba… —Constante estaba desconcertado—. Yo le expliqué cuando subí a su departamento que Gabriela no le hablaría a extraños, especialmente que no le hablaría a un hombre.

—Yo lo comprendo. Tengo intención de hacer un informe completo e incluiré todo lo que ella me dijo esta noche y pediré que no se la entreviste nuevamente hasta que no sea absolutamente necesario. Pero ella tendrá que firmar la denuncia. Y cuando se encuentre al hombre, tendrá que identificarlo. También tendrá que presentarse al tribunal.

—¿Cree que lo agarrarán?

—Creo que hay muy buenas perspectivas.

—Entonces Gabriela hará lo que sea necesario.

Como ella creía por su cuenta que se debía hacer la denuncia, eso fue lo máximo a lo que llegó Norah en sus advertencias.

—Una cosa más, Mr. Constante. ¿Me puede conseguir la ropa que Gabby usó esta noche? Todo lo que usó.

La cara pálida de Pablo Constante se puso lívida.

—Voy a buscarla —dijo.

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