Dolores
21. La proposición
El «apartamento» era una casa de espaciosas habitaciones. Parecía que hubiera criados por todas partes. A su llegada, éstos se hallaban situados en hilera con el fin de serle presentados y saludarla. Le asignaron a una muchacha llamada Agnes en calidad de camarera personal.
Dolores se tomó un jerez frente a la chimenea en compañía de Nelson y Nita. Después, Nelson se levantó y dijo:
—Espero que no lo consideréis una grosería por mi parte, pero son cerca de las once y mañana es día de trabajo. Os dejo para que os pongáis al corriente de vuestras cosas.
Besó suavemente a Dolores en la mejilla, le dio a Nita el mismo tipo de beso y abandonó el salón.
Por unos momentos, ambas hermanas guardaron silencio. Dolores contemplaba los altos techos, los tapices, los cuadros ingleses… Al final, Nita le dijo:
—Estoy segura de que mi telegrama debió sorprenderte.
—Ahora ha constituido una agradable sorpresa para mí —dijo Dolores—. Temía que hubiera ocurrido algo malo. —Se desperezó—. ¡Oh, Nita, qué bien se está aquí! Quiero divertirme, ir al teatro, ir de tiendas. Tengo entendido que hay una diseñadora maravillosa llamada Thea Porter.
—Querida, eres demasiado famosa para ir de tiendas. Me parece que la reina de Inglaterra podría hacerlo con mayor tranquilidad que tú. Mañana tu fotografía se publicará en las primeras planas de todos los periódicos de Londres. Yo te acompañaré al establecimiento de Thea. —Nita se levantó—. Supongo que Agnes ya te habrá deshecho el equipaje. Hablaremos más tranquilas arriba. Vamos.
—No ha ocurrido nada malo, ¿verdad?
—El niño está bien. Nelson se encuentra en una pausa entre sus amoríos. Yo no tomo Demerol… lo tomé durante unos días pero ahora ya lo he dejado. Me encuentro estupendamente bien. Me he sobrepuesto y tenemos que hablar.
Dolores se quedó boquiabierta al entrar en el dormitorio. Lo habían cambiado desde la última vez que lo había visto. La cama con dosel, la chimenea, el servicio de plata, con té y bocadillos en una bandeja sobre la mesa, y Agnes en posición de firmes esperando para servir.
—He deshecho todo el equipaje, señora… Puede llamarme con la campanilla de la mesita de noche si desea algo. Me he tomado la libertad de llevarme sus vestidos para plancharlos. Los tendrá a su disposición antes de que se despierte.
—Agnes es un genio con la plancha —dijo Nita.
—Si usted me disculpa, milady, la señora viajaba muy ligera de equipaje. Sólo dos maletas y un baúl.
—La señora Ryan ha viajado a propósito muy ligera de equipaje —le dijo Nita a la sirvienta—. Una de las principales razones de que haya venido a Londres es la de adquirir ropa aquí, en París y tal vez en Roma. Ahora ya puede marcharse, Agnes. Iré yo misma.
—Sí, milady. Myrtle desea saber si necesita alguna otra cosa.
—No, dígale a Myrtle que puede acostarse. Myrtle es mi camarera personal —dijo Nita sonriendo levemente—. ¿Quieres un poco de té?
—Desde luego —repuso Dolores—. Veo que tenemos aquí unos maravillosos bocadillos de pepino. Me muero de hambre.
—¿No has comido en el avión?
—Sí, pero ya hace muchas horas. No olvides que, según mi horario, ni siquiera son las ocho de la tarde.
—Dolo, te convendría adelgazar un poco.
—Y a ti te convendría engordar —dijo Dolores hincando el diente en el bocadillo y reclinándose en el sillón.
Oyeron llamar suavemente a la puerta y entró el mayordomo con un telegrama en una bandeja para Dolores. Cuando el mayordomo se hubo marchado, Dolores dijo:
—Eso me recuerda mi época de la Casa Blanca. Todo me lo entregaban en bandeja. Al principio, hasta me parecía que tenía que darles una propina.
—¿No vas a abrir el telegrama?
—Será probablemente de Bridget diciéndome que los niños están bien — repuso Dolores mientras lo rasgaba para abrirlo:
He regresado para dos días. Me han dicho que te habías ido. Vuelvo a Palm
Beach. Te echo mucho de menos. Con afecto.
B.
Hubiera deseado apretarlo con fuerza en su mano… Barry le había echado de menos hasta el extremo de enviarle aquel telegrama. Súbitamente, lamentó haberse ido, haberse perdido dos días enteros con él. Hubiera podido inventar algún pretexto para abandonar Virginia… Un dolor de muelas, un empaste flojo… Resultaba fácil engañar a Bridget. Sabía que Nita la estaba observando y sonrió.
—Es de Barclay Hoseman, ese joven senador que ha estado llamándome. Se desplazó desde Washington y se enteró de que me había ido. Es un pelmazo.
Arrugó el telegrama y lo dejó sobre la mesa. Nita lo recogió.
—Parece que está dolido. ¿Por qué firma con una B y no con su nombre?
—Probablemente para protegerme de los chismorreos, caso de que alguien de la servidumbre pudiera abrirlo. No tiene más que treinta y dos años y es muy pesado. Ésos son los que se interesan por mí, ésos son los que me envían telegramas. Ningún personaje deslumbrante como Robert Redford o George C. Scott.
—¿Te gusta George C. Scott? —preguntó Nita.
—A mí no me gusta nadie —contestó Dolores—. Pero admiro su talento.
—George C. Scott no tiene un aspecto demasiado elegante —dijo Nita.
—No, en efecto. Dudo que alguien que se haya roto la nariz tantas veces como él pueda tener un aspecto elegante.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo habré leído en alguna parte. Yo leo mucho, Nita.
—No creo que Erick resulte más vulgar que George C. Scott.
—Nita, dejemos al pobre señor Scott. Es probable que en estos momentos se encuentre en los brazos de su joven y bella esposa. ¿Por qué estamos hablando de él?
—Porque quiero hablar de Erick.
—Eso, por descontado —dijo Dolores encendiendo un cigarrillo—. Estoy esperando.
—Tú piensas que Erick es vulgar.
—¿Qué más da lo que yo piense de Erick?
—Es que quiere casarse contigo.