Edison

Carmiña Verdejo · Capítulo 1 de 19

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Edison

Capítulo 1. Milán

Capítulo 1

 

Milán

 

En aquella época, Milán era un rincón apartado del mundo que apenas nadie conocía.

No creas, amigo lector, que te estoy hablando del antiquísimo e histórico Milán de

Italia. ¡Oh, no! El Milán de este relato que ahora comienzo era muy chiquito, recién

estrenado, y muy lejano de Europa. Estaba situado más allá del charco, en la América

que nacía impetuosa, precisamente en el Estado de Ohio. Imagino que este nombre

debió recibirlo de algún emigrante italiano o hijo de emigrantes que, cansado de

recorrer las inmensas llanuras y atravesar los espesos bosques del país, decidió

afincarse en aquel lugar. Con el tiempo, otros viajeros llegaron hasta su vivienda

toscamente construida. Y así, nació un pueblo, al que su fundador, aquel primer

emigrante que descubrió las posibilidades del paisaje, dio el pomposo nombre de

Milán, en recuerdo de la hermosa ciudad de Italia, que tal vez lo vio nacer.

A mediados del siglo XIX, en las fechas que nos ocupan, Milán, situado al oeste de

los Estados Unidos de América, era un bello lugar casi desconocido. Su característica

principal era el estar unido por un ancho canal con el lago Hurón. Y como es el caso

que entonces no existían aún los caminos de hierro para los transportes, Milán se

convirtió en el centro de un importante mercado de maderas y cereales. Era el

mercado principal en todo lo largo y ancho de un territorio inmenso. Y en busca de

sus mercancías llegaban al puerto de Milán, diariamente, más de veinte veleros.

Este Milán, como ocurría en la infinidad de pueblos chiquitos quo sembraban el

extenso Oeste americano, recién nacidos a una vida pletórica e intensa, no tenía

historia, no tenía pasado que contar. Hasta entonces nada extraordinario le había

sucedido, porque todo era nuevo. Poro la historia le tenía reservado un espléndido

destino. Le había elegido para ser nada más y nada menos que la cuna de uno de los

hombres más geniales que ha conocido el mundo. Mas, vayamos por partes.

Empecemos primero por esbozar ligeramente la vida que alentaba por aquellos

tiempos en Milán y sus contornos.

En América el presente se abría paso a una velocidad impresionante. Parecía

como si quisiera reparar la falta de pasado con un presente muy intenso, muy vivo,

cargado de sucesos e historia. Era muy largo el camino que le quedaba por recorrer. Y

estaba dispuesta a hacerlo a pasos de gigante. El tiempo ha demostrado que consiguió

plenamente sus deseos, colocándose a la cabeza de una civilización dinámica.

En 1847 empezaban a ocurrir cosas importantísimas dentro y fuera de Milán. Los

árboles gigantescos que hasta entonces conservaron su virginidad, sin que la planta

humana hollara los inmensos bosques, caían a tierra, tronchados por el hacha

libertadora. No era en un afán de destrucción, sino todo lo contrario. Aquellos troncos debían transformarse en barcos ligeros que surcaran los mares con sus cargamentos

de riquezas naturales, de los que el país era pródigo.

Los primeros ferrocarriles, simples juguetes salidos de las esforzadas mentes de

los ingenieros de entonces, empezaban a cruzar las vastas llanuras y a horadar las

montañas. Tremenda impresión la que causaban en las buenas gentes aquellos

«diablos con penachos de humo», que pasaban cerca de ellos atronando el espacio

con su ruido de cacharrería. Hoy nos harían reír. Pero entonces eran el no va más de

la ciencia.

Un americano, el genial Morse, había conseguido otro gran triunfo en el terreno

de los adelantos. Logró la posibilidad de la comunicación a distancia por medio del

telégrafo. Y sin dar mucho crédito a las palabras, se hablaba de posibles aplicaciones

de eso tan remoto y casi maravilloso que se llamaba electricidad. Es justo decir que

las sencillas gentes del Oeste americano no creían en modo alguno que toda aquella

serie de inventos diabólicos fuesen útiles para el engrandecimiento del país. Más bien

les parecía que sólo podían reportarles contratiempos y desgracias.

En el campo social también sucedían cosas importantes que con el tiempo

desembocarían en una tremenda guerra civil. Me refiero a la abolición de la

esclavitud. Un grupo de hombres blancos, generosos y valientes, estaban empeñados

en la empresa de libertar a los negros de tamaña humillación. Y en la lucha dejaban lo

mejor de su hacienda y de su vida. Porque no les importaba perder su sangre

persiguiendo el logro de tan bello ideal como es la igualdad entre las razas. Adalid de

esta empresa fue Lincoln, el llamado «libertador de los negros».

El inteligente estadista caminaba por aquel entonces por la senda que debería

llevarle con paso firme hasta la presidencia de los Estados Unidos. Y desde aquí

lograría su ambicioso deseo de ver libres a casi cuatro millones y medio de negros

que vivían en el país bajo el yugo de la esclavitud más ignominiosa.

Y, entretanto, otros hombres procedentes del Este, del Norte y del Sur estaban

empeñados en otra empresa no menos importante y que contribuiría a llenar de sabor

y color la historia del país que nacía. ¡Oro en California! A la llamada de este grito

acudieron cientos y cientos de familias enteras que atravesaban el país de punta a

punta, en caravanas interminables. Los hombres, guiados por el afán de una riqueza

rápida, riqueza que prometía la noticia de que en la lejana California se había

descubierto oro, no vacilaban en abandonar los hogares que con tanta fatiga lograron

crear, para ir en pos de lo que tan sólo era una ilusión. Porque si bien la noticia era

cierta, no todos los que persiguieron la riqueza la alcanzaron. Esto fue privilegio de

unos cuantos, no los más buenos ni los más inteligentes, sino simplemente los más

afortunados. Los demás perdieron la ilusión, la familia, el amor y algunos hasta la

vida en aquel camino tan áspero que eligieron con ambición de mejorar y progresar.

A pesar de los tristes sucesos que llegaban a oídos de los intrépidos viajeros, la

ilusión siguió latente. Y todas las rutas del Oeste americano se llenaron de aquellas

carretas tiradas por bueyes y cubiertas de una toldilla arqueada —«bajeles de las llanuras», como las llamaban—. En ellas viajaban los hombres esperanzados, con sus

mujeres e hijos. Cruzaban las desiertas y polvorientas llanuras, ascendían por las

montañas y bajaban a los valles, vadeaban los ríos y luchaban valerosamente con los

indios, con el calor, con el frío, con la tempestad y el vendaval. Y todo para alcanzar

una quimera que quizá nunca sería realidad para ellos. ¡Oro en California! Grito que

encerraba un sinfín de emociones, grito que hacía vibrar a los corazones más

sensatos. Grito que guardaba para muchos la verdad de una muerte que todos querían

ignorar.

Y éste era el panorama que se ofrecía al viajero cuando llegaba a cualquier rincón

del Oeste americano. Y, por lo tanto, el panorama era igual o parecido al descrito en

aquel pueblo chiquito llamado Milán que tan importante llegaría a ser por haber visto

nacer en su pequeña comunidad a un gran personaje que daría lustre a la civilización

moderna. Nuestro hombre no era otro que Tomás Alva Edison.

 

Nace un genio

 

En una de las callejas del pueblo de Milán se alzaba una humilde casa de ladrillos. La

componía un solo piso y un granero a modo de buhardilla. En aquella casa se

encerraba el amor de una joven pareja que aun viviendo en la sencillez de su trabajo

sabían ser felices. Eran los Edison.

Él era un humilde comerciante, de continente severo, pero afectuoso con la

esposa, de la que estaba profundamente enamorado. Procedía de una familia

originaria de Holanda, establecida en América un siglo atrás. Se llamaba Samuel.

 

Figura 1. La casa de Milán, en el Estado de Ohio, donde nació

Tomás Alva Edison, el 11 de febrero de 1847. (Por cortesía de la

Casa Americana de Madrid).

 

Ella era una mujercita menuda y suave. Nancy Elliot, éste era su nombre. Pertenecía a una familia muy culta y piadosa del Estado de Nueva York. Cuando era

muchacha soltera ejercía el profesorado en la escuela pública de Vienna, Ontario. Y

fue justamente en esta localidad del Canadá donde la joven Nancy conoció a mister

Samuel Edison, el que ahora era su esposo. Porque la familia Edison estaba instalada

allí desde mucho tiempo atrás.

Era Tomás Alva Edison muy anciano, estando casi a las puertas de la muerte,

cuando aún recordaba con emoción la figura venerable de su abuelo, John Edison. El

abuelo alcanzó la edad de 102 años. Y vivía en una cabaña en Vienna, allí donde

nació el idilio entre su hijo y la bonita maestra de escuela. Tenía cabellera muy

abundante, blanca como la nieve que cubría el pueblo buena parte del año, y

guardaba, como reliquias inestimables, varias pipas largas y otros objetos traídos de

su lejana y querida Holanda.

En el seno de aquel hogar sencillo y dichoso, en aquella casita humilde de Milán,

estalló un buen día la más ruidosa alegría. Era el 11 de febrero de 1847. Acababa de

nacer Tomás Alva Edison, el que sería uno de los más grandes genios de América y

del mundo entero, y el que venía a aumentar la felicidad del joven matrimonio.

Al escuchar el primer llanto del chiquillo y acercarse a la cama donde reposaban

madre e hijo, el emocionado Samuel murmuró:

—Querida, ¿no te parece que nuestro hijo tiene la cabeza demasiado grande?

—Por Dios, Samuel. Nuestro pequeño es el chiquillo más hermoso que he visto

en mi vida.

La madre tenía razón. Tomás Alva, o el pequeño Al como le llamaban, fue un

guapo chico. Pero tampoco el padre andaba desacertado. El pequeñín tenía una

cabeza desproporcionada en relación con su cuerpo chiquito. Siempre se distinguió

por esa anormalidad de su cabeza. Pero sus contemporáneos, los que realmente le

admiraron, encontraban una explicación más que lógica para este, digamos, defecto.

Decían que era tal la cantidad de ingenio que bullía en su cabeza que era imposible

encerrarlo en las dimensiones de una cabeza normal. Edison necesitaba más espacio

para albergar la mucha inteligencia que poseía. Y pienso yo que tal vez estaban en lo

cierto.

—Sí, para mí también es el más hermoso —accedió satisfecho el padre,

olvidándose de sus primeras palabras y enorgulleciéndose frente a aquel varoncete

que venía a perpetuar el apellido de los Edison.

—Y será el más inteligente —puntualizó la madre, sonriendo dulcemente—.

Verás como el tiempo ha de darme la razón.

—Sólo que sea como tú, ya será suficiente para que me sienta el hombre más feliz

del mundo —dijo el flamante padre besando la mejilla de la esposa.

—Samuel… —se ruborizó ella, con un brillo de dicha en la mirada.

 

Curiosidad El pequeño Al fue creciendo. Muchas veces, siendo ya un anciano de cabello blanco,

recordaba Edison la impresión que causó a su primera infancia el ver las carretas con

toldilla, los «bajeles de la llanura», detenidas ante la puerta de la casa paterna. Su

viva imaginación las veía formando largas caravanas que cruzaban el país hacia el

Oeste, en busca de una realidad fabulosa. Y de buena gana se hubiera montado en una

cualquiera de ellas para recorrer tierras y más tierras. Era esa inquietud perenne que

le atosigaba, esa curiosidad siempre insatisfecha que le cosquilleaba desde su más

tierna infancia, desde que apenas podía sostenerse sobre sus piernas. Las gentes de

Milán y el mismo maestro se preguntaban si el pequeño Edison era tonto. Es decir, se

lo preguntaban seguros de que la respuesta era afirmativa. Sí, todos creían que Al era

rematadamente tonto. ¿Por qué? Pues justo porque en sus labios aparecía con una

constancia agotadora esta misma pregunta: «¿Por qué?».

El chiquillo sentía una insaciable curiosidad por todo lo que le rodeaba. Yo casi

diría que las primeras palabras que aprendió a pronunciar fueron para preguntar el

porqué y la razón de todo cuanto veía. En su mente, en sus ojos, se reflejaba una

curiosidad infinita que su padre se veía y deseaba para satisfacer.

«¿Por qué las cosas son así y no de otro modo?». «¿Por qué los instrumentos se

manejan de esta manera y no de otra?». «¿Por qué la noche era noche y el día era

día?». «¿Por qué los perros tienen cuatro patas y las gallinas sólo dos?». «¿Por qué

volaban los pájaros y en cambio las serpientes se arrastraban por la tierra?». «¿Por

qué? ¿por qué? ¿por qué?…». El preguntón era incansable. Jamás quedaba callado,

tranquilo, quieto. Necesitaba saber algo nuevo a cada instante.

Samuel Edison, hombre fuerte y algo brusco, se cargaba de paciencia, y

extrayendo del escaso caudal de su cultura todo lo que pudiera servirle, procuraba

responder con mayor o menor acierto a las preguntas del hijo. Pero no tardaba en

llegar el momento en que el rosario de porqués amenazaba con ser interminable y

mucho más curioso de lo que la ciencia del bueno de mister Edison podía satisfacer.

Y entonces es cuando la respuesta que atajaba las preguntas que se atropellaban sin

orden en los labios del chiquillo era:

—No lo sé.

—¿Y por qué no lo sabes, padre? —seguía Al, sin agotar sus recursos.

—¡Al diablo con tanta pregunta! —se enojaba el bueno de Samuel—. ¡Este chico

quiere saber más que yo!

—No te enojes, querido —recomendaba la esposa—. Ya te dije que nuestro hijo

sería el más inteligente de todos.

Sólo ella, con su fina intuición materna, sabía apreciar el valor que encerraba la

serie inacabable de preguntas que brotaban de los labios infantiles. No en vano fue

maestra de escuela, en cuya dedicación aprendió a conocer el alma de los pequeños y

sus inquietudes. Si supo tratar con inmensa ternura a los chiquitines que le confiaban

sus padres para que los instruyera, ¿no sabría ahora apreciar las grandes cualidades

que adornaban a su propio hijo? Ella unía a su talento natural y a la delicada sensibilidad que toda mujer alberga en su corazón, la suficiente cultura para

comprender que la inquietud espiritual que acuciaba a su hijo y la viva imaginación

que demostraba, eran fruto de una inteligencia despierta, muy superior a la de otros

chicos de su edad.

Sin embargo, la gente le tenía por tonto, a pesar de que ya entonces daba claras

muestras de su ingenio al resolver por procedimientos de su exclusiva intuición los

problemas más diversos. Pero, claro, dada su corta edad y su falta absoluta de

preparación, cometía las más de las veces tremendos desaguisados que el padre

castigaba con buenas azotainas.

En cierta ocasión, contaba escasamente seis años, tuvo la oportunidad de observar

cómo una pata incubaba sus huevos. Imaginaos el asombro que llenó los ojos del

vivaracho pequeñín al ver salir a los patitos de sus respectivos cascarones. E

imaginad también cómo empezó a trabajar su mente para descifrar aquel maravilloso

fenómeno que acababa de presenciar.

Al día siguiente, la casa de los Edison estaba revolucionada. El pequeño Al hacía

horas que había desaparecido, sin que nadie pudiera dar razón de su paradero. La

pobre madre lloraba desconsolada, temiendo que a su hijo le hubiese sucedido alguna

desgracia.

—No llores, Nancy —le reprochaba el marido—. Estoy seguro que ese pícaro ha

hecho una de las suyas. Pero esta vez se acordará de su padre. No estoy dispuesto a

que siempre nos tenga en vilo con sus dichosas ocurrencias.

Pero sí, por más que buscaban, el chiquillo no aparecía. Mas he aquí que después

de revolver el pueblo por todos los rincones y escudriñar en la casa de arriba abajo, el

buen Samuel descubrió al fin a su hijo. ¿Sabéis qué estaba haciendo? Pues nada más

y nada menos que incubando un buen montón de huevos. ¿Incubando? Sí, Edison

había tenido la idea de imitar a la pata que viera el día anterior. Se escondió en el más

oculto rincón de la casa, hizo un gran nido, en el que colocó cuantos huevos de pata y

gallina encontró, y se puso en cuclillas sobre ellos, esperando que los cascarones se

rompiesen y aparecieran los patitos y polluelos. No diréis que el pequeño no tenía

felices ocurrencias, aunque el susto que dio a los padres fue grande y la azotaina que

se ganó no lo fue menos.

La madre no era partidaria de tales castigos. Pero resultaba difícil contener la

furia de Samuel en ocasiones semejantes. Furia, por otra parte, que no tardaba en

calmarse, para dar paso a un sano orgullo. Porque en lo más profundo de su corazón,

Samuel Edison estaba satisfecho de la prematura inteligencia que su hijo demostraba

al intentar resolver por su cuenta los misterios que sólo la sabia naturaleza es capaz

de solucionar. Y cuando los ánimos se apaciguaban y Samuel sonreía por encima del

pequeño mirando a su esposa y guiñando un ojo con picardía, la menuda Nancy cogía

al niño, lo sentaba sobre sus rodillas y trataba de explicarle con la claridad e ingenio

que le eran característicos el porqué de lo que el chiquillo había querido averiguar

con su trapisonda.

—Cientos de hombres caminan hacia el Oeste en busca del oro prometido. Y yo

tengo mi propia mina en casa. Nancy es oro purísimo, y el pequeño apunta ya un

buen filón.

—Pronto va a saberlo. ¿Es cierto que ha asegurado usted que mi pequeño tiene la

cabeza vacía, lo cual es afirmar que es tonto?

—Lamentaría disgustarla, señora, pero ésta es mi sincera opinión —corroboró.

—Pues desde este momento puedo asegurarle que mi hijo no volverá más a una

escuela en que el propio maestro no sabe lo que se dice… —dijo en tono solemne—.

¡Ya se convencerá usted algún día de que Tomás Alva Edison tiene mil veces más

talento que usted!

Y el tiempo dio la razón a aquella madre que tenía una fe ciega en el talento de su

pequeño, una fe nacida del profundo amor materno que le profesaba y de la gran

experiencia y cultura que su magisterio le procuraron. Y es que las madres siempre

tienen razón cuando de juzgar a sus hijos se trata.

Desde aquel mismo día en que publicó muy ufana la inteligencia de su hijo, ella

misma se ocupó de la educación del muchacho. Huelga decir que con esta resolución

Al salió muy beneficiado. Porque nadie como la madre para moldear el carácter y

orientar la vida del hijo. Junto a aquella mujercita culta y noblemente ambiciosa, sin

alejarse nunca, durante estos primeros años, del regazo materno, adquirió Tomás

Alva Edison el hábito del estudio, el afán de prosperar y el gusto por la literatura.

Estas tres cualidades ya no habrían de abandonarle jamás, a lo largo de su provechosa

y prolífica vida.

 

Nuevas travesuras

 

El progreso ferroviario arruinó en cierto modo a las gentes de Milán. Los trenes, que

comenzaron siendo poco menos que un simple juguete inventado por un montón de

ingenieros diabólicos, según afirmaban los pacíficos y asustadizos habitantes de

aquellos pueblos, cruzaban ahora el país en todas direcciones. Con su ruido infernal y

su penacho de humo gris avanzaban kilómetros, a través de llanuras y montes, a

mucha más velocidad y con mayor comodidad de lo que se viajó hasta entonces. Con

este adelanto, el ancho canal que arrastraba legumbres y troncos desde Milán a

puertos y ciudades, perdió casi todo su interés como medio de transporte. El tren era

una novedad que todos aprovechaban. Si bien al principio lo hicieron con recelo,

acabaron por sentirse verdaderamente satisfechos de tal invento.

En busca de un aumento en la economía familiar, los Edison abandonaron Milán

para instalarse en Port-Huron (Michigan), que era ciudad más importante y de medios

más amplios para abrirse camino. Allí fijaron su residencia, y el padre adquirió unos

almacenes de granos y avena, que explotó con notable éxito. Tomás Alva tenía

entonces siete años. Alejándose de Milán, el chiquillo había conseguido huir también de las risas de aquellas gentes sencillas que tanto llegaron a herirle en su amor propio.

Y en Port-Huron pareció comenzar una nueva vida, siempre guiado por la mano

experta y afectuosa de la madre, Nancy Edison.

A los doce años, con la ayuda maternal, había leído La decadencia y caída del

Imperio Romano, de Gibbon; la Historia de Inglaterra, de Hume; la Historia

Universal, de Sear; Anatomía de la melancolía, de Robert Burton; el Diccionario de

las Ciencias, y alguna otra obra de gran interés. También quisieron maestra y

discípulo entrar en el mundo de las matemáticas. Pero les resultó tan difícil, tan árido,

que poco a poco lo fueron dejando a un lado. Centraron todo su afán en las obras de

imaginación. Éstas eran las que lograban entusiasmarlos. La gran epopeya literaria

que es la obra de Víctor Hugo iluminó la adolescencia del joven Edison.

Pero a los doce años no sólo la literatura era la pasión favorita de Al. Compartía

su interés por los libros con la química, de la que tuvo conocimiento leyendo las

obras de Parker. Así es que su vida transcurría en aquella época entre leyenda y

magia, es decir, entre la lectura y los experimentos.

Lógicamente estas dos aficiones tenían que llevar parejas una buena porción de

esas travesuras que preocupaban a la dulce madre y enfurecían al severo padre.

Basten un par o tres de ellas para dar una idea de cómo era a sus doce años el futuro

genio.

Tomás Alva tenía un amigo mucho mayor que él. Era el holandés Miguel Oates.

Con este muchacho compartía muchas de sus inquietudes. Pero cierta vez que le hizo

partícipe de uno de sus desgraciados experimentos estuvo a punto de perder tal

amistad. Sucedió que, después de haber leído un libro en el que se narraban un sinfín

de aventuras, hizo ingerir al infeliz de Oates una gran cantidad de polvos de los que

sirven para hacer el agua de Seltz. El otro se los tomó convencido de que echaría a

volar, porque así se lo aseguraba Edison. Pero lo único que logró fue un tremendo

dolor de estómago que le retuvo varios días en cama.

—No lo has hecho bien —le dijo muy serio el joven «químico»—. Tú no sirves

para estos experimentos.

Para probar que él tenía razón, se dispuso a hacer la experiencia en su propia

persona. Esta vez la idea le vino al ver cómo llenaban los globos de caucho.

—Ahora no fallará. Me elevaré igual que esos globos.

Se tomó una dosis de bicarbonato de sosa y otra de ácido tartárico para que,

reaccionando en su estómago, produjese una cantidad de gas suficiente para provocar

su ascensión. Tampoco tuvo éxito. La prueba le costó terribles dolores gástricos, igual

que a su amigo, que le hicieron comprender lo inútil de aquel experimento.

Bueno; comprendió lo inútil de aquella prueba, pero siguió creyendo en la

eficacia de otras muchas. Y otro día, haciendo no sé qué clase de nuevo experimento,

encendió una hoguera en el cobertizo de una granja cercana a su casa. El fuego se

propagó al edificio y tuvieron que intervenir los bomberos. De no llegar a tiempo

hubieran tenido que lamentar serias desgracias. Mas a pesar de no haber ocurrido nada demasiado catastrófico, aparte del consabido susto de los habitantes de la granja

y varios desperfectos en la casa y destrucción del cobertizo, la autoridad tomó cartas

en el asunto. Para escarmiento de cuantos tuviesen la mala idea de imitarle, mandó

azotar a Edison en la plaza pública.

—Es una crueldad —gemía la madre—. Impide que azoten a nuestro hijo,

Samuel. —No puedo hacer nada, Nancy. Lo tiene merecido, y ante la autoridad no

hay lamentos que valgan. No creas que le irá mal ese castigo.

No le fue mal. Porque en adelante procuró ser más comedido con sus

pasatiempos, dedicando el caudal de su ingenio a juegos más recomendables.

Un día estaba su padre repasando los libros de cuentas del almacén, cuando Al se

le acercó y en tono muy serio y concienzudo dijo:

—Padre, ¿por qué no me permites que instale un laboratorio en la bodega?

—¿Un laboratorio? —preguntó el bueno de Samuel en el colmo de su asombro.

—Sí; de este modo podré realizar mis experimentos sin peligro de que ocurra

nada malo. Lo haré todo con más tranquilidad —explicó con aire resuelto.

—¡Tú estás loco, muchacho! —gritó el padre, levantándose de un brinco de la

silla en la que se sentaba—. ¿Es que quieres volarnos la casa con tus experimentos?

—No tengas miedo, padre. Sé que no ocurrirá nada.

—¡Te prohíbo que vuelvas a hablarme de semejante tontería!

—Pero es que…

—¡Fuera de aquí! ¡Márchate antes de que me arrepienta de mi blandura y te

propine un par de bofetones! ¡Largo!

Tomás Alva se marchó. Pero volvió al día siguiente, y al otro, y al otro, con la

misma proposición. Tan mortificante llegó a ser su insistencia, que Samuel Edison no

tuvo otro remedio que acceder si no quería acabar encerrado en un manicomio. La

voluntad del pequeño Al era más poderosa que todos los obstáculos.

Y el laboratorio se instaló en la bodega de los Edison. Era un laboratorio con más

de doscientas botellas que contenían todo lo necesario para realizar cuantos

experimentos leía en los libros de ciencia y los que se le ocurrían a él. Las botellas

estaban rotuladas con la palabra «veneno», a fin de que nadie se atreviese a

tocárselas. Desde luego, nadie lo hacía. Porque todas aquellas substancias químicas

erizaban los cabellos de la dulce Nancy y hacían fruncir el ceño al severo Samuel.

Pero a pesar de los recelos de sus progenitores, la explosión destructora no llegó

nunca. Edison empezaba a ser ya un práctico experimentado. No le resultó difícil

familiarizarse con la Química de laboratorio. Además, sabía improvisar mañosamente

toda clase de aparatos. Cuando necesitaba ejes y rodajes para los mismos, se los

procuraba desmontando relojes inservibles. Nunca tiraba nada, siempre recogía todo

lo que los demás desechaban. Él pensaba que algún día podría servirle para

cualquiera de los aparatos nuevos que surgían de su mente y de sus manos hábiles.