Edison
Capítulo 9. El fonógrafo
Capítulo 9
El fonógrafo
Tomás Alva Edison no descansaba. Su mente no podía detenerse. Iniciado en la
difícil y portentosa profesión de inventor, tenía la innata necesidad de dar vida a todas
sus ideas, a todas las maravillas geniales que germinaban en su cabeza a un ritmo
meteórico. Para él la tarea no conocía límites. No se sujetaba jamás a unas horas de
trabajo reglamentadas. Es famoso que cuando un nuevo elemento entraba a trabajar
en sus huestes y preguntaba qué horario regía, Edison exclamaba autoritario:
—¡Al diablo! Aquí no hay reglas de ninguna clase. ¡Lo que estamos intentando es
hacer algo!
¡Y ya lo creo que hacía!
La fortaleza de su cuerpo, la capacidad de su inteligencia y la gran potencia de su
voluntad le permitían trabajar sesenta horas seguidas, sin dormir más que apenas
treinta minutos, dos o tres veces al día. En una ocasión trabajó en el fonógrafo
durante cinco días y noches consecutivos. E igual reposaba sobre la tarima de su
taller o en la mesa de mármol de su laboratorio. Era frugal en sus comidas. Fruta y
pasteles le bastaban para alimentarse, mientras, de prisa, sin pérdida de tiempo, sin
siquiera sentarse a la mesa, realizaba algún trabajo de importancia que cristalizaría en
un nuevo e interesante invento.
Y esta extraordinaria fiebre creadora le acometió cuando, finalizadas todas las
fases del teléfono, dedicó su atención a algo revolucionario. Lo que, una vez
conseguido, se llamaría fonógrafo.
Los experimentos realizados para el perfeccionamiento del teléfono demostraron
a Edison que un diafragma tiene la propiedad de obedecer a las vibraciones del
sonido. Teniendo esto como base, se le ocurrió construir un juguete pequeño que
tenía un embudo. Si se hablaba por este embudo en alta voz, el juguete ponía en
movimiento un resorte solidario del diafragma que, accionando sobre una rueda de
engranaje, ponía una polea en rotación continua. Esta polea iba unida por una cuerda
a un muñeco de cartón, que representaba a un hombre cortando madera. Cuando
alguien cantaba sobre el embudo la estrofa de aquella popular canción:
Mary had a little lamb… (María tenía un corderino…) el hombre de cartón se
ponía a cortar madera.
Y siguiendo el hilo de sus ideas, pensó que si podía registrar convenientemente
los movimientos del diafragma, podría hacer reproducir a estos registros los
movimientos originales comunicados al diafragma por la voz, y así reproducir la voz
humana.
Figura 9. Edison investigando acerca de lo que sería el fonógrafo.
(Fotografía Arborio Mella. Milán).
Era una idea fantástica, propia más bien de un cuento de «Las Mil y Una Noches»
que de la realidad. Pero cuando a Edison algo le bullía en la cabeza, no se detenía
hasta haberle dado forma.
En consecuencia, comenzó a trabajar sobre la idea. Bastaba el embudo para
recoger el sonido. Luego, ideó una lámina vibrante, metálica, por el estilo del
diafragma telefónico, con un rubí central, cortado a bisel. Sobre un cilindro con
ranuras en su superficie debía colocarse una hoja de papel de estaño, que recibiría y
registraría las vibraciones a impulsos del diafragma.
Dibujó el croquis del aparato completo y lo entregó al modelista de sus talleres
para que lo construyese. En una esquina del plano marcó el precio de la primera
maqueta. Era de dieciocho dólares. Edison tenía la costumbre de indicar sobre cada
plano el precio que pagaría por la primera maqueta ejecutada de un nuevo aparato. Si
el modelista no acertaba a fabricarla, le pagaba su salario regular. Si lograba
satisfacerle, siguiendo sus indicaciones, quedaba el suplemento para él.
Figura 10. Fotografía de Edison, después de cinco días con sus
noches de trabajo ininterrumpido con el fonógrafo. (Fotografía «The
Bettmann Archive», Nueva York).
El modelista al que encargó el trabajo se llamaba John Kruesi. Edison seguía de
cerca la realización de la maqueta, deseando tenerla terminada en sus manos para
comenzar los ensayos de la nueva invención. Kruesi estaba realmente intrigado por
conocer cuál era la finalidad de aquel aparato en el que trabajaba.
—Mister Edison, ¿puedo hacerle una pregunta? —se atrevió un día, cuando ya
casi estaba dando los últimos toques al aparato.
—Puede —le respondió sonriente el inventor.
¿Para qué sirve esto, señor?
Para conservar las palabras emitidas por la voz y para repetirlas tantas veces
como se deseen —repuso Edison.
—¿Cómo ha dicho? —insistió Kruesi, abriendo desmesuradamente los ojos.
—Ha entendido muy bien lo que he dicho. ¡Y no se asombre tanto!
—Pero es absurdo, señor. Jamás conseguirá ese prodigio —aseguró breve y
categórico el modelista.
—¿Desde cuándo algo es absurdo en Menlo Park? —preguntó Edison cargado de
bondadosa paciencia.
Reconozco que ha obrado auténticas maravillas, pero esta nueva idea es
rotundamente imposible de ejecutar. ¡No puedo creer que la voz se conserve y repita
a voluntad!
—Pues yo creo todo lo contrario. Acabe la máquina y veremos quién de los dos
tiene razón.
Kruesi creyendo tener ante sí a un visionario, a un hombre poco menos que loco y
obsesionado por sus inventos, prosiguió la tarea. Pero nada confió al resto de
empleados. Así es que la existencia del fonógrafo en formación era un auténtico
secreto.
Y al fin, el aparato quedó terminado. El embudo acababa inferiormente en el diafragma apoyado en el rodillo. Éste estaba cubierto con el papel de estaño, en
posición horizontal. Mediante una manivela se le imprimía un movimiento doble de
rotación y traslación, debido a la disposición especial del eje, construido en espiral.
Edison había pensado impresionar primero el papel de estaño, y para reproducir
después los sonidos, cambiar el rubí del diafragma, cortado en bisel, por otro de punta
redondeada.
—Bueno, aquí tiene su absurda obra —dijo Kruesi, al entregarle la maqueta.
Edison la contempló detenidamente, y se mostró muy satisfecho.
—Ha sabido acertar en todos sus detalles mi idea. Le felicito, John Kruesi.
—Gracias, señor. Sólo lamento que el trabajo haya sido inútil.
—Pronto sabremos si es así —contestó ilusionado el maestro.
Y al llegar el momento de la prueba definitiva, Edison quiso que su éxito o su
fracaso fuese compartido plenamente por sus «boys». Llamó a técnicos y obreros.
Todos se preparaban para presenciar algo extraordinario. Lo ignoraban todo. Y por
eso, la expectación estaba al rojo vivo. ¿Qué invento se le habría ocurrido ahora al
genio?
De pie, detrás de una mesa en la que descansaba el aparato, Edison tenía puesta la
mano en la manivela a punto de funcionar. Los empleados se apiñaban a su alrededor,
haciendo los más diversos comentarios y profecías.
Figura 11. El original del fonógrafo inventado por Edison. En la
actualidad puede verse en el «Edison Laboratory National
Monument», de Nueva Jersey. (Por cortesía del «Edison Laboratory
National Monument». West Orange. Nueva Jersey).
—Por favor, guardad unos minutos de silencio —pidió el inventor.
Y como por arte de magia, aquella magia que él usaba con tanta generosidad, el
más absoluto silencio se hizo en la amplia nave donde se apretujaban casi un centenar
de individuos.
—Tú, ven acá —llamó a un mocetón, hijo de campesinos, que trabajaba como
obrero en los talleres.
—¿Es a mí, señor? —se extrañó el muchacho, algo confuso.
—Sí, hombre. Ven, no tengas miedo —le tranquilizó Edison, viendo la expresión
del mozo, nada satisfecho de que se pidiera su colaboración en la prueba de un nuevo
invento.
El mozo se acercó despacio, mirando temeroso al maestro.
—Canta una estrofa de cualquier canción —le dijo.
—Pero si no sé cantar, señor —exclamó el otro con la boca abierta y la mirada
bobalicona.
—No te pido una ópera, muchacho. Canta una cancioncilla, aunque no te salga
demasiado bien. Acércate a este embudo, aplica los labios al pabellón, bien cerca, y
canta.
—Pero… —se resistía el mozo.
—¡No seas terco! ¡Canta ya de una vez! —se impacientó Edison.
—Sí, señor. Usted manda.
Figura 12. Tomas Alva Edison fotografiado con su obra genial, el fonógrafo, en abril de 1878. (Por cortesía del «Edison Laboratory
National Monument». West Orange. Nueva Jersey).
Y cantó la estrofa que ya conocemos, la de la pastora María. Porque ya hemos
dicho que era una canción muy popular. Y lo sigue siendo en los países de habla
inglesa. —Está bien. Ya has cumplido tu misión —dijo Edison.
El mozo se retiró presto, acurrucándose junto a sus compañeros.
El inventor quitó el diafragma e hizo retroceder el rodillo, dando vueltas a la
inversa con la manivela. Puso el diafragma de punta redonda.
La emoción era intensa. Nadie se atrevía ni a respirar. Era uno de los momentos
más tensos, más vivos, más expectantes, de los habidos hasta entonces en Menlo Park.
Edison puso de nuevo el aparato en marcha. Primero se oyó el roce del diafragma
contra el papel de estaño. Y después… después se oyó la voz del mocetón que
cantaba la estrofa, fielmente reproducida por el misterioso aparato.
El mozo, desencajado, con los ojos abiertos hasta la exageración, se precipitó
hacia la mesa y miró con avidez dentro del embudo, por donde acababa de salir su
propia voz. No comprendía nada.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —exclamaba estupefacto el incrédulo John Kruesi,
llevándose las manos a la cabeza, aterrorizado al comprobar que la máquina
construida por sus manos repetía las palabras que se le decían.
¡Hurra! ¡Viva el maestro! —gritaban entusiasmados los «boys» de Menlo Park,
prorrumpiendo en una salva de aplausos.
—Acabo de resolver el problema de reproducir la voz humana y con ella toda
clase de sonidos. El invento así completo no tiene precedentes.
Edison hablaba sereno y sonriente. A pesar del gran triunfo, de la extraordinaria
satisfacción que sentía, se mostraba sencillo y humilde. Hasta en eso demostraba la
grandeza de su genio, de su talento sin límites.
Las noches de insomnio, las fatigosas jornadas, la incansable búsqueda de los
materiales precisos, las largas horas sumergidas en la persecución de la idea
completa, habían hallado su forma definitiva, completa y triunfal. Todo podía darse
por bien hecho y sufrido. El mundo iba a ser nuevamente testigo de una muestra
especialísima del fabuloso ingenio de Tomás Alva Edison. En adelante, la
declamación, la música, las arengas militares, los discursos políticos… quedarían
convertidos en eterno presente gracias al fonógrafo.
El día emocionante de la prueba, los obreros no se cansaban de vitorear al
maestro que construyó la «máquina que habla». Aquella noche, ni un solo hombre
abandonó los talleres. Ni Edison ni sus «boys» durmieron. Pasaron las horas
cantando, riendo, contando cuentos y anécdotas, pasatiempo favorito de Edison,
recitando, probando cada cual su voz delante de la máquina, ajustando piezas de aquí,
rectificando medidas de allá, escuchando…
Cuando, de madrugada, se separaron, el invento había adelantado en
perfeccionamiento, respecto a algunos detalles. Pero en mucho tiempo, no avanzó
más: el invento quedó estancado. Para Edison era algo así como un juguete curioso,
con el que entretenerse y pasar el rato divertido. Años después, Tomás Alva
reemprendió la tarea y se dedicó de lleno al original invento. Lo perfeccionó hasta
convertir aquella maquinita sencilla y rudimentaria en la maravilla que es hoy en día
el fonógrafo, invento que lleva a todos los hogares las más fabulosas interpretaciones
de música, canto, poesía…