Dolores
Primera Parte
1. Todo merece vivirse
En el Air Force One se percibió una creciente sensación de frialdad a medida que, lentamente, perdía altura para tomar tierra en Washington. Aunque en el interior del aparato el ambiente resultaba agradable, los viajeros casi podían sentir la humedad del exterior. Dolores se estremeció y cruzó los brazos mientras contemplaba las luces de abajo, los miles de diminutos automóviles que recorrían la ciudad a modo de un ejército de ratones. Y, sin embargo, aquellas hileras de minúsculos vehículos conducían a las personas a visitar a sus amigos, al cine, a donde quiera que desearan ir. Dolores se estremeció de nuevo, acurrucándose en el asiento. Llevaba todavía el traje beige que había lucido en Nueva Orleans.
En Nueva Orleans hacía calor, los días eran muy soleados. Pero en Washington estaban en invierno. Dolores sabía que la prensa la estaría esperando cuando descendiera del aparato. Siempre la esperaban en los aeropuertos… Sin embargo, aquélla iba a ser la última vez que descendiera del Air Force One. James T. Ryan, llamado cariñosamente «Jimmy» por todo el mundo, solía permanecer tendido en el sillón hasta pocos momentos antes de tomar tierra (nunca le habían abandonado los dolores en la espalda, desde que se fracturara la vértebra cervical, por lo que debieron construirle aquel sillón especial), pero ahora ya no sentía dolor y quien se hallaba acomodado en el asiento era Elwood Jason Lyons. Jimmy se encontraba en la parte de atrás del avión, frío y solo… en el interior de un féretro, con aquella bala que le había alcanzado… limpia y rápidamente… atravesándole el corazón. Habían apresado al agresor inmediatamente y le habían acribillado a balazos mientras intentaba huir. H. Ronald Preston, un hombre de tez aceitunada, alto, delgado y con la nariz aguileña. ¿Por qué lo habría hecho? ¿Acaso pensaba que en su mísera y pequeña vida aquel acto le permitiría ocupar un lugar permanente en la historia? ¿Merecía la pena haber muerto por eso, para ser recordado simplemente como el hombre que había asesinado a James T. Ryan? Tal vez los H. Ronald Preston de este mundo no tuvieran ninguna otra cosa por la que vivir y, en consecuencia, el hecho de morir espectacularmente constituyera para ellos la única hazaña posible. Jimmy, en cambio, tenía muchas cosas por las que vivir… ¡Santo cielo, no había nadie que amara la vida tanto como Jimmy! Aquella mañana, precisamente, el orgullo se había dibujado en su rostro al escuchar a la gente gritar: «¡Dolores…! ¡Dolores!». Y aquella encantadora y menuda italiana que se había acercado a ella para ofrecerle una flor murmurando: Molto bella. Ahora no estaba molto bella, desde luego. Había perdido uno de los guantes blancos y tenía todo el traje manchado de sangre. A Jim le gustaba aquel traje, no parecía tan caro como efectivamente era. ¡Dios bendito, las discusiones que había tenido con él durante el fin de semana a propósito del equipaje y del guardarropa que iba a llevar! Deseaba estar preciosa y puso en las maletas varios modelos, a pesar de que Betsy Minton había estado examinando una y otra vez los informes meteorológicos… ¡Con el tiempo nunca se sabe lo que puede ocurrir! En aquellos momentos, Betsy estaba con los niños. Menos mal que tenía a Betsy, quien había entrado a su servicio como ama de llaves cuando Jim no era más que senador. Luego, al convertirse en presidente, Jim había ascendido a Betsy a la categoría de camarera personal y secretaria. Betsy se encargaba de todo. Al ocurrir la desgracia se había llevado a los niños a casa de la hermana de Jim y, cuando llegara el momento adecuado, sería ella quien les comunicara la noticia.
Comunicarles ¿qué noticia? Que su padre había sido asesinado de un disparo mientras la gente le vitoreaba durante un discurso, que tendrían que abandonar la Casa Blanca, que todo su mundo había cambiado… ¿Comprenderían lo que era la muerte? Mary Lou tenía seis años. Había visto morir a su perrito. Sabía lo que era el Cielo. Pero los gemelos, los pequeños Jimmy y Mike, sólo tenían tres años. Todavía no sabían distinguir a Dios de Papá Noel. Dolores ni siquiera había intentado explicarles la figura de Jesús. Precisamente la noche anterior, en Nueva Orleans, ella y Jim habían hablado sobre la religión. ¿De veras había sido la noche anterior? Jimmy deseaba acostarse con ella, pero la peluquera llegaría a las ocho de la mañana, después tendría lugar la ceremonia del desayuno y finalmente realizarían el largo recorrido a través de la ciudad para trasladarse al enorme auditorio en el que Jim debería pronunciar su discurso. En Nueva Orleans hacía calor y Dolores necesitaba que la peinaran. Jim había esbozado una sonrisa, y lo había comprendido. Parte de los deberes de ser la primera dama consistían en ofrecer una apariencia perfecta. Sin embargo, ahora no era lo que pudiera decirse perfecta: el traje arrugado, el cabello cayéndole en desorden sobre la cara… ¡Y ya jamás podría volver a acostarse con Jim! ¡Jamás! No, no debía permitir que las lágrimas asomaran a sus ojos. Una dama no deja traslucir sus emociones en público.