Dolores

Jacqueline Susann · Capítulo 17 de 35

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Dolores

16. Píldoras

 

Dolores llamó a Nita al día siguiente e insistió en almorzar con ella.

—¡Sin Horatio! —le dijo.

Acudieron a un tranquilo restaurante y Dolores le habló a su hermana de Barry. Nita la escuchó con aire distraído y después le dijo:

—Dolo, pareces una colegiala.

—Pero, Nita, se trata del único hombre a quien he querido jamás.

—¿Y qué me dices de Jimmy?

—Me atraía terriblemente cuando nos conocimos —repuso Dolores como si reflexionara—. Pero ya sabes lo mucho que mamá se burlaba del irlandés… En cierto modo, le hizo perder parte de su encanto. Al fin y al cabo, entonces no era todavía presidente y nadie se imaginaba que llegaría a serlo… Además, ya era hora de que yo pensara en casarme. Tú te habías llevado a Nelson y…

—¿Que yo me había llevado a Nelson?

Dolores encendió un cigarrillo para disimular el rubor que había asomado a su rostro.

—Ahora ya puedo decírtelo, Nita: a los diecinueve años estaba loca por él.

—Vaya por Dios… —dijo Nita estremeciéndose—. En la cama es una nulidad. Lo sabía antes de que nos casáramos pero, tal como tú dices, teníamos que hacerle caso a mamá porque no es que fuéramos muy ricas que digamos.

—¿Te acostaste con él antes de casaros?

—Dolo, me acosté con un chico en el asiento de atrás de un automóvil cuando tenía quince años. Ahora no me vengas a decir que eras virgen cuando te casaste con Jimmy.

—No he tenido demasiadas relaciones prohibidas —dijo Dolores sonriendo.

No se atrevía a confesarle a Nita que Barry sólo había sido el tercer hombre de su vida.

—¿Vas a casarte con él? —le preguntó Nita.

—Constance es la dueña del dinero —contestó Dolores sacudiendo la cabeza.

—Bueno, pues —dijo Nita encogiéndose de hombros—, por lo menos, tienes un buen amante, cosa que yo no puedo decir. Probé con este productor al que tanto admiras… Un desastre… Lo único que quiere es hablar. Te hace el amor por cumplido y luego te lee las escenas de la próxima obra que va a estrenar. —Nita bostezó—. Ven a mi apartamento. Me han traído la alfombra del dormitorio, y hay algunas otras cosas que todavía no has visto.

Nita pagó la cuenta y después ingirió una pastilla de Fenobarbital. Dolores llegó a la conclusión de que aquellas pastillas eran la causa del perenne aire ausente de Nita. Y, sin embargo, había consultado con su propio médico a este respecto y él le había dicho que una o dos al día no podrían perjudicarla.

Dolores se extasió ante el lujo del nuevo apartamento de Nita.

—¡Oh, Nita…! ¡Qué espejos! ¿De dónde los has sacado?

—Me los han enviado de Inglaterra. Dolo, debieras casarte con un hombre muy rico. Eres como un gato. Tú gozas con el lujo. A mí me da lo mismo vivir en una suite de hotel que en este apartamento. Ni siquiera me importan los trajes bonitos.

Sonó el teléfono y Nita observó que se encendía la segunda luz.

—Yo me pondré. Es Horatio… en mi línea privada. Dolo, ve a mi dormitorio. Acaban de enviarme dos trajes de Valentino que me están un poco anchos. Pruébatelos. Si te sientan bien, quédate con ellos —dijo Nita descolgando el aparato.

Dolores corrió como una chiquilla al dormitorio y permaneció sentada unos instantes en el borde de la cama. Recordó la época de la Casa Blanca, en la que había vuelto a decorarlo todo sin reparar en gastos y pensando que a Jimmy no le importaría. Después se acercó al armario. Los Valentinos estaban colgados aparte. Contempló con envidia todos los trajes y abrigos de pieles de Nita. Descolgó los dos trajes y se los probó. Le sentaban a las mil maravillas. Volvió a enfundarse en su propio vestido. La luz del teléfono seguía encendida… Su apartamento también era bonito pero no admitía comparación con aquél. Súbitamente, empezó a dolerle la cabeza. ¿Por qué estaría el mundo gobernado por el dinero? Si dispusiera de dinero, tal vez podría conseguirle a Barry la anulación del matrimonio. Y, sin embargo, Nita no era dichosa a pesar de su dinero.

Se dirigió al cuarto de baño con el propósito de tomarse una aspirina. Al abrir el armario-botiquín, se quedó asombrada. Había frascos y más frascos de toda clase de tranquilizantes de diversos colores. Píldoras rojas, amarillas, dedos colores (como las que se tomaba Jimmy cuando debía celebrar una rueda de prensa en la televisión o cuando decía que necesitaba dormir bien). Y después vio todos los frascos de las pastillas blancas, el Fenobarbital que utilizaba Nita. Fue a tomarse una, tal vez la hiciera sentirse mejor. Leyó la etiqueta. No era Fenobarbital. Decía «Contra el dolor… Demerol». Sabía lo que era el demerol. Se lo habían administrado cuando había perdido a los segundos gemelos y se había sentido flotando en una brumosa anestesia, sin notar el menor dolor… nada.

Santo cielo, ¿estaría Nita tomando demerol? ¿Por eso estaba siempre tan atontada? Regresó al salón y vio a Nita acurrucada en el sofá riéndose de algo que le estaba contando Horatio. Abrió el billetero de Nita y sacó la caja de píldoras. Nita se abalanzó sobre ella como una pantera.

—¿Qué estás haciendo?

—Me duele la cabeza. Quiero tomarme un Fenobarbital.

—No es para el dolor de cabeza —dijo Nita arrebatándole la caja. Hizo sonar una campanita e inmediatamente apareció una sirvienta—. Tráigale a la señora Ryan una aspirina —le dijo Nita y, después, regresó junto al teléfono para seguir hablando con Horatio mientras sostenía la caja en la mano.