Dolores

Jacqueline Susann · Capítulo 15 de 35

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Dolores

14. Posesión

 

Nita llegó un caluroso día de julio. Horatio había llamado muchas veces, pero Dolores no se había puesto al teléfono. Encontró un maravilloso apartamento para su hermana en la Quinta Avenida… Quince habitaciones… y, puesto que estaba claro que Nita disponía de dinero en abundancia, Dolores contrató también un magnífico equipo de sirvientes para ella. Compró colchones de muelles… Imaginaba que la decoración del apartamento conseguiría distraer mucho a Nita, y ella la ayudaría en todo lo que pudiera. Estaba deseando que llegara Nita, pues así tendría a alguien con quien poder hablar, alguien con quien poder salir a almorzar todos los días, alguien con quien olvidarse de su soledad.

Alquiló un automóvil y, acompañada de un agente del Servicio Secreto, acudió a recibir a Nita al aeropuerto. La TWA le permitió llegar hasta la pista de aterrizaje… y Nita cumplimentó rápidamente los trámites de aduana. Acompañó a su hermana al nuevo apartamento y ésta, al verlo, dio su aprobación con aire distraído.

—Claro que está todavía vacío —dijo Dolores en tono entusiasta—. Pero, Nita, piensa en lo mucho que vamos a divertirnos amueblándolo.

Nita asintió tristemente.

—He de tenerlo todo terminado para el otoño, cuando mande llamar al niño. Nelson lo ha enviado a un campamento francés —abrió el bolso, sacó una caja de píldoras e ingirió una pequeña pastilla blanca—. Fenobarbital — dijo, tratando de sonreír—. El médico cree que me será útil.

—Nelson abandonará a esa chica —dijo Dolores. Al ver que Nita no contestaba, se apresuró a añadir—: Mira, Jimmy tuvo muchos idilios. El más importante fue el de Tanya. Cuando un hombre ya ha superado el más importante, si no les haces caso, todos estos idilios mueren de muerte natural. Además, ninguna muchacha bonita querrá seguir al lado de Nelson cuando se entere de que no hay posibilidad de divorcio. Con Jimmy sucedía lo mismo… A veces, estas relaciones duraban algo más sólo porque revestían un carácter secreto y enigmático.

Nita siguió mirándola con aire ausente. Dolores la abrazó súbitamente.

—Vamos, Nita, no va a ser el fin del mundo.

—Lo es —dijo Nita serenamente—. Y no me importa lo más mínimo lo de Nelson con esa chica. Se trata de Erick.

—¿El barón? ¿Aún sigues con él?

Nita extendió la mano y Dolores pudo admirar un enorme solitario.

—Treinta kilates… Su regalo de despedida.

—¿Te ha dejado?

—Hace una semana —repuso Nita, asintiendo—. Me dijo que amaba con todo su corazón a Ludmilla Rosenko y que ésta ya no podía soportar por más tiempo sus relaciones conmigo. ¡Que no podía soportar sus relaciones conmigo! Imagínate, me ha vencido una mujer de cincuenta y cinco años.

—Pero es muy hermosa.

—Le han estirado la piel de la cara tantas veces que apenas puede sonreír. Pero, mira, Erick la recuerda de cuando era una estrella y venera su talento. Es lo único que le entusiasma. La veía noche tras noche y soñaba con poseerla. Parece ser que todos los hombres de París pensaban lo mismo. Y cuando, al final, la consiguió, se lo dio todo. La ha convertido en rica e independiente y, por lo tanto, sabe que le ama…

—Pero tú también eres rica e independiente —dijo Dolores.

—Sin embargo, no soy célebre ni tengo talento. A Erick le encantan las posesiones. Acaba de comprarles un barco a los alemanes, un trasatlántico, y lo está convirtiendo en un yate particular. Será el doble de grande que los barcos que haya podido tener Onassis o cualquier otro. Eso será una posesión. Ludmilla es todavía admirada… y es una posesión. Por consiguiente, cuando le planteó el ultimátum de o ella o yo… fue el final de todo.

—¡Oh, Nita, cuánto lo siento! Tal vez sea para bien.

—Tal vez, pero tenía que irme.

Nita abrió el bolso e ingirió otra píldora de Fenobarbital.

—Nita, no debieras tomarlas tan a menudo.

—Es mejor que permanecer sentada llorando —replicó su hermana, sonriendo vagamente.

—Nita, vas a alojarte en mi casa hasta que todo esto esté arreglado —dijo Dolores levantándose—. Y nos lo vamos a pasar muy bien. Ofreceré una fiesta en tu honor. Invitaré a personas agradables… y disfrutarás aquí de una vida social estupenda. Después, cuando esté decorado tu apartamento, podrás a tu vez ofrecer fiestas. Y nos divertiremos mucho. Imagínate, no tener que andar ahorrando… Tienes más dinero del que puedes gastar.

—¿Te ha llamado Horatio? —preguntó Nita con voz apagada.

—Sí.

—¿Por qué no ha venido contigo a recibirme al aeropuerto?

—Nita, soy la esposa de un presidente. No puedo ir acompañada de un cualquiera.

—Horatio no es un cualquiera —dijo Nita con voz pausada—. Reconozco que es un hombrecillo un poco ridículo, pero me he tropezado con él en varias fiestas de Londres y conoce a la gente más adecuada.

—A mí no me gusta —dijo Dolores.

—¿Cómo lo sabes si no le conoces?

—Le he visto sonriendo como un tonto en la televisión, tratando de hacerse el gracioso, hablando de toda clase de temas menos del que debería dominar: el arte. Es un chismoso mal intencionado. No me gusta.

—A mí me hace gracia —dijo Nita—. Y es mejor almorzar con él que con una chica. Se sabe todas las porquerías.

Dolores miró fijamente a su hermana. Era la primera vez que veía a Nita un poco animada.

—De acuerdo, Nita. Invitaré a tu Horatio a cenar una noche.

 

El mes transcurrió con mucha rapidez. Dolores era un torbellino de actividad. Le trajo a Nita muestras de telas, tomó medidas y procuró no prestar atención al aire letárgico de Nita. Parecía como si ésta perteneciera a otro planeta, como si, no oyera lo que le decían. Dolores acudió incluso al Orsini’s, a almorzar con Nita y Horatio. Nita estaba en lo cierto. Sus chismorreos resultaban muy divertidos y Dolores se lo pasó muy bien. Cuando Horatio estaba presente, parecía como si Nita se animara un poco y se librara de su habitual estado adormecido.

En septiembre, el apartamento no estaba todavía terminado pero ya se podía vivir en él. Nita mandó llamar a su hijo y a la niñera. Los demás sirvientes habían sido contratados por Dolores y eran estupendos. Nita contrató, además, los servicios de una secretaria social, una muchacha muy responsable que acabó adoptando una expresión permanentemente preocupada, dado que Nita la dejaba días y días sentada ante la máquina de escribir a la espera de instrucciones. Nita almorzaba en compañía de Horatio casi todos los días y, en la tercera semana de septiembre, Dolores organizó una cena de treinta invitados en su honor.

Esta vez, los Haines aceptaron. Los invitados habían sido muy bien elegidos. Estaba Eddie Harris, que fascinó a Nita, una cantante de ópera, dos senadores, un importante modisto, un director de cine inglés, un actor inglés que pertenecía al reparto de una obra teatral de mucho éxito y los más destacados apellidos de la alta sociedad. Dolores invitó también a Horatio Capón quien, para asombro suyo, consiguió deslumbrar a varias mujeres, incluida la bella esposa de un agente de cambio y bolsa de Wall Street. Rita Hellman era conocida con el calificativo de Super Elegancia. Figuraba en todas las listas de mujeres mejor vestidas y resultaba incongruente verla sentada a los pies de Horatio, riéndose con los chismorreos que éste le contaba.

Aquella noche, Nita la llamó al terminar la fiesta.

—Dolo, has sido muy buena conmigo… Jamás hemos estado muy unidas, pero me has salvado la vida. Te quiero, Dolo… —añadió con voz ausente.

—Nita, ¿estás bien?

—Sí… Acabo de tomarme una pastilla de Fenobarbital. Dolo ¿eres feliz?

—Esta noche, sí… Por primera vez en casi dos años.

—La fiesta ha resultado todo un éxito.

—Nita… —Empezó a decir Dolores—. ¿Has hablado con Barry Haines?

—Si, le encuentro muy guapo.

—Nita… —Dolores se detuvo y después añadió, con voz pausada—: Estoy loca por él.

—¿Que tú…? ¡Oh, Dolo…! ¡Estupendo! —exclamó Nita, esta vez con la voz muy clara—. ¿Cuánto tiempo hace que dura?

—No había ocurrido nada… hasta esta noche. Se ha pasado conmigo todo el rato que ha podido y me ha dicho que también ha estado pensando mucho en mí. Va a venir a tomar el té. ¡Mañana!

—Oh, Dolo, cuánto me alegro por ti.