Edison
Capítulo 13. Sigue la carrera
Capítulo 13
Sigue la carrera
—Ahora podrás descansar de tan agotadora empresa —le dijo Mary.
—No, querida. Hay un montón de ideas que me están dando vueltas en la cabeza
y tengo que darles forma.
—Pero ¿cuándo dejarás de pensar como inventor y te acordarás de que también
eres hombre, esposo y padre? —protestó ella.
—Nunca he olvidado tales privilegios. Y me considero el hombre más feliz del
mundo por tener una esposa tan buena y comprensiva como tú, y unos hijos tan
revoltosos y bonitos como los nuestros —sonreía bondadoso.
—Jamás te he reprochado nada, nunca he pretendido obstaculizar tu trabajo, pero
ahora creo que te excedes, Tom. Has pasado dos años absorbido por esa gigantesca
empresa, sin apenas dormir ni preocuparte demasiado de comer lo más necesario.
Abusas de tu gran fortaleza.
—No temas, tienes marido para mucho tiempo. No es fácil que Al Edison
sucumba joven. Y en cambio, debo darme prisa a hacer lo mucho que todavía me
queda por realizar. Compréndelo, Mary. Es necesario que trabaje rápidamente, sin
detenerme en la carrera.
—Está bien. Siempre me ganas. Soy tan poca cosa, que en seguida me estrello
contra tu férrea voluntad —se lamentaba.
—Porque eres comprensiva, y sabes que tengo razón. Alegra esa cara, mi dulce
gruñona, y comparte feliz los éxitos de tu marido.
—¡Y cómo voy a estar triste teniéndote a mi lado! Lo consigo tan pocas veces…
—Chist… —sonreía él, poniendo sus dedos en los labios trémulos de la
enamorada Mary.
No; Tomás Alva Edison no estaba satisfecho con lo conseguido. Tenía que seguir
trabajando, seguir la arrolladora carrera emprendida. Ahora le preocupaba el que los
hombres todavía estaban muy alejados unos de otros físicamente. La fuerza motriz
del vapor en los buques y trenes los acercaba, pero muy poco. ¿Qué era la trayectoria
del vapor comparada con la velocidad de las ondas eléctricas? Ahí estaba el nuevo
problema que se había planteado, en busca de una solución satisfactoria. Locomoción
más rápida, menos complicada y más económica.
La verdad es que hasta la fecha se habían realizado ensayos encaminados con
bastante acierto. Pero sin llegar a obtenerse resultados prácticos. Se empleaban las
baterías como fuerza motriz, y, por lo tanto, resultaba de muy poca potencia y
sumamente cara.
Edison concibió la idea de adaptar a los trenes su potente dínamo de inductor de baja resistencia e inducido de resistencia intensa, que había ideado a propósito de sus
trabajos para la iluminación eléctrica. Combinó dos dínamos de éstas, una productora
del fluido y la otra en cada coche, para que, debido a la reversibilidad del
movimiento, éste se transmitiera a las ruedas.
Realizó el primer ensayo en una línea de medio kilómetro, en el mismo Menlo
Park. El tren constaba de la locomotora y tres vagones, uno para viajeros y los otros
dos de mercancías.
—¡Arriba todos, muchachos! —gritó a sus «boys» más adictos, los que con él
compartían minuto a minuto la angustia de la duda y la alegría del triunfo.
Se instalaron en los vagones, en los tres, porque aquella ocasión bien valía la pena
de ir en tren aunque fuese sin demasiada comodidad. La locomotora se puso en
marcha. Y fue un éxito. Recorrieron aquel medio kilómetro por los alrededores de
Menlo Park, entre los vítores, aplausos, hurras y risas de los improvisados viajeros,
los primeros que iban en tren eléctrico.
Luego Edison dotó el nuevo sistema de locomoción de un freno electromagnético,
para evitar los graves peligros que pudieran sobrevenir.
Los adelantos que surgían de Menlo Park se expandirían pronto por toda América
e incluso el mundo entero. Y un día recibió Edison la visita de uno de los ingenieros
de la «Northern Pacific Railroad», para estudiar el nuevo invento sobre el terreno.
—¿Cree posible electrificar un ferrocarril con grandes pendientes en la línea? —
le preguntó.
—Desde luego. He estudiado el asunto con mucha detención. Y me creo capaz de
lograrlo —repuso con absoluta seguridad en su afirmación.
—¿No cree que el tren resbalará cuesta abajo?
—¡Oh, no! Ya he tenido en cuenta esta eventualidad. Y he pensado añadir un
tercer riel que engrane con una rueda dentada central. Eso aumentará mucho el
rozamiento.
Figura 19. El tren eléctrico que Edison instaló en Menlo Park, en
respuesta a la incredulidad de los científicos de su tiempo. (Por
cortesía del «Edison Laboratory National Monument». West
Orange. Nueva Jersey).
—¿Ha hecho ya la prueba?
—Todavía no, pero sé que dará buen resultado.
El ingeniero abandonó Menlo Park sin estar convencido. Pero se llevaba la firme
promesa de Edison de que haría un proyecto detallado para que una comisión de
técnicos de la «Northern Pacific Railroad» lo estudiara en el mismo Menlo Park.
Edison se puso a trabajar con su habitual presteza, pero no en el proyecto prometido,
sino en una ampliación de la línea instalada en sus dominios. Esta llegó a tener cinco
kilómetros, a lo largo de los que funcionaban dos trenes, uno para viajeros y el otro
de mercancías.
Cuando se presentó la comisión técnica, se admiraron profundamente, pero no se
dejaron convencer todavía. Entonces, Edison lanzó una nueva locomotora a más de
sesenta kilómetros por hora, velocidad que en aquellos tiempos era considerada
vertiginosa y audaz. Uno de los ingenieros, pálido y tembloroso, suplicó y ordenó a la
vez:
—Mister Edison, le ruego que modere inmediatamente la marcha o me bajaré en
la primera estación y regresaré a pie.
—No tema —exclamó Edison riendo divertido—. Le respondo con mi fama, que
aprecio más que a mi propia vida, de que nada sucederá. Cada día circulan trenes por
esta línea, y jamás se han lamentado accidentes.
Y tampoco entonces ocurrió nada, aunque los ingenieros descendieron del tren
con los rostros más blancos que el papel y los cuerpos más temblequeantes que una
hoja de árbol en otoño. A pesar de que la prueba era para convencer al más incrédulo,
la comisión en pleno se mostró reservada, sin decidirse a ceder.
—Y respecto al sistema de cremallera para las grandes pendientes, ¿qué me dice
usted de eso? —pregunto míster Villard, uno de los técnicos más destacados.
—Aún lo tengo en estudio —respondió Edison.
—¡Bah! Pierde usted el tiempo. Será mejor que abandone esa idea. Los
ferrocarriles no se pueden electrificar tan fácilmente —aseguró el otro, con una
sonrisa maliciosa.
—No es fácil, pero sí posible, señor. Ya lo verá —insistió el joven inventor.
Y no tardó en poder demostrar a aquellos incrédulos que él y sólo él tenía
absoluta razón, que cuanto se proponía tarde o temprano era una realidad, por difícil
y complicado que apareciese a los ojos de los demás. El tren eléctrico de Edison fue
adoptado por todas las grandes líneas de la Unión, y el sistema de cremallera es el
que se usa en todo el mundo en los ferrocarriles de grandes pendientes.
Podía decirse que su propio talento había llevado a Tomás Alva Edison a la
cumbre de su portentosa, rápida y brillante carrera como inventor y como capitalista,
pues ganaba colosales fortunas con sus patentes. Aquel muchacho que llegó a Nueva
York sin más tesoro que su inteligencia, con un hambre y un frío espantosos, se había
convertido, a los treinta y pico de años, en el riquísimo director de uno de los
laboratorios de Física mejor organizados y más importantes del mundo. Menlo Park
era el punto donde se fijaban las miradas de todos los científicos, los cuales deseaban
a toda costa entrar a formar parte del inteligente personal del inventor, para conocer
de cerca sus métodos, su labor infatigable, su talento, sus ideas. El Mago, que así le
llamaban en todo el mundo, era un personaje legendario, mítico, de «Las Mil y Una
Noches», porque para sus manos prodigiosas ninguna maravilla era imposible.
En la constante búsqueda de problemas y asuntos a los que dedicar sus estudios,
tratando de hallarles solución y mejoras, siempre encontraba uno que sobresalía y le
apasionaba por encima de los demás. Así es que, terminada su tarea en la
electrificación de los ferrocarriles, dirigió su atención hacia algo sumamente
interesante. Mister Mackenzie, el anciano jefe de estación, era a menudo confidente
de sus inquietudes. Y a él le confesó la idea que ahora le preocupaba.
Figura 20. Edison en la cabina de su tren eléctrico, en Menlo Park.
(Por cortesía del «Edison Laboratory National Monument». West
Orange. Nueva Jersey).
—¿Recuerda nuestra primera conversación, la mañana que tuve la suerte de
salvar a su hijo? —le preguntó.
—De punta a cabo. ¿Por qué?
—Porque algo que le dije aquel día es lo que precisamente ahora me trabaja en la
mente. A pesar del mucho trabajo que me obliga a encerrarme días y días en mis
laboratorios y talleres, no dejo de seguir con interés el progreso industrial y
económico de la humanidad. Y a cada instante me doy más cuenta de que el hombre
se verá en la necesidad de explorar nuevas tierras y construir nuevas ciudades que
sean centros de otras empresas colectivas para explotar países vírgenes.
Mister Mackenzie le escuchaba en silencio, sin atreverse a interrumpir las
palabras de su amigo, que eran como un monólogo en el que expresaba su
pensamiento en voz alta, con expresión totalmente abstraída.
—La densidad de población está repartida de una manera muy desigual por el
planeta —siguió Edison—. Brasil, Venezuela, Australia, la mayor parte del
continente africano y las propias islas del Pacífico están casi desiertas, y son un
terreno importante y excelente para recibir a las gentes que sobran en las ciudades y
lugares superpoblados.
—¿Crees posible colonizar esas regiones consideradas inhóspitas? —preguntó
Mackenzie.
—¿No pudieron nuestros abuelos colonizar el Oeste, a pesar de la oposición de
los indios incivilizados y de las dificultades que ofrecía el terreno? ¿Por qué,
entonces, nosotros hemos de asustarnos cuando la ciencia nos ha allanado mucho el
camino?
—¿Y las enfermedades que proporcionan las diferencias de clima?
—Conocidas las causas desde el día que Pasteur descubrió los microbios, se
pueden combatir y reducir a un simple problema de aclimatación.
—¿Y qué es lo que piensas hacer en relación a este problema?
Buscar la manera de obtener económicamente y en grandes cantidades mineral de
hierro. Con hierro y cemento pueden levantarse ciudades. Y eso es lo primero que
hay que procurar.
¡Ah! Pero Tomás Alva Edison no era de los que se conforman con seguir los
pasos de sus antecesores. No. Su ingenio y talento le permitían el lujo de explorar
siempre caminos nuevos en la ciencia que le llevasen a una meta feliz.
Hasta el momento se explotaban las montañas en busca de minerales de hierro.
Pero Edison pensó en aprovechar las que estaban a flor de tierra, al alcance de todo el
mundo. ¿Que dónde se hallaban estos minerales? Pues las mismas arenas marinas, las
llamadas «arenas negras», contenían hierro muy puro y dotado de propiedades
magnéticas.
Con esta idea, se trasladó a Quogue, en el litoral atlántico, donde existían
yacimientos de unas seis pulgadas de espesor y de extensión inmensa. Yacimientos de
esta clase eran muy abundantes en diversas regiones del globo. Si lograba salir airoso
en la empresa que se proponía, daría normas al mundo entero para extraer hierro en
países donde incluso los más optimistas consideraban impracticable todo plan de
colonización.
Lo primero y principal era separar el hierro magnético de la arena propiamente
tal. Y, claro está, acudió a la electricidad como recurso infalible para resolver la
cuestión. Inventó un separador magnético.
Consistía en una caja de forma de pirámide truncada, en cuyo interior funcionaba
un electroimán, con la salida de anchura graduable y un dispositivo colector dividido
en dos compartimientos. Al caer en la caja la «arena negra», el mineral de hierro era
atraído por el electroimán, mientras la arena vulgar pasaba directamente a uno de los
compartimientos del colector. La arenilla de hierro acumulada en el electroimán caía
por su propio peso, mediante un conducto especial, al otro compartimiento.
—¡Esto marcha! —decía satisfecho el inventor, contemplando los montoncitos de
arenilla de hierro que se formaban con rapidez.
Pero algo ocurrió que vino a echar por tierra todos los planes de Edison. La
naturaleza no se hizo solidaria suya en aquella ocasión y mandó a los terribles
elementos que se enfureciesen. En efecto, una noche se desencadenó un temporal
tremendo en las costas de Quogue. Ni los más ancianos del lugar recordaban haber
visto nunca el mar tan alborotado, tan terrible y avasallador como entonces. Las olas
barrían cuanto hallaban a su paso. Y lo que mejor se puso en su camino fue
precisamente, como es lógico, la arena magnética. Las olas, sin considerar el esfuerzo
que Edison estaba realizando en bien de la humanidad, la arrastraron consigo y no
dejaron ni rastro de ella. ¡Tremenda catástrofe!
El inventor se sentía francamente decepcionado. Todo un castillo fantástico de ilusiones se había ido en pos de aquella tormenta, arrollado por la furia infernal de
unas olas desatadas, tumultuosas.
No insistiré en una empresa cuya base está a merced de los caprichos del Océano.
No se puede luchar contra la furia de los elementos —dijo.
No insistió en aquella empresa arriesgada, pero su voluntad indomable no decayó.
Desistió de extraer hierro de las arenas marinas. En adelante lo buscaría en las masas
rocosas de las montañas.
Envió técnicos para que, provistos de aparatos indicadores de los minerales
magnéticos, explorasen las grandes cuencas del bajo Canadá hasta la Carolina del
Norte. Las exploraciones dieron resultados espléndidos, descubrieron cordilleras muy
extensas, con yacimientos de un mineral de baja calidad, pero en cantidades
fabulosas.
Aquí no hay peligro de que el mar arrastre esta riqueza —decía consolado ya de
su anterior fracaso, moral y material, que no científico—. Ahora podré entregarme de
lleno a la tarea.
Compró comarcas enteras, más de seis mil acres de terreno. Había calculado que,
explotando el mineral por medios perfeccionados, podría surtir el mercado mundial
durante más de cincuenta años. Ideó la formación de un trust del hierro, pero no con
la intención de aprovecharlo en sentido usurero, sino para difundir unos sistemas
nuevos de construcción que había planeado. Y en cuyo centro se erguían como
gigantes modernos los edificios de cemento armado.
Hizo construir unos molinos capaces de pulverizar rocas de más de ocho
toneladas. Constaban de enormes rodillos con una velocidad periférica de más de mil
quinientos metros por minuto, jamás alcanzada en máquinas de ninguna clase. Las
rocas gigantescas quedaban machacadas hasta lo inverosímil. Luego eran trasladadas
a otros sistemas de rodillos con espacio intermedio más estrecho progresivamente,
hasta conseguir reducirlas a polvo. Éste, convertido en una arenilla de las mismas
condiciones físicas que la arena magnética de Quogue, era tratado del mismo modo
que aquélla, es decir, se separaba el hierro de la arena vulgar.
Entonces, mediante transportadores de correas sin fin, el polvo de hierro era
conducido a los aljibes lavadores. Y por último, una vez desecado, se le podía ya
someter a los altos hornos. Pero surgió también aquí el tremendo obstáculo. No era
posible operar en los hornos con material en polvo. Tenía que ser compacto. Y Edison
inventó la manera de convertir aquella arenilla, finísima como harina cernida, en
cubos. El sistema de prensas, moldes y secadores que constituían la instalación
funcionaba automáticamente. Entraba el mineral en polvo, y salía convertido en
grandes cubos. Después, actuaron los altos hornos y resultó un hierro de primera
calidad. Ahora sí que todo parecía funcionar a las mil maravillas.
Llovieron las demandas de hierro. Edison adivinaba que allí estaba la base de uno
de los mejores negocios de su vida industrial. Y se alegraba mucho más por el
adelanto que proporcionaba a la humanidad que por los beneficios económicos que intuía para él mismo. Estaba muy ilusionado.
Pero he aquí que un nuevo contratiempo venía a destruir por completo todas sus
ilusiones y esperanzas. En el Estado de Minnesota, en las montañas de Mesaba, se
había descubierto un yacimiento de tanta o mayor extensión que el de Edison, que
contenía un tanto por ciento de hierro muy superior. Era inútil toda competencia. El
mineral del nuevo yacimiento podía venderse a la mitad de precio.
—La naturaleza me ha hecho una nueva jugarreta —decía—. Pero ésta hay que
lamentarla menos que la anterior. El mundo obtendrá un mayor beneficio de ese
yacimiento descubierto que del mío. Hay que saber perder con honor. Y hasta me
alegra el hallazgo. Ya encontraré algo a lo que dedicar mis energías, mientras saludo
complacido el feliz descubrimiento.
Así era de animoso el Mago de Menlo Park. Pero él no contaba con que la
empresa fracasada le había dejado poco menos que arruinado, y que había que
empezar de nuevo si se quería intentar hacer algo de provecho. La situación no era
demasiado alentadora.
Además, había que añadir a estos dos fracasos de sus empresas, un triste
acontecimiento familiar que le dejó profundamente abatido. En 1884, Mary Stilwell,
la esposa del inventor, dejó de existir. La dulce y delicada criatura que siempre se
encontraba junto al joven científico en los momentos de ansiedad y duda, cuando más
necesaria era su presencia alentadora y sus palabras animosas y comprensivas, había
dejado de existir. Tras ella quedaban Edison, esposo apesadumbrado, y los tres hijos,
Tomás Alva, William Leslie y Marion Stelle. Ninguno de los cuatro la olvidarían
jamás. Porque Mary Stilwell era de las personillas que permanecen eternamente en el
rincón de los recuerdos bellos, apacibles y nostálgicos. Mary Stilwell pasó poco
tiempo junto a Edison, apenas unos años, pero influyó mucho en su vida. Y fue una
hermosa etapa.
Lo que el inventor necesitaba para olvidar los sinsabores que llenaron su vida en
los últimos tiempos, y él mismo así lo afirmaba, era sumergirse en el mundo de los
problemas, estudios e investigaciones. ¿Que estaba casi arruinado? Bueno; él para
todo tenía remedio.
—Volveremos a empezar —decía con su indomable voluntad—. Lo conseguí una
vez y lo conseguiré dos o ciento, las que hagan falta. Si por fortuna está resuelto el
problema de proporcionar hierro a bajo precio, que parece que sí lo está, trabajaré con
el cemento. Ahí también hay un buen campo de experimentación.
Y lleno de nuevas esperanzas, optimista como en los mejores tiempos, aunque
con el recuerdo nostálgico en su corazón, comenzó los estudios y experiencias
preparatorias de la empresa que nacía.
Cuando tuvo redondeados los proyectos, los confió a un financiero llamado
Mallory, quien podría proporcionarle el dinero que necesitaba.
—Tengo plena confianza en usted, mister Edison —dijo el financiero—.
Formaremos esa sociedad que necesita. Yo se lo garantizo.
—Espero que la empresa sea un éxito —arguyó el inventor.
—Lo será. No me cabe duda.
—Gracias, mister Mallory.
Al financiero no le fue difícil reunir el capital suficiente para formar una sociedad
por acciones, la cual se dedicaría a la fabricación de cementos. Se trazaron los planos
y se construyeron los modelos para la maquinaria. En seguida se puso en práctica el
proyecto, ambicioso y arriesgado.
La instalación en conjunto abarcaba cerca de un kilómetro. Se organizaron
equipos de obreros especializados, bajo la dirección de ingenieros expertos. La
maquinaria de cortar y pulverizar los minerales funcionaba bajo los mismos
principios que la ideada para la extracción de mineral ferruginoso, exceptuando,
lógicamente, la separación de hierro. Los hornos tenían una capacidad para trabajar
sobre 400 barriles de material primario al día. Pero Edison no tardó en modificarlo
para aumentar la producción a más de 1000 barriles.
Figura 21. El infatigable inventor en un rincón de su laboratorio.
(Fotografía Arborio Mella. Milán).
A pesar del éxito logrado en esta empresa, que prácticamente le fue del todo
desconocida hasta el momento que pensó en realizarla, no estaba satisfecho por
completo. Todavía quiso modificarla más, aumentarla más, en beneficio de todos. E
ideó una novísima organización de trabajo, que hacía aumentar el rendimiento.
Consistía en calcular con exactitud matemática las etapas del proceso de fabricación, para que los grupos de obreros especializados que se dedicaban a las mismas
verificasen su labor exactamente en los límites de tiempo requeridos. La precisión de
la máquina regulaba las operaciones, y, por consiguiente, la pereza y poca habilidad
quedaban de manifiesto rápidamente.
El mineral en bruto entraba en las demoledoras, pasaba luego por el mismo
sistema a los molinos, de éstos a las tamizadoras, y la harina en que quedaba
convertido era conducida a las amasadoras para formar las briquetas o ladrillos. Los
obreros sólo tenían que cuidar las máquinas e inspeccionar las distintas operaciones.
Cualquier descuido, por pequeño que fuese, implicaba la suspensión o por lo menos
la alteración de la marcha normal del proceso operatorio.
Una vez logradas, las briquetas pasaban a los hornos rotativos, y la masa
calcinada procedente de los mismos se conducía a las pulverizadoras, a los tamices, y
de las tolvas, o cajas truncadas en forma piramidal, caía directamente a los envases.
La máquina era como una cadena de la que si se rompía uno solo de sus eslabones
significaba el paro total, pues la operación no podía verificarse al ritmo señalado y
con la precisión necesaria.
Esta colosal fábrica de cemento compensó generosamente el doble fracaso
proporcionado por el hierro. Respecto a la cuestión económica, consiguió rehacerse
con ventaja. Y además, logró aumentar un grado más su extraordinaria fama.
Entre lo mucho logrado con esta fábrica, hay que añadir el éxito alcanzado con la
organización de un nuevo sistema de trabajo que, con el paso del tiempo, fue copiado
y perfeccionado por uno de sus discípulos favoritos, Henry Ford, el fabricante de
automóviles.
Tomás Alva Edison volvía a estar en la cumbre de la gloria y la fortuna.