Edison

Carmiña Verdejo · Capítulo 4 de 19

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Edison

Capítulo 4. Peregrinaje

Capítulo 4

 

Peregrinaje

 

Corría el año 1864. Edison acababa de cumplir sus diecisiete años. Y eran unos

tremendos días invernales. El fracaso en Stratford Junction le retenía en Port-Huron,

al lado de sus padres. Pero no fue por mucho tiempo. Su temperamento activo, su

extraordinaria imaginación, le llevaban en pos de unos ideales largamente

acariciados. La pequeña villa y el almacén de granos de su padre eran un mundo

demasiado estrecho para él. Sentía la necesidad de ver y correr mundo. Para un buen

telegrafista no era difícil encontrar trabajo en aquel país, donde los hombres estaban

metidos en la tremenda guerra de Secesión. No tenía fortuna alguna, pero como los

telegrafistas no pagaban billetes en los trenes, sólo necesitaba afán de trabajo e

ingenio para no morir de hambre. Él disponía de ambos en abundancia. Así es que se

decidió a abandonar nuevamente el hogar.

Esta vez la despedida fue menos triste, aunque también emocionada. El que se iba

ya no era un chiquillo, sino que empezaba a ser un hombre consciente con sus

diecisiete años. Y mucho más con las experiencias vividas. Y así comenzó su

existencia nómada, que debía durar unos cinco años.

El cable telegráfico que unía Port-Huron a Sarnia y que atravesaba el lecho del

río, fue roto por un banco de hielo flotante, quedando interrumpida toda

comunicación. Y también se había llevado por delante el puente que unía las dos

orillas. El tren en que viajaba Edison se detuvo a tiempo de no precipitarse en el

vacío, pero quedó allí detenido, sin medio posible de comunicarse con la ribera

opuesta, ya que el río no podía cruzarse a pie debido a su considerable anchura.

La noche era tremendamente oscura. La niebla casi podía palparse e impedía

distinguir nada a corta distancia. Los que viajaban en el tren de Tomás Alva, incluido

él mismo, temían que otro convoy llegara en dirección opuesta y sin conocer a tiempo

la avería, se precipitase a la corriente. Esto sería una gran catástrofe, que era preciso

evitar. Pero ¿cómo? La telegrafía de nada servía en aquellos instantes.

De pronto, en el silencio de la noche se oyó el resoplar de otro tren que llegaba.

Era lo que tanto habían temido. La situación era angustiosa. ¿Qué hacer para

prevenirles del peligro?

Y allí estaba el genio de Tomás Alva Edison para salvar una vez más la situación

con una de sus ideas extraordinarias. Habituado al ambiente que se respiraba en la

estrecha garita del maquinista, en la que tantas horas pasó en sus tiempos de

periodista, se dirigió rápidamente a ella. De un ágil salto subió los escalones y tirando

del silbato de la locomotora improvisó señales cortas y largas —puntos y rayas del

Morse—, con lo que anunció el peligro a los que llegaban. Los empleados del otro tren captaron las señales, que se oían muy bien de noche, y contestaron por el mismo

procedimiento, después de haber detenido el convoy, en la misma orilla del río. Había

quedado establecida una especie de telegrafía sin hilos, gracias a la que se salvó la

vida de un numeroso grupo de viajeros.

Pero la humanidad es muy ingrata, y tras celebrar la feliz idea, casi nadie se

acordó de aquel muchacho, de porte muy modesto, que con su ingenio había evitado

una tremenda catástrofe. A Tomás Alva no le importaba. Se sentía bien pagado con

haber dado rienda suelta a una más de las muchas inquietudes que abarrotaban su

mente, y con haber salvado unas vidas.

Y siguió adelante en su camino, deseando tan sólo llegar a la meta que su

ambición, sana y justa, le dictaba.

Encontró trabajo en Adrián, en el Estado de Michigan. Fue en la Compañía «Lake

Shore and Michigan Southern». De aquí le despidieron por abandono del puesto, pero

fue injustamente, porque al hacerlo, él obedecía órdenes de su jefe, órdenes que luego

no se quisieron admitir. Pasó al servicio de otra Compañía en Toledo, en el Estado de

Ohio. Y más tarde en Indianápolis. Y por fin en Cincinnati, donde transcurrió una

etapa importante de su vida.

En Cincinnati trabajaba al servicio de la «Western Union», con sesenta dólares de

sueldo al mes. Aquí, como en todos los empleos conseguidos hasta entonces, trabajó

en el servicio de prensa. Y en esta tarea le resultó de gran utilidad su amor a la lectura

y su cultura, muy superior a la de sus compañeros, pues le colocaba en situación

mucho más ventajosa. Cuando algún despacho llegaba confuso, él era capaz de

descifrarlo y completarlo. Siempre conocía la materia, el tema de que se trataba.

Además, los principios y el mecanismo de la telegrafía no tenían secretos para Tomás

Alva Edison.

Trabajaba sin descanso de día y de noche. Pero algo comenzaba a inquietarle. La

tremenda monotonía de puntos y rayas le enojaba, le agobiaba. La rutina de sus

compañeros de oficio le exasperaba, y le alarmaba de manera terrible el temor de

acabar trabajando mecánicamente, como hacían todos aquellos telegrafistas que le

rodeaban. Y también le sacaba de quicio el modo imperfecto y angustioso con que se

veían obligados a trabajar.

Los partes se copiaban a medida que aparecían las señales del alfabeto Morse. El

operador escribía al correr de la cinta de papel. Cuando llevaba velocidad moderada,

era en perjuicio del número de partes, y muchas noticias quedaban sin transmitir. En

caso contrario, el empleado se quedaba atrás, se omitían partes o con la prisa

quedaban pésimamente interpretados.

El mismo Edison nos cuenta en sus «Notas íntimas» una anécdota que se refiere a

esta deficiencia, reflejando bien a las claras la situación de la telegrafía por aquel

entonces. Dice así:

 

«Cierto día, el 14 de abril de 1865, durante mi estancia en Cincinnati, advertí una multitud inmensa que se

lanzaba a comprar los periódicos. Lo hice notar a mis compañeros y enviamos un mensajero, a fin de que se enterara de lo sucedido. Apresurado y tembloroso, regresó gritando:

»—¡Lincoln ha sido asesinado!

»—¿Qué dices, muchacho? —preguntamos estupefactos.

»—Sí, le ha asesinado un fanático partidario de los Estados del Sur.

»Instintivamente, los telegrafistas nos miramos unos a otros, tratando de descubrir al que había recibido la

noticia, que tan importante era para el país entero. Todos juraban que no habían recibido una sola línea referente al tremendo acontecimiento.

»—Mire su “dossier” —dijo el jefe al encargado del servicio de prensa de turno.

»Permanecimos expectantes unos momentos. Y, al fin, el empleado encontró la hoja en que, aprisa y

corriendo, había recogido la noticia del asesinato del presidente de los Estados Unidos, sin captar la enorme importancia que encerraba».

 

—El telégrafo no cumple su misión —comentaba el joven Edison con sus

compañeros, que no se preocupaban lo más mínimo por tales problemas—. Si no

puede aumentar su capacidad de trabajo, está fracasado sin remedio. Hay que

perfeccionarle.

Y como siempre, Tomás Alva Edison, que entonces contaba dieciocho años, halló

la solución, inventando el «repetidor automático».

Concibió la idea de convertir en patrón el conjunto de partes que se obtenían

directamente y reproducirlos después mediante otro aparato que permitiese copiarlos

con la debida detención. Ideó dos aparatos: el receptor modificado y otro para la

copia.

Transformó el receptor en un disco o plataforma metálica en posición horizontal,

dotada de movimiento rotatorio, a semejanza de los modernos gramófonos, pues

aquello no era más que el germen de lo que más tarde sería su gran invento. Sobre el

mismo se aplicaba otro disco de cartulina. Un electroimán con una punta saliente,

conjugado con un brazo metálico, describía una espiral sobre la cartulina, picando en

la misma todas las señales comunicadas.

Esta cartulina picada se aplicaba después sobre otro disco rotativo, análogo al

descrito, y recorría los trazos otra punta metálica. Esta cerraba otro circuito y las

señales se transmitían a una cinta ordinaria para la correspondiente lectura.

La ventaja consistía en que este segundo aparato marchaba a una velocidad

mucho menor, más moderada y normal, calculada para que pudiese efectuarse la

lectura con la lentitud necesaria. Por el contrario, podía aumentarse cuanto se quisiera

la del receptor directo, modificado según hemos dicho.

De este modo, el operador colocaba los discos picados en el «repetidor» y podía

copiarlos despacio, para mandarlos a las redacciones a punto de darlos a las cajas.

¡Gran ventaja técnica, gran aumento de rendimiento y gran beneficio para la prensa,

pues se ampliaba la información mundial! Pero el nombre del precoz inventor seguía

en el anonimato, sin que por ello se preocupase demasiado el generoso muchacho,

que no demostraba otro interés que el de mejorar la embrutecedora vida de los

telegrafistas y aplicar sus intrépidas ideas, su inventiva repentista, en todas las

ocasiones que se presentasen. Nunca esperaba recompensa alguna. Trabajaba con el

afán de adquirir más práctica y mayores conocimientos. Una nueva circunstancia fortuita le dio pie a mostrar una vez más su ingenio. Los almacenes de la Compañía

estaban llenos de ratas que lo destrozaban todo, y el joven telegrafista ideó la manera

de acabar con ellas.

 

Figura 4. El joven Edison en su oficina de telegrafista, donde

estudió e inventó el «dúplex» y el «cuádruplex». (Fotografía The

Bettmann Archive’. Nueva York).

 

Milton Adams, compañero suyo en la oficina, refirió este sencillísimo y eficaz

invento de Edison: el «paralizador» de ratones.

Decía Adams que Edison abrió unos agujeros en el tabique al mismo nivel del

suelo, por los que pudiesen pasar fácilmente los roedores. Más allá puso cebo para

atraerlos. Y a lo largo de estos orificios colocó dos láminas metálicas, aisladas entre

sí, pero conectadas ambas con la batería central. Al pasar las ratas, con las patas

delanteras sobre una lámina y las traseras sobre la otra, cerraban el circuito y

quedaban electrocutadas, llegando a exterminarlas por completo.

A pesar de sus extraordinarios servicios y de las grandes mejoras que conseguía

en los mismos, Tomás Alva Edison sólo ganaba ochenta dólares. La vida resultaba

muy cara en la localidad, y se veía precisado a ganarse un sobresueldo copiando

obras teatrales, con lo que, además, lograba estar en contacto directo con una de sus

más queridas aficiones: el teatro. La vida de Edison era plural y entre sus muchas

inquietudes dejaba un importante hueco para llenarlo con las satisfacciones que le

procuraba el presenciar una buena obra teatral y, sobre todo, una buena tragedia.

Cuando le sobraban unos chelines, lo cual no era muy frecuente, asistía a las

representaciones de los grandes actores ingleses. Conocía y admiraba la obra de

Shakespeare. «Otelo» era su favorita. Y en este renglón de placeres espirituales no

quedaba atrás la música. Le atraía muchísimo.

Otra gran ventaja le dio su contacto con la gran prensa americana. Y quizá por eso a él no se le hacía tan monótona la vida telegrafista. Esta ventaja era la de tratar y

conocer a gentes notables, dotadas de una cultura superior. Él mismo nos lo dejó

escrito en sus Memorias de esta manera:

 

«Recuerdo las discusiones entre el poeta y célebre periodista George D. Prentice, en esta época redactor del

“Couvier Journals”, y mister Tyler, de la “Associated Press”. Creo que este Prentice fue el padre de la anécdota humorística, tan característica del periódico americano. Era un hombre muy culto, además de ser un buen poeta y un brillante orador. Pequeño y delgado, no debía de pesar más de 125 libras. Tyler acababa de salir de la Universidad de Harvard, se expresaba con gran claridad y, al revés de Prentice, era más bien corpulento. Cuando el periódico, terminado ya, estaba en la imprenta, Prentice acudía al despacho de Tyler. Y allí yo les oía discutir sobre mil temas diversos, totalmente alejados de las noticias del día, como, por ejemplo, la inmortalidad del alma. Me interesaba aprender sobre tales cosas y en uno de mis alardes intrépidos, le pregunté a mister Tyler»:

»—Señor, cuando termine mi trabajo, ¿podré venir a oír sus interesantes conversaciones con mister Prentice?

»Pudo tomárselo a mal, pero en vez de eso me preguntó afectuoso:

»—¿Y por qué quieres escucharlas?

»—Porque siempre me ha gustado aprender, y no dudo que oyéndoles hablar y discutir he de ampliar mucho

mi cultura, señor.

»—Te honra ese afán. Y me parece original deseo, porque a nadie se le ha ocurrido pedir una cosa semejante.

Te concedo el permiso, Edison.

»—Gracias, señor.

»Y a partir de entonces, no me perdí ni una sola de sus acaloradas pero amistosas charlas. Fue una importante

experiencia para mí, digna de ser vivida».

 

Pero estaba visto que el joven Tomás Alva no podía permanecer mucho tiempo

tranquilo, sin que esa eterna inquietud que le acuciaba le empujase hacia nuevos

lugares. Así, cansado de su estancia en Cincinnati, decidió probar fortuna en otra

ciudad. Se dirigió hacia los Estados del Sur y se afincó en Memphis, donde logró una

plaza de operador.

En esta ciudad logró unir las líneas de Nueva York y de Nueva Orleans. Pero un

lamentable descuido hizo que el día de la inauguración de la línea se aprovechase de

la nueva instalación un diario que tenía la redacción en el mismo edificio, antes de

que lo hiciera la empresa telegráfica. Se acumularon los cargos contra Edison y fue

despedido.

La desgracia parecía perseguirle. Y su constante peregrinaje no parecía tener fin.

De nuevo, teniendo como únicos compañeros el hambre y el frío, cambió de ciudad.

Se instaló en Louisville, en una oficina de información.

Un día adquirió en una tienda de lance una colección de la «Revista

Norteamericana», atosigado por ese afán de lectura que jamás le abandonaba. El

paquete resultó tan voluminoso que para llevárselo a su hospedaje no le quedó otro

remedio que cargárselo al hombro. Pero he aquí que, andando él tan tranquilo y

satisfecho por una de las calles, un policía le detuvo, tomándole por ladrón. Tal vez

contribuyó a ello el hecho de que Edison, debido a las muchas privaciones sufridas,

andaba escaso de vestuario, y el poco que tenía estaba en estado deplorable. Le fue

difícil acreditar su personalidad y comprobar que aquel paquete era una adquisición

legal, no un robo. La equivocación no tuvo más lamentables consecuencias que las

del efecto moral que produjo en el ánimo del muchacho. Mas con el tiempo quedó reducida a una de las muchas anécdotas que salpican de interés su apasionante

historia.

Cuando no era la desgracia la que le empujaba, era su afán de nuevos horizontes.

El caso es que cuando podía considerarse medianamente tranquilo en Louisville,

decidió cambiar de aires. Para su imaginación fecunda era muy prometedora la

aureola que rodeaba a los países de la América del Sur. Edison soñaba en ellos un

sinfín de aventuras. Y decidió embarcarse para el Brasil o México. Convenció a dos

compañeros de profesión y emprendieron el viaje juntos. Al llegar a Nueva Orleans,

una pequeña revolución les cortó el paso. Y un español que precisamente regresaba

de México, quiso disuadirles con la mejor de las intenciones.

—Yo les aseguro que las cosas marchan muy mal por allí. No es prudente

embarcar. A cada paso se tropieza uno con revoluciones —les dijo.

—Pero es que…

—Sigan mi consejo, amigos. Vuélvanse a su ciudad. El Sur es un verdadero

infierno. Les hablo yo que estoy escarmentado y ya no deseo más aventuras. Les soy

sincero.

Edison quedó convencido y regresó a Louisville. No así sus compañeros, que,

más intrépidos en aquella ocasión que el propio iniciador de la idea, siguieron su

viaje. Poco tiempo después llegó hasta Tomás Alva la noticia de que habían muerto

en Veracruz. No fue precisamente en ninguna revolución, sino víctimas de la fiebre

amarilla. Sea como sea, la verdad es que los consejos de aquel buen español quizá

salvaron la vida del joven inventor. Y con ello dio al mundo el privilegio de conocer a

un gran genio. Pues de otro modo hubiéramos tenido que lamentar siempre el que se

malograse en plena juventud una mente tan preclara como la suya, una mente que nos

dio tan sensacionales inventos, de los que tal vez aún hoy no disfrutaríamos de haber

muerto Edison en aquella ocasión.

Así, pues, nuestro joven inventor se encontraba de nuevo en Louisville. Pero no

fue por mucho tiempo, porque ahora era una nueva desgracia la que le alejaría de la

ciudad. Bueno; fue una desgracia debida a su ilimitado afán por los experimentos.

Esto fue lo que le quitó la plaza lograda, y con ello el pan y el relativo bienestar de

que disponía.

El reglamento de Telégrafos señalaba que quedaba terminantemente prohibido a

los telegrafistas servirse de las pilas y cambiar de sitio los instrumentos.

 

«Pues bien —relata él mismo—, un día fui a la sala de baterías para coger ácido sulfúrico, que necesitaba para

mis experimentos. Para desdicha mía, el recipiente se me resbaló de las manos, el ácido se extendió por el suelo, se infiltró hasta caer en la estancia de debajo, que era, nada más y nada menos, que el despacho del ingeniero jefe, y causó grandes desperfectos en la mesa y en la alfombra. En seguida supuso quién era el autor del estropicio, pues era bien conocida mi afición.

»—Edison, la empresa no necesita experimentadores torpes, sino operadores que cumplan debidamente su

misión —me gritó exasperado.

»—Sí, señor. Lo lamento de veras.

»—Pues más lo lamentará después de que le haya dicho: ¡Edison, tome la puerta y no vuelva más! ¡Estoy

harto de sus originalidades!

»Y de nuevo me vi en la calle, sin ningún ahorro, con mucho frío y más hambre».

 

Volvió a Cincinnati. Allí vivió míseramente, en una habitación alquilada. No tenía

otro menaje que una cama y una estufa de petróleo, que funcionaba según los

ingresos que le producían los trabajos alternos y diversos que realizaba, a falta de una

plaza de telegrafista, que no halló en todo el tiempo.

Sin embargo, a pesar de esta pobreza, Edison no lamentó esta etapa de su vida.

Porque en Cincinnati, en aquellos días, conoció e hizo gran amistad con mister

Sommers, jefe del telégrafo de la Compañía de los Ferrocarriles de Cincinnati a

Indianápolis. Este hombre tenía aficiones muy parecidas a las de Edison, y sabedor de

las ambiciones e inquietudes que alimentaba el muchacho, le autorizó para usar los

aparatos viejos ya en desuso por la Compañía. Así es que Edison estuvo a sus anchas,

manipulando cuanto le venía en gana y practicando las cosas más extravagantes que

se le ocurrían acerca de la telegrafía y la electricidad. Estudió seriamente el

perfeccionamiento de los útiles de su profesión y llegó a construir un instrumento en

el que se adivinaba el germen del telégrafo «cuádruplex».

Pero, claro, la angustiosa situación económica no podía prolongarse mucho

tiempo. Y como le pareció haber estudiado ya lo bastante con los instrumentos que

tenía a mano, deseoso de ampliar más sus posibilidades y no hallando, por otra parte,

un empleo que mejorase su posición, decidió regresar a Port-Huron. Allí el

matrimonio Edison aguardaba, día a día, la vuelta del hijo, del que sólo recibían

noticias de vez en cuando y no siempre demasiado alentadoras, al menos para la

suave Nancy, que hubiera deseado para su hijo un espléndido bienestar, más

espléndido de lo que ella nunca había disfrutado.

Así terminaba por el momento el peregrinaje comenzado a los diecisiete años. Se

marchó de Port-Huron siendo apenas un muchacho y regresaba convertido en un

mocetón de más de veintiún años. Hacía tres que había acabado la guerra de

Secesión, y aún reinaba un tremendo desbarajuste, en medio del cual las gentes se

encontraban descentradas, sin encontrar su exacta posición en la vida. Y uno de ellos,

no cabe duda de que era Tomás Alva Edison. Es posible que fuese debido a la

dificultad de encontrar trabajo rápidamente y la facilidad que tenía él para perderlo o

despreciarlo cuando lo tenía. Pero yo diría que era debido a la agobiante cantidad de

genio, que no le dejaba en paz ni un solo instante. El movimiento continuo, el

dinamismo aplicado a todo, era su máxima. Y esto tropezaba con el caos del

momento. Port-Huron era un grato refugio. Y el cariño de sus padres un consuelo a

los muchos sinsabores. Tenía necesidad de esa calma y ese consuelo para ordenar sus

confusas ideas. Luego, ¿quién sabe hacia dónde le empujaría su inquietud?