Dolores
17. Chismorreos
Dolores se pasó dos días muy preocupada por Nita. Pero, al tercer día, se le planteó una preocupación mucho mayor. Barry llegó a última hora de a tarde con un periódico en la mano.
—¿Has leído eso?
—Jamás leo las columnas —repuso Dolores acudiendo la cabeza. (Las leía ávidamente, pero aquel día no había abierto los periódicos).
—Pues, escucha:
¿Qué intocable y encantadora dama está muy en
contacto con el apuesto marido de una dama muy rica? Puesto que ambos pertenecen al ambiente político, es muy posible que se dediquen a hablar exclusivamente de política en el transcurso de sus reuniones de última hora de la noche.
—No sé… podrían ser muchas personas —dijo Dolores.
—Pero somos nosotros.
—Lo sé, pero Constance jamás se lo creerá.
—No se trata de eso. Lo que a mí me preocupa es cómo han podido enterarse los periódicos. Jamás se nos ha visto en público… Tus sirvientas siempre están acostadas. ¿Dónde estará la fuga?
Dolores no quería formular sus pensamientos con palabras y ni siquiera se atrevía a reconocerlo. Pero sabía que era Nita. Sí, ella era la única persona que lo sabía. Pero Nita no hubiera sido capaz de revelárselo a un periodista. ¿Acaso se lo habría revelado a Horatio? Dios mío… ¡No! Tendría que ponerla a prueba.
—Déjame que yo lo averigüe —dijo muy tranquila—. Me parece que ya sé dónde está la fuga… y la taparé inmediatamente. Ahora vete a casa. Nos veremos mañana por la noche.
Al día siguiente, Dolores almorzó con Nita.
—He roto con Barry —anunció con indiferencia.
—Hace tres días estabas loca por él —dijo Nita.
—Anoche vino Eddie Harris. Nos acostamos juntos. Oh, Nita… estuvo fantástico.
—Es muy saludable. Sólo que habla demasiado acerca de su trabajo. De todos modos, es soltero… y está disponible. Piénsalo, Dolo.
—¡Oh, no podría casarme con Eddie Harris!
—¿Y por qué no? Si la cosa resulta aburrida, te podrá leer su nuevo guión cinematográfico tal como hacía conmigo.
A Dolores se le empañaron los ojos.
—Mientras nos hacíamos el amor, me recitó unos poemas. Unos poemas que había compuesto expresamente para mí. ¡Oh, Nita, qué lástima que no pueda casarme con él! Es divorciado… la Iglesia no lo admitiría jamás.
Dos días más tarde apareció, en la misma columna de chismorreos, otro «acertijo».
Nuestra intocable y encantadora dama resulta que,
en realidad, no es tan intocable como parece. Ahora ha dejado al marido de la otra dama por un personaje altamente elegible perteneciente al mundo del espectáculo.
Dolores se quedó boquiabierta. ¡Nita! Pero ¿por qué? Tomó el teléfono inmediatamente.
—Nita, ¿por qué lo has hecho?
—Ah, ¿te refieres a los dos Valentinos que te he mandado? —dijo Nita en tono distraído—. Es que a mí me estaban grandes y…
—Los he recibido y te doy las gracias. No soy orgullosa, acepto ser la pariente pobre. No, estoy hablando de la columna… en el periódico. Se hace alusión a Eddie y a mí.
—Bueno… eso no puede perjudicarte en absoluto.
—Nita, ¿lo has revelado tú?
—¡No!
—No te creo.
—Dolo, te lo juro. Yo, yo… se lo dije a Horatio… Ya sé que es un profesional de los chismorreos, pero jamás pensé que pudiera decir algo.
—Y también le hablaste de mí y de Barry…
—Es, es posible. Mira, a la hora del almuerzo me tomo una copa con el Fenobarbital… y entonces me quedo como flotando. No recuerdo lo que digo.
—Nita, no es Fenobarbital. Es Demerol. ¿Por qué lo tomas?
—Me, me produje un esguince en la espalda esquiando y lo tomo de vez en cuando.
—Nita, ¿qué estás haciendo?
—Tratando de ir tirando un día tras otro, lo mismo que tú. Sólo que yo no tengo una sucesión de amantes —repuso Nita colgando el teléfono de golpe.
Dolores no estaba dolida por las alusiones del periódico, sino por la actitud de Nita. Había esperado con ansia la llegada de Nita. Y, por primera vez, se habían reunido como iguales y se había producido una especie de intimidad entre ambas; Dolores comprendía ahora que aquella intimidad había sido imaginaria. Nita estaba sumida en una especie de letargo causado por las medicinas y no se le podía hacer ninguna confidencia. Una vez más, Dolores se encontraba sola. A excepción de Barry Haines.
Las relaciones con Nita se hicieron más superficiales (Dolores se negaba a almorzar con ella caso de que Horatio estuviera presente) y el afecto hacia Barry Haines se hizo más intenso. Dolores se esforzaba por asistir a las «pequeñas cenas importantes» acompañada de Eddie Harris, el juez o Michael. Y sabía que se estaban haciendo muchas conjeturas acerca de sus relaciones con Michael. No movía un solo dedo para esclarecerlas, porque ahora se daba cuenta de que los rumores, de la clase que fueran, contribuían a consolidar la leyenda que la envolvía. Pero cuando se encontraba a solas con Barry, aquellas tres maravillosas noches a la semana, su mundo se reducía a ellos dos.