Dolores
10. Eddie
Todo el mundo la consideraba millonaria, lo que hacía que su situación resultara ridícula. No podía acudir a comprarse ropa a una boutique de mala muerte. Los periódicos lo publicarían inmediatamente y todo el mundo la acusaría de ser tacaña. Seguía vistiendo a Mary Lou y a los gemelos en los mejores establecimientos de confección infantil de la Avenida Madison.
Asistió, en Washington, a las ceremonias conmemorativas del aniversario de la muerte de su esposo. Después regresó a casa y examinó su guardarropa: un extenso repertorio de anticuados trajes «midi». Durante todo el año anterior se había vestido exclusivamente con «luto». ¡Y ahora los armarios repletos de vestidos de «antes» no le servían para nada! ¡Un vestuario integrado por dos armarios atestados de ropa que respondía a una moda en desuso! ¡Ni siquiera podía aprovechar los trajes acortándolos, pues el «corte» no resultaba adecuado!
Empezó a dar largos paseos… enfundada en pantalones. Le sacaron fotografías en las que aparecía esbelta y deslumbrante. Si el tiempo lo permitía, paseaba en bicicleta por el parque en compañía de Mary Lou cuando ésta regresaba de la escuela.
Conoció a Eddie Harris en una ocasión en que Mary Lou se cayó de la bicicleta en el parque. El agente del Servicio Secreto se acercó presurosamente, pero fue Eddie quien recogió primero a la niña. Dolores le reconoció inmediatamente. Era un joven y brillante productor cinematográfico (por la tarde, Dolores acudía con frecuencia a las salas cinematográficas con un pañuelo anudado alrededor de la cabeza y los ojos cubiertos por unas gafas oscuras).
Eddie se presentó. Ella le sonrió altivamente y él le preguntó si podría acompañarlas en su paseo en bicicleta por el parque. Al término de la jornada ya se habían hecho buenos amigos. Dolores tenía el presentimiento de que era homosexual, a pesar de que corrían rumores acerca de las relaciones que había mantenido con diversas mujeres. Aquel hombre no le inspiraba el menor sentimiento sexual, pero le gustaba y respetaba su talento.
—Oiga —le dijo él ansiosamente—, ¿le apetece asistir conmigo, la semana que viene, al concierto de Leonard Bernstein?
—Me temo que no podré —repuso ella.
—¿Por qué? ¿No desea hacer su primera aparición en público acompañada de un judío? —preguntó él esbozando una sonrisa.
—Jamás he pensado que fuera usted otra cosa más que un hombre de gran talento. Pero sucede que mi suegra tiene previsto venir a la ciudad esta semana y yo pasaré algunos días con ella en el campo, junto con unos amigos. Sin embargo, ¿querría usted cenar conmigo, en mi apartamento, a la semana siguiente? Venga vestido tal como va ahora… Digamos, pues, dentro de una semana a partir del martes.
Pareció que a él le emocionaba la invitación y los tres pedalearon hasta llegar al Edificio River View.
—Décimo piso —le dijo ella cuando se despedían.
—¿Qué puerta?
—Tengo toda la planta —repuso ella, disimulando su presuntuosa observación mediante una expresión de niñita inocente. Después se apresuró a añadir—: ¿Qué comida prefiere? Tengo una maravillosa cocinera que ya está empezando a cansarse de prepararles chuletas de cordero a los niños.
—Spaghetti… marinara, minestrone… Y una ensalada.
—Muy bien. A las ocho en punto. Los niños ya se habrán acostado para entonces.
Dolores se pasó el resto del día pensando en él. Había dado en el clavo con aquella observación de «¿No desea hacer su primera aparición en público acompañada de un judío?». Mejor dicho, había acertado… y no había acertado. En realidad, el hecho de que fuera judío no tenía nada que ver. Si se hubiese tratado de un importante gobernador o senador, aún siendo judío, ella no habría vacilado en salir con él… Pero salir por primera vez con un representante del mundo del espectáculo… ¡No! No encajaría con su imagen.
Lo comentó con Bridget, quien asintió solemnemente mientras ambas almorzaban. «Tienes razón. Hablaré con Michael y él te encontrará a un acompañante adecuado».
A la semana siguiente Dolores asistió a la inauguración de un museo en compañía de una escolta conveniente: el presidente del Tribunal Supremo, que era soltero y tenía cincuenta y nueve años. Fue la noche más aburrida de su vida y se gastó quinientos dólares en un traje de Stavropoulos… rebajado. Su nueva secretaria social, Nancy Kind, se lo había organizado todo.
Se acostó con Eddie Harris la primera noche que éste acudió a su apartamento. Probablemente porque la situación era clandestina y porque estaba segura de que era un homosexual al que jamás volvería a ver. Se sintió tranquila y alcanzó un orgasmo por primera vez en su vida. Al principio, simuló experimentar algo, tal como solía hacer con Jimmy. (Gemir un poco y terminar cuanto antes). Pero Eddie se echó a reír. «Jamás conseguirías hacer carrera en el teatro. Ahora relájate y diviértete». Después le siguió haciendo el amor hasta dejarla exhausta.
Empezaron a verse cada semana… y después dos veces por semana, hasta que, súbitamente, él dejó de llamarla. Dolores esperó una semana y le telefoneó.
Se mostró encantador y, al invitarle ella a cenar, dijo:
—Desde luego, pero esta vez me toca a mí.
—¿A qué te refieres?
—A llevarte a cenar fuera.
—No… no puedo, Eddie.
—¡Claro! Pero, en cambio, sí puedes ir al «21» con el presidente del Tribunal Supremo Blinger y al Elaine’s con un poeta que es lo suficientemente mayor como para ser tu abuelo.
—Fueron dos invitaciones a las que no pude negarme. Te aseguro que me aburrí de muerte.
—¿Y qué te hace pensar que yo no me aburro de muerte acudiendo a tu apartamento, bebiendo vino de cosecha en copas de Steuben, saboreando unos manjares exquisitos y, después, sirviéndote en la cama?
Dolores le colgó el teléfono.
Al día siguiente, él le envió unas flores y, al otro, ella consintió en ponerse al teléfono.
—Oye —dijo Eddie ansiosamente—, el alcalde va a ofrecer una gran fiesta con motivo de no sé qué idiotez del fomento del jazz en Nueva York. Acudirán toda clase de personas adecuadas. ¿Te apetece ir conmigo?
—He recibido una invitación —dijo ella—, pero…
—Pero ¿qué? Mira, Dolores, o vas a la fiesta conmigo o voy con otra persona y lo dejamos.
—No me gustan las fiestas —dijo ella—. Jamás me han gustado las grandes fiestas, ni siquiera las de la Casa Blanca.
¿Por qué le estaba dando explicaciones a aquel hombre? Porque era el único contacto de cuerpo y sangre que mantenía con el mundo exterior.
—Bueno, pues, prueba a ver si te gusta ésta. No es más que Gracie
Mansion[4], pero aquí, en Nueva York, la llamamos nuestra casa.
—De acuerdo, Eddie.