Dolores

Jacqueline Susann · Capítulo 25 de 35

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Dolores

24. La mujer más dichosa del mundo

 

Una vez de vuelta en los Estados Unidos, se pasó tres noches sola. Los niños habían regresado a la escuela, pero Constance había conseguido convencer a Barry de que la acompañara a un crucero en el yate de un amigo. Barry regresó una semana más tarde, muy moreno y más guapo que nunca. Dolores casi no pudo reprimir el impulso de arrojarse a sus brazos, pero Mary Lou y los gemelos le daban la bienvenida llamándole tío Barry.

Al final, se quedaron solos. Ella apenas probó la cena que la cocinera había preparado… Al parecer, Barry tenía apetito. Pero, al terminar de cenar, cuando todos los de la casa ya estaban durmiendo, Dolores se arrojó en sus brazos. Aquella noche se sintieron más unidos que nunca. Más tarde, mientras fumaban un cigarrillo, ella se tendió en la cama, estudió su hermoso perfil y se estremeció al pensar en Erick. Por primera vez en su vida sabía lo que era el amor… Amaba a alguien más que a sí misma, deseaba complacer a Barry, deseaba permanecer junto a Barry… Ninguna otra cosa le importaba.

Súbitamente, él se levantó y empezó a vestirse.

—¿Adónde vas? Es casi media noche.

—A casa.

Ella se incorporó y le abrazó.

—Barry, ¿he hecho algo malo? ¿Te he exigido demasiado? Habíamos estado separados cuatro semanas y…

Él la estrechó en sus brazos y le acarició el cabello.

—No has hecho nada malo. Te quiero. Me he pasado estas cuatro semanas pensando en ti. He estado pensando en ti en el transcurso de los interminables cócteles, siempre con las mismas caras, las conversaciones sobre chaquete, tenis… No pensaba más que en ti… y en los niños. Ahora ya no podré tener hijos. Constance está pasando por el cambio. No se encuentra muy bien… Un día le dan sofocos, otro sufre taquicardia… El médico le ha dicho que era el cambio, pero ella no quiere aceptarlo. Se niega a creer que esté ocurriendo y ha regresado conmigo. Quiere consultar con algunos especialistas. Por eso tengo que regresar a casa. Ella cree que es la noche del póker.

—¡Oh! Yo creía que se quedaría en Palm Beach todo el mes de abril.

—Es lo que suele hacer —dijo Barry asintiendo—. Pero esta vez ha insistido en acudir a su médico de Nueva York, que le dirá lo mismo. Y después quiere hacerse un chequeo en el hospital. Está haciendo muchas tonterías.

—Entonces no te veré hasta…

—Mañana vendré a tomar una copa. Pero el miércoles le diré que tengo una junta y una cena a última hora con algunos directivos de la empresa.

—Te quiero, Barry. —Dolores se puso una bata y le acompañó hasta la puerta. Súbitamente, le abrazó—. Me siento muy sola sin ti. No tengo a nadie…

—Dolores, tienes a muchas personas.

—Jamás tuve a nadie. No estaba muy unida ni siquiera a mi madre y ahora ella ha muerto. No estaba unida con Nita. Me parecía haber intimado más con ella durante su estancia aquí, pero no me gustan las personas con las que se relaciona. Tengo a mis hijos, pero son como todos los niños… Para ellos yo soy una visita al parque zoológico, una ayuda en sus lecciones de Francés, alguien que escucha sus oraciones y que, de vez en cuando, les compaña al parque o a algún museo. Mary Lou empieza a sentirse más interesada por sus amigas y algunas veces se queda a dormir en casa de éstas. Los gemelos se entretienen solos… —Se echó a reír con falsa alegría—. Como ves, Barry, eres la única persona de mi vida.

—Te relacionas muy poco con la gente —dijo él—. Hay un montón de personas que darían cualquier cosa por conocerte y amarte.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó ella riéndose—. ¿Que salga por ahí con un letrero que diga: «Viuda de presidente, buena, sana y algo caprichosa, busca compañía»?

—Eres como Greta Garbo, amor mío —dijo él riéndose también—. Encerrada tras unas invisibles murallas de seda para ser venerada por todo el mundo o, por lo menos, eso pensé yo hace unos veinte años cuando la conocí y descubrí que poseía un gran sentido del humor y era muy simpática. Imagínate la de ocasiones que se perdió.

—Tal vez no se perdió nada. Tal vez tenía algún Barry Haines en su vida. En estos momentos cuando me encuentro en tus brazos, me considero la mujer más dichosa del mundo. No necesito a nadie más.