Dolores
3. Nita
Y la de ahora era la mayor de todas las tragedias. «Jimmy —susurró para sus adentros—, no puedo estrecharte entre mis brazos porque estás allí, al fondo… enfriándote por momentos en ese féretro. Por eso te he puesto mi cadena de Santa Teresa alrededor del cuello. Mi padre me la dio cuando tenía siete años. Jamás me la quité. Por lo menos, con esa medalla, estaremos juntos. Espero que haya efectivamente un más allá, porque estuvimos distanciados muchas veces… Muchas veces me resultó imposible expresarte mis sentimientos pero hoy intentaré hacer lo que tú hubieras deseado que hiciera. Seré una Ryan. Y no lloraré. No he llorado cuando me encontraba junto a Elwood oyéndole jurar el cargo. He simulado ser una verdadera Ryan. ¡Oh, Jimmy, te lo prometo! Nadie olvidará jamás que soy Dolores Ryan… y nadie se olvidará jamás de ti. Ya me encargaré yo de que ello no ocurra. Jimmy, ¿existe efectivamente… algo?… ¿Puedes leer mis pensamientos…? ¿Estás allí arriba…? ¿Te has reunido con mi padre? Le llamaban el Deslumbrante Dan porque era muy guapo. Le gustaban también las mujeres hermosas, por eso mi madre le abandonó. Pero cometió un error, porque después se marchitó y no pudo hallar a ningún hombre capaz de sustituirle, mientras él salía con todas aquellas hermosas actrices y modelos de Nueva York. Por eso jamás te abandoné, Jimmy. Todas las veces en que tú… Pero no quiero pensar en eso ahora. Ahora me perteneces a mí… para siempre… Y procuraré que te sientas orgulloso de mí, como te sentiste aquella vez en París… cuando finalmente reconociste que el caviar no sabía del todo mal».
Caviar… En París había toneladas de caviar. Allí fue donde Dolores adquirió aplomo. Antes del viaje a París siempre había sido la aristócrata, la bonita niña-mujer casada con un hombre de físico cinematográfico e increíble carisma. Había sido una nulidad desconocida… Una muchacha de buena familia, pero una nulidad. Y entonces tuvo lugar aquel viaje a París, durante el segundo año de presidencia de su marido. Los franceses la adoraron. Admiraron su elegante vestuario y sus conocimientos del idioma. ¡Pobre Jimmy! Él farfulló un saludo muy bien ensayado, pero fue ella quien conquistó la ciudad. Fue la primera vez que descubrió aquella nueva mirada en los ojos de Jimmy. Aunque, en realidad, no se había tratado de una nueva mirada… Era la antigua mirada, la mirada que solía dirigirle cuando empezaron a salir juntos, la mirada que le había dirigido durante su luna de miel, cuando la veía ataviada con todos aquellos elegantes trajes, la mirada que se había desvanecido tras el nacimiento de Mary Lou… La mirada, en fin, que se había convertido en la expresión de sentimiento de culpabilidad al comprender que ella se había enterado de lo de Tanya. En el transcurso de los últimos meses de embarazo, todas sus «mejores amigas» habían hecho veladamente alusión a Tanya. La elegante Tanya, con su ligero acento extranjero, casada con un anciano senador. Jimmy había desaparecido en numerosas ocasiones durante aquellos últimos meses, mientras ella trataba inútilmente de ocultar su voluminosa figura, enfundada en los elegantes atuendos prenatales confeccionados a medida. Siempre tenía alguna excusa… un asunto oficial… una reunión con su hermano. Pero ella no tardó mucho tiempo en enterarse de sus visitas no oficiales a la encantadora residencia de Georgetown, en especial cuando el maduro senador se encontraba en su finca de Maryland. El senador le llevaba a Tanya veinte años y estaba al corriente del idilio, pero ¿cómo podía él competir con cualquier hombre que deseara a la bella Tanya, sobre todo si ese hombre era el presidente de los Estados Unidos?
Pero París había cambiado las cosas. Dolores se había despabilado y había adquirido una personalidad cautivadora. Y fue como una segunda luna de miel. Incluso la actitud de Jimmy en relación con el sexo se convirtió en más íntima y menos agresiva, lo cual la inquietó algunas veces. Jamás había conseguido entregarse por completo en sus relaciones sexuales. Peor todavía, rechinaba los dientes cada vez que le permitía a Jimmy hacerle el amor. Fingía excitarse para halagar su orgullo, pero no lo deseó hasta que él dejó de pedírselo. Lo anhelaba, no por deseo, sino porque el hecho de ser deseada tranquilizaba su feminidad. A veces leía las revistas cinematográficas en las que se la calificaba de hermosa. Recortaba en secreto las portadas de las revistas donde se publicaba su fotografía… y se miraba al espejo murmurando: «Soy hermosa». En realidad, no lo creía. La beldad era Nita. Juanita y Dolores Cortez… Se llevaban once meses de diferencia y eran las más hermosas debutantes de Nueva York. Dolores envidiaba el aspecto de Nita… porque Nita medía solamente un metro sesenta y dos… porque Nita jamás resultaba demasiado alta para ningún hombre. Pero ella medía un metro setenta, lo cual ahora era maravilloso desde el punto de vista de la moda, maravilloso porque Jimmy medía un metro ochenta y dos. Pero, a los dieciséis años, se había sentido torpe y desmañada comparada con Nita.
La de lágrimas secretas que se había tragado al comprometerse Nita en matrimonio con lord Bramley. Dolores adoraba a lord Nelson Bramley e intuía que él la admiraba. Se habían conocido en una fiesta en que ella y Nita habían sido presentadas juntas en sociedad. ¡«Presentadas en sociedad» a los diecinueve años! Pero fue la única solución que su madre pudo encontrar: presentar juntas a las dos hermanas. La situación había sido muy grave tras la muerte de su padre. Los Cortez seguían ocupando un destacado lugar en el registro social, pero no eran nadie en Dun y Bradstreet. A pesar de todo ello, el «debut» de Dolores y Juanita constituyó un importante acontecimiento social. Asistieron a la fiesta todos los varones disponibles. Con la ayuda de un viejo amigo que se había convertido en agente de prensa social, la señora Cortez consiguió que asistieran incluso algunos representantes de la nobleza. De entre todos ellos, el más importante era lord Nelson Bramley. No sólo era perfecto su linaje, sino que, además, era millonario… y el hombre más apuesto que Dolores hubiera visto jamás.
Lord Nelson bailó con Nita algunas veces, pero se pasó casi toda la velada bailando con Dolores. Después las invitó a las dos al teatro varias veces. Y después vino la noche en que acudió a la casa, para hablar a solas con la señora Cortez. Dolores esperó en su alcoba tratando de reprimir su emoción, mientras Nita se dedicaba a hacer plácidamente solitarios en la cama. Pareció que transcurriera una eternidad antes de que la señora Cortez mandara llamar a las dos muchachas. Estaba sonriendo, muy satisfecha. Lord Bramley había pedido la mano de Nita. Dolores consiguió en cierto modo esbozar una radiante sonrisa, mientras su madre estallaba de felicidad y Nita aceptaba recatadamente.
Sí, al principio Nita lo había tenido todo. Una figura diminuta y esbelta, un abundante cabello negro… (Dolores había nacido con el cabello de un castaño tan desvaído que, ya en su época escolar, empezó a tratárselo con agua oxigenada con objeto de aclararlo: decidió hacerlo porque la gente solía alabar el bonito color del cabello de Nita). La boda de Nita resultó espectacular. Los periódicos publicaron durante varias semanas fotografías de Nita y lord Bramley. La Hermosa Pareja cenando en el Colony… almorzando en el «21». Dolores les acompañaba algunas veces. Procuraba declinar las invitaciones, pero sabía que no tenía más remedio que aceptarlas. De noche, sola en su cama, se esforzaba por no llorar porque presentía que, si se entregaba a las lágrimas, acabaría perdiendo el control de sí misma.
Tuvo que acompañar a Nita a probarse el ajuar y el traje de novia (para poder permitirse semejantes lujos, su madre tuvo que vender la cubertería de plata georgiana y la vajilla de Limoges). «Dolo —le dijo un día su madre—, ¡vas a tener que fugarte cuando llegue el gran momento! No puedo permitirme el lujo de otra boda».
Dolores obtuvo un puesto de traductora en las Naciones Unidas. No sólo dominaba el francés sino que, además, hablaba el español con fluidez y había empezado a estudiar el ruso… Cualquier cosa con tal de olvidar la boda de Nita y el revuelo que ésta había suscitado en la prensa.